2013 : Nuestro camino de Cuaresma del Calvario a la Caritas

EL VIAJE DE NUESTRA SEÑORA

María, tú que llevaste el niño hasta Belén,

No por un camino fácil, sino por un camino de rocas, guijarros y piedras.

Llevame siempre en tu corazón, atento, tierno y amable

Hasta que tu Hijo me levante con sus brazos en cruz

-Hermano  Augustine Towey, C.M. +2012

A todos los miembros de la Familia vicenciana

Queridos Hermanos y Hermanas,

¡Que la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo llenen sus corazones ahora y siempre!

Este año, la Cuaresma comienza pronto. Sin embargo, nunca es demasiado pronto para que la Familia vicenciana contemple los dones de la fe en Jesucristo, así como el legado de esperanza que constituye nuestro carisma. Este año, la Cuaresma tiene lugar en el “año de la fe” que nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, en su Carta apostólica Porta Fidei, lo compara a una  “puerta, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia,…siempre abierta para nosotros”.  (PF, 2012, 1)

Este año especial coincide con el cincuenta aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II. Junto con la Cuaresma, nos ofrece la oportunidad de reflexionar en nuestro ser de discípulos en seguimiento de Jesucristo, y también en la manera de vivir nuestro carisma vicenciano. La Cuaresma no está considerada como un “ejercicio anual” sino una oportunidad de abrir nuestro corazón para crecer en gracia. El Papa Benedicto nos recuerda que: “Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida” (PF, 1)

Este año, el mensaje de Cuaresma del Santo Padre contiene un tema verdaderamente vicenciano. Nos dice que la Cuaresma y el año de la fe: “ofrecen una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad”  (MC, 2013, 1). Tanto en Porta Fidei como en el Mensaje de Cuaresma, vemos varias referencias a la cita bíblica que conocemos bien:  “Caritas Christi urget nos” –  “la caridad de Cristo nos apremia”  (2 Co 5, 14).  Es la esencia misma de lo que significa ser cristiano. ¡Con las Hijas de la Caridad, me alegra que el Santo Padre haya utilizado su divisa!

Sin embargo, todos los miembros de la Familia vicenciana saben que se trata de algo más que de un texto, una divisa o un sello comunitario. Es un estilo de vida para todos los discípulos de Jesús, en la escuela de san Vicente y santa Luisa. Toma su origen en Jesucristo, que dijo a sus discípulos: “Cada vez que lo hicisteis  con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). En esta carta, voy a reflexionar en tres temas  que me parecen oportunos para nuestro camino de Cuaresma: reconocer, reconfigurar y renovar.   .  

Un tiempo para reconocer                                                                                                                             Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32)

La Cuaresma es un tiempo de encuentro con la verdad que nos permite afirmar esa realidad esencial que a menudo escapa a los cristianos: todos somos pecadores redimidos. Con el ritmo acelerado del mundo actual, podemos fácilmente dejar de lado todo examen personal en profundidad. Las múltiples obligaciones de la vida a menudo llegan con tanta rapidez que nos dejan sin aliento y buscamos un respiro que puede llevarnos a la indiferencia. Conocemos el refrán de Sócrates: “una vida sin examen no vale la pena vivirla”. ¡Pero una vida “no redimida” tampoco!

La “vida redimida” comienza utilizando la disciplina de Cuaresma: oración, ayuno y limosna  para sondear nuestro corazón, nuestro espíritu y nuestros actos. Podemos luego preguntarnos con valentía: ¿Qué hago cada día para crecer en el amor a Cristo y en el servicio a mis hermanos y hermanas, sobre todo “los más pequeños de entre ellos”?  En primer lugar, debemos estar dispuestos a modificar la organización de nuestras jornadas tan ocupadas para encontrar al Señor Jesús en lo más profundo de nuestro ser como un momento de verdad para nosotros. Como lo dice un antiguo proverbio: “La verdad nos hará libres, pero antes puede hacernos desdichados”.

Esos aspectos de nosotros mismos, necesitados de curación y redención son obra de Dios. En un mundo que a menudo nos empuja a escondernos detrás de la fachada del poder, del tener o de la apariencia, la Cuaresma nos recuerda que no sólo son nuestros esfuerzos los que contribuyen a la unidad de vida o a la paz interior. Es la dura realidad de la vida que san Vicente de Paúl conoció muy pronto: a pesar de los “avances y ascensos” de la vida, que buscó y alcanzó, permanecía en él una vida interior y el deseo de algo más. San Pablo ilustra muy bien este momento de agradecimiento interior en su carta a los Efesios:

“En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras… somos, pues obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos” (Ef 2, 8-10)

Hagamos de esta Cuaresma un tiempo para reconocer que somos obra de Dios, de quien hemos recibido los dones y la gracia.

Un tiempo para reconfigurar                                                                                                                       “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28)

La palabra  “reconfigurar”  puede parecer inhabitual o poco conocida. En otro tiempo fue utilizada como un término científico o técnico; significa “cambiar de forma, remodelar o reestructurar”.  Mis cohermanos vicentinos y las Hijas de la Caridad la conocen, porque los cambios en sus miembros y en el apostolado han hecho necesaria la reconfiguración de países y provincias.

