(Vincentian Family leaders meeting in ParisEncuentro de Formación para los Dirigentes de las ramas de la Familia Vicenciana)

Introducción

Desde hace bastante tiempo, estamos oyendo, en la Congregación de la Misión y en muchos círculos de la Familia Vicenciana, dos cuestiones referentes al “ser” y al “quehacer” vicencianos. Por un lado, todos estamos plenamente de acuerdo en que el carisma, el “ser”, la identidad, el sello característico de los vicencianos ha estado, está y estará de plena y total actualidad. Por otro lado, no está tan clara nuestra forma de vivir y de transmitir ese “ser” vicenciano. En definitiva, se trata de la confrontación entre nuestra identidad y nuestra significatividad.

También, con frecuencia, nos quejamos, en reuniones, asambleas y conversaciones privadas, de que, en nuestros ministerios, apenas nos distinguimos de los sacerdotes diocesanos, que hacemos prácticamente lo mismo que ellos, que nuestra misión no llega a tener una impronta vicenciana, que nuestro “quehacer” no transmite nada o casi nada específicamente vicenciano.

El P. Eli Chaves dos Santos, Consejero General de la Congregación de la Misión, decía en la reunión de Visitadores de todo el mundo, tenida a principios del pasado mes de julio en New York: “Se siente hoy una inquietud entre muchos cohermanos que se preguntan: ¿Los obispos, el clero y la gente nos identifican como verdaderamente misioneros? ¿Por qué hay una gran ausencia de la Congregación en las iniciativas y en los organismos misioneros y caritativos de la Iglesia?… Tenemos el riesgo de centrar casi todas las energías en lo que se llama “pastoral ordinaria”. Una pastoral ligada al territorio (parroquia), centrada sobre todo en la liturgia, la catequesis y los servicios parroquiales. Una pastoral que absorbe las mejores energías de los cohermanos y que puede convertirse en obstáculo para el impulso de una evangelización más decidida y misionera”. Y esto, dicho sobre la Congregación de la Misión, es igualmente aplicable a toda la amplia Familia Vicenciana.

No es este el momento ni el lugar de valorar o de discutir estas quejas o estas interpelaciones. Es el momento de reflexionar sobre una serie de cuestiones fundamentales de nuestro presente y de nuestro futuro: ¿podemos aportar algo los vicencianos a la nueva y urgente evangelización? ¿somos capaces los vicencianos de hacer fructificar nuestro carisma, nuestra espiritualidad, nuestro ser en la tarea de la nueva evangelización? ¿cuáles son las claves vicencianas que pueden contribuir a hacer eficaz y operativo este proyecto planetario de la nueva evangelización? ¿en qué campo evangelizador debemos movernos hoy los vicencianos?…

La evangelización, tarea de todos los cristianos

Queda claro que se trata de ver si los vicencianos (cuando hablo de “vicenciano”, me refiero a la Familia Vicenciana) tenemos algo que decir en el campo universal de la evangelización. Evidentemente, la evangelización es urgencia, ministerio y mandato universal para toda la Iglesia. El Papa Pablo VI, en la Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”, nos dice: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, nº 14).

De suyo, no podemos hablar de una “evangelización vicenciana”, en cuanto tal, ni de una evangelización ignaciana o franciscana o dominicana. Porque el vasto campo de la evangelización es de todos los cristianos y para todos los cristianos. Es la tarea de toda la Iglesia. No es una tarea más entre muchas. Es la tarea fundamental y la razón de ser de la Iglesia. Hay que poner el énfasis en el artículo “la”.

El arcoíris es un conjunto de variados colores, de ahí su belleza. Es un conjunto de colores que no es de ningún color concreto y específico, sino de todos los colores por igual. Y así, cada color contribuye a embellecer el conjunto. Podríamos decir que de lo que se trata es de encontrar ese color netamente vicenciano que contribuye a embellecer el arcoíris de la evangelización. O sea, qué puede aportar a la evangelización universal el carisma vicenciano.

