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Provincia de Chile celebra beatificación de Sor Marta Wiecka

por | May 27, 2008 | Hijas de la Caridad | 0 comentarios

El sábado 24 de mayo, en al Casa Provincial de las Hijas de la Caridad de Chile, se celebró una Eucaristía, para dar gracias por al beatificación de Sor Marta Wiecka. La celebracfión fue presidida por Monseñor Enrique Troncoso, Obispo de Melipilla y concelebrada por el Director Provincial, el Visitador de la CM y varios otros misioneros.

La Homilía estuvo a cargo del P. Fernando Macías, Diorector Provincial y el texto es el siguiente:

«La primera lectura bíblica de la feria del día de hoy, tomada de la carta del Apóstol Santiago (5,13-20), nos dice algo muy cierto y que nos lo podemos aplicar en el día de hoy: «…Si alguien está alegre que cante Salmos», y Nosotros hoy estamos alegres. Como no cantar, bailar, aplaudir, como no celebrar y festejar, si hoy es un día de Fiesta; un día de fiesta para toda la Familia Vicentina. Pero no sólo cantamos salmos o himnos, sino que celebramos este gran día con la gran fiesta que el Señor nos regaló: la Eucaristía. Es aquí que hacemos nuestra fiesta de Acción de Gracias por el Don de su Santidad Divina. Por eso decimos unidos a la antífona del salmo de hoy: «que mi oración suba hasta ti Señor»: que suba Señor hasta ti nuestra oración de acción de gracias, oración llena de alegría y de júbilo.

Desde hace un tiempo, la Compañía de las Hijas de la Caridad y toda la Familia Vicentina nos hemos acostumbrado «hacer fiesta». Y no es para menos: cuando nos suceden cosas maravillosas no queda más que llenarnos de alegría. En cosa de meses hemos celebrado hermosos regalos que nuestra Iglesia ha hecho a la Familia de San Vicente de Paúl. Aún resuena el eco de la alegría que tuvimos en el mes de diciembre del 2007, con la Beatificación de Sor Lindalva Justo de Oliveira, fiesta vivida en nuestra tierra americana, en Salvador de Bahía, Brasil. Fue un reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, declarando que una joven Hija de la Caridad alegre, sencilla, humilde y llena de amor hacia los pobres ancianos, a los que sirvió corporal y espiritualmente, se transformó en un viernes santo, en mártir de la caridad, siendo apuñalada por un pobre que ella misma servía: muriendo producto de numerosas y profundas heridas mortales.

Posteriormente, el domingo 3 de febrero, volvíamos hacer fiesta, a llenarnos de alegría, porque otra Hija de la Caridad subía a los altares. Esta vez en la bella Italia, en Cagliari, en la Isla de Cerdeña. Se trataba de la Beatificación de Sor Josefina Nicoli, llamada Sor Sonrisa. Su alegría en el servicio fue su gran signo: una mujer que vivió entregada a su vocación de servir la caridad, no sólo en oficios que la Compañía le confió, sino sobre todo en su entrega total a los niños y jóvenes pobres que trabajaban en calle. Ella los cuidó, los alimentó, los formó, los educó, y los animó llevándolos a Cristo y a María. Ella les cambió su nombre y su rostro: ya no eran los niños de la calle, los niños del cesto, sino ahora serían llamados «los muchachos de María».

Hoy 24 de mayo, nos volvemos a llenar de gozo y de alegría, porque la Iglesia sube a los altares a otra Hija de la Caridad. Esta vez en Europa del Este, en Ucrania, una hija de la caridad, servidora de los enfermos, sierva en numerosos hospitales. Hoy en este mismo día nos unimos a nuestros Superiores Generales, a todas las hijas de la caridad y toda la familia vicentina presente en este lugar de oración, en Ucrania donde la Iglesia declara oficialmente que Sor Marta Wiecka, hija de la caridad, de origen polaco y servidora de los pobres enfermos en los hospitales de Polonia y Ucrania será venerada desde ahora en adelante como Beata Marta Ana Wiecka, será modelo de caridad e intercesora de la Compañía, de los pobres y especialmente de los enfermos…

Pero ¿Quién es la nueva Beata Marta Wiecka?

