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Evangelio y Vida para el 27 de febrero de 2016

por | Feb 27, 2016 | Evangelio y Vida, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

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Miq 7, 14-15. 18-20; Sal 102, 1-4. 9-12; Lc 15, 1-3. 11-32.

Ojalá que leamos con esmero el hermoso evangelio de hoy. Tiene muy ricos contenidos, no sólo el que aquí se comenta.

Me han dicho, Padre mío,
que todas las auroras llorabas de tristeza
por tu hijo perdido,

que todas las mañanas bajabas a mi alcoba,
besabas mis vestidos,

y orabas de nostalgia
por el que fue tu niño.

Y que luego ensillabas tus más fieles caballos
y te ibas a buscarme por todos los caminos.

Padre mío, me han dicho
que eran tristes tus ojos como dos soles viejos,
que tu pelo y tu voz habían encanecido,

que ante la mesa puesta de manjares y vino
me guardabas mi silla y a nadie dejabas que ocupara mi sitio,
y que, al partir el pan, tus manos temblaban buscando a tu hijo.

Padre mío, me han dicho
que en las tardes bajabas, desconsolado y solo,
al rincón donde antaño yo jugaba contigo,
que en las noches desiertas,
te oían repetir
“¿Dónde estás, hijo mío?”.

Mas, yo, tu consentido,
despilfarré tu hacienda, te olvidé, Padre mío,
contra el cielo pequé y contra ti,

y no merezco ya que me tengas por hijo.
Soy un mendigo ingrato, un triste vagabundo,
soy el que todo lo ha perdido,

el que no supo nunca valorar tu cariño.

No busques ya en mi rostro las huellas de aquel niño,
–aquél que tanto amabas–
No busques en mis gestos aquel parecido
que todos –mirándome– decían

que yo tenía contigo.

Mi rostro es una máscara de pústulas y frío.
Tengo los ojos mudos como dos nidos muertos.
He quemado mis labios, he perdido tu anillo.
Dilapidé mi alma, y tu honor, Padre mío.

Me desvestí tu nombre a las puertas del vicio.

Ya no me queda nada, ni una rosa de amor,
ni un hermano, ni arrimo,
ni las fuertes sandalias de mis pies de hombre libre
que detrás de los cerdos deshice aturdido.

Ya no me queda nada,
ni siquiera la túnica de lino enrojecido
que tú me tejiste, quitándote el sueño,
con hilos de cariño.

Ya no me queda nada,
sólo ruina y vacío.

Y no merezco, Padre,
que Tú me digas hijo,

déjame tan sólo el último rincón
del peón advenedizo,

pero que yo pueda verte, al menos,
de lejos, Padre mío.

————

Pero tú, Padre amante,
en lugar de un castigo

tu beso me diste, tus largos abrazos,
la música, la túnica, el banquete, el anillo,
y me haces ¡nuevo,

tu hijo querido!

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, C.M.

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