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San Vicente de Paúl y el Rosario

por | Nov 18, 2013 | Formación | 1 comentario

San Vicente escribió buen número de cartas, pero ningún libro, salvo el muy breve de las Reglas Comunes. Durante 30 años habló a los misioneros casi todas las semanas, y a las Hijas de la Caridad durante 24. Éstas comenzaron muy pronto y con cuidado a tomar nota de las palabras suyas y de las Hermanas, pero entre los misioneros hubo bastante menos diligencia. Además, los archivos de San Lázaro fueron saqueados –como el resto del establecimiento- el 13 de julio de 1879. No han sobrevivido más que centenar y medio de pláticas a los misioneros, y 120 a las Hijas de la Caridad. Precisa espigar y reunir aquellas palabras.

En las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, san Vicente, juntamente con sus hermanos, elaboró una síntesis de la espiritualidad misionera. Fiel a Jesús, que comenzó por actuar para luego enseñar (1), san Vicente desarrolla ante todo las virtudes fundamentales, extraídas de las máximas evangélicas, y en el capítulo X expone las devociones y prácticas espirituales.

Recordemos que el vocablo devoción no había perdido aún su sentido fuerte, derivado de se devovere = dedicarse, darse: en el siglo XVII, y aun a comienzos del XVIII, «la devoción» no era sólo una piedad más menos sentimental, sino la consagración de todos los dominios de nuestra vida a Dios, a Jesucristo y a su santa Madre, con un deseo ardiente de honrarles y hacerlos conocer y amar; ello envolvía ciertamente la oración, pero además muchas otras cosas.

Comienza el capítulo X con los fundamentos teológicos: venerar y hacer que sean conocidas y amadas la Santísima Trinidad, la Encarnación y la Eucaristía. Luego, en el artículo 4º, recomienda a los misioneros la piedad para con la Virgen Santísima (2):

La misma bula (de aprobación de la Congregación) nos recomienda expresamente que veneremos también con un culto especial a la Santísima Virgen María, cosa que debemos hacer también por otras muchas razones. Nos esforzaremos en hacerlo a la perfección con la ayuda de Dios: 1º dando honor cada día con devoción singular a esta nobilísima madre de Cristo y madre nuestra; 2º imitando sus virtudes en la medida de nuestras fuerzas, sobre todo la humildad y la castidad; 3º animando con celo a los demás, siempre que se ofrezca ocasión, a que también la honren constantemente en gran manera y la sirvan con dignidad.

Se ve así cómo, para san Vicente, la fuente de toda existencia y de toda vida espiritual es la Santísima Trinidad; cómo el centro, el quicio de la relación entre Dios y los hombres es la Encarnación, Jesucristo, particularmente en la Sagrada Eucaristía, en cuanto sacrificio y en cuanto sacramento; y cómo es en unión con Jesús como veneramos a su Madre.

Es ésta la sólida doctrina que hallamos, en las escasas conferencias que de san Vicente nos quedan, para fundamentar nuestro amor a la Virgen Santísima. Tiene como base el puesto que Nuestra Señora ocupa en el plan de Dios, puesto a la vez muy humilde y muy importante: ella es la escogida de Dios para ser la madre del Salvador y la sierva del Señor, como es «el siervo del Señor» Jesús. Nuestra Señora aparece siempre unida a su Hijo, de modo igual a como su Hijo espera de nosotros que la tomemos por intermediaria. En cuarto lugar, pues, Vicente tenía una gran devoción a Nuestra Señora. Casi todas las veces que glosa una virtud, nos remite, después del ejemplo de Jesucristo, al de la Virgen María, y nos exhorta a pedir virtudes y gracias por su intercesión. Por otra parte, Vicente se mantiene siempre muy doctrinal, sin perder de vista la práctica concreta del servicio. Por ejemplo, como dice el 14 de febrero de 1659 (3), María fue quien mejor ejercitó las máximas evangélicas:

Llenemos de ellas (de las máximas evangélicas) nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia. Recemos a los apóstoles, que tanto las amaron y tan bien las observaron; recemos a la santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó; recemos, finalmente, a nuestro Señor, que las ha establecido, para que nos dé la gracia de ser fieles a su práctica, excitándonos a ello con la consideración de sus virtudes y con su ejemplo (XI, 428).

No precisa más qué «servicio» se le debe prestar, dejando margen a la iniciativa y a las costumbres. Él no era dado a la multiplicación de complicadas prácticas puramente devocionales. He aquí lo que responde, hacia 1630, a Luisa de Marillac, en relación con un ejercicio mariano que ella proponía (4):

Me agrada la práctica de devoción a María con tal de que proceda Suavemente (I, 149).

Estima san Vicente que la mejor manera de servir a Nuestra Señora, lo mismo que a su Hijo, es servirla y honrarla en nuestros hermanos, imitando sus virtudes; pero aprecia grandemente el rosario, del cual forman parte los misterios, que son los de la vida de Jesús.

