Natividad del Señor y Sagrada Familia, Año C
Lo extra frenético que se me hace el paso de la vida durante esta temporada de fiestas y lo exigente que se convierte la cultura consumista en cuanto al asunto de que uno tiene que estar a la altura de las esperanzas navideñas de esta cultura —junto con el prospecto realista de que las fiestas, para las cuales se hacen tantas preparaciones, se irán tan pronto como vengan— y también el echar de menos a seres queridos, difuntos o lejanos, todo esto me deja a veces sintiendo bien deprimido y agobiado. Cuando se me está comenzando a convertirse la alegría de la época en tristeza, un remedio de que me sirvo es cantarme una canción compuesta muchos años atrás por uno del mismo curso que yo. Tengo entendido del compositor que las letras de la canción son las palabras de un poema breve en inglés del conocido jesuita estadounidense Daniel Berrigan, activista por la paz encarcelado una y otra vez. Ni siquiera sé el título de la poesía y no he encontrado todavía el libro que la contiene. Así que al citarla aquí dentro de poco, yo quiero aclarar de antemano que estoy dependiendo de la memoria, la mía —menos fiable ahora que antes— y la de mi condiscípulo. Que los dos recordemos, el poema, traducido del inglés, va:

En mis oraciones matutinas,
vi escrito el amor en cada criatura:
en los hombres, en la frente;
en los árboles, en las hojas;
en las casas, en las paredes.
¡Cristo ha florecido en la carne humana!
¡Regocíjese la humana naturaleza!

Esta canción me ayuda a recobrar la paz y la serenidad, y a ver y apreciar de nuevo las cosas en su justo valor. Sus letras me recuerdan el verdadero significado de Navidad, señalando inequivocadamente que uno tiene que ir más de las fiestas, las decoraciones y los regalos, la comida y la bebida, la compra y la venta, que todas estas cosas no son todo lo que hay en la celebración de Navidad.

Me impela tambián el mensaje que proclama la poesía a hacer un examen de conciencia para averiguar si realmente Cristo ha florecido en mi persona y si en mí claramente se ve escrito el amor. Animado por este amor, uno tendrá la capacidad ignaciana de ver o encontrar a Dios, al amor, en todas las cosas—tanto en las paredes deslustradas del Comedor Comunitario de San Vicente en San Rafael, California, como en los escaparates seductivos de tiendas vecinas, tanto en las arrugadas frentes de los invitados pobres del dicho comedor como en las fruncidas caras de los comerciantes que creen que la presencia de los pobres ahuyenta a clientes prospectivos—y a todas las cosas en Dios, en el amor. Fundado en este amor —nos asegura San Vicente de Paúl, el llamado «Serafín de Francia» en el poema «Charitas» de Rubén Darío— uno «vivirá siempre bajo la protección de Dios, y de esta manera no le sobrevendrá mal alguno ni se verá privado de ningún bien».

Como felicitación navideña, les deseo a todos este amor que es todo:

el amor que nos hace honrar y respetar y ayudar a los padres;
el amor ceñidor de la unidad consumada;
el amor que nos hace hijos de Dios;
el amor que hace posible nuestra presencia en la casa del Padre
y nuestra pertenencia a la familia de Dios.

Este amor nos exige duro trabajo —por usar las palabras del poeta Rainer María Rilke— y es la última y definitiva prueba, y para el cual todas las tareas son sólo preparaciones.

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