Un artículo del P. Benito Martínez, CM, enviado por el propio autor:

famvin1La Iglesia estaba en profunda crisis de identidad, hundida en escándalos y sin horizontes para las jóvenes generaciones. Y ha encontrado un líder mundial. El papa Francisco es hoy el personaje más admirado del planeta. Con unos pocos gestos simbólicos, ha logrado una revolución religiosa y política que empieza a resonar más allá de la Iglesia.

También los cristianos que pertenecemos a agrupaciones religiosas tenemos que hacer una revolución en nuestras instituciones. Debemos definir claramente nuestro papel en la sociedad y en la Iglesia del tercer milenio, y saber «la manera de asistir a los pobres» en una sociedad nueva que en poco se parece a la anterior. Una revolución que nos despierte y nos haga creativos para encontrar maneras más actuales de ayudar a los pobres de las periferias.

Una sociedad en cambio

Una revolución eficaz exige una revisión profunda y atreverse a discernir qué hay de verdad y de mentira en nuestra vida, en el servicio y en la vida espiritual. Porque todas las instituciones se desgastan y necesitan un shock que las saque del letargo; también los grupos vicencianos. El shock que nos despierte tiene que venir de la situación social en la actualidad: la integración y la igualdad entre las distintas ramas de la Familia Vicenciana y con los pobres. Tomando una comparación gastronómica, tan en moda en la actualidad, no meterlas en una licuadora para componer un cóctel uniforme, sino componer una ensalada única en la que cada componente guarda su sabor.

Integrarnos y hacer de la Familia vicenciana una institución firme, sin anular la singularidad de cada Institución, nos lo pide, además, el fenómeno de la globalización, que se extiende imparable por todo el mundo y nos lleva a integrarnos en economía, costumbres, cultura y vida religiosa, como parte de la vida social, aportándonos la dimensión positiva de sentirnos todos habitantes de la misma barriada del universo, el planeta Tierra.

Es verdad que el origen de la globalización fue económico con inquietantes aspectos negativos, como son las pingües ganancias para las naciones llamadas del primer mundo, mientras que las del tercer mundo quedan de hecho expulsadas de la globalización a causa de las deudas impagables y por carecer de técnicas modernas. Pero también ha traído aspectos positivos, como son sentirnos todos solidarios, vivir una ética universal y saber que hay un tribunal internacional de justicia.

Las migraciones extienden por los pueblos más remotos la idea de integración y asimilación, y las religiones dejan de estar lejanas, pretendiendo negativamente un relativismo religioso universal.

La mundialización influye también en las congregaciones de vida consagrada marcándoles una vida parecida, una manera semejante de vivir en medio de la sociedad. Las instituciones religiosas no pueden estar enclaustradas dentro de unos muros materiales o de unas tradiciones y normas, pues no será raro en el futuro, que tengan que servir a los pobres unidas a otras congregaciones y a seglares. Es lo que la Exhortación Apostólica Vida Consagrada llama “misión o vida compartida”. Guste o no, llega el contagio y la asimilación, no sólo en la forma de trabajar, sino también en el estilo de vivir, hasta quedar uniformadas con otras congregaciones, pero sin perder nuestra identidad ni nuestro espíritu, porque entonces, recalcaba San Vicente, habremos muerto (IX, 536‑537).

Santa Luisa de Marillac ya soñó con la integración de los PP. Paúles y las Hijas de la Caridad en una sola Institución[1]. ¿Habrá llegado el tiempo de realizarlo para toda la Familia Vicenciana, acomodándola a los tiempos actuales? Las circunstancias sociales lo favorecen. Los tiempos nos acompañan. Los dos últimos Superiores Generales han insistido en robustecer la unión entre las diferentes ramas de la Familia Vicenciana, el Papa Juan Pablo II habló sobre la misión y vida compartidas de las Congregaciones religiosas, y la eficacia de los fines y objetivos se apoya en el dicho popular la unión hace la fuerza. Por otro lado, la sociedad moderna inculca machaconamente la igualdad de hombres y mujeres. Los gobiernos, sindicatos, partidos políticos e instituciones sociales están integrados por hombres y mujeres y no se concibe asociaciones, aunque sean festivas, en las que no puedan participar al mismo nivel hombres y mujeres.