Esta entrega a la Madre de Dios, llena de confianza, aparece por primera vez el 23 de agosto de 1617, en el acta de asociación de señoras de la primera Cofradía de la Caridad, en Châtillon-les-Dombes, a orillas del Chalaronne (5):

Y porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, su Hijo, las dichas damas la toman como patrona y protectora de la obra y la piden humildemente que las proteja muy especialmente (X, 567).

Tres meses más tarde, tras elaborar juntamente con las señoras, con miras a un servicio a la vez corporal y espiritual, un reglamento bastante más prolijo, que es aprobado por el arzobispo de Lyon, Vicente aguarda, para promulgarlo en la capilla del hospital, (6)

El día ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios, del año 1617 (X, 586).

Bérulle gustaba de mostrar cómo lo que Jesús vivió, sintió, dijo, hizo, todo tiene un valor eterno que atraviesa el tiempo y permite que nos unamos a ello, para expresar lo cual empleaba el término estado. Bérulle meditaba e invitaba a meditar sobre los «estados» de Jesús. Vicente, frecuentó la escuela de Bérulle y conservó su espíritu, pero raramente se encuentra en él la palabra estado; prefiere decir misterio.

Ante todo, «misterio» designa en él las verdades esenciales de la fe cristiana – Santísima Trinidad, Encarnación, Redención -. Pero designa además los «estados» de Jesús, sus palabras, sus sentimientos, sus acciones. Y nos propone hacer la oración, ya sobre un «misterio» – es decir, un aspecto de la vida de Jesús -, ya sobre una virtud (7). Vicente fundamenta toda la vida espiritual sobre la contemplación de la vida, los sentimientos y las acciones de Jesús, o sea de sus virtudes, a cuya irradiación se expone.

Henos aquí a un paso los «misterios del rosario», que son esencialmente los de la vida de Jesús, por él vividos en María, y después con ella, que meditamos nosotros en unión de quien «meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,19).

Del rosario tenía Vicente estima particular. El 26 de enero de 1645 evoca el ejemplo de san Francisco de Sales (al que llama siempre «nuestro bienaventurado padre») (9):

Nuestro bienaventurado Padre (san Francisco de Sales) decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario. Lo recomendó mucho, y él mismo lo rezó durante treinta años sin faltar nunca para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa Madre, y también para bien morir. Así pues, hijas mías, rezar el rosario es una devoción muy hermosa, particularmente para las Hijas de la Caridad, que tanta necesidad tienen de la asistencia de Dios para tener esta pureza, que les es tan necesaria.(IX, 212­213).

No introdujo la obligación de recitarlo en la Reglas Comunes de la Congregación, pero en las 28 facultades obtenidas de Roma, el 22 de diciembre de 1650, para un misionero de Madagascar y transmisibles a otros, leemos que el rosario puede sustituir al breviario (10):

23. Rezar el rosario u otras preces, si no pueden llevar consigo el breviario o no pueden rezar el oficio divino por algún impedimento legítimo. (X, 385)

Una idea semejante se registra el 8 de diciembre de 1658, cuando explica el hondo valor del rosario a las Hermanas, en cuyas Reglas lo ha introducido (11):

Ya sabéis la importancia que tiene hacer bien esta oración, ya que de todas las oraciones solamente ésta, o sea el Padrenuestro, fue la que enseñó Nuestro Señor a los apóstoles; y es esta misma oración, al menos en su parte principal, la que compone el rosario. «Cuando recéis, les dijo, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, etcétera» (Mt 6, 9). Imaginémonos, mis queridas hijas, que está en medio de nosotros y que nos dice lo mismo. La otra oración de la que está compuesto el rosario es el Avemaría, que fue hecha por el Espíritu Santo. La empezó el ángel al saludar a la santísima Virgen y la continuó santa Isabel cuando fue visitada por su prima; la Iglesia añadió todo lo demás. De forma que esta oración está inspirada por el Espíritu Santo. Así pues, hijas mías, el rosario es una oración muy eficaz, cuando se hace bien… Por eso vemos a tantas almas santas unidas para alabar a Dios y a la santísima Virgen… Así es, mis queridas hermanas, como tenéis que rezar el rosario; y tenéis que tener cuidado de cumplir bien con lo mandado; es vuestro breviario. (IX, 1145-1146).

De pasada explica a las Hermanas que también los turcos tienen un rosario, y que invocan a Alá cuando lo recitan.

