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Descubriendo el hermoso misterio de la misericordia

por | Ene 9, 2016 | Reflexiones | 1 comentario

Respondiendo a la pregunta: «¿Cómo voy a celebrar este Año Santo de la Misericordia?»

fernando casadoEn las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta que no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas, tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cf Lc 15, 1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón (Misericordiae Vultus, 9).

Reflexionando estas palabras del Papa Francisco, y los textos evangélicos por él sugeridos, me propongo en este Año Santo no permanecer “a solas con mis heridas”, e intentar que mis “próximos” tampoco sientan esa soledad. Cuando nos han hecho daño, nuestro mayor sufrimiento puede derivar de tener que curarnos “solos”. Este sufrimiento es más grave que el mismo daño sufrido. En estos casos solemos preguntarnos: ¿a quién le importa mi situación concreta?

Sin embargo, el sufrimiento puede tener una vertiente comunitaria, de apertura a los demás, intentando crear una red de relaciones de ayuda recíproca, convenciéndome, convenciéndonos, de que nos necesitamos unos a otros, y de que no somos capaces de salir solos del sufrimiento causado por actitudes duras e inmisericordes.

El que quiere aprender a perdonar no puede quedarse a solas con su pena. Debe encontrar a alguien que no le venga con una moralina, que no lo juzgue, que no se empeñe en compadecerlo, que no lo abrume con buenos consejos, que no tenga la pretensión de liberarlo inmediatamente de su dolor mediante un golpe de varita mágica. ¿Dónde encontrar esta valiosa perla? Simplemente en alguien que escuche, en alguien que me escuche, en alguien que nos escuche.

El que sabe escuchar nos ofrece un espejo que no es ni hostil ni deformante, y así comenzamos a mirarnos con un poco más de serenidad. El que escucha nos presta “su mirada”, y nosotros recibimos algo de su indulgencia y de su objetividad.

Jesús afirma que la misericordia no sólo afecta al obrar del Padre, sino que se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Por tanto, estamos llamados a vivir en misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso, y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Qué difícil es muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Apartar de nosotros el rencor, la rabia, la violencia y la venganza es la condición necesaria para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: “No permitáis que la noche os sorprenda enojados” (Ef 4, 26) (Misericordiae Vultus, 9).

¡Hablar entre nosotros! Que alguien me escuche, que yo sepa escuchar a los que acuden a mí, y sobre todo hablar de todas mis heridas con el Otro… Y esto siempre es posible, incluso cuando el que nos ha hecho daño, o al que yo se lo he causado, haya dejado este mundo o no quiera saber nada de nosotros.

El perdón es fruto de un largo proceso de maduración en el ser humano, y de muchos esfuerzos. No es un fruto espontáneo. Tengo que recorrer un largo camino y superar muchos obstáculos, y quiero compartir este camino de Año Santo con mis hermanos de la Congregación de la Misión, y con los que acuden a mí en busca de ayuda para descubrir juntos el hermoso misterio de la misericordia de nuestro Padre.

Autor: Fernando Casado, C.M.
Fuente: Boletín Vicenciano, Congregación de la Misión, provincias de Madrid, Salamanca y Barcelona, nº 3, diciembre de 2015.

1 comentario

  1. Encarnación Orden Mascuñán

    Bonita tu respuesta, Padre Fernando. Soy una convencida de que la soledad es un cáncer que tiene cura, y con nuestra misericordia podríamos «atajarlo»
    Gracias.

    Responder

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