Algunas aclaraciones sobre la nueva evangelización

En el título de esta conferencia se habla de la “nueva evangelización”. Es el vocablo que solemos usar con más frecuencia en los últimos años, desde que el Papa Juan Pablo II, en una visita pastoral a Polonia en 1979, hablase de “una evangelización nueva en su ardor, en su método y en su expresión”. El Papa anterior, Benedicto XVI, hizo de la nueva evangelización el tema medular de su Papado e instituyó el “Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización”. El último Sínodo de los obispos ha tratado sobre la nueva evangelización. Y el Papa Francisco tiene la nueva evangelización como punto fundamental. Es decir, hoy al hablar de evangelización, siempre se emplea el adjetivo calificativo “nueva”.

No voy a entrar en disquisiciones sobre el empleo del vocablo evangelización “sin adjetivo” o evangelización “con adjetivo”. Pienso que, en definitiva, es lo mismo, que lo verdaderamente importante es el “sustantivo”, es decir la “evangelización”. Pero es necesario tener en cuenta lo siguiente:

– La nueva evangelización significa dos cosas. Obviamente, y en primer lugar, significa que de nuevo hay que volver a evangelizar, puesto que la secularización se está decantando en occidente como una galopante descristianización. Los valores del evangelio, tales como el amor, la fraternidad, la igualdad, la solidaridad… han cedido estrepitosamente ante el empuje de nuevos valores “seculares” como el progreso, la eficacia, el éxito, el consumo… Pues aunque los valores cristianos siguen en la boca, hace tiempo que ya no están en el corazón. No son los que nos mueven cada día, sino los que dejamos que solamente nos conmuevan en días señalados y contados con los dedos de una mano.

–Pero la nueva evangelización significa también, y sobre todo, que hay que evangelizar de nuevo, de una manera nueva, con nuevos métodos, nuevas metas y nuevas estrategias, para no incurrir en los errores del pasado. La nueva meta no puede ser el formar otra cristiandad, sino la construcción del reino de Dios. Y eso nada tiene que ver con la ocupación conquistadora del mundo, sino con la presencia testimonial en el mundo. No se trata de bautizar una cultura o un territorio, sino de bautizar al que crea, es decir, al que quiera asumir y compartir el mensaje de Jesús de Nazaret.

– Tampoco hay que olvidar lo que el Papa Francisco viene repitiendo con insistencia en todas sus alocuciones y, más concretamente, en su reciente Exhortación apostólica “Evangelii gaudium”: que la evangelización (o la nueva evangelización) tiene que poner a la Iglesia, a toda la Iglesia, en “estado de misión” y tiene que moverse en las “periferias” de la vida, periferias materiales, morales, geográficas, existenciales, espirituales…; y que esta evangelización tiene que ser diálogo, sanación, esperanza y alegría (Cf Evangelii gaudium, nn. 20, 30, 46, 191). Lo mismo que dijo, el 13 de octubre del pasado año, a los miembros del Pontificio Consejo para la nueva evangelización: “La Iglesia es la casa en la cual las puertas están siempre abiertas no sólo para que cada uno pueda encontrar allí acogida y respirar amor y esperanza, sino también para que nosotros podamos salir a llevar este amor y esta esperanza. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nuestro recinto y nos guía hasta las periferias de la humanidad”.

Por eso, después de todo lo dicho, me atrevo a trazar unas claves o líneas específicamente vicencianas que nos aproximen a lo que pudiera ser hoy nuestra contribución genuina a la nueva y urgente evangelización.

Marco general de la misión vicenciana

Tendríamos que partir de un telón de fondo o marco general vicenciano. El mismo San Vicente de Paúl nos lo proporciona, el 6 de diciembre de 1658, en una conferencia a los misioneros que, precisamente, trata sobre “la finalidad de la Congregación de la Misión”: “(Nuestra misión es): dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres” (SVP, XI, 387, en la edición española). Es curioso que esta frase clave y fundamental de San Vicente apenas la hemos citado o empleado los sacerdotes de la Misión. Sin embargo, las Hijas de la Caridad la han recogido en sus Constituciones, tanto en las anteriores como en las actuales renovadas.

