Domingo IV de Adviento, Año C

El Señor cambia las tinieblas en luz delante de nosotros (Is. 42, 16).
Como lo proclama la respuesta confiada de San Vicente de Paúl al ecónomo que le enteró de la falta de recursos, una mala noticia no es del todo mala. Las tinieblas, las cambia el Señor en luz delante de nosotros (Is. 42, 16). La noche de la traición de Judas fue a la vez la noche de la glorificación tanto del Hijo del Hombre como de Dios en su hijo (Jn. 13, 30-31). Asimismo, el Señor hace que la auténtica felicidad eche raíces en la pobreza y que la grandeza del jefe cuyo origen es desde lo tiempo antiguo, de tiempo inmemorial, salga de la pequeñez mortal —la pequeñez, por ejemplo, de Belén de Efrata— para que se consuelen los abandonados y se regocijen los desamparados.

Pero esta proclamación les suena a muchos como una declaración dura que no pueden ni escuchar ni aceptar. Muchos creen que lo que garantiza la felicidad es vivir en la abundancia, ser grande, no pasar ni apuros ni dudas ni enfermedades ni debilidades. No comulgo, desde luego, con éstos en cuanto a la fuente de la felicidad. Pero otra forma hay, me temo, de poner en duda dicha proclamación.

Mucho me llama la atención Is. 22, 8-11 que dice (cf. también Is. 31, 1):

Confiasteis aquel día en las armas
de la casa del bosque, y visteis que
eran muchas las brechas en la muralla
de la ciudad de David, y recogisteis las
aguas del estanque inferior. Entonces
contasteis las casas de Jerusalén, y
derribasteis casas para fortificar la muralla.
Hicisteis un depósito entre las dos murallas
para las aguas del estanque viejo. Pero no
confiasteis en el que lo hizo, ni considerasteis
al que hace mucho tiempo lo planeó.

Hago, por supuesto, mis preparaciones para la Navidad y tomo las medidas que considero debidas. Y me confío en ellas, pero, ¿acaso no olvido al que sobretodo se debe considerar, el mismo en quien debo confiarme principalmente? Aún personas tan devotas como Marta de Betania son capaces de dejarse llevar por las expectativas de la sociedad y acaban con pasar por alto lo más importante. Preocupado y molesto por tantas cosas, agotado tal vez por tantos quehaceres de las fiestas consumistas, ¿acaso ya no me queda energía ninguna para tomar en cuenta al Señor y buscarlo? Me preguntó ayer una compañera de trabajo, muy católica y feligresa bien dedicada al apostolado parroquial: «¿Estás consiguiendo mantener a Cristo en tus preparaciones para la Navidad?» Añadió ella apenas oyó mi respuesta: «Es difícil hacerlo. Para mí y mi marido, la lucha por mantener la Navidad acerca de Cristo ha sido bastante dura». Y de inmediato me pregunté: «Si tanto le cuesta al árbol verde, ¿cuánto le costaría al seco?». Y mi lucha no tiene nada que ver con la denominada «la guerra a la Navidad» de que sirven los de la derecha extrema como carnada con que atraer al sin sospechar a adoptar una postura guerrera. Tiene que ver más bien con tratar de honrarle a Dios de manera que supera la de hacer las cosas por pura formula acostumbrada de la temporada de fiestas.

Perder así de vista la sola cosa necesaria es, irónicamente, quitarles el significado a las preocupaciones y preparaciones navideñas en la manera no diferente de la de Judas, a mi parecer, quien le quitó todo sentido al beso, convirtiendo un símbolo de amor en una contraseña de odio. Esto es permanecer, pues, en la oscuridad y no dejar que la gloria de Dios alumbre la noche. El brillo y el oropel de los árboles de Navidad, de las luces navideñas o de los papeles para regalos navideños no pueden competir con las tinieblas. Sin la atención y la obediencia a Dios, todas estas cosas —inclusive los acostumbrados sacrificios, ofrendas, holocaustos, víctimas expiatorias— poco valen y no son ni deseables ni delectables. Las tinieblas se cambiarán en luz, y se saltará de alegría de verdad, cuando uno no pierda de vista la presencia del Señor y viva, por supuesto, de acuerdo con esta regla vicenciana (RC II, 2):

Habiendo dicho Nuestro Señor Jesucristo:
Buscad primero el reino de Dios y su justicia,
y todas las demás cosas que necesitéis se os
darán por añadidura; cada uno procurará
preferir las cosas espirituales a las temporales,
la salvación del alma a la salud del cuerpo y
la gloria de Dios a la vanidad del mundo; e
incluso estará dispuesto a escoger, con el apóstol
San Pablo, la pobreza, la deshonra, los tormentos
y la muerte misma, antes que separarse de la
caridad de Jesucristo. Por tanto no andará
solícito por los bienes temporales; antes bien
dejará todos sus cuidados a la bondad de Dios,
teniendo por cierto que, mientras esté fundado
en la divina caridad y en la esperanza del cielo,
vivirá siempre bajo la protección de Dios, y de
esta manera no le sobrevendrá mal alguno ni
se verá privado de ningún bien, aun cuando le
parezca que todas sus cosas están a punto de
perecer.

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