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La misericordia de las Hijas de la Caridad (Segunda parte)

por | Dic 19, 2015 | Hijas de la Caridad, Reflexiones | 0 comentarios

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Una sociedad sin corazón

El Papa Francisco, con la Bula La cara de la Misericordia, promulgó un Jubileo Extraordinario de la Misericordia desde el 8/12/ 2015 al 20/11/2016. Pues: “¡Hay tanta necesidad de misericordia!”, “¡Cómo deseo que los años venideros estén saturados de misericordia y poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios!” (MV, 5). Porque los corazones de los hombres no albergan misericordia. Son humanos deshumanizados, indiferentes a las penas ajenas en esta sociedad donde solo triunfan los fuertes. Sin puestos de trabajos, se ha convertido en un estadio donde se forma a los hombres para vencer y no mostrar compasión con los que pierden, rivales suyos. La técnica, el rendimiento, la burocracia han destruido la ternura. Vuelve a ser realidad el adagio romano: “el hombre es un lobo para el hombre”. Necesitamos mostrar nuestros sentimientos, incluso las lágrimas.

La Hija de la Caridad está llamada a “poner corazón” en los engranajes de la vida moderna, a sostener al desvalido y acercarse personal y comunitariamente al que sufre. Juan Pablo II, en 1997 escribía a Sor Juana Elizondo, Superiora General, que “las Hijas de la Caridad tienen por vocación ser el rostro de amor y de misericordia de Cristo”. Frase provocadora: tu vocación no es servir a los pobres sino expresar el amor y la misericordia de Jesús, como el Samaritano y el Padre del hijo pródigo.

El mundo lleva siglos gobernado por la razón. Ya es hora de que sea dirigido por el corazón. La razón es admirable. Empleada para lo bueno consigue el bienestar y la paz, para destruir engendra terrorismo. Cabeza y corazón se necesitan. Para un servicio eficaz se necesita una mente que organice, pero para servirlos es mejor el corazón. Si falta, la convivencia es un pedregal y el pobre pasa desapercibido. Santa Luisa pide tolerancia y cordialidad para la convivencia, y en la compasión para servirlos.

La misericordia y compasión

El Papa Francisco (MV, 9), presenta a Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira, y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6), que envía a su Hijo al mundo para decir que “quiere misericordia y no sa-crificios” (Mt 9,13; 12,7) y exclama: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán miseri-cordia”. Cuando Juan quiere saber si Jesús es el Mesías, este le muestra las obras de misericordia (Lc 7, 22). Y la encíclica Rico en misericordia dice que creer en Dios es creer en su misericordia (n. 8).

Misericordia significa tener corazón ante la miseria ajena, como en el buen Samaritano (Lc 10,33-37) y en el clamor de san Vicente: “los pobres son mi peso y mi dolor” (Abelly, III, 120). Por su parte, santa Luisa aconseja a sus hijas que tengan “gran compasión por los pobres enfermos que sufren sin otra asistencia corporal ni espiritual que la que ellas les dan” (E 91).

La misericordia es una montaña con dos vertientes: la compasión y el perdón, y la cordialidad es la vegetación que embellece. Compasión sin límites: “sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”, y perdón incondicional “hasta setenta veces siete”. La compasión es la raíz, la misericordia, su fruto, la cordialidad la belleza que presenta la Hermana y el perdón, la máquina que despeja el camino

Son las virtudes de las Hijas de la Caridad, según san Vicente: “Ejercitan la misericordia, que es esa hermosa virtud de la que se ha dicho: “Lo propio de Dios es la misericordia” (XI, 253). Y animaba: “Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos… ¡Oh Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación ni quites de esta compañía el espíritu de misericordia! ¿Qué sería de nosotros, si nos retirases tu misericordia?” (XI, 233s). Explicando que “el Hijo de Dios, al no poder tener senti­mientos de compasión en el cielo, quiso hacerse hombre, para compadecer nuestras miserias. Para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra” (XI, 771). Y exclamaba: “¡por las entrañas de Jesucristo!”

Ni la cordialidad ni la compasión suprimen el dolor, pero actúan de bálsamo. Es comienzo de caridad. La caridad es más divina, la compasión, más humilde. La compasión es amor más bajo, pues solo se mueve ante el dolor, pero más asequible. Quien no ama a quien ve sufrir, difícil amará a quien ve triunfar; pero ambas quedan nubladas sin cordialidad. Sin misericordia viviríamos cómodos y sin caridad, despreocupados, pero habríamos matado el corazón y no seríamos vicencianos (MV, 8).