Esta frase, para mí, constituye el mejor resumen de lo que debe ser el sello vicenciano de la evangelización. Y nos lleva a las grandes resonancias de la “Evangelii nuntiandi” de Pablo VI, el documento más completo sobre la evangelización en el mundo actual.

Desde este marco general deben inspirarse, orientarse y articularse todas nuestras acciones evangelizadoras, y también hacia este marco general deben confluir todas nuestras actitudes y disposiciones.

Este marco general nos presenta lo nuclear de la inspiración vicenciana: Dios, Jesucristo y los pobres. Son también las tres columnas que sustentan la espiritualidad y la praxis de Vicente de Paúl y de sus seguidores:

— La primacía de Dios: Dios es lo primero, es el absoluto. Nosotros somos cauces de la bondad y de la misericordia de Dios. Pero el Dios que tiene que anunciar un vicenciano es el Dios “protector de los pobres”, como diría Vicente de Paúl (SVP, IX, 1057), el Dios del amor, de la misericordia. Dios es el primero que opta por los pobres. Por tanto, la causa de los pobres es la causa de Dios y la cuestión de los pobres es la cuestión de Dios. Por eso, podemos decir que la opción por los pobres, antes que un mandamiento o un compromiso, es una realidad de fe y una verdad teológica.

— La centralidad de Cristo: toda la vida de Vicente de Paúl es cristocéntrica y la cristología de Vicente de Paúl no es teórica, sino viva y existencial. Obviamente, la identi­dad vicenciana es cristocéntrica y, por tanto, su opción por los pobres sólo se en­tiende porque la causa de los pobres es la causa de Cristo, y sigue y anuncia a “Jesucristo, evangelizador y servidor de los pobres”, como también subraya Vicente de Paúl. Además, el vicenciano tiene que fijar su mirada en el en el capítulo 4, versículos 18 y 19 del evan­gelio de San Lucas (“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres…”). Ahí encuentra el punto clave de su opción por los pobres, de su vocación y de su misión en la Iglesia y en la sociedad.

— La pasión por los pobres: no se trata solamente de preocupación por los pobres o de cercanía a los pobres, sino de algo más. Se trata de vivir aquello que expresaba Vicente de Paúl: “Los pobres, que no saben qué hacer ni a dónde ir, que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor” (Carta de Vicente de Paúl al P. Almerás, el 8 de octubre de 1649. Cf P. Collet, La vie de Saint Vincent de Paul, vol. I, p. 479). Se trata de que los pobres sean nuestra pasión dominante, y ante una pasión así, todo lo demás queda en un segundo plano. Vicente de Paúl, movido por esa pasión por los pobres, llega a decir: “Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria” (SVP, IX, 451).

Hilo conductor de la misión vicenciana

Ese “marco general vicenciano” está vertebrado por una especie de “hilo conductor” que da unidad y coherencia a la misión vicenciana. Porque el peligro que tenemos es que la espiritualidad vicenciana propia y específica se diluya y pierda fuerza y  calor entre tantos grupos y espiritualidades eclesiales. Por eso, es bueno y necesario tener en cuenta este “hilo conductor” que teje y entreteje la misión o la evangelización desde el ámbito vicenciano.

Y ese hilo conductor es la “estructura diacónica” del carisma vicenciano. Con esta expresión me estoy refiriendo a la “ca­ridad”, al “servi­cio de la caridad”, a la “misión de la caridad”, a la “diaconía” en su sen­tido etimológico de amor servicial. Porque en la “diaconía” habitan en una perfecta unión la caridad, la comunión, el servicio, la misión, la entrega total.

Todas las acciones, pensamientos e intuiciones de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac tienen la motiva­ción, la urgencia y el enfoque de la caridad como misión y de la misión como caridad. Y su estilo de vida, que encarecidamente re­comiendan a sus hijos e hijas, es vivir en “estado de caridad”. Aún más, la perfec­ción cristiana a la que deben aspirar sus seguidores y seguidoras es la “perfec­ción de la cari­dad”.

