La Santísima Trinidad es un misterio inexplicable, el cual nos anima a la fe y a la labor en comunidad.

Hace muchos años nos contaron una historia que se le atribuye al Gran Padre de la Iglesia San Agustín, quien en su intento por articular una teología completa, pasaba muchas tardes sentado a la orilla del mar pensando y dando vueltas en su cabeza, tratando de comprender el Misterio de la Santísima Trinidad. Cuenta la leyenda, que de repente apareció un niño con un depósito en el que recogía agua del mar y corriendo a la playa, introducía el agua en un pequeño agujero hecho en la arena. San Agustín intrigado por la labor del niño, le preguntó; ¿Qué estás haciendo? A lo que el niño le contestó: “Estoy tratando de meter el mar en ese pequeño hoyo en la arena”, por lo que el Santo sonrió y le expresó que eso era imposible. El niño, que en realidad era un ángel le dijo: “Pues es más fácil que yo meta todo el mar en este pequeño agujero, a que tú metas toda la idea y comprendas los misterios de Dios en tu pequeña mente”. Esta historia cierta o no, nos ilustra sobre lo imposible que nos resulta el comprender a Dios en nuestra pequeña mente, tan corta y finita, tratando de explicar y razonar al infinito.

Y es que aún los que se autodenominan “ateos”, reconocen que hay algo más grande que ellos y que no pueden ser autosuficientes. Hace unos cinco años tuve una experiencia muy interesante, ya que me gané una beca para asistir a un Congreso de Profesores de Iberoamérica en la bella ciudad de Oviedo, España. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que muchos profesores, incluyendo algunos de Colegios Católicos de Chile, Uruguay o Brasil, se autodenominaban “ateos” y en una de las comidas, me quedé en una mesa en donde estaban los “ateos” más radicales, quienes se burlaban de los que somos creyentes, comparando de que creer en Dios es como creer en Santa Claus o en la cigüeña. Por tolerancia y por llevar la jornada en paz, me estaba tragando todo lo que decían, sin emitir juicio, pero como a algunos ya les había comentado, que aprovechando que iba a Europa había pasado a la Rue du Bac de París, pues en algún momento de la conversación me solicitaron mi opinión y me acordé de lo que había estudiado de Xavier Zubiri, en el curso de Filosofía Teológica o Teología Filosófica, que había recibido en Guatemala y les pregunté: ¿Creen ustedes que hay algo más grande que puedan conocer ustedes y que toda la humanidad junta? Y comenzaron a referirse sobre el mundo, el universo, la ciencia, la naturaleza, como ejemplos de que si existen realidades que sobrepasan al conocimiento humano y precisamente esa realidad que nos sobrepasa nos da idea de que existe “algo o alguien más grande”, “un ser real absolutamente absoluto” y que nosotros somos “relativos al absoluto” o “absolutamente relativos”. Ese ser real y absoluto es Dios y aunque ellos no lo reconocen, en su interior saben que no lo pueden conocer todo, que no son autosuficientes y en el fondo reconocen su “relatividad frente al absoluto” y que están ligados a esa realidad, eso es la religación, de donde viene la palabra “religión”. Creo que a más de alguno lo dejé dudando de su ateismo, eso espero.

Pero independientemente, de si logramos comprender el Misterio de Dios Uno y Trino, el cual definitivamente nos rebasa, lo más importante es atender a Dios que se nos presenta en el más pobre y que nos juzgará por las veces que le vimos con hambre y le dimos de comer, le vimos enfermo de sida y no lo marginamos, le vimos como migrante y le tendimos una mano.

Por último, la fiesta del Misterio de la Santísima Trinidad, nos hace un llamado especial a la Familia Vicentina y a cada una de las ramas, ya que si Dios siendo UNO, actúa en comunidad Padre, Hijo y Espíritu Santo, como nosotros vamos a intentar actuar de manera aislada. El ejemplo nos lo brinda el mismo Dios que actúa de formas diferentes en las Tres Divinas Personas, conservando su unidad.

Feliz fiesta de la Santísima Trinidad.

Julio A. Castellanos, AMM
Fiesta de la Santísima Trinidad, 2007.

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