En lo que nos queda de san Vicente, no tenemos ninguna meditación de los misterios del rosario, pero de entre los 15, una porción es objeto de

consideraciones dispersas por varias conferencias, tal vez a propósito de otros temas. Como Bérulle, Vicente tomaba por tema de la conferencia del viernes la festividad inmediata del ciclo litúrgico. Pronuncia pláticas sobre Adviento, Navidad, Semana Santa –así pues sobre la Pasión-, Pascua. No hallamos mencionada la Ascensión, pero sí Pentecostés todos los años. Hay otras conferencias que le llevan a hablar de la Anunciación y de la Visitación, si bien nada oímos de la Asunción. Lástima, se perdió lo más, subsisten apenas raros fragmentos. Aunque sea algo artificial, veamos de ordenar la materia bajo los siguientes epígrafes:

MISTERIOS GOZOSOS

LA ANUNCIACIÓN

Cierto que comienza viéndola bajo el aspecto fundamental de la Encarnación, de donde su insistencia sobre la oración del Ángelus: en 1614, 1615 ó 1616, en un sermón sobre la comunión, tiene elevaciones que tocan a la Encarnación, a la preparación de la Virgen María para este misterio y a la acción del Espíritu Santo en ella. Es el primer texto espiritual de san Vicente que tenemos. Vemos allí un paralelo entre la preparación de la venida de Cristo al mundo y la de su venida a nosotros: nuestras comuniones son muy aptamente una continuación de la Encarnación (12):

1. Preparación de la Encarnación

(Dios) previó, pues, que como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que le tomase de una mujer digna de recibirle, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. (X, 43)

2. Preparación de su venida a nosotros

Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirle! ¡Cómo hemos de adornar cuidadosamente nuestra alma de las virtudes requeridas por este tan alto misterio y que podemos adquirir por la devoción! (X, 43).

3. El sermón prosigue, demostrando la acción del Espíritu Santo en la Encarnación y la participación de todos los seres en la alegría del nacimiento del Hijo de Dios (13):

El Espíritu santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella y escogió la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo. Los ángeles hicieron resonar los aires con sus cánticos y alabanzas, cuando vino a este mundo. San Juan le rindió homenaje, cuando estaba todavía en el seno de su madre. Los magos, que representan a la ciencia humana, contribuyeron también por su parte a su homenaje. Los pastores, símbolo de la sencillez, le mostraron también su reverencia. ¡Y qué diremos incluso de los animales irracionales! Tampoco ellos quisieron faltar a esta adoración. Y lo que es más extraño todavía, hasta las cosas inanimadas, que carecen de inteligencia, hicieron un esfuerzo en la naturaleza para alcanzarla y poder contribuir de este modo a su fe y acatamiento. (X, 43-44)

3. ¿Y nosotros?

Si Dios Padre, Hijo y Espíritu santo, si los ángeles, los niños, los hombres ilustres en dignidad y egregios en sabiduría, si los sencillos, los animales irracionales y las cosas inanimadas contribuyeron unos a prever, otros a preparar, otros a realizar, cada uno en la medida de sus posibilidades, el nacimiento del Hijo de Dios, ¿con cuánta más razón deberá el hombre prever, esforzarse y disponerse a la recepción de este mismo creador? (X, 44)

El 6 de octubre de 1658, Vicente nos urge a entender la importancia teológica del Ángelus, pues en él hacemos memoria de la Encarnación (14):

Hijas mías, se trata de una oración para dar gracias a Dios por haber venido a este mundo a encarnarse por nuestra salvación. Este es el sentido que tiene. Angelus, etcétera, quiere decir que el ángel le anunció a la santísima Virgen que habría de concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Y la santísima Virgen, después de saber la forma con que habría de llevarse a cabo este misterio, le respondió: «Bien; es Dios el que así lo quiere; yo soy la esclava del Señor; ¡que se haga en mí según su palabra! ». Esto es lo que quiere decir: Ecce ancilla. Y a continuación se dice: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto es lo que quiere decir el Angelus. Hay que tener la intención de dar gracias a Dios por ese gran misterio siempre que oigáis el sonido de la campana. IX, 1104-1105)

El 26 de septiembre de 1659, hablando a los misioneros sobre la manera de recitar el oficio divino, medita sobre la Anunciación y demuestra la importancia de la alabanza y sus lazos con la Encarnación (15):

Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: Ave, gratia plena 1: Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; Ave, gratia plena. Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. ¿Y qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reuniendo la sangre más pura de la santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y a continuación el Verbo se unió a aquella alma y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma el Espíritu Santo realizó el misterio inefable de la encarnación. La alabanza precedió al sacrificio. (XI, 606).

E impresionan a Vicente de manera especial la modestia, la pureza, el pudor particularmente visibles en la Anunciación –dice a las Hermanas el 25 de enero de 1643- (16):

Si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo. Esta modestia, mis queridísimas hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres (IX, 96).

Esta manera de interpretar la turbación de la Virgen no es propia de san Vicente, ni tampoco de los autores espirituales. Sólo la hallamos en la manera como diversos pintores han representado la actitud de la Virgen Santísima frente al ángel. Y es algo que nos resulta caducado… Sin embargo, las mujeres, aun siendo piadosas y hasta Hermanas, ¿se aperciben siempre de que pueden turbar a los hombres? ¡Incluso teniendo edad! Ya san Agustín las ponía en guardia contra la envanecida satisfacción que ello podría depararles. (Regla de san Agustín, (Carta 211), n. 10 en la regla de los monjes)(17)

De tal modo había acertado Vicente a inculcar estas virtudes en sus discípulos, que el 31 de mayo de 1648 es una Hermana quien evoca el gozo de la Virgen Madre en la Anunciación (18):

2.º Me he fijado en la alegría que experimentaría la santísima Virgen, al sentirse tan llena del amor sagrado del Padre y del Hijo, que había realizado en ella el misterio de la Encarnación, los actos de adoración que haría delante de Dios, la acción de gracias y la ofrenda de sí misma que ella le haría (IX, 376).

