Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva (Lc. 1, 47-48)

Domingo III de Adviento, Año C

El pastor luterano Dietrich Bonhoeffer da constancia en la carta a su amigo Eberhard Bethge, citada en mi reflexión de la semana pasada, de que la fe requiere que el creyente dependa sólo de la justicia o la gracia, de Dios, que es lo que quiere decir abandonarse o lanzarse uno en los brazos de Dios y velar con Cristo en Getsemaní. Esto, claro, no es nada más que admitir que realmente el cristiano no se justifica por sus obras; le atribuye Dios justicia aparte de ellas (Rom. 4, 1-6).

Pero esta admisión me suena más convincente, y la doctrina paulina ciertamente más creíble, viniendo de uno que obra, sufre y muere obrando —así fue el caso de Bonhoeffer— y no de un quietista que, acentuando la eficacia excluyente de la gracia en un mundo corrompido y abogando por el abandono total a la acción de Dios, trata de huir del mundo y permanece en estado pasivo (cf. «La oración mental: ayer y hoy. Algunas reflexiones sobre la tradición vicenciana» del Padre Robert P. Maloney, C.M., en http://famvin.org/gsdl/collect/vincent2/index/assoc/HASH7f8a.dir/doc.doc). Mientras el primero aprecia la gracia de modo que ésta se presenta realmente «cara» o «costosa» —por servirme de la distinción hecha por Bonhoeffer mismo— porque se le exige al discípulo que se niegue a sí mismo y tome su cruz, que se arrepienta y se cambie radicalmente para vivir según el evangelio, el último menosprecia la gracia, presentándola por «barata», gracia que se acomoda a los gustos de uno. Quien trabaja duro y reconoce al mismo tiempo que todo depende de Dios, éste se da, a mi parecer, por un individuo auténtico en quien no hay engaño, puesto que él no huye de tales responsabilidades como compartir las túnicas o la comida que tiene con el que no tiene, no exigir más de lo establecido ni hacer extorsión ni aprovechar de nadie —todo lo cual supone, creo, la conversión y la opción fundamental por el bien.

También da la impresión de ser auténtico y sin engaño quien, pobre y sufrido, no deja de regocijarse y de animar a otros a estar alegres. Pero sólo demuestra, a mi parecer, alegría falsa o superficial el que se declara alegre y aconseja alegría sin conocer, sin embargo, ni la pobreza, ni el sufrimiento ni el duelo. Pues de la pobreza, del sufrimiento y del duelo, por lo visto, surge la verdadera alegría. Por lo menos, esto es lo que saco de la promesa alentadora dirigida a la Jerusalén decaída e infiel por el profeta Sofonías y también del aviso de San Pablo quien, siendo preso, les dijo a los filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres». Asimismo, las bienaventuranzas me dan a entender que la verdadera alegría, la auténtica felicidad, radica en la pobreza, en el sufrimiento, en la cruz. Pues los proclamados dichosos son los pobres humildes, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos y buscadores de la misericordia, los de corazón limpio o sencillo, los que celosamente anhelan y procuran la paz, los perseguidos e insultados, o, en términos vicencianos, los sencillos, humildes, mansos, mortificados, celosos.

Y la paradoja de las bienaventuranzas confirma que, de verdad, el gozo es una gracia o un don de Dios, fruto del Espíritu, que las obras humanas no pueden realizar, pues, en primer lugar, ¿de qué obras puede ser capaz realmente el pueblo pobre y humilde, el remanente de Israel, que no encuentra ningún refugio sino sólo en el Señor? Este pueblo no pasaría verdadera alegría si no fuera por la presencia salvífica del Señor, su Dios, si Dios no se gozara y no se complacciera en él, no lo amara ni se alegrara con júbilo como en día de fiesta. Que pueden regocijarse los que sufren y lloran (imposible para los hombres pero no hay nada imposible para Dios), esto da otra prueba concluyente de que Dios crea de la nada, resucita de entre los muertos, y hace concebir a la estéril o la virgen.

Se nos cuenta que un día, al recibir del ecónomo de la comunidad la mala noticia de que se acabaron los recursos y no les quedaba ningún dinero para la ayuda de innumerables refugiados de la guerra y desplazados por ella, San Vicente replicó, mirándole al cohermano directamente a los ojos que mostraban cansancio: «Ésta es buena noticia. Ahora podemos demostrar que confiamos en Dios». Durante la misma semana les llegó nuevo dinero.

Sí, dependía el santo de la providencia de Dios, se abandonaba en los brazos de Dios, velaba con Cristo en Getsemaní. Tenía mucha paz y se regocijaba profundamente en el Señor. Nos toca ahora hacer y ser como lo hizo y lo fue San Vicente aun mientras enfrentamos tiempos difíciles ajenos a nuestra voluntad (cf. la comunicación en inglés del Padre Thomas F. McKenna, C.M., en http://www.cmeast.org/pagesProvLetter/provLetter_2006_Nov.html).

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