La misericordia no exige que deba sufrir quien se compadece. Jesús en la última Cena desahogó su tristeza, pero a sus discípulos los consuela. Santa Luisa sintió toda clase de sufrimientos “desde su mismo nacimiento”, pero nunca pidió que sufrieran con ella. Ni ella quiso sufrir ni exigió a las Hermanas que sufrieran con las compañeras enfermas (E 19; c. 122, 248.). Porque, si el sufrimiento es malo, hay que huir del dolor, a no ser para compartir el dolor ajeno y aliviar al que sufre. La compa-sión asume una parte del dolor de quien sufre para que sufra menos. Quien sufre siente menos dolor al no estar solo y tener a un amigo que comparte sus penas, busca soluciones y le llena de esperanza.

La compasión lleva a ver los defectos de las Hermanas como sufrimiento de la compañera; empuja a ayudarla más que a murmurar, da el perdón, aleja los reproches y ofrece nuevas oportunidades. Pero, ante todo, tener misericordia significa manifestar ternura y actuar para suprimir o aliviar el dolor del que sufre; exige disponibilidad y paciencia, acogida afectuosa y escucha atenta. Tener misericordia supone crear un ambiente de amistad que cure las heridas, sane las desconfianzas y construya la unión.

La cordialidad compasiva

El ropaje con que se viste la misericordia es la compasión y la cordialidad para no herir la sensibilidad de la persona que sufre y es el vestido predilecto de las Hijas de la Caridad. La cordialidad es el componente primordial de la misericordia; quien sufre busca afecto (MV 10). Santa Luisa recalca la cordialidad para vivir en comunidad. Una Hermana cayó enferma y Luisa le escribe a la Hermana Sirviente: dígale que “no se desanime, que experimente en ella la necesidad que los pobres enfermos tienen de asistencia y dulzura”. Y que para reconciliarse, ejercite la cordialidad (c. 7,15).

Cuando va a fundar una comunidad en el hospital de Nantes, manda a la Hermana que la sustituye de Superiora en Paris que comunique a sus compañeras lo que haga “con mucha dulzura y cordialidad”, que “sus visitas no parezcan más que cordialidad y que su conversación sea afectuosa” (c. 155). La misericordia vestida de dulzura es la luz y el aire fresco que hace agradable vivir en una casa. Misericordia sin cordialidad enrarece el aire y termina asfixiando. San Vicente lo explica a su manera: “Si tenéis amor a los pobres, demostraréis que os sentís muy gustosas de verlos. Cuando una hermana tiene amor a otra hermana, se lo demuestra en sus palabras… De forma que conviene que os demostréis unas a otras la alegría que se siente en el corazón y se refleja en la cara… Cuando se acerca una hermana, mostradle una cara que le haga ver vuestra amistad, que os sentís muy dichosas de volver a verla… Eso se llama cordialidad, que es un efecto de la caridad; de forma que si la caridad fuera una manzana, la cordialidad sería su color… También puede decirse que, si la caridad fuera un árbol, las hojas y el fruto serían la cordialidad; y si fuera un fuego, la llama sería la cordialidad” (IX, 1037).

La pobreza del miedo

Hoy día, la compasión se dirige a los que tienen miedo, y sienten la pobreza del miedo. El miedo es la pobreza que caracteriza a los pobres actuales y piden compasión. Las familias temen la degradación de la vida para sus hijos, la droga, sida, abusos sexuales. Hay niños que temen el acoso escolar y ancianos, la soledad. Hay mujeres que tienen miedo de su ex marido o su ex pareja, y tienen que llevar escolta, gente modesta con miedo de perder el trabajo y el dinero necesario para vivir, y los jóvenes sienten el pavor de no poder colocarse. Ven incierto su futuro, con la inquietud de no saber si sus estudios y prepa­ración servirán para algo, al ver que solo triunfa quien tiene padrinos políticos y económicos o familiares influyentes, mientras que los otros quedan marginados, y nadie se los compadece. Y últimamente, en todas partes se está extendiendo el pánico por los atentados yihadistas.

A esos pobres van la Hija de la Caridad. Si los pobres son su peso y su dolor, la Hermana asume sus miedos como propios. Si los contempla sin hacerlos suyos, aunque ayude a los pobres materialmente, no es Hija de la Caridad. Es urgente luchar contra el miedo que sienten los pobres. Y no es difícil para las Hermanas, por los cambios realizados en la sociedad moderna: las instituciones se hacen cargo de los pobres y las leyes los defienden. Por otro lado, la edad avanzada de muchas Hermanas pide que la forma de ayudar a los pobres desencantados de la vida sea infundirles ilusión y confianza. La ilusión y la confianza que pedía Jesús a los apóstoles en medio de la galerna: ¿Por qué tenéis miedo?

 

Autor: Benito Martínez, C.M.

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