Vicente de Paúl une -y recomienda unir- el amor afectivo y el amor efectivo como dos realidades que tienen que formar un solo cuerpo, como la unión inse­parable entre caridad y misión (Cf SVP, IX,534, 536, 539, 540). Y advierte que el amor afectivo sin compro­miso evangelizador -o sea, la caridad sin la misión- es, por lo menos, sospechoso: “Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de com­placencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un cora­zón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfe­chos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada…, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: Totum opus nostrum in operatione consistit” (SVP, XI, 733).

Por eso, se puede decir que el carisma vicenciano está habitado por un fuego in­extinguible y abrasador: el fuego de la caridad que nos cohesiona, nos urge y nos quema en la misión. Si no entramos en esta estructura diacónica del carisma vicenciano, en esta unión indisoluble de caridad y misión, correremos el peligro de caer en espiritualismos nada recomenda­bles para un cristiano y para un vicenciano.

El agente de la misión vicenciana

Cuando hablamos de “evangelización” o de “nueva evangelización”, damos por supuesto que, para que haya evangelización, tiene que haber evangelizadores. Y para que haya un “aporte vicenciano a la nueva evangelización”, tiene que haber evangelizadores específicamente vicencianos, agentes de la misión imbuidos del carisma vicenciano e impulsados por la espiritualidad vicenciana.

Por eso, es conveniente trazar una especie de imagen o retrato breve del “evangelizador vicenciano”, resaltando las líneas más importantes y fundamentales de ese retrato:

a) Persona con profunda experiencia de Dios. Que significa mucho más que ser simplemente piadoso.

b) Persona identificada con Cristo, evangelizador de los pobres. De tal forma que San Vicente de Paúl dice a los sacerdotes de la Misión: “¡Qué dicha, padres, hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es esto hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer en la tierra, como ya hemos dicho? El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres. ¡Qué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor, que es enseñar el camino del cielo a los pobres!” (SVP, XI, 209-210). Son innumerables los textos que encontramos en las conferencias de San Vicente de Paúl con el mismo o muy parecido contenido.

c) Persona con firme y convencido sentido de pertenencia a esta vocación específica vicenciana. Y que se alimenta de la espiritualidad vicenciana y tiene muy clara en su vida la espiritualidad vicenciana. Vicente de Paúl insistía a los sacerdotes de la Misión: “Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para noso­tros, el resto es accesorio” (P. Collet, La vie de Saint Vincent de Paul, vol. I, p. 168).

d) Persona que se esfuerza por leer la voluntad de Dios en los “signos de los tiempos”, y que se esfuerza en leer estos “signos de los tiempos” en referencia a las necesidades y acontecimientos que tienen que ver con los pobres, los desvalidos, los marginados, los excluidos…

e) Persona llena de celo (virtud vicenciana), con todo lo que conlleva de tensión por la evangelización, de audacia y creatividad para abrir nuevos caminos de evangelización.

f) Persona que siente la obligación y la urgencia de formarse permanente y continuamente. Y que está convencido de que la “formación para la evangelización” es una cuestión de justicia para los pobres a quienes hay que evangelizar. No basta con la buena voluntad ni con la repetida frase de “siempre se ha hecho así”.

El destinatario de la misión vicenciana

El Sínodo sobre la nueva evangelización dedicó la “Propuesta 50” a la Vida Consagrada y dijo: “La vida consagrada, plenamente evangélica y evangelizadora, en profunda comunión con los pastores de la Iglesia y con la colaboración de los laicos, fieles a sus respectivos carismas, proporcionará una contribución significativa a la nueva evangelización. El Sínodo pide a las órdenes y congregaciones que estén totalmente disponibles para ir a las fronteras geográficas, sociales y culturales de la evangelización. El Sínodo invita a los consagrados a acercarse a los nuevos areópagos de la misión”.

