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Arrepentíos y vivid (Ez. 18,32)

por | Mar 9, 2007 | Reflexiones | 0 comentarios

Domingo III de Cuaresma, Año C

El Dios de Vicente de Paúl, el Dios de Luisa de Marillac, el Dios de los otros santos, beatos y venerables de la familia vicenciana, este mismo Dios se le aparece al que hoy día pretende seguir las huellas de estos grandes personajes.

Quizás el vidente de hoy, por simpatizar—más o menos como Moisés—con los maltratados y los débiles, ha arriesgado la vida y el futuro. Al mismo vidente tal vez le parece que la única opción que le queda es sólo aguantar el duro trabajo y contentarse con las sencillas delicias que le trae la vida laboral cotidiana, dejándose llevar por algunas sorpresas que otras que se le presenten y que a la vez fascinen y espanten.

Y no es del todo inconcebible que ésta sea una de las sorpresas o maravillas que a lo mejor le atraigan al vidente y le hagan temoroso: ¿Cómo es que por muy ardiente que sea el hambre o la sed de los necesitados, y pese que siempre se preocupa si toda la multitud va a poder comer o beber, nunca se acaba la comida ni se agota la bebida? Me parece a mí que hasta cierto punto San Juan de Dios se mostraba maravillado de este modo, pues, dijo en una carta: «Son tantos los pobres que aquí se llegan, que yo mismo muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, mas Jesucristo lo provee todo y les da de comer». Al poco rato agregó el santo:

Viéndome tan empeñado por las deudas,
muchas veces no salgo de casa por tanto
que debo y, viendo padecer a tantos pobres,
hermanos y prójimos míos, y con tantas
necesidades, así del cuerpo como del alma,
como no los puedo socorrer, me pongo muy
triste, mas confío en Jesucristo; que él me
desempeñará, pues él conoce mi corazón.
Y, así, digo que «maldito es el hombre que
confía en los hombres, y no sólo en Jesucristo»,
de los hombres has de ser desamparado,
quieras o no; mas Jesucristo es fiel y constante,
Jesucristo lo provee todo. A él sean dadas las
gracias por siempre jamás. Amén.

¡A Dios realmente las gracias y la gloria! Pues, la antedicha maravilla se debe al Dios providente, el Dios del que tiene la firme intención de emprender el camino vicentino. Como nos lo da a entender San Pablo al aplicar a los cristianos los acontecimientos del éxodo hebreo, este Dios que hoy se nos manifiesta es el mismo Dios, claro, que se apareció a Moisés para anunciar la buena nueva a Israel esclavizado. Compasivo y misericordioso, este Dios ve la opresión de su pueblo, oye sus quejas y se fija en sus sufrimientos. Con nombre inefable que indica omnipotencia y también inmunidad, digamos, a las manipulaciones y maquinaciones de parte de los hombres, este Dios que ablanda y endurece los corazones de los más poderosos soberanos en la tierra baja a librar a su pueblo y sacarlo de la miseria y la esclavitud.

Pero el Dios que nos sale al encuentro cuenta con nuestra atención y nuestra respuesta. Requiere fundamentalmente que nosotros nos volvamos a él. El hecho de que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, esto no quiere decir que no le importa si sea mala o buena nuestra conducta. Él busca fruto en la higuera. Advierte San Pablo: «El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga».

Exige el Señor Dios, quien se nos ha revelado plenamente en Jesucristo, que primero que todo nos arripintamos. El arrepentimiento es una condición necesaria para el perdón si bien que no constituye mérito para el perdón. El verdadero arrepentimiento no soporta la muestra de compasión con mancha de pretensiones de superioridad moral como la que tal vez mostraron quienes contaron lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con sus sacrificios. Pensar que estos galileos o los víctimas de accidentes fatales eran más pecadores que los demás, quien así piensa, sin darse cuenta quizás, ¿acaso no se considera a sí mismo, por simplemente estar vivo, como moralmente mejor que aquellos desgraciados fallecidos? Muy poco, por no decir nada, sirve compararme con otros, porque lo importante es que esté yo arrepentido y listo en todo momento para cualquier eventualidad, especialmente para la llegada del reino de Dios. Proclamó Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio».

Esta proclamación tiene una dimensión subversiva, según el artículo del profesor Kevin B. McGruden que lleva el título de «Mark’s Countercultural Vision» (cf. la revista America del 5 de marzo de 2007). El reino de Dios desenmascara a los demás reinos como falsos y pone en duda sus dogmas, principios, propagandas y modos de vivir, pensar y actuar. El evangelio propone cambio de vida, mentalidad y actuación al ponerse en desacuerdo con la paz que surge de una conquista militar brutal y que se mantiene por medio de represalia salvaje contra cualquier y toda resistencia. El evangelio sostiene el servicio como la manera auténtica de ejercer la autoridad y demuestra que se llega a la salvación y la vida verdadera por la abnegación y la muerte.

Y para el vicentino en particular, la llegada del reino de Dios, el arrepentirse y creer el evangelio, todo esto se le probará en contra de la cultura a medida que él se despoje de los negativos significados, asociaciones y conotaciones impuestos por la cultura a la pobreza y ingiera los del reino de Dios y del evangelio (cf. la carta del Padre Thomas F. McKenna, C.M. en http://www.cmeast.org/pagesProvLetter/provLetter_2007_Jan.html), camino al lugar donde a todos se darán de balde pan y bebida para la vida eterna y abundante en compañía del Dios de Vicente, de Luisa, de los demás santos, beatos y venerables vicencianos, y de Moisés, desde luego.

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