LA VISITACIÓN

Ve dos aspectos, uno de alabanza a Dios y felicitación a la Virgen Madre; el otro de servicio. Tratemos primero al aspecto de la alabanza.

Por supuesto, san Vicente comentó el Magníficat. El 24 de julio de 1655 lo parafrasea de modo muy original y dinámico (19):

¡Quiera la bondad de Dios darnos… un corazón grande, ancho, inmenso! Magnificat anima mea Dominum!: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento (de inteligencia, de comprensión) para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; … anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios (XI, 122-123)

No es la primera vez que san Vicente nos exhorta a la grandeza de miras, a la amplitud de espíritu … Por otra parte, la Visitación le lleva a glosar las virtudes de relación.

Este misterio debiera inspirar vastamente a alguien tan solícito del cuidado de los pobres y enfermos a domicilio, alguien que designa ese servicio con el vocablo visitar. Pero curiosamente, en los textos que sobreviven, no habla de la Visitación bajo el ángulo referido, sino sólo de las visitas a las comunidades por parte de «visitadores» o «visitadoras» que los superiores delegan, y aun de éstos no más de dos veces … No ve en la Visitación los servicios que la Virgen Santísima presta a su prima, sino la manifestación del afecto familiar, la atención dirigida a quien es objeto de la visita, que él antepone al servicio. Es una visión muy enriquecedora y que puede servir de ejemplo a todos cuantos sirven a los pobres: más que técnicos del servicio, importa el ser humildes y fraternales, o aun maternales. En 1641 ó 1642, un 19 de abril, Vicente anuncia a un misionero la visita del P. Dehorngy, que va de su parte, y añade (20):

Así pues, yo les veré por medio de él y les abrazaré por medio de él, en el amor de nuestro Señor, a quien suplico que les de a ustedes las disposiciones que tuvieron san Zacarías y santa Isabel para recibir las gracias que les trajo la visita de la santísima Virgen, y al padre Dehorgny que lo anime del espíritu con que llenó a su santa Madre (II, 207).

En julio de 1646, al explicar su papel a las Hermanas enviadas para que visiten las casas de Hermanas de París, Vicente hace referencia al ejemplo de la Visitación (21):

Hay que hacerla pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen cuando fue a visitar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad. Ella no reprendió a nadie, sino, que, con su ejemplo, instruyó a santa Isabel y a toda su familia en sus deberes… Sobre todo, guardaos de pensar que sois personas importantes, por haber sido destinadas a visitar a las otras (IX, 246).

LA NATIVIDAD DE CRISTO

En el nacimiento del Salvador san Vicente ve ante todo y muy especialmente el abajamiento. Una carta del 22 de diciembre de 1656 a Jean Martin concluye con la comunicación de los pensamientos de Vicente sobre el tema: el abajamiento del Hijo de Dios, en términos berullanos. El Hijo de Dios, por quien todo fue hecho, que da la existencia a todo ser, según enseña el prólogo al evangelio de san Juan, se hace criatura, algo que no existe por sí mismo, sino que existe por voluntad y amor de Dios (22):

Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontraremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación. Con este deseo y en su amor soy, Padre, su muy humilde servidor (VI, 144).

Bérulle habría escrito páginas para parafrasear esta meditación de Filipenses 2; Vicente se contenta con dos frases, pero a tal punto densas y repletas de consecuencias… El 15 de noviembre anterior, en la repetición de oración, Vicente había expuesto de una manera más concreta este abajamiento del Hijo de Dios para convertirse en el Salvador. El que, con 6 semanas de intervalo, le venga este mismo pensamiento en una conferencia y luego en una carta, prueba lo penetrado que estaba de sus meditaciones y cómo vivía de ellas (23):

¿Y no vemos también cómo el Padre eterno, al enviar a su Hijo a la tierra para que fuera la luz del mundo, no quiso sin embargo que apareciera más que como un niño pequeño, como uno de esos pobrecillos que vienen a pedir limosna a esta puerta? ¡Padre eterno, tú enviaste a tu Hijo a iluminar y enseñar a todo el mundo, pero ahora lo vemos aparecer de esa manera! Pero esperad un poco y veréis los designios de Dios; como ha decidido que el mundo no se pierda, por eso, en su compasión, ese mismo Hijo dará su vida por ellos. Pero, padres y hermanos míos, si consideramos por otra parte la gracia que les ha concedido a los de la compañía de librarse de este naufragio, ¿verdad que estaréis de acuerdo en que Dios protege de una manera especial a esta pobre, pequeña y miserable compañía? Esto es, padres, lo que más debe animarla a que se entregue cada vez más a su divina Majestad de la mejor manera que le sea posible, para llevar a cabo su gran obra (XI, 263-264).