Pero la Cuaresma, en primer lugar, no se refiere a las cuestiones exteriores de las “obras de Dios”  como preguntan los discípulos a Jesús ni tampoco a las exigencias del mundo actual. La reconfiguración es también una manera de buscar la “metanoia”, o la conversión del corazón, que conduce a una apertura esencial a Dios. El Papa Benedicto nos dice que la finalidad de este “año de la fe” es una “invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (PF, 6)

Cuando nos damos cuenta de que lo que más  valoramos, ya sean nuestras familias, nuestras relaciones, el trabajo, la salud o nuestra vida en general, se transforman de manera inesperada o no deseada, nos encontramos con la realidad de la reconfiguración. Como la Cuaresma, esta realidad nos invita a realizar un camino interior en la búsqueda de Jesús. Agarrarnos a lo que no podemos dominar, aferrarnos a lo que no podemos cambiar o desear que el pasado sea presente, nos apartaría del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la obra de Dios.

San Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac estuvieron confrontados a la realidad de la reconfiguración en su vida. Santa Luisa, mujer casada y acomodada, que enviudó y entró a formar parte de un mundo desconocido. Después de haber fundado comunidades religiosas y laicas, san Vicente estuvo ocupado con las continuas obligaciones que reclamaban su atención. A veces, los dos encontraban la tarea de gobierno abrumadora. Sin embargo, cada uno de ellos tenía una vida interior alimentada por la oración, la Palabra y la Eucaristía, que les daba la fortaleza de espíritu necesaria para adaptarse y crecer. San Vicente y santa Luisa buscaron cada día al Señor y llegaron a  encontrarlo. En esta Cuaresma, dejemos que Cristo reconfigure nuestro corazón, para aceptar los inevitables cambios que se producen en nuestras vidas.

Un tiempo para renovar                                                                                                                                        

“La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”  (Jn 6, 29)

La Cuaresma y “el año de la fe” invitan a una renovación y profundización en nuestra fe y en nuestro carisma. En un mundo atormentado por muchos sufrimientos,  en el que el camino del calvario está cubierto de innumerables cruces, se nos recuerda que, en el misterio pascual, Dios está siempre presente en nuestro mundo. Encontramos a nuestro Dios en la persona de Jesús, que por su Encarnación, ha entrado en la humanidad y la ha redimido. Esta renovación se produce en la transformación que Jesucristo realiza en nosotros en la oración, la Palabra de Dios y la Eucaristía, para permitirnos vivir mejor nuestro carisma vicenciano. Caminamos hacia el Calvario y  regresamos de allí… con el don de “la Caritas”.

 

El Papa Benedicto medita sobre esta realidad, señalando que: “La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios” (MC, 3) Tanto en Porta Fidei como en el mensaje de Cuaresma, el Santo Padre se esfuerza por subrayar la relación intrínseca entre la fe y el servicio de los pobres. Escribe: “La fe sin la caridad no da fruto…muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido…porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo”  (PF, 14)

Como miembros de la Familia vicenciana, hacemos nuestra esta verdad en nuestro carisma de la caridad. Pero como toda acción virtuosa, puede llegar a ser automática, reducida a una función, en lugar de hacernos avanzar. Para nosotros, discípulos de Jesús y de san Vicente, la sencillez y la humildad son dos virtudes esenciales; son los fundamentos de la  relación con Dios y del servicio de los pobres. San Vicente decía: “Nuestro Señor no busca ni se complace más que en la humildad y en la sencillez de las palabras y acciones” (SV  XI-4  2 Mayo de 1659, p. 520).   Reflexionemos cómo podemos progresar en estas virtudes.

He mencionado la reconfiguración como una estrategia de la Congregación. Durante la Asamblea general de 2010, aparecieron dos estrategias sobre este tema, que me parece, pueden aplicarse a toda la Familia vicenciana. La primera: cultivar un sentido vital y concreto de pertenencia, más allá del sentido de pertenencia a la comunidad local. El segundo: fomentar la disponibilidad personal y la itinerancia para participar en proyectos misioneros nuevos.  En esta Cuaresma, reflexionemos cómo podemos reforzar nuestra pertenencia y nuestra disponibilidad para vivir nuestro carisma.

 

El camino de María y el nuestro

Esta carta de Cuaresma ha comenzado con un tema mariano vivido en medio de una escena de desolación y expresado en un poema sencillo y breve. En Noviembre de 2012, el huracán Sandy provocó destrozos desde el Caribe a la costa Este de los Estados Unidos, ocasionando terribles destrucciones.  En Breezy Point, una pequeña playa enclavada en la ciudad de New York, la fuerza del huracán hizo estallar los depósitos de carburante y derribar las líneas eléctricas, provocando un incendio que quemó más de 100 casas en pocos minutos. Milagrosamente, nadie murió. La única instalación que quedó intacta en esta zona fue un pequeño santuario consagrado a Nuestra Señora. Hoy, es un lugar de oración para los residentes de todas las confesiones. Se le ha llamado la Madone de Breezy Point, y nos muestra el poder protector de María.

El poema que acompaña la fotografía ha sido escrito por un cohermano de la región de New York que ha fallecido recientemente. Este es uno de sus últimos poemas. No solo es un recuerdo oportuno de su vida, sino de la vida que María, nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, nos ha dado como Madre del Señor. María es también nuestra Madre y siempre está cerca de nosotros. Que el Señor les bendiga en este tiempo de Cuaresma, para que este camino pueda conducirles a una verdadera renovación en la fe, en la caridad y en nuestro carisma. Que podamos siempre servir en el nombre de Jesucristo y al estilo de san Vicente de Paúl.

Su hermano en san Vicente,

G. Gregory Gay,

Superior General

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