La vida de Sor Marta fue breve. Sólo 30 años fueron suficientes para alcanzar la cumbre de la santidad, entregando su vida completamente al amor de Dios y de los pobres, en el estilo vicentino, con las virtudes de humildad, sencillez y caridad, las virtudes propia de las Hijas de la Caridad, dadas por San Vicente. Ella serviría toda su vida a los enfermos, en los hospitales que la Compañía la envió.

Nació un 12 de enero de 1874, en Nowy Wiec, noreste de Polonia, bautizada con el nombre de Marta Ana. Era la tercera de 13 hermanos, hija de labradores dueños de sus campos, familia de una fe profunda e intensa. A los dos años cayó muy enferma y su familia le pidió a la Virgen su recuperación y desde ahí la Virgen María estuvo siempre presente en su vida. Ella misma nos dirá en sus cartas «que nunca la Virgen le negaba lo que ella le pedía». El 13 de Octubre de 1886, con 12 años, hace su primera comunión, Jesús Eucaristía sería su fortaleza y la luz en su caminar; ya a los 16 años de edad pide su ingreso a la Compañía de las Hijas de la Caridad, ingreso que le fue denegado por su corta edad; pero su fe y opción eran tan nítidas que supo esperar con una conciencia muy clara que esa era su vocación, fue como un vivir adelantadamente lo que nos dicen las Constituciones de las Hijas de la Caridad en el número 49: » Según la Escritura, cuando Dios escoge a alguno para una vocación particular, se compromete a indicarle el camino. Poco a poco, a la luz del espíritu, la senda se perfila». El luz del Espíritu la acompañó y una vez cumplidos sus 18 años de edad ya puede viajar junto a su buena amiga Monika a Cracovia, para hacer sus 4 meses de postulantado y 8 meses de seminario.

Toma su santo hábito de Hija de la Caridad el 21 de abril de 1893, su envío a misión, y su servicio será siempre junto al enfermo. En alrededor de 4 hospitales diferentes prestó un servicio junto al enfermo, con el sello propio vicentino, en humildad, sencillez y caridad. Fue una mujer de una intensa vida de oración: su vida se centraba en la Eucaristía fue su fortaleza en la vida y en el momento próximo de su muerte; fue también premiada con una hermosa «visión personal»: que ella misma relata, vio la Cruz del Señor, quien le dijo. «que ella debería ser fuerte ante las contrariedades que se suscitarían, y que Él la llevaría muy pronto».

En poco tiempo se cumpliría la primera parte de ese anuncio, porque fue calumniada gravemente por un enfermo que la acusó de una grave falta moral, una falta contra la castidad. Ella calló, vivió el silencio y el abandono de la cruz, su fuerza estaba puesta en el Señor. Con el apoyo de su hermana sirviente, ella siguió adelante su camino de servio y amor, «nada la pudo seperar del amor de Dios y los pobres», ni las calumnias, ni los comentarios o esas falsas acusaciones pudieron quitar su amor y alegría en su servicio, sino que, como buena sierva de los pobres, continuó la misión tan propia de las Hijas de la Caridad: servir a sus amos y señores, los enfermos. Así daba testimonio viviendo la llamada de las Bienaventuranzas del Evangelio… hasta que, con el con correr del tiempo la verdad salió a la luz, quedando todo en paz.

Corría el año 1902 y Sor Marta fue destinada al hospital de Sniatyn, que ahora corresponde a Ucrania, sirviendo a los enfermos. Pero el párroco y capellán descubrió en ella no sólo el don de servir corporalmente a los enfermos, sino el don de entendimiento y discernimiento, y le enviaba personas para que ella pudiera orientar y aconsejar y así su servicio de amor se manifestaba en una ayuda espiritual y corporal de todos los pobres que acudían a ella: eran pobres del cuerpo y del alma.