¿Hay fórmula más bella para describir la misión de Jesús, que deben continuar la Iglesia y la Compañía?

San Vicente gusta de ver a Nuestra Señora como Virgen y Madre. Así la contempla el 7 de diciembre de 1643 en el coloquio sobre los expósitos; y ve su imagen en las Hermanas, sin por ello idealizar el servicio a los niños (24):

Pensad que sois sus madres. ¡Qué honor estimarse madre de unos hijos cuyo Padre es Dios! Y como tales, sentid mucho gusto en servirles, en hacer todo lo que podáis por su conservación. En esto, hijas mías, os pareceréis en cierto modo a la santísima Virgen, ya que seréis madres y vírgenes a la vez. Acostumbraos a mirar de esta forma a los niños, y esto facilitará la fatiga que sintáis junto a ellos, porque sé muy bien que no os faltará (IX, 137). (…) Dad gracias a Dios, hijas mías, por haber sido escogidas para una vocación tan perfecta, rogadle que os dé todas las gracias necesarias para serle fieles. Yo se lo suplico de todo mi corazón, y le pido para vosotras la gracia de imitar a la Santísima Virgen, en el cuidado, vigilancia y amor que tenía para con su Hijo, a fin de que, como ella, verdaderas madres y vírgenes a la vez, eduquéis a estos niños en el temor y amor de Dios, para que puedan con vosotras glorificarlo eternamente (IX, 144-145).

Se puede pensar en la salutación de Isabel -«dichosa la que ha creído»- en la Visitación. Texto que asociaríamos con lo que dice san Lucas, después del hallazgo de Jesús en el templo: «María meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 19).

El 1º de mayo de 1648, deseoso de mostrar a las Hermanas hasta dónde nos incorpora a su obra Dios, pone este ejemplo (26): “A una buena mujer que le decía, Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, Nuestro Señor respondió, Más dichosos son los que oyen mi palabra y la guardan» (27):

Ved, hermanas mías, el aprecio que nuestro Señor tiene de su palabra: confiesa que su madre es bienaventurada por haberlo llevado, por haberla escogido Dios desde toda la eternidad para ser la madre de su Hijo, una madre bendita entre todas las mujeres, que confiesa que Dios ha hecho en ella grandes cosas y que todas las generaciones la proclamarán bienaventurada 7; y nuestro Señor pone por encima de esa madre «al que escucha su palabra y la guarda» (IX, 364-365).

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

No he encontrado ningún pasaje en relación con este tema.

JESÚS HALLADO EN EL TEMPLO

Tampoco he hallado textos sobre la búsqueda angustiada de Jesús por María y José, pero podemos traer a colación pensamientos que atañen a la vida de la Sagrada Familia antes y después de ese suceso.

San Vicente recomendó muchas veces a las Hijas de la Caridad un método de oración que él mismo había seguramente ejercitado: consistía en contemplar a la Virgen María. Era el método según el cual oraba santa Juana de Chantal. También se encuentra en los Ejercicios de san Ignacio, nº 248, hacia el comienzo de la 4ª semana, el primero de tres modos de orar. No se comienza por considerar, de manera abstracta, tal o cual virtud de Nuestra Señora, sino su semblante, cómo se servía de los ojos, de la boca, de los oídos… Oigámosle el 2 de agosto de 1640 (28):

Una señora que he conocido se sirvió mucho tiempo de la mirada de la santísima Virgen para todas sus oraciones. Miraba primeramente a sus ojos, y luego decía en su espíritu: «¡Qué ojos tan hermosos y tan puros!; jamás los has utilizado más que para dar gloria a mi Dios (IX, 47-48).

Vuelve al tema el 31 de mayo de 1648 (29):

«¿Qué es lo que hacíais vosotros, ojos de la santísima Virgen?». Y sentía interiormente esta respuesta: «Cultivaba la modestia y me mortificaba en las cosas que pudiesen traerme algún deleite». «¿Qué más hacíais?». «Miraba a Dios en sus criaturas y pasaba de allí a la admiración de su bondad». Y volvía a empezar: «¿Qué más hacíais, ojos de la santísima Virgen?». «Me deleitaba mirando a mi Hijo, y al mirarle me sentía elevada al amor de Dios». «¿Qué más hacíais?». «Sentía mucho gusto mirando al prójimo y principalmente a los pobres». (IX, 390)

Vicente medita sobre las virtudes familiares de la Virgen Santísima. Son textos que podemos asociar con el quinto misterio gozoso, después de hallado Jesús en el templo.

Tiene Vicente devoción a la Sagrada Familia: la incluye en el Reglamento de los sacerdotes de las Conferencias de los Martes (30); su imagen está estampada en la parte inferior del frontispicio de las Reglas de la Congregación de la Misión; y habla muy a menudo de Jesús, Nuestra Señora y san José. El origen de esta devoción está en el aire de la época, mas probablemente también en los sentimientos para con su propia familia terrena –lo diremos de inmediato-. Y se la supo transmitir a algunas Hermanas; he aquí lo que dice una de ellas, el 1º de enero de 1644, a efectos de la cordialidad (31):

La segunda razón: he pensado en la santísima Trinidad… Con ese respeto cordial honraremos también las relaciones de san José, de la santísima Virgen y de Jesús (IX, 153).

