Buscar en serio la luz de las naciones

por | Ene 1, 2016 | Reflexiones | 0 comentarios

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Dios se manifiesta a los gentiles que lo buscan de todo corazón. Les ofrece la oportunidad de ser «coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo por el Evangelio».

Los Magos, sabios por saber reconocer con humildad que no se lo saben todo, preguntan del Rey que ha nacido. Buscan adorarlo.

Porque vienen de Oriente, sin saber exactamente adónde ir, se puede imaginar los grandes esfuerzos requeridos de estos peregrinos. No solo es largo el camino, atravesando campos y ríos, páramos y montañas; tampoco se sabe qué les espera en el destino desconocido.

Sus esfuerzos no resultan en vano; el Señor les concede la gracia de encontrarse con él y postrarse en acatamiento de él. Así enaltece Dios y colma de bendiciones a los que, sedientos y hambrientos de justicia, humilde y sinceramente le buscan de todo corazón.

A los suyos, en cambio, los despide vacíos el Señor por reaccionar ellos como si fueran ricos y seguros sin él, por su doblez y su indiferencia. Expresa Herodes su deseo de adorar a Jesús, pero en realidad busca matarlo. Los absortos en sus cultos y estudios buscan saber de manera exhaustiva del Mesías, de quien dan testimonio la ley y los profetas. Pero no hacen nada para conocerle.

Si así son los dirigentes, ¿qué será de los dirigidos capitalinos? Se nos cuenta que todo Jerusalén se sobresalta con Herodes. Y nada se menciona sobre si se une uno de ellos a los forasteros. ¿Les basta a todos con tener la Casa de Dios, la que jamás se puede cambiar por casa cualquiera?

Y, ¿nos basta a los adoradores de Jesús con tener nuestros santuarios ? ¿Conocemos a Jesús de cerca realmente, convertidos en íntimos discípulos del que da a conocer a Dios a quien nadie jamás ha visto? ¿No seguimos buscando la realeza verdadera en los palacios de los grandes, y no en las casas de los pequeños, desmintiendo así la Epifanía del —por citar a san Vicente de Paúl (SV.ES VI:144)— «Salvador del mundo como anonadado bajo la foma de un niño»?

¿Nos centramos en Jesús durante nuestras celebraciones eucarísticas de modo que ardan nuestros corazones y se nos abran los ojos para reconocer al que se ofrece como nuestro alimento? Sospechosas resultarán nuestros rituales no sea que hallemos palpable la presencia real de Jesús, no solo en las especies eucarísticas, sino también en las desfiguraciones, vulgaridades, groserías de tantos hermanos y hermanas ignorados (SV.ES XI:725).

Señor, concédenos regalar a los pobres nuestro ser y poseer, para que nuestra oscuridad se vuelva mediodía.

3 de enero de 2016
Epifanía del Señor (C)
Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3a. 5-6; Mt 2, 1-12

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