Tanto su vida como su muerte fueron signos de amor a Dios y a los pobres. En el año 1904 se ofreció para sustituir a un empleado del hospital, este era casado y con hijos, todos temían la desinfección de una habitación donde un enfermo había muerto de tifus; ella realizó ese trabajo con satisfacción, con amor y entrega total, a ejemplo de esa primera hija de la caridad, que mostró el camino a las siervas de los pobres, me refiero a Margarita Nassau. Sor Marta como Margarita se contagia y a pesar de los cuidados que se le brindaron, de la preocupación de sus hermanas, de los enfermos y empleados del hospital, un 30 mayo en el hospital Sniatyn, Ucrania, recibiendo el santo viático y en una actitud de paz y serenidad, entrega su vida al Señor.

Los fieles de ese lugar, por mas de 100 años, han visitado su tumba, llevando cirios y flores, todos ellos, católicos de ambos ritos, hermanos ortodoxos, y otros muchos que ,dicen que son escuchados y consolados por la Beata Sor Marta, a la que llaman dulcemente: «madrecita».

Esta es una breve reseña que no podíamos olvidar en el día de su beatificación, porque no se puede amar lo que no se conoce y porque hemos de mostrar el camino que ella nos señala, un camino válido de santidad en el servicio del amor; un camino para toda la Iglesia, pero especialmente para cada miembro de esta gran Familia de San Vicente de Paúl, viviendo este carisma vicentino, carisma de misión y caridad, podemos alcanzar la santidad. Nuestra Beata Marta Wiecka, servidora de los enfermos, enfermos del cuerpo y del alma, no sólo será intercesora, sino también un modelo a seguir para todas sus hermanas las Hijas de la Caridad, pero será también intercesora y modelo de vida para toda la Iglesia, para todos los enfermos, para todos los pobres y para todos nosotros..

La carta de Santiago que se lee en el día de hoy, no puede ser más sugerente en esta festividad, nos dice que si hay alguien enfermo entre nosotros que llamen a los sacerdotes de la Iglesia para que oren por él y lo unjan con el santo óleo. Nuestra Beata Marta Wiecka supo también vivir esta llamada de la palabra de Dios, que nos llama a preocuparnos por los enfermos, a orar por ellos, a acompañarlos, y fortalecerlos.

Sor Marta Wiecka supo orar de verdad por los enfermos y junto a los enfermos; esa oración por ellos y junto a ellos, les hizo buscar a Dios en su enfermedad: buscando en Él su consuelo y su fortaleza. Pero su oración también se hizo carne, se hizo vida, se hizo servicio, se hizo amor… y un amor como lo enseña Jesús: hasta dar la vida, dar la vida por lo que se ama.

Sor Marta Wiecka supo también llevar el óleo a los enfermos, ese óleo tan necesario para la vida de los pobres y para nuestra propia vida; ella supo derramar «el óleo de la alegría», «el óleo de la sonrisa», «el óleo del amor», como nos dice el Evangelio del día de hoy. Ella supo imitar a Jesús, un Jesús que ama por su palabra y su cuerpo, un Jesús que abraza, que acaricia, que toca, que bendice a los niños; ella a ejemplo de su Maestro supo tocar, abrazar, besar, acariciar a sus amos y señores, los enfermos. Haciendo vida las palabras que san Vicente le dice a sus hijas, un 2, de febrero de 1653: «…Bien, hermanas mías,….¡ Haced lo que Dios mismo hizo en la tierra! ¿Verdad que hay que ser perfectas? Sí, hermanas mías. ¿Verdad que habría que ser ángeles encarnados? ¡Oh! Pedid a Dios la gracia de conocer bien la grandeza de vuestra ocupación y la santidad de vuestras acciones….» Sor Marta como miles de Hijas de la caridad a lo largo de nuestra historia han sido ángeles encarnados, consolando, asistiendo, acompañando a los pobres enfermos.

Ese es el camino que nos muestra fuertemente nuestra Beata Marta Wiecka; este es el camino que nos muestran nuestras últimas nuevas Beatas, Lindalva, Josefina, Marta. Las tres, perteneciendo a tiempos y lugares distintos, sirviendo a los ancianos, niños, o enfermos vivieron el sello vicentino: Dar amor, peor no cualquier amor, un amor en calidad, un amor con alegría; ellas supieron ser fieles a la enseñanza del fundador de dar amor afectivo y efectivo al pobre; ambos amores no pueden nunca faltar en un vicentino o vicentina.