También, en el “Instrumentum laboris” del Sínodo sobre la nueva evangelización se dio mucha importancia a una serie de “escenarios” -o “nuevos areópagos”- donde hoy es más apremiante y necesaria la evangelización. Y se habló de escenarios como la cultura, el fenómeno migratorio, los medios de comunicación social, la economía global, los avances científicos y tecnológicos, el mundo de la política… (Instrumentum laboris, nn. 52-60).

Por otra parte, es ya sabida y repetida la afirmación de que los consagrados deben estar en la vanguardia de la misión: en la periferia, con los más pobres y excluidos, allí donde las llamadas de los pobres son más urgentes; en la frontera, donde la iglesia enfrenta los nuevos y difíciles problemas y desafíos misioneros presentes en los nuevos areópagos; y en el desierto, donde el evangelio es poco conocido, allí donde la Iglesia es pobre, es una minoría o está dando sus primeros pasos.

Evidentemente, lo que acabo de citar referente a los “consagrados”, vale igualmente, en nuestro caso, para toda la Familia Vicenciana, para todas las ramas de esta gran familia. Y así, aplicando todo esto al evangelizador vicenciano, surgen inmediatamente unas cuantas preguntas: ¿con quién estamos los vicencianos? ¿dónde estamos? ¿cómo evangelizamos? ¿dónde ponemos el énfasis evangelizador? ¿qué escenarios o areópagos de la nueva evangelización entran en nuestras preocupaciones e inquietudes evangelizadoras? ¿desde dónde impulsamos la evangelización? ¿estamos en la vanguardia de la misión o nos hemos acostumbrado a una pastoral sacramentalista y de conservación? ¿estamos donde debemos estar según nuestro carisma y nuestra espiritualidad?…

Fácilmente se puede observar que las anteriores preguntas tienen que ver con lo que llamaríamos “los destinatarios” de la evangelización, es decir, aquellos a quienes se dirige o debe dirigirse nuestra misión vicenciana. Y, si queremos concretar un poco quiénes son o deben ser esos “destinatarios” para el evangelizador vicenciano, podríamos dibujar una serie de líneas:

— Los pobres, en toda la extensión de la palabra “pobre” y en toda la extensión de la realidad de la pobreza: desde la pobreza económica hasta la pobreza cultural, moral, psicológica y social. Desde los pobres de siempre hasta los nuevos pobres que están siendo fabricados por los “mecanismos perversos” y las “estructuras de pecado”, como dice Juan Pablo II en su encíclica “Sollicitudo rei socialis”. Desde las víctimas de un sistema mundial y global intrínsecamente inhumano e injusto hasta los colectivos empobrecidos y cada vez más vulnerables, fruto de la crisis económica, social y de valores que estamos padeciendo.

— Los necesitados de formación cristiana y de atención espiritual que, además, son pobres y que, por esa necesidad, son todavía más pobres. El Papa Francisco dice en la Exhotación apostólica “Evangelii gaudium”, en el nº 200: “La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe”. Aunque hay que tener mucho cuidado con el empleo inadecuado de lo que se suele catalogar como “pobres espirituales”.

— Los pobres a los que nadie llega y nadie quiere atender. Es decir, los que ya no cuentan ni siquiera en las estadísticas de la pobreza, de la miseria y de la marginación social. Los que han perdido hasta la visibilidad o a nadie interesa que se hagan visibles. En definitiva, aquellos a los que se refería Santa Luisa de Marillac cuando hablaba del servicio de la Compañía de las Hijas de la Caridad: “¡Qué dicha si la Compañía no tuviera que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo!” (SL, E. 108, nº 286, en la edición española).

El mensaje vicenciano (algunas insistencias desde el carisma vicenciano)

La evangelización o la nueva evangelización lleva consigo un “mensaje”, un “anuncio”, una “buena noticia de salvación”. En realidad, el mensaje evangelizador nuclear y fundamental es el mensaje de Jesucristo, es anunciar, con palabras y obras, lo que llamamos el “kerygma”: “Si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom 10, 9).