Varias instituciones eclesiales y religiosas ya se han transformando en instituciones autónomas e independientes en la vida diaria, pero mixtas en el gobierno y en los órganos de decisiones. Y, contemplando las estructuras seculares de la Congregación de la Misión en la Casa Central de la Provincia de Madrid, he oído que nació en la mente de su fundador una de las instituciones eclesiales más numerosa y acaso más influyente en la sociedad, el “Opus Dei”, integrada por hombres y mujeres, sacerdotes y seglares con unos estatutos para todos y un solo órgano de decisión.

Amigos de los pobres

Más difícil se presenta la unión de la Familia Vicenciana con los pobres. Pero es urgente realizarla. Y solo nos puede unir la amistad, hacernos amigos de ellos y ellos de nosotros. Esto implica un esfuerzo creativo especialmente para las Hijas de la Caridad que debieran actualizarse asumiendo la actitud y el comportamiento de ser una “amiga” del pobre que está a tu lado, más que de sirvienta.

Los sentimientos de una Hija de la Caridad deben ser los de una sirvienta, pero debe manifestarlos como una amiga. La idea de sirvienta ya no cuaja entre los pobres ni es creída por ellos. Es difícil presentarte como una sirvienta y considerar al pobre con todos sus defectos como sus amos y señores. Es más sencillo y posible presentarte como una amiga que quiere ayudarlos. Solo, si la Hermana, el misionero o los seglares vicentinos son amigos del pobre, tendrán confianza mutua y podrán abrirse el uno al otro, pues la ayuda mutua que se dan unicamente se la pueden dar dentro de una amistad insustituible donde no hay señores ni sirvientas. Jesús mismo es un hombre que se presenta ante el pueblo como un amigo que quiere ayudarlos y dialogar con ellos. Y para poder dialogar hay que saber situarse en el lugar del interlocutor, arriesgarse a ver el mundo con los ojos con los que él lo ve; hay que asumir sus dificultades y oscuridades. Esto significa ser amigos. Para poder presentarle a Jesús, hay que conocer la realidad de aquel al cual se dirige. En caso contrario nos arriesgamos a ser considerados como extraños o intrusos en su intimidad.

Servicio corporal y espiritual

Y no vale que la unión sea complementaria. Unas ramas harían el servicio material y otras el servicio espiritual, sino integradora: todas las ramas para el servicio material y espiritual. Claramente lo dice santa Luisa de las Hijas de la Caridad: “Una de las funciones principales del establecimiento de la Cofradía y Compañía de las Hijas de la Caridad es el servicio espiritual de los Pobres; todas están persuadidas de esta verdad” (E 108). Mientras que a los misioneros san Vicente se lo recuerda con energía: “Pero ¿para qué encargarse de un hospital?… ¿Y por qué hemos de ir hasta la frontera a distribuirles limosnas, apartándonos de nuestras funciones? Padres, ¿es posible criticar estas buenas obras sin ser un impío? Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos?… Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó” (XI, 393).

Consecuencia final

En la actualidad los gobiernos locales y nacionales están institucionalizando o controlando la sanidad, la educación y la labor social. Los seglares están ocupando los puestos que desempeñaban las instituciones religiosas que parece que ya nada tienen que hacer en la sociedad, a no ser el de ser signo y testimonio del Reino de Dios en la tierra, que fue para lo que nacieron en la historia. Pero las fundaciones vicencianas no fueron fundadas para ser signo, aunque lo sean; su nacimiento fue exclusivamente para servir a Dios en los pobres. ¿Tienen que morir, entonces, pues toda obra en favor de los necesitados ya está cubierta por instituciones civiles? No, si cumplen cuatro requisitos: Agruparse en una Institución firme que afiance su fuerza, instalarse en los lugares o en las obras de pobres excluidos a las que no llega ni atiende el Estado; dar a los pobres, junto al servicio material, el espiritual y evangelizador; y finalmente humanizar el servicio con el color y la impronta de su espíritu vicenciano.

 

[1] SL. E 33 y 53; c. 228 y 374. Ved Benito MARTÍNEZ, “Aproximación biográfica de santa Luisa” en Luisa de Marillac, CEME, Salamanca 1993, págs. 33-37.


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