Roma 28/5/07 –Los Superiores Mayores invitados a la Vª Conferencia eligieron al P. Pascual Chávez, Rector Mayor de los Salesianos y de la Unión de Superiores Generales (USG), a hablar en su nombre. En su mensaje el P. Chávez recordó con claridad el profundo significado y contributo de la Vida Consagrada en el continente, desde los inicios de la vida y de la misión de la Iglesia en América. He aquí el texto.

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Relación de los Superiores Generales para la asamblea
Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
Agradecimiento

Quiero agradecer, en primer lugar, la oportunidad que se me ha dado para participar y para tomar la palabra en esta Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño.

Hablo a nombre de la Vida Religiosa como Presidente de la Unión de Superiores Generales, y -en este caso- también de la Unión Internacional de las Superioras Generales, en cuanto representante de las dos Superioras Generales aquí presentes.

En un continente o sub-continente, como el que en ningún otro, la comunicación de la fe y el compromiso por la promoción humana han estado tan vinculados a la Vida Religiosa, la Iglesia no se entendería sin ella, como justamente lo ha reconocido el Santo Padre en su discurso de apertura de esta Conferencia.

Cuanto afirma la Lumen Gentium en el n. 44 sobre los Religiosos y Religiosas, que “sin pertenecer a la estructura jerárquica de la Iglesia constituyen parte indiscutible de su vida y de su santidad”, se ha verificado en América Latina y el Caribe en estos más de 500 años del encuentro del Evangelio con los pueblos amerindios.

La Vida Consagrada hoy

Pocas instituciones eclesiales han puesto un empeño tan grande en la invitación del Concilio Vaticano II° a la renovación como la Vida Consagrada. Con todo, después de 40 años y después de tantos cambios realizados, nos encontramos todavía en un proceso de transición. Esto nos enseña – me parece – que hoy la vida consagrada debe aceptar que el único modo de ser actual es la de estar en transformación continua, como sucede con la vida que jamás es estática, y, al mismo tiempo, que nada debe anteponerse a Dios, de modo que sea realmente consagrada, y permanezca fiel a Cristo, a la Iglesia, a los propios fundadores, al hombre y a la mujer de hoy.

Escuchando las relaciones de los Presidentes de las Conferencias Episcopales y de los Prefectos de Dicasterios del Vaticano o de otras dimensiones al servicio de la Iglesia, debo confesar que nos sentimos en profunda sintonía – porque ante todo somos Iglesia – y compartimos con Uds. la escucha de Dios en su Palabra y el paso del Espíritu por la historia buscando descifrar lo que Dios quiere en este mundo de comunicación y globalización, de secularismo y materialismo, de hedonismo y relativismo, en que vivimos y testimoniamos nuestra fe y realizamos nuestra misión.

Al servicio de esta fidelidad creativa de la Vida Consagrada fueron creadas las dos Uniones de Superiores y Superioras Generales (USG en 1952 y aprobada su constitución en 1962) y han renovado su voluntad de servirla. Por supuesto necesitamos lograr un diálogo más efectivo con la Santa Sede (Santo Padre y CIVCSVA) y con las Conferencias de Obispos, y reforzar la colaboración entre las dos Uniones y con las Conferencias Nacionales, Regionales y Continentales de Religiosos y Religiosas.

No me entretengo en describir su organización y funcionamiento, las comisiones que la dinamizan y otras estructuras de colaboración eclesial (información ésta que se encuentra en el portal vidimusdominum.org), y sí, en cambio, en la búsqueda de la grandes líneas de orientación para responder a los desafíos del mundo de hoy (cf. Temas de las Asambleas desde 1968 hasta nuestros días), y, por tanto, lo que hoy le está más a pecho, esto es, su identidad y especificidad, esa que le hace encontrar mejor su lugar en la Iglesia.

El Congreso internacional de la Vida Consagrada, que se realizó en Roma al final de noviembre del año 2004, ha tomado como inspiración un doble icono: el de la Samaritana (Jn 4) y el del Buen Samaritano (Lc 10). Estas dos figuras son signo de la profunda de sed Dios y de la inmensa compasión que deben caracterizar a los consagrados y a las consagradas. El mensaje es claro: en el mundo la vida consagrada tiene la misión específica de cultivar una fuerte experiencia de Dios y acercar a Dios al Hombre herido y abandonado al margen del camino.