Las tres nuevas beatas se caracterizan por ser mujeres de alegría, que supieron repartir no sólo la ayuda material, no sólo el pan, el abrigo, o los auxilios, sino que supieron dar algo más, algo tan hermoso y tan delicado y tan escaso en nuestro tiempo: «una dulce sonrisa»; ellas sabían lo que era «el arte de saber sonreír». Quien sabe sonreír, lo hace porque tiene conciencia de una alegría más profunda, que nace del amor de Dios, que nace de haber encontrado la perla preciosa, su tesoro escondido, tesoro que es la experiencia profunda de vivir en el Amor de Dios y en el amor de los pobres por eso ella sabe sonreir, una DULCE, SUAVE, Y TIERNA SONRISA la conocieron los pobres y los enfermos que ella sirvió y amó, por eso aún se le recuerda en esas tierras que la recuerda como «la madrecita» Esta es la manera más efectiva de ser Sembradores y Portadores de Esperanza.

Esta celebración que nos invita a dar gloria a Dios por el don de la Santidad; nos hace repetir una y mil veces «que nuestra oración suba hasta ti Señor», a este Señor de Misericordia, el que es infinitamente Santo, El nos ha hecho participes de su Santidad. Es el mismo Señor quien nos vuelve a invitar a Ser Santos. Es en esta celebración, que estamos viviendo como Familia Vicentina, donde hacemos realidad lo que la Iglesia nos enseña al celebrar a los santos: «porque ellos, nos instruyen con su palabra, nos estimulan con su ejemplo, y con su oración interceden por nosotros», es un invitación directa a vivir en Santidad, a vivir en santidad en amor y caridad.

Nuestros Santos y Beatos nos hacen tomar conciencia de que el camino vicentino, que el vivir nuestro carisma propio nos lleva a la santidad; es un camino válido, real y actual de Santidad, es el camino que Vicente y Luisa nos legaron, es el camino de un testimonio eficaz que vivieron todos nuestros Santos y Beatos, es el camino de santidad de tantas hermanas, misioneros y laicos de esta Familia Vicentina, que han vivido anónimamente a lo largo de nuestra historia.

El camino de la santidad no es un camino del pasado, es un camino del presente y del futuro. Todos estamos invitados a recorrer este camino concreto de SANTIDAD, a recorrer este camino de una santidad entregada en el amor, a la consolación, a la misericordia hacia los más abandonados; a vivir intensamente este amor efectivo y afectivo, a vivir un amor encarnado, que se haga palpable y eficaz hacia los más pobres entre los pobres; a eso estamos llamados, a un amor que es capaz de llevar a Dios a los pobres para que ellos se sientan amados intensamente por Él, pero también a un amor que lleve a los pobres a amar a Dios, y buscar en Él su fortaleza y su confianza.

Que nuestra Beata Marta Wiecka, llamada «madrecita» por el pueblo ucraniano interceda por nosotros y nos ayude a ser fieles a esta vocación de santidad en el amor. Que nuestra Beata Marta Wiecka nos haga servidores de los enfermos del mundo de hoy, enfermos del cuerpo y del alma, enfermos que han perdido la confianza en Dios, enfermos que han perdido el sentido de su vida, enfermos que han perdido la alegría de vivir, la alegría se saber vivir en fe, esperanza y caridad.

Hoy más que ayer, se nos llama a ser sembradores de esperanza, a ser portadores de la Buena Nueva a los pobres, anunciadores de misericordia a tantos enfermos y enfermas de nuestra sociedad, por eso nos dirá hermosamente el Santo Padre Benedicto XVI en su última Carta Encíclica que seamos » Misioneros y Misioneras de Esperanza en el mundo de hoy», Que nuestra Nueva Beata, Sor Marta Wiecka, como buena «Madrecita» desde el cielo, interceda por todos nosotros para que seamos LUZ en el mundo, LUZ de Esperanza en medio de los pobres, porque ellos más que nunca son nuestros amos y señores…porque hoy mas que nunca esos pobres a quienes, no pueden esperar, ellos necesitan ser iluminados por la Fe, la Esperanza y la Caridad, ellos necesitan ser servidos, amados y consolados…… Amén»

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