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La Fiesta de Pentecostés para las Hijas de la Caridad

por | May 8, 2008 | Hijas de la Caridad | 1 comentario

«Es verdad que tengo un afecto especial por la fiesta de Pentecostés y que este tiempo de preparación a ella me es muy querido…» (Santa Luisa de Marillac).

Asumiendo estas bellas palabras de Santa Luisa les deseo que este tiempo de preparación a la hermosa Fiesta de Pentecostés, sea un tiempo muy querido para cada una de ustedes; estoy seguro que si queremos ser fieles al Espíritu de Santa Luisa hemos de reconocer la gran importancia que tuvo el Espíritu Santo en su vida, por eso podemos decir que ella no es sólo «Cristológica», o «entregada totalmente a los pobres» sino que ella es también «Neumatológica». La Luz del Espíritu Santo marcó su vida y su vocación fuertemente, esta experiencia especial del Espíritu en su vida marcó también la vida de su querida Compañía, y por ende también debe marcar la vida y la vocación de cada una de sus hijas, por algo las Constituciones llaman a todas las hermanas a «depender del Espíritu Santo»(C.17c)

Siempre he creído que la Compañía debiera resaltar mucho más esta gran fiesta de Pentecostés, debiera ser una fiesta especial en toda la Compañía, una fiesta desbordante de significado para cada miembro de la Compañía, en honor a esa hermosa y única experiencia de la «lumière de Santa Luisa», ocurrida un Pentecostés de 1623, con la cual el Espíritu Santo marcó el nuevo caminar vocacional de su vida, una gracia iluminadora que ella recordará en muchos momentos de su vida, gracia iluminadora que ella agradecerá a la intercesión de San Francisco de Sales, nos dice la misma Santa Luisa: » Siempre he creído haber recibido esta gracia del Bienaventurado Monseñor de Ginebra…»

Este afecto especial de Santa Luisa al Espíritu Santo y por la Fiesta de Pentecostés nos debe motivar a prepararnos lo mejor posible para que esta celebración sea un nuevo nacimiento de luz en nuestras vidas, y para que podamos vivir nuevamente lo que dice Santa Luisa al escribirle a San Vicente, un 3 de Junio de 1645, diciendo que Pentecostés es la «GRAN FIESTA». Tenemos que hacer todo lo posible por rescatar el ambiente festivo de Pentecostés, hacer de ella una «Fiesta de la Compañía», que sea para cada una ustedes como un nuevo nacimiento interior, un volver a dejarse iluminar por la fuerza del Espíritu Santo.

En lenguaje de la Compañía siempre hemos vistos dos acontecimientos claves que han sucedido en torno a la Fiesta de Pentecostés, el que ya recién nombramos, la «lumière», la «luz», una experiencia personal de iluminación de Santa Luisa, experiencia clave que ella conservó por escrito en un papel muy bien doblado, conservando así en su memoria esa luz inspiradora del Espíritu Santo, luz que seguramente releyó en muchos momentos difíciles de su vida, todo esto fue el 4 de junio de 1623, Vísperas de Pentecostés.

La otra experiencia clave que es vista como un signo para la compañía es lo sucedido en las vísperas de Pentecostés de 1642, me refiero a lo que ya ustedes conocen la «caída del piso» que se interpreta como un aviso, o ella misma dirá que eso fue «una gracia» y que la Compañía debiera verla como una confianza en la protección del Espíritu Santo por esta nueva familia, ella misma nos dirá: «He pensado que toda nuestra familia debía tener una gran devoción a la fiesta de Pentecostés…» (SLM E. 172)

Bueno, mis queridas hermanas, les propongo que en cada Fiesta de Pentecostés que la liturgia de la Iglesia nos ofrece cada año, se transforme para cada una de ustedes en un «gran acontecimiento interior», imitando así la vivencia de Santa Luisa, que la fiesta que está por venir se transforme para cada una de ustedes en un «un nuevo nacimiento interior», y poder cumplir con la tradición de celebrarla como decía Santa Luisa como una «gran Fiesta». Fiesta vivida como Compañía, como Provincia, como comunidad local, y en cada uno de sus corazones; les pido que tratemos de preparar con esmero y dedicación este gran acontecimiento, con una celebración bella, alegre y festiva comenzando desde las Solemnes Vísperas de Pentecostés hasta el día mismo de la Solemnidad.