Pero en este mensaje universal puede haber insistencias específicas. Y los vicencianos podemos aportar algunas de estas insistencias derivadas de nuestro carisma y de nuestra espiritualidad propia. Voy a señalar cuatro insistencias vicencianas dentro del mensaje universal de la evangelización:

— El Dios vivo y verdadero revelado por Jesucristo. Y si vamos al evangelio, vemos que se trata del “Buen Dios”. Es decir, Dios como Padre, como Amor, como misericordia, como perdón gratuito, como protector y defensor de los pobres. Mons. Oscar Arnulfo Romero, comentando una frase de San Ireneo de Lyon, decía: “Gloria Dei pauper vivens” (“La gloria de Dios es que el pobre viva”).

— Jesucristo salvador y liberador. Jesucristo encarnado, que se hace el último, el siervo, que nos sirve su vida, su muerte y su resurrección. Jesucristo que se presenta como el Mesías ungido por el Espíritu para liberar a los cautivos, romper los cepos, liberar a los pobres… Jesucristo que nos trae el Reino y ese Reino es, principalmente, para los pobres.

— La caridad, como eje fundamental de nuestra existencia creyente. El amor afectivo y efectivo como centro neurálgico del creyente y como prueba verdadera de la fe: “La fe actúa por el amor”, dice San Pablo a los Gálatas (Gal, 5, 6).

— El pobre como “sacramento de Cristo” (Mt 25, 31-46) y como “señor y maestro”. Esto es lo más específicamente vicenciano. Y para que no lo olvidemos, Vicente de Paúl nos lo dijo de mil formas y maneras, por ejemplo, cuando les dice a las señoras de las Cofradías de la Caridad (actualmente la AIC): “El mismo Cristo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, po­nerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona… ¿Y qué amor podemos tenerle noso­tros a Él, si no amamos lo que Él amó?. No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a Él y amar a los po­bres de ese modo; servirles bien a los pobres, es servirle a Él…” (SVP, X, 954-955).

Una actitud fundamental y unos criterios vicencianos

La Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” nos dice: “La evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización. Este problema de cómo evangelizar es siempre actual, porque las maneras de evangelizar cambian según las diversas circunstancias de tiempo, lugar, cultura; por eso plantean casi un desafío a nuestra capacidad de descubrir y adaptar” (Evangelii nuntiandi, nº 40).

Por eso, voy a tratar de descubrir cuáles serían los criterios que un miembro de la Familia Vicenciana debería tener en cuenta para evangelizar desde su ser y quehacer vicencianos. O dicho con otras palabras, cuáles serían sus “maneras” de colaborar a la evangelización de toda la Iglesia.

Voy a describir una actitud fundamental desde la que hay que partir en nuestra tarea evangelizadora, y una serie de criterios con los que hay que contar para llevar a cabo esa evangelización. Actitud y criterios plenamente vicencianos:

a) La “misionariedad”, como actitud básica

En varias ocasiones, el Papa Francisco ha citado una palabra poco habitual en nuestro lenguaje pastoral. Me refiero al vocablo “misionariedad” (Cf Discurso al Comité de Coordinación del CELAM, Río de Janeiro, 28 de julio de 2013). Se refiere a una actitud misionera que impregne toda nuestra vida, que llene de sentido nuestro ser cristiano y eclesial, y que oriente todas nuestras acciones evangelizadoras. Una actitud que va mucho más allá de simples “actos o de programas misioneros”.

Esta actitud está inserta en el carisma, en la espiritualidad y en la mejor tradición vicenciana. Como alguien ha dicho: “El testigo misionero innovador de San Vicente nos llama a priorizar y profundizar el trabajo misionero entre los pobres y nos invita a estar en la vanguardia de la misión”.

b) Criterios vicencianos para la evangelización

Voy a fijarme en unos cuantos criterios vicencianos que pueden aportar un gran servicio a la nueva evangelización. Y los llamo “criterios vicencianos” porque están en la misma entraña del carisma vicenciano y porque traducen y actualizan hoy el carisma que nos legó Vicente de Paúl. Evidentemente, sólo subrayo unos cuantos criterios, aunque habría algunos más. Como suele decirse, no están todos los que son, pero sí son todos los que están:

– Preferencia clara y expresa por el apostolado entre los pobres. O lo que es lo mismo, opción convencida y convincente por la evangelización de los pobres. Si no se da este criterio, sobra todo lo demás.

