Los Vicencianos formamos parte de una familia espiritual maravillosa. Bebemos de las fuentes del más puro amor evangélico, haciendo de la caridad el centro de nuestra espiritualidad y de nuestra acción.

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En este año 2016, celebramos el Año de la Colaboración Vicenciana, un evento que nos anima a la reflexión y a la renovación, tanto en nuestra vida espiritual como en nuestro caminar y nuestra labor como Familia Vicenciana. Es una oportunidad maravillosa para afirmar nuestro compromiso y dar testimonio comunitario del amor del Padre, manifestado en su Hijo Jesucristo, quien vino a anunciar la Buena Noticia de la misericordia divina a los pobres, desde la visión de san Vicente de Paúl, que nos envía a servir a los más pobres.

No somos islas. O no deberíamos de serlo. Ni personal, ni comunitariamente. No somos una serie de ramas que actúan independientemente. Somos un árbol con muchas y hermosas ramas, que se unen en un tronco común y beben de una misma savia. Si una parte del árbol enferma, se resienten todas las ramas; si una parte del árbol se daña, todo el árbol se ve comprometido. Igualmente, las fortalezas de una parte del árbol repercuten en el fortalecimiento de todo su ser.

La Familia Vicenciana es un árbol con cientos de ramas. Algunas, grandes y robustas; otras, pequeñas y delicadas. Todas son importantes, todas aportan su granito de arena para crear un conjunto saludable y armonioso. Y cada rama de la Familia reúne a cientos, miles, millones de personas que siguen el carisma evangelizador y de servicio que nos legó san Vicente y santa Luisa. ¿Podemos ignorar los problemas o los éxitos de otras ramas, simplemente porque no pertenecen a la nuestra? Claro que no. ¡Todos formamos parte del mismo árbol!

Por eso, los retos de la Familia Vicenciana son los retos de cada una de sus ramas, y, en último término, los retos de cada uno de sus miembros. Todos importantes, todos realizando una labor imprescindible para acercar el Reino de Dios a estar tierra desconsolada.

Para Dios, somos únicos: no hay nadie que sea como yo o tú. Dios nos mira, a cada uno de nosotros, con un amor inmenso e incomprensible desde nuestra pequeñez. Así nos lo reveló Jesucristo: somos Hijos de Dios. Y, por tanto, hermanos. Y como hermanos, asumimos los retos de nuestra Familia: ayudándonos, colaborando, mucho más allá de como lo hacen otras instituciones del mundo. Porque no somos una empresa con departamentos. Somos una familia que se quiere, que se aprecia, que quiere, día a día, trabajar más unida y asumir comunitariamente los proyectos y las tareas.

La Familia Vicenciana de hoy tiene una labor necesaria, quizás imprescindible, que realizar. ¡Son tantos los dolores en el mundo, tantas las heridas que sanar, tantos los pobres que necesitan de nuestra atención y apoyo! Cuando trabajamos juntos y asumimos estos retos en común, nuestra labor se ve potenciada y nuestro carisma adquiere su plenitud de sentido.

Yo soy más que yo. Tú eres más que tú. Somos nosotros. Vivimos y trabajamos en comunidad. Los retos de mi Familia son mis retos.

Para la reflexión:

  • ¿Conozco a la Familia Vicenciana, más allá de mi propia rama?
  • ¿Conozco los retos de nuestra Familia, sus luchas y dificultades?
  • ¿Trabajo por el bien de los pobres, desde la Familia Vicenciana, unido a mis hermanos vicencianos, más allá de siglas o denominaciones?
  • Para leer, reflexionar, comentar y orar:
Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues a uno le es dada palabra de sabiduría por el Espíritu; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidad por el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversas clases de lenguas, y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, distribuyendo individualmente a cada uno según Su voluntad. Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero, todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo.

(1 Corintios 12, 4–12)

Javier F. Chento

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