Definir la vida consagrada como una vida ‘samaritana’ implica no sólo contemplar el itinerario recorrido por estas dos figuras evangélicas, sino también asumir y hacer propia la condición social de un grupo, como lo eran los samaritanos en los tiempos de Jesús, que vive “a los márgenes” de la sociedad y de la Iglesia.

Hacerse ‘samaritanos’, desde esta perspectiva, quiere decir aceptar el rechazo del mundo y de la sociedad; comporta renunciar a los privilegios de los que como consagrados hemos gozado hasta hace pocos años, y no solamente en el ámbito social sino también eclesial.

Por siglos la vida consagrada ha sido la pupila de los ojos de la Iglesia y de la Sociedad; su servicio en la evangelización y en las tierras de misión, así como su función social en la promoción humana ha sido insustituible en los diversos campos de la agricultura, de la educación y de la cultura, de la salud, de la comunicación social, de la atención a los más pobres, a los indígenas, a los afro americanos, a los chicos y chicas de la calle, a quienes son explotados en el mal llamado turismo sexual, etc., como sigue siéndolo en América Latina y Caribeña, Asia, Oceanía y África. Hasta tal punto que, sin la vida consagrada en estos espacios, la misma Iglesia estaría ausente. Su presencia en el campo social, a veces teniendo que suplir a los estados, ha sido tan grande que ha corrido el riesgo de adulterar su misión, que no es simplemente la de realizar obras con eficacia y gratuidad, sino la de ser un signo de la presencia de Dios tierna y salvadora en el mundo.

Hoy como ayer la vida consagrada está llamada a ser un signo de la cercanía de Dios, de su auténtica encarnación, de su radical solidaridad con la humanidad hasta la muerte en cruz. Pero hoy, a diferencia de ayer, la vida consagrada se encuentra con el desafío y la oportunidad de renovarse cambiando el acento del funcionalismo a la autenticidad de la caridad, interior y cristiana, esa que transforma la obra social en revelación, en el mejor sentido de la palabra, que es la de donar a Dios al mundo.

Hoy la vida consagrada resultaría irrelevante, su testimonio sería invisible e infecundo, si no tomase seriamente el mandato de hacerse prójimo de los pobres, abandonados y en peligro. Si la vida consagrada quiere sobrevivir en un mundo donde hay un “eclipse de Dios” (Martin Buber), deberá encontrar a Dios en el único icono viviente de Él, el hombre (cf. Gn 1,26). Hoy como ayer el hombre es el camino de la Vida Consagrada.

La sed de Dios y la solidaridad con la humanidad son inseparables y son acogidos y vividos como gracia en unidad. La experiencia de Dios sin la misión es espiritualismo, como lo es el amor a Dios sin el amor al prójimo. Y la misión sin la experiencia de Dios es filantropía o trabajo social.

Es necesario recuperar la pasión por la gloria de Dios y la salvación del hombre, que encuentra su fuente en el corazón de Cristo, Apóstol del Padre, y su alimento en la Palabra y en la eucaristía. Esta pasión habla sí de capacidad de sufrir, de esa pasión que es sufrimiento de amor como el de Jesús en la Cruz, pero también del dinamismo del amor, de esa pasión que es enamoramiento y fascinación.

Estoy convencido de que la vida consagrada representa una verdadera terapia para nuestra sociedad y un don para la Iglesia, con tal que ella sea un signo visible y creíble de la presencia y del amor de Dios (“mística”), que sea una instancia crítica en relación a todo lo que atenta contra la persona humana entendida según el designio de Dios (“profecía”), y que sea solidaria con la humanidad, especialmente la más pobre, necesitada, excluida (“diaconía”).

Conclusión.

Nuestra presencia hoy en esta magna Asamblea Episcopal de América Latina y del Caribe representa para nosotros la oportunidad de renovar nuestra vocación de “ser y formar discípulos y misioneros de Cristo” y de exponer también nuestras expectativas, que se reducen a dos:

  1. ser más apreciados y tomados en cuenta

  2. ser valorados no sólo por lo que hacemos sino por lo que somos.

No obstante nuestras limitaciones, la Vida Consagrada está llamada a continuar prestando a la Iglesia el servicio insustituible de “ser parte indiscutible de su vida y de su santidad” (LG 44), a través de una acción pastoral que sea más explícitamente evangelizadora, que toque los nervios de la cultura imperante y que madure vocaciones.

P. Pascual Chavez V. SDB

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