Domingo VI del Tiempo Ordinario, Año C

La pobreza material es una condición económica, no una virtud, y que si la pobreza material contribuyera automáticamente a la santidad, entonces sería nuestra responsabilidad propagarla en lugar de tratar de aliviarla.
Dice el capítulo 3° del libro That Man is You de Louis Evely que se nos manda que amémonos unos a otros y no que nos empobrezcamos unos a otros, como con frecuencia acabamos con hacer. Así demuestra el autor que, entre otras cosas, la pobreza material es una condición económica, no una virtud, y que si la pobreza material contribuyera automáticamente a la santidad, entonces sería nuestra responsabilidad propagarla en lugar de tratar de aliviarla.

Y nos incumbe, de verdad, tratar de aliviar la pobreza con la justicia y la caridad. En esto insiste con ahínco la palabra divina tal como se nos presenta tanto en las Escrituras hebreas como en las Escrituras cristianas. Pero creo que está más claro en la doctrina cristiana el enigma, planteado en las bienaventuranzas, de que la pobreza no se elimina sin la pobreza.

Es el mismo enigma—o mejor dicho, misterio—de la cruz. Buscamos erradicar la injusticia, contra la cual clama penosa y elocuentemente a Dios la cruz sangrienta de Jesús, y hacemos nuestro cometido prevenir que nadie más sufra injustamente ni sea crucificado. Pero por lo visto este objetivo no se puede alcanzar sin la cruz. Se nos dice que así como Moisés había levantado la serpiente en el desierto, así fue necesario que fuera levantado el Hijo del hombre para la vida eterna de los creyentes en él (Jn. 3, 14-15). Y se refiere el dicho a la extraña prescripción contra la mordedura mortífera de serpiente, a saber: «Hazte una serpiente, y ponla en un asta. Todos los que sean mordidos y la miren, vivirán» (Num. 21, 6-9). De modo que, como no hay alivio ni vida sin la pasión y la muerte, así también no hay erradicación de la pobreza sin la pobreza.

Y como este misterio nunca se alcanzó ni se alcanza ni se alcanzará a comprender, tanto mejor pues que quedó demostrado cuando se hizo pobre Jesurcristo para enriquecernos (2 Cor. 8, 9). Él, aunque de condición alta, porque divina, se vació de sí mismo y se redujo a la condición de un esclavo (Fil. 2, 6-8).

Tanto mejor asismismo que también se vivía el misterio en el desprendimiento que supone la largueza que practicaban los primeros cristianos, de los cuales se atestigua: «No había ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, traían el precio de lo vendido, y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad» (Hechos 4, 34-35). En esa comunidad cristiana primitiva se realizaba, pues, el ideal deuteronómico: «Entre vosotros no deberá haber pobres» (Dt. 15, 4). Y me lo creo sinceramente que una de las razones por las que los primeros cristianos daban testimonio con gran poder de la resurreción, a la que condujeron la pasión y la muerte de Jesucristo, y hallaban ellos favor con el pueblo, era por encarnar ellos el misterio mencionado (cf. Hechos 2, 47; 4, 33).

Tanto mejor además que en la vida y obras de San Vicente de Paúl brillaron la certeza y la eficacia de este misterio. El santo, por supuesto, se dejó confortar por las buenas nuevas a los pobres. Fue por eso, creo, que sus cálculos en cuanto a conseguir beneficio y retiro cómodo con su madre, sus desilusiones, sus ansiedades y dudas se convirtieron en confianza en la Divina Providencia y logró él verse dichoso. Confiando en la Providencia y buscando en ella su fuerza—ya no en personajes ni en conexiones que dieran fe del buen carácter de él y le recomendaran idóneo para algún beneficio, oficio o puesto—y obrando según las máximas de Jesucristo, cierto que su esperanza en él no acababa con la vida terrenal, San Vicente a cada paso comprendía cada vez más plena y profundamente el misterio de las bienaventuranzas. Así que no sólo vivió el Fundador la pobreza misionera y compuso más tarde reglas gobernando la práctica de ella, sino que también tuvo tanta hambre y sed de la justicia y paz y muchísimo le dolieron los sufrimientos de los pobres que no hubo ninguna miseria de sus días—según Jacques Delarue—que el Padre tanto de los Pobres como de la Patria no trató de aliviar. Tanto se preocupaba el misionero a los pobres campesinos por la salvación de estos que le inquietaba el regresar a París muy consciente de que otras aldeas lo aguardaban para que les diera una misión. Y teniendo en cuenta el bien de los pobres, no dejó el santo de hablarles la verdad a los poderosos y emprendió gestiones a favor de la paz ante el Cardenal Richelieu, ante la Reina Ana de Austria y ante el Cardenal Mazarino. Y por decirle la verdad al último, el santo se volvió su enemigo, y así le tocó el destino de los profetas auténticos (cf. Gal. 4, 16).

Profetas falsos siguen abundando en nuestros tiempos, quienes no paran de predicar la religión según la ideología del capitalismo sin restricciones, la cual exige que «a cada quien se le dé sólo lo que uno se merece», y proclaman algo como (cf. That Man Is You):

Dios es todopoderoso y tremendo y rico.
Sé bueno y te premiará Dios con salud, riqueza
e hijos, y te hará prosperar, y estarán llenos tus
graneros y despensas. Si ocurre algo adverso,
esto se debe a algún pecado. Si uno recibe
mucho dinero como herencia, ya sabes, es
porque Dios les cuida bien a los buenos.

Que profetas auténticos se levanten entre nosotros, quienes anuncien a los pobres el evangelio de que la pobreza se remedia con la pobreza. Que haya profetas auténticos que se atrevan a pedirle al que posee fortuna que, de acuerdo con un deseo expresado por San Alberto Hurtado, se recoja con frecuencia a hacer esta sencilla reflexión: «¿Qué pensaría yo si me encontrara un día sirviente, inquilino, trabajador, de un patrón igual a mí? ¿Qué bulliría en mi mente? ¿Qué aspiraciones querría ver satisfechas?» Ruego a Dios que bendiga esta sencilla reflexión albertina de modo que el afortunado llegue a reducirse a la condición de un pobre.

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