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El deseo del corazón

por | Oct 12, 2015 | Reflexiones | 0 comentarios

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El P. Pat Griffin, C.M. continúa su serie «Considerando la vida consagrada» con una reflexión sobre “El deseo del corazón”

La película «Amadeus» ofrece un relato convincente y colorido de la vida de Mozart. Al final, Salieri, que había estado celoso de Mozart, que caracteriza a sí mismo como «el santo patrón de la mediocridad». Al comparar su propia creatividad musical con el genio de Mozart, no tuvo otra opción. Para el espectador, tanto la diversión y como la tristeza acompañan esta aseveración. Podemos simpatizar con el deseo de grandeza. El problema era que Salieri anhelaba ser un gran Mozart en vez de un gran Salieri. Su meta, la de esforzarse para llegar a las alturas de su arte, estaba bien, pero su objetivo era equivocado.

El papa Francisco tiene algo maravilloso que decir acerca de la ambición y la forma en que debe dar dirección y sentido a una vida consagrada.

“Mira en lo más profundo de tu corazón, mira en tus propio interior y pregúntate: ¿tienes un corazón que anhela algo grande, o un corazón que ha sido arrullados por las cosas materiales? ¿Tu corazón conserva la inquietud de buscar o has dejado que lo sofocasen por las cosas que terminan por endureciéndolo?»  (Francisco citado en Carta ¡Alégrate! A las personas consagradas, párrafo 5, 2 de febrero de 2014)

¡Otra perspicaz llamada para un examen de conciencia! (Este tipo de requerimientos es como uno de los regalos de Francisco).

Claramente, el afán de superación no es la cuestión. Podríamos estar atemorizados por el problema del orgullo o edl pecado de egoísmo, cuando ponemos demasiado énfasis en tener éxito en una determinada tarea, pero eso no debería obstaculizar nuestro esfuerzo para alcanzar lo que define realmente la grandeza. Debemos tratar de sobresalir en la caridad; debemos modelar la generosidad; la gente debe confiar en nuestro disposición al perdón. ¿Acaso un anhelo de coincidir con Vicente de Paúl o Luisa de Marillac o Federico Ozanam al vivir la vida cristiana se puede considerar una falta o una ambición?

Con demasiada frecuencia, nos quedamos satisfechos con bastante menos que el lograr la grandeza que vivieron estas personas ejemplares. No contentamos con ser mejores (en nuestra opinión) que los demás, a pesar de nuestros dones y recursos diversos. Siempre y cuando nos elevemos por encima de la media, pudiéramos pensar que somos suficientemente virtuosos. A veces, ¡el simple hecho de hablar de una mayor santidad pudiera parecer suficiente! Nos podemos «adormecer» por las cosas y nuestra propia voz.

Francisco nos convoca a «la inquietud», una idea que se expresa en sus escritos de diferentes maneras. Él alinea su pensamiento con la afirmación, tantas veces citada, de las primeras líneas de las Confesiones de San Agustín: «Nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, 1, 1, 1). Uno también podría apuntar al Salmo 62 (versículos 5-6):

Alma mía, en Dios solamente reposa,
Porque de él es mi esperanza.
El solamente es mi roca y mi salvación.

Es mi refugio, no resbalaré.

La vocación no trata de ser inquieto y nervioso, sino centrado en un objetivo mayor, que continuamente nos lanza hacia adelante. Nuestra vocación cristiana nos invita a establecernos metas, viviendo la vida evangélica con coraje e inspiración. Robert Browning lo expresa de esta manera:

«Ah, pero el alcance de un hombre debe exceder su entendimiento,
¿O para que es el cielo, si no?»
(Robert Browning, Andrea del Sarto)

El deseo de un corazón, que pone la mira en ser mejor jugador de baloncesto que Michael Jordan o mejor científico que Isaac Newton, lo condena a un sentido de inadecuación y descontento. Y la búsqueda continua de la «fruta madura» que no desafía la inteligencia de una persona, o su capacidad física, puede conducir a la decepción y una sensación de fracaso. Nunca llegamos a ser lo mejor de nosotros. Es instructiva una lección de Martin Buber:

Un rabino llamado Zusya murió y fue a presentarse ante el tribunal de Dios. Mientras esperaba que Dios vinmiese, se puso nervioso pensando en su vida y lo poco que había hecho. Empezó a imaginar que Dios le preguntaba: «¿Por qué no fuiste como Moisés o Salomón o David?» Pero, cuando Dios se le apareció, el rabino se sorprendió. Dios simplemente le preguntó: «¿Por qué no fuiste tú mismo, Zusya?» (Martin Buber, Cuentos de los jasidim)

Los Vicencianos tenemos muchos y maravillosos modelos de vida cristiana que bendicen nuestra historia. Nos recuerdan cómo el deseo de nuestro corazón siempre centrarse en nuestro servicio de los más marginados. Nosotros logramos esta meta, no por ser mejores que nadie, sino aprovechando los dones que se nos han dado, en la forma más práctica que podemos.

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