El 18 de agosto de 1647 es la interioridad lo que contempla, el recogimiento, la unión con Dios vinculada al servicio del prójimo (32):

La santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo; pero era siempre en la presencia de Dios; y fuera de eso, permanecía siempre tranquila en su casa, conversando espiritualmente con Dios y con los ángeles. Pedidle, hijas mías, que os obtenga de Dios este recogimiento interior para disponeros a la santísima comunión del cuerpo y de la sangre de su divino Hijo, para que podáis decir: «¡Mi corazón está preparado; Dios mío, mi corazón está preparado!» (IX, 315-316).

Tema al que vuelve el 1º de mayo de 1648:

De la santísima Virgen se dice que recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía (L 2, 51). Pues bien, mis queridas hijas, si la santísima Virgen, que tenía tanto trato y comunicación con Dios, y se le descubrían los sagrados misterios sin que perdiese nunca la presencia de Dios, si con todas sus luces naturales y sobrenaturales, de las que estaba soberanamente dotada por encima de todas las criaturas, no dejaba de recoger con esmero las sagradas palabras de su Hijo, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras? (IX, 370-371).

En una conferencia entre 1634 y 1646, san Vicente mira a Jesús y habla de las relaciones con su Madre y con san José (34):

El Hijo de Dios. aunque más sabio en todas las cosas que san José y la Virgen, y aunque se le debía todo honor, no dejaba sin embargo de estar sujeto a ellos y de servir en la casa en los oficios más bajos, y se dice de él que crecía en edad y sabiduría 5. Hijas mías, este ejemplo tiene que ser un poderoso motivo para haceros mansas, humildes y sumisas (IX, 220).

San Vicente extrae sin duda esta atención a la Sagrada Familia de las propias raíces familiares. Hay en él ciertas frases duras, sobre la necesidad de desasirse de la familia para servir a los pobres, pero no nos dejemos impresionar por ellas; si uno quiere darse íntegro a los pobres, es necesaria semejante renuncia, renuncia que él mismo arrostró; pero no envuelve la repulsa del afecto, y Vicente nos dice lo mucho que el afecto le hizo sufrir. No, no renegó del amor a su familia. Le conocemos más de una confesión, así ésta, ante las Hijas de la Caridad, el 15 de noviembre de 1657, a los 76 años (35):

Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: «Señor, ¡qué felicidad la suya de poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tienen!» (IX, 937).

Sobreentiéndase: “en cuanto a mí, no pude tener esa dicha, cierto… mas ello tampoco estuvo exento de dolor”. (Continuará)

LOS MISTERIOS DOLOROSOS

LA AGONÍA EN GETSEMANÍ

San Vicente evoca bastante a menudo la agonía de Jesús en el huerto de los olivos. El 17 de junio de 1657, con las Hijas de la Caridad (36):

Nos basta con que Nuestro Señor nos vea y sepa que padecemos por su amor y por imitar los grandes ejemplos que él nos dio, especialmente en el huerto de los olivos, cuando aceptó el cáliz (Mt 26, 39-44) para excitarnos a la indiferencia; pues, aunque le pidió al Padre que pasase de él aquel cáliz, si fuera posible, sin que tuviera que beberlo, añadió inmediatamente que se hiciera la voluntad de Dios, demostrando que se encontraba en una perfecta indiferencia ante la vida o la muerte (IX, 871-872).

El 6 de octubre de 1658 explica a Hermanas que no saben leer cómo meditar sobre la Pasión, lo cual es una manera excelente de hacer oración (37):

Hay que hacer lo que aquí se dice: acordarse de la pasión de Nuestro Señor en el huerto, conmoverse al considerar su tristeza y el motivo por el que se puso a hacer oración, demostrar grandes deseos de imitarle en su resignación y sobre todo rezar a Dios cuando sintáis alguna congoja. Mirad, hijas mías, no os desaniméis nunca, las que no sepáis leer; si tenéis buena voluntad, Dios os concederá el don de oración (IX, 1103).

El 7 de marzo de 1659 se dirige a los misioneros para animarles a que acepten las pruebas como expresión de la voluntad de Dios (38):

Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). (XI, 454).

En septiembre de 1658, al recordar toda la Pasión, desde la agonía hasta la cruz, Vicente hace que captemos a la vez el realismo del desamparo de Jesús, y el consuelo que obtiene de la fe (39):

Nuestro Señor, en el huerto de los olivos, no sentía más que aflicción, y en la cruz sólo sentía dolores, que fueron tan excesivos que parecía como si, juntamente con el desamparo de los hombres, también lo hubiese abandonado su Padre; sin embargo, en los estertores de la muerte y en estos excesos de su pasión, se alegraba de cumplir la voluntad de su Padre (Mt 27, 46) (XI, 365).