Yo les ofrezco esta sencilla reflexión que les pueda servir como un apoyo de preparación para este Pentecostés de cada Hija de la Caridad:

Sería bueno, preguntarnos al acercarse esta «Gran Fiesta», ¿Quién es para mi el Espíritu Santo?, ¿Cómo me relaciono con Él?. Las primeras palabras de Santa Luisa de Marillac al vivir esa experiencia de «la lumière» del Espíritu Santo en el día de Pentecostés de 1623, nos dan una clave a cada uno de nosotros para reflexionar: «El día de Pentecostés oyendo la misa o haciendo oración en la Iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas»

Esa experiencia de Santa Luisa nos hace pensar en el Espíritu Santo como LUZ, como una ILUMINACIÓN. Esa LUZ, ese FUEGO del ESPIRITU SANTO iluminó su vida, aclaró sus dudas, sus miedos, sus temores, sus confusiones y le dio esa valentía para cumplir el plan de Dios, todo eso nos hace evocar la experiencia que nos relatan los Hechos de los Apóstoles el día Pentecostés: «Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno».

El Espíritu Santo como llamas de luz y de fuego, iluminaron y renovaron interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: «¡Cristo ha muerto y ha resucitado!». Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres «sin instrucción ni cultura» (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20).

Para ser fieles a nuestra vocación de testigos y profetas de esperanza, para contar lo que hemos visto y oído, y ser buena noticia para los pobres, es necesario que aclamemos al Espíritu Santo sobre nuestras vidas para dejarnos iluminar por Él, para que ilumine totalmente nuestro ser, nuestra mente, nuestro corazón. Al llegar este acontecimiento de Luz pregúntate: ¿Cuáles son nuestras oscuridades, nuestras tinieblas que hemos de iluminar con la luz del Espíritu Santo?, ¿Cuáles son nuestras dudas?, ¿Cuáles son nuestras miedos?…Pensemos en ello, y abramos nuestro ser al Espíritu, imitemos en nosotros la experiencia de Santa Luisa que se dejó tocar por el Espíritu Santo.

Una vez que nos dejemos llevar por la «Lumière del Espíritu Santo», y sea una LUZ que nos envuelva y clarifique, haremos realidad en nuestras vidas lo que la liturgia de la Iglesia nos regala en esa hermosa oración de la Secuencia de Pentecostés: «Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz….». Sólo recién ahí podemos anunciar como verdaderos testigos del amor del Señor, recién ahí podremos ser profetas de los pobres y entre los pobres, sólo ahí podremos revivir la experiencia del mismo Señor Jesús antes de comenzar su ministerio público en la Sinagoga de Nazaret y decir que el Espíritu del Señor está en nosotros: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres. Para anunciar a los cautivos la libertad y, a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; y para anunciar un año un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

Que la Festividad de Pentecostés que se avecina nos motiven a orar por la Compañía que está llamada a revivir la experiencia de un constante Pentecostés, reavivamos en nosotros la vivencia y enseñanza de Santa Luisa que fue la «mujer del Espíritu Santo», reavivamos en nuestras retinas y en nuestros corazones el hermoso significado de la tumba donde descansa Santa Luisa en la Capilla de las Apariciones, me refiero a ese hermoso mosaico de la venida del Espíritu Santo sobre ella. Que también reavivemos la venida del Espíritu a nosotros, que su LUZ nos ilumine, sobretodo ilumine nuestras oscuridades, nuestros miedos, nuestras tumbas secretas, los secretos mas ocultos, para que Dios pueda hacer su obra en nosotros, y que el Espíritu Santo sea nuestro único «maestro interior» para que Él nos sane y nos transforme para llegar a ser LUZ DEL MUNDO y LUZ DE LOS POBRES.

Hagamos realidad este deseo de Santa Luisa dicho a Sor Ana Hardemont, Mayo 1651: «Suplico a la bondad de Nuestro Señor que disponga nuestras almas para recibir al Espíritu Santo y que así, inflamadas con el fuego de su santo amor, se consuman ustedes en la perfección de ese amor que les hará amar la santísima voluntad de Dios».

Feliz Fiesta para cada una de ustedes, unidos en el fuego de amor del Espíritu Santo un abrazo fraterno

P. Fernando Macías Fernández, C.M.

Director Provincial- Chile

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1 comentario

  1. YAYR V.

    PADRE FERNANDO:

    EL DIOS ALTISIMO, LO HA UNGIDO CON ESTE BELLO ARTICULO, ES LO MAXIMO, LO MAS ELEVADO E INSPIRADO QUE HE LEIDO LUEGO DE UN PEQUEÑO DESIERTO, EN EL QUE EL SEÑOR CON SU FUERZA ME ARROJO.

    GRACIAS PADRE FERNANDO, QUE EL DIOS VIVIENTE LO BENDIGA Y LE PERMITA VER AL IGUAL QUE A SANTA LUISA Y A MI, LA LUZ DE PENTECOSTES.

    MIL BENDICIONES.

    Responder

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