2.  PORTAIL, EL DISCÍPULO Y COLABORADOR

La primera escena en que encontramos a Portail como colaborador de Vicente tal vez tenemos que situarla en 1622. Vicente va a Marsella para tomar posesión de su responsabilidad como capellán de las galeras, y Portail queda en su lugar en la parroquia y en las tareas de servicio a los pobres que realizaba Vicente, especialmente de los condenados a galeras. Los galeotes eran objeto de la atención de Portail, las primicias de su ministerio. Junto a ellos conoce la cruda realidad de la pobreza y la violencia. Se sabe que, con frecuencia, pasaba temporadas conviviendo con ellos.

El 16 de marzo de 1624, Portail toma posesión del Colegio de “Bons Enfants” en nombre de Vicente, designado para este cargo el 1º de marzo. En realidad, no eran más que ellos dos. Para las tareas misionales contrataban a un tercer sacerdote. Cuando salían para predicar las misiones en las tierras de los Gondi y en otras parroquias, confiaban las llaves de la casa a un vecino.

Vicente siempre fue consciente del papel desempeñado por Portail en el origen y desarrollo de la Congregación. En una conferencia de 1658, cuando recuerde los humildes orígenes, reivindicará la acción de Dios, pues «¿Quién es el que ha fundado la compañía? ¿Quién nos ha dedicado a las misiones, a los ordenandos, etc.? ¿He sido yo? De ningún modo. ¿Ha sido el P. Portail, a quien Dios juntó conmigo desde el principio? Ni mucho menos; nosotros no  pensábamos en ello, ni teníamos ningún plan a este respecto. ¿Quién ha sido entonces el autor de todo esto? Ha sido Dios, su providencia y su pura bondad». Al reconocer a Dios como autor, no deja de valorar el papel que Portail desempeñó en el origen de la Congregación. Como alguien podría preguntarse si no sería obra de él; por eso Vicente se adelanta a resolver la duda. Ni Portail, ni Vicente.

Portail será siempre el confidente con el que se comparten las inquietudes. Pongamos un ejemplo de los muchos que podríamos citar. Le escribe en 1635: «El número de los que han entrado entre nosotros desde su partida es de seis. ¡Cuánto temo, señor, la muchedumbre (¡!) y la propagación!”

En realidad era mucho más que un confidente. Pasados los años, cuando Vicente ya esté anciano y enfermo, de algún modo se le considerará su cuidador. Así, en una carta de la Duquesa de Aiguillon, se le reprocha que permita excesos corporales en Vicente en razón de su celo apostólico: «No puedo menos de extrañarme de que el P. Portail y los demás buenos padres de San Lázaro permitan que el Sr. Vicente vaya a trabajar al campo con el calor que hace, con los años que tiene y estando tanto tiempo al aire con este sol. Me parece que su vida es demasiado preciosa y demasiado útil a la Iglesia para que le permitan prodigarla de este modo».

El P. Portail era un verdadero discípulo espiritual de Vicente. Conocía sus actitudes interiores y de dónde provenía aquel gran celo que manifestaba en todo. La fuente era Jesucristo. He aquí el testimonio que el Superior de una de sus casas nos ha dejado por escrito:  “El amor que el Sr. Vicente sentía por Nuestro Señor, hacía que no le perdiera casi nunca de vista, andando siempre en su presencia y conformándose a Él en todos sus actos, palabras y pensamientos. Porque puedo decir en verdad, y lo sabemos todos, que no hablaba casi nunca sin que adujera al mismo tiempo alguna máxima o algún hecho del Hijo de Dios, ¡tan lleno estaba de su espíritu y tan de acuerdo con sus directrices! A menudo he admirado qué bien aplicaba y qué a propósito las palabras y los ejemplos del Divino Salvador. Y esto en todo lo que aconsejaba o recomendaba. He oído decir a uno de los más antiguos sacerdotes de nuestra Congregación, al Sr. Portail que lo conocía y trataba con él desde hacia cuarenta y cinco o cincuenta años, que el Sr. Vicente era una de las imágenes más perfectas de Jesucristo que había conocido en la tierra; y que no le había oído nunca decir, ni visto hacer algo, que no estuviera relacionado con quien ha sido propuesto a los hombres como su ejemplo, y les ha dicho: Exemplum dedi vobis, ut quemadmodum ego feci, ita et vos faciatis.”

El testimonio dado es la expresión del impacto que el maestro causaba en el discípulo fiel y cercano. Y no cabe duda de que marcó toda su vida.

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