Entendemos que no era un regocijo muy sensible: lo que él experimentaba era angustia y desamparo; pero en el ápice del alma sentía el consuelo de saber, por la fe, que estaba en las manos del Padre, pues hacía su voluntad … He ahí el solo consuelo que también a nosotros puede cabernos, en cuanto a nosotros mismos y en cuanto a nuestros allegados.

LA PASIÓN

El 28 de marzo de 1659, Vicente considera la Pasión más prolijamente y en especial medita con los misioneros sobre la Cruz, en una conferencia sobre la mansedumbre, para ilustrar hasta dónde llegaba la mansedumbre de Jesús, -pues ser uno manso cuando todo va bien es fácil; pero ¿seguir siéndolo en la Cruz, entre tormentos?:

Hermanos míos, si el Hijo de Dios se mostraba tan bondadoso en su trato con los demás, su mansedumbre brilló todavía más en su pasión, hasta el punto de que no se le escapó ninguna palabra hiriente contra los deicidas que le cubrían de injurias y de bofetones y se reían de sus dolores. A Judas, que lo entregaba a sus enemigos, lo llamó amigo (Mt 26, 50). ¡Vaya amigo! Lo veía venir a cien pasos, a veinte pasos; más aún, había visto a aquel traidor desde su nacimiento, y sale a su encuentro con aquella palabra tan cariñosa: «Amigo». Y siguió tratando lo mismo a los demás: «¿A quién buscáis?», les dijo, «¡Aquí estoy!» (Jn 18,4) (XI, 480). Meditemos todo esto, hermanos míos y encontraremos actos prodigiosos de mansedumbre que superan el entendimiento humano; consideremos cómo conservó esta misma mansedumbre en todas las ocasiones. Le coronan de espinas, le cargan con la cruz, lo extienden sobre ella, le clavan a la fuerza las manos y los pies, lo levantan y hacen caer a la cruz con violencia en el hoyo que habían preparado; en una palabra, lo tratan con la mayor crueldad que pueden, sin poner en todo esto nada de dulzura. Hermanos míos, os ruego a todos que penséis en aquel horrible tormento, la pesadez de su cuerpo, la rigidez de sus brazos, el rigor de los clavos, el número y delicadeza de sus nervios. ¡Qué dolor, hermanos míos! ¿Es posible imaginar mayor dolor? Si queréis meditar en todos los excesos de su pasión tan amarga, admiraréis cómo pudo y cómo quiso padecerlos aquel que no tenía que hacer más que transfigurarse en el Calvario, lo mismo que lo hizo en el Tabor, para hacerse temer y adorar. Y después de esta admiración, diréis como nuestro manso redentor: «Ved si hay dolor semejante a mi dolor» (Lam 1, 2). (XI, 480-481). ¿Y qué es lo que dijo en la cruz? Cinco palabras, de las que ni una sola demuestra la menor impaciencia. Es verdad que dijo: «Elí, Elí, Padre mío, Padre mío ¿por qué me has abandonado?» 16; pero esto no es una queja, sino una expresión de la naturaleza que sufre, que padece hasta el extremo sin consuelo alguno, mientras que la parte superior de su alma lo acepta todo mansamente; si no, con el poder que tenía de destruir a todos aquellos canallas y de hacerlos perecer para librarse de sus manos, lo habría hecho; pero no lo hizo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué ejemplo para nosotros que nos ocupamos en imitarte! ¡Qué lección para los que no quieren sufrir nada! (XI, 481).

Ahora bien, aquí como en otros misterios de Jesús, nos impele Vicente a vivirlos por parte nuestra, a actualizarlos. Y esta contemplación tan viva de la Pasión de Jesús le prepara a contemplarla también en aquellos que la continúan el día de hoy. Abelly nos ha conservado, sin fecha, este hermoso pasaje dirigido a los misioneros (47):

No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre 1; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión 2 y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos 3; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me 4. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables (XI, 725).

Las Hijas de la Caridad lo habían entendido bien y sabían decirlo a su manera: el 16 de marzo de 1642, tras evocar Vicente la Pasión de Jesús, una Hermana añade (48):

Una hermana observó que sería conveniente, al entrar en la habitación de los enfermos, ver en ellos a nuestro Señor en la cruz, y decirles que su cama tenía que representarles la cruz de nuestro Señor en la que ellos sufren con él (IX, 78).

En nuestro tiempo nadie osaría decirlo como por sistema, sobre todo sin conocer a las personas: se las podría ofender. Aun así, sigue siendo actual el vivir de una fe semejante.

LOS MISTERIOS GLORIOSOS

LA RESURRECCIÓN

Nos faltan todas las conferencias sobre Pascua, y no poseemos tampoco meditación alguna sobre la resurrección de Jesús. Pero con motivo del servicio, espiritual o corporal, Vicente nos enseña cómo en nuestra misión estamos asociados a la obra de la resurrección. Alude más a Lázaro resucitado por Jesús, que a Jesús mismo resucitado, pero podemos aun así asociar este texto con la doctrina de san Pablo, quien nos enseña que, muertos con Jesús, se nos convoca a resucitar con él.