– Acercamiento y atención a la realidad humana, sobre todo, a la realidad sufriente de las víctimas del sistema. El comienzo del compromiso misionero está en la experiencia, y la implicación brota del impacto producido por la realidad.

– Recuperar una espiritualidad de “encarnación”. Corremos el peligro de pensar que se puede tener un compromiso “a distancia”. Por eso, podemos establecer una de regla de oro: no puede darse misión sin en­carnación; no puede darse misión sin inculturación en el mundo de los pobres.

– Comunión con los pobres. Lo cual implica verdadero conocimiento de los problemas y necesi­da­des de los pobres, auténtico encuentro con ellos, acogida profunda, participación real en sus avatares, sensibilidad respecto de sus derechos, docili­dad servicial ante sus exigencias, escucha y diálogo para descubrir sus valores y ayudar­les a tomar conciencia de su potencial liberador.

– Evangelización “integral”, de palabra y de obra. Decía Vicente de Paúl: “Si hay alguno entre vosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que Nuestro Señor practicó…” (SVP, XI, 393).

– Promover, impulsar, acompañar, formar al laicado, especialmente en todo lo que concierne al carisma, a la espiritualidad y a la misión vicenciana.

– Formar y ser formados en la Doctrina Social de la Iglesia, como traducción viva y actual del espíritu vicenciano. Decía, hace unos años, el entonces Superior General de la Congregación de la Misión, P. Robert Maloney: “Sugiero que todos los programas de formación vicenciana del siglo XXI debieran impartir una considerable dosis de esta doctrina. Y espero que, en el siglo XXI, algunos laicos vicencianos sean expertos en la Doctrina Social de la Iglesia”.

– Impulsar lo que hoy se conoce como “misión compartida” en y con la Familia Vicenciana.

– Privilegiar con audacia, con creatividad, con nueva imaginación, con entusiasmo la “misión popular”. Es una de las señas de identidad evangelizadora de los vicencianos.

– Organizar la caridad de tal forma que sea el distintivo de nuestros centros evangelizadores. Es otra herencia vicenciana que no podemos perder. Vicente de Paúl recomendaba erigir una Cofradía de la Caridad allí donde se había llevado a cabo una misión popular. Era el fruto visible de la acción evangelizadora.

– Aplicar la metodología del “cambio sistémico”. Hace bastantes años, escribía Pablo Vi: “Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?” (Evangelii nuntiandi, nº 31). Y el Papa Francisco, como una prolongación de las palabras de Pablo VI, escribe: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora” (Evangelii gaudium, nº 178). Todo esto significa que la Familia Vicenciana tiene, en el “cambio sistémico”, un criterio evangelizador en el pleno y actual sentido de lo que significa y conlleva la evangelización.

Conclusión

Evangelizar desde el compromiso con los pobres, desde el servicio caritativo es lo más genuino de las claves vicencianas de la evangelización, es lo que más y mejor podemos aportar los vicencianos a la nueva evangelización. Desde la perspectiva vicenciana, la opción por los pobres se convierte en el eje y en el centro fundamental de la nueva evangelización.

Y desde los pobres, los vicencianos tenemos que evaluar nuestro compromiso vital y evangelizador. Por eso, sería bueno terminar esta conferencia como la empezamos, con unas preguntas: ¿son los pobres quienes determinan nuestros servicios y nuestros ministe­rios? ¿son los pobres quienes conforman nuestra mentalidad y nuestros criterios? ¿están adecuadas nuestras estructuras al servicio evangelizador de los pobres? ¿Nos apremia de verdad el amor de Cristo y nos acercamos a los pobres desde ese amor?

De la respuesta que demos a estos interrogantes dependerá nuestro verdadero aporte a la nueva evangelización.

CELESTINO FERNÁNDEZ, C. M.
París, 18 de enero de 2014


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