3. PORTAIL, EL MISIONERO

Cuando el 4 de setiembre de 1626 se firma el Acta de agregación a la naciente Compañía, entre los cuatro sacerdotes firmantes está Antonio Portail. Los otros son Vicente, lógicamente, y dos sacerdotes de la Diócesis de Amiens, Francisco du Coudray y Juan de la Salle, que ya llevaban unos meses conviviendo con ellos dos. Lo primero que hicieron fue pedir la ayuda divina peregrinando a Montmartre, aunque Vicente no les pudo acompañar por estar indispuesto.

Vicente tenía ya 45 años, los demás eran un pequeño puñado de sacerdotes relativamente jóvenes. Portail, el mayor de los tres, no tenía más que 36 años. Detrás vendrán otros: Jean Bécu, Antonio Lucas, Jean Brunet, Jean d’Horgny… Entre todos ellos, Portail se mostrará como el más perfecto de los discípulos de Vicente de Paúl.

Fue verdaderamente el brazo derecho de Vicente en todas sus obras. En esa confianza le encomienda la tarea de visitar las casas de la Congregación y dejar allí las ordenanzas o normas emanadas de la visita. Era como enviar una regla viva para contrastar en ella todo lo que se estaba viviendo en las comunidades. La delicadeza de su ejemplo era una invitación callada y humilde.

Cierto que no fue él solo. También visitaban las casas los PP. Lambert, Almerás, Dehorgny, y otros… Pero no cabe duda de que Vicente confiaba plenamente en él. En 1630, Portail le había escrito expresando el propósito de ser “ejemplar en la Compañía”, y Vicente le contesta que así lo desea también él.

En marzo de 1646, Portail comenzó una serie de visitas por el oeste de Francia que le mantendrían ocupado durante más de tres años y medio. El 20 de marzo de ese mismo año, poco después de su partida, San Vicente le escribe como de pasada para decirle algunas cosas que se había olvidado comunicarle. En realidad le hace un cuestionario completo sobre los defectos que puede encontrar en las casas que visita; es como un programa de temas a tener en cuenta. Portail estaba ya en la primera visita en Le Mans. De aquí pasó a Saint-Méen, Richelieu, Saintes, Nuestra Señora de la Rosa, Cahors (a esta ciudad le escribe Vicente alabando su labor en las visitas: “no dejo de agradecer a Dios el buen orden que ha puesto en nuestras casas”). Hace también la visita en Roma, y finalmente, en Marsella, regresando a fines de setiembre de 1649 a París. Su regreso le llenó de gozo por la alegría de reencontrar a su querido y venerable padre y compañero, y por la acogida que le ofrecieron sus compañeros. Se conserva un largo poema en verso latino, compuesto por el gran latinista que era el P. de la Fosse para celebrar su regreso y que es todo un canto al afecto que unía a los misioneros. En 1655, visitará las casas del Norte y Este de Francia: Sedan, Brienne, Montmirail.

Participaba en las misiones populares desde el principio. En la campaña de 1635 misiona, con el P. Antonio Lucas, la región de las Cévennes, región fuertemente controlada por los calvinistas. Un pequeño incidente humilla a los misioneros, y esto da pie a Vicente, al conocerlo, para escribirle a Portail una de las cartas más importantes de Vicente, con el elogio de los misioneros y la expresión de sus más firmes convicciones: “Un sacerdote debería morirse de vergüenza antes que pretender la fama en el servicio que hace a Dios y por morir en su lecho, viendo a Jesucristo recompen­sado por sus trabajos con el oprobio y el patíbulo.  Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesu­cristo, hay que vivir como Jesucristo…”.

La preocupación por predicar a través del “pequeño método” hacía que todos los misioneros, desde su formación cuidasen la preparación de sus predicaciones. Había incluso reuniones en la casa de San Lázaro en las que se exponía un tema y todos tomaban nota para componer después su sermón sobre el tema propuesto. Coste recuerda que Portail, con esas notas compuso un grueso volumen en folio, un método para predicar bien y catequizar debidamente.

En la célebre Asamblea de 1642, en que Vicente presentó su renuncia como Superior General, y acabó aceptando continuar cuando toda la Asamblea en pleno se presentó en la iglesia en la que él se había refugiado, para rogarle, en obediencia a la Compañía, que continuase, se le nombraron dos asistentes. Uno de ellos era Portail, el otro Dehorgny. El hecho se puede interpretar como una valoración de lo que Portail significaba para los miembros de la Asamblea. Él es elegido, también, en la comisión de cuatro que se encargará de la redacción definitiva de las Reglas de la Congregación. Y con los PP. Dehorgny y Almerás, reunidos los tres ocasionalmente en Roma, tendrán que encargarse de las gestiones para la aprobación de las mismas por la Santa Sede.

Vicente tendrá con él una deferencia especial en el momento de entregar el Libro de las Reglas Comunes. Lo conocemos gracias a la pintoresca relación que de dicha conferencia hizo el bueno del Hermano Ducorneau, a quien los asistentes generales le habían encargado que pusiese por escrito todas las conferencias de San Vicente. Fue un día grande para la Congregación, pero especialmente para su Fundador. Era el 17 de mayo de 1658. Vicente, emocionado, en un momento determinado tomó en sus manos el libro de las Reglas y pidió al Señor la bendición para cuantos las cumpliesen. Cuando llegó el momento del reparto no dudó: «¡Venga, P. Portail; venga usted, que ha soportado siempre mis debilidades! ¡Que Dios le bendiga!» Detrás de él se fueron acercando todos, se arrodillaban, recibían el libro de manos de Vicente, lo besaban, besaban su mano y luego el suelo.

No cabe duda de que podríamos afirmar que Portail encarna perfectamente la figura de misionero trazada por Vicente de Paúl.

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