Vicente, que había entrado en posesión de San Lázaro por un deseo azaroso de su prior, vio en el patronazgo de este santo un significado providencial. Oigámosle exponer a los misioneros la obra de los retiros espirituales, en un pasaje no fechado (49):

Esta casa, hermanos míos, servía antes de refugio para los leprosos; se les recibía aquí y ninguno se curaba; ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este santo, después de haber permanecido durante tres días en el sepulcro, salió lleno de vida (Jn 11, 38-44)… Pero ¡qué vergüenza si nos hacemos indignos de esta gracia!… ; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos (XI, 710-711)

El servicio corporal de los enfermos y heridos se beneficia de la misma consideración: el tema de la resurrección vuelve una y otra vez en relación con las Hijas de la Caridad. El 23 de julio de 1654, habla a 4 Hermanas destinadas a Sedan (50):

Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección… Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela. En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra (IX, 652).

Un lenguaje similar el 8 de septiembre de 1657, al dar a las Hermanas noticias de las que curan a los heridos en Polonia (51):

¡Salvador mío! ¿No es admirable ver a unas pobres mujeres entrar en una ciudad sitiada? ¿Y para qué? Para reparar lo que los malos destruyen. Los hombres van allá para destruir, los hombres van a matar, y ellas para devolver la vida por medio de sus cuidados. Ellos los envían al infierno, pues es imposible que en medio de aquella carnicería no haya algunas pobres almas en pecado mortal; pero esas pobres hermanas hacen todo lo que pueden para mandarlas al cielo (IX, 911).

PENTECOSTÉS

Vicente hace frecuente referencia en sus cartas al Espíritu Santo, a menudo bajo la forma de breve invocación. Cuando habla a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, pasa del espíritu de Nuestro Señor –en el sentido de mentalidad- al Espíritu Santo en cuanto persona; del simple estado de gracia santificante, pasa a lo que llamamos «vida mística», la acción de Dios en nosotros (52):

Hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo;… Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» 21, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu (XI, 410-411).

Dice a los misioneros un día de Pentecostés no fechado (53):

Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23). Estas palabras del evangelio de hoy (día de Pentecostés), que nos hablan del amor, nos servirán de tema para hablar del amor que nuestro Señor pide de nosotros… Así lo haremos (entrar en este amor), si estamos animados por el Espíritu Santo, que es el amor que une a las personas de la Santísima Trinidad en sí misma y a las almas con la Santísima Trinidad. Hagamos para ello un acto interior, recurriendo a la Santísima Virgen y diciéndole: Sancta Maria, ora pro nobis… Si amamos a Nuestro Señor, seremos amados por su Padre (Jn 14, 21), que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas (Rom 5, 5), lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles, permitiéndoles hacer las maravillas que hicieron. La segunda ventaja de amar a Nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor (Jn 14, 23), lo cual tiene lugar: l.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.º por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera. El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a Nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo (XI, 734-737).

Su conferencia a las Hijas de la Caridad, el 25 de enero de 1643, sobre las virtudes de las campesinas, termina así (55):

Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y ‘laceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (IX, 103)..

MARÍA NUESTRA REINA

Sin emplear ese término, Vicente consagró a ella la Compañía de las Hijas de la Caridad, de la misma manera que alguien se entregaría al servicio de una reina. Vicente consagra la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Virgen Santísima el 8 de diciembre de 1658 (56):

Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular (IX, 1148).

Todo ello nos lleva a hacernos conscientes de que, para seguir a Jesús, que ocupa el centro de los misterios del Rosario, podemos a nuestra vez participar en las virtudes de Nuestra Señora e implorar su intercesión. El 2 de febrero de 1647, según concluye la plática sobre la obediencia, san Vicente llega incluso a dar una cascada de intercesores, la cual brinda, en sucintas palabras, una visión total de Dios y de la Iglesia (57):

Se lo pido al Padre Eterno por el Hijo, al Hijo por su santísima Madre y a toda la Trinidad por nuestras pobres hermanas que están ahora en el cielo (IX, 287).

Concluyamos nosotros con otra consagración a la Santísima Virgen, la de la Compañía, el 8 de agosto de 1655, cuya fórmula resulta de notable actualidad (58):

Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, … que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes. Y a ti, Dios mío, te suplico por los méritos de tu Hijo Jesucristo que acabes la obra que has comenzado (IX, 733).

——

Autor: Bernard Koch, C.M.. • Traducción: Luis Huerga Astorga, C.M. • Tomado de: Somos Vicencianos.

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1 comentario

  1. SOR SARA

    ME AYUDO MUCHO, MUCHAS GRACIAS POR ESTE INFORME TAN MARIANO, DE LA FAMILIA VICENTINA, DIOS LOS BENDIGA, HASTA ME SIRVIÓ PARA REALIZAR UNA CATEQUESIS EN LA FIESTA DE SAN VICENTE. DIOS LOS BENDIGA

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