Abre tus ojos y mira nuestras desolaciones (Dan. 9, 18)

por | Nov 17, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Año B

Un dicho de relleno que leí en el boletín de la semana pasada de la Iglesia de San Vicente Ferrer en Vallejo, California, dice: «La fe cristiana es la historia de unos mendigos que les dicen a otros mendigos dónde encontrar pan».

Pero parece que gloria no hay en ser mendigo. Andar mendigando se considera un mal que no les sucede a los hijos de los justos y también se enumera entre las maldiciones que corresponden a oponentes impíos, mentirosos, engañosos, difamadores, rencorosos, calumniadores e ingratos (Sal. 37, 25; 109, 10).

Los verdaderos seguidores de Cristo, sin embargo, quienes no se conforman con sólo decirle: «¡Señor! ¡Señor!», realmente abrazan al que se hizo maldición por los hombres para redimirlos de la maldición (Gal. 3, 13). Los cristianos auténticos se glorían en la cruz de Jesucristo y convierten el símbolo de muerte, derrota y perdición en símbolo de vida, victoria y salvación (Gal. 6, 14; Jn. 3, 14-15; Num. 21, 6-19). La fe cristiana, no cabe duda, presenta la visión de un mundo boca abajo, por así decirlo, y es la historia de un nuevo éxodo, del que forman parte —igual que en el caso del antiguo éxodo de la casa de esclavitud— los pobres, afligidos, sufridos, discapacitados, marginados, mendigos (cf. «Un signo boca abajo: la Iglesia de paradójas» del Padre Robert P. Maloney, C.M.; Lc. 7, 21-23).

Y congregación de pobres, que afirma su opción preferencial por los pobres y encuentra sabiduría y fuerza en la locura e impotencia de la cruz, se ha de quedar la comunidad cristiana si no quiere ella traicionar a su Señor crucificado y desmentir la eficacia de la presencia constante del que ofreció para siempre un solo sacrificio con que ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Es decir, que somos mendigos no debemos negar ni debemos tratar de apartarnos de nuestra pobreza. Vicente de Paúl —permítaseme recordar por una vez más lo que escribió Jacques Delarue del santo— salió a luz y se confirmó en la fe una vez por todas cuando se decidió a vivir el resto de su vida en solidaridad completa con los pobres, con aquellos pobres a quienes pertenecía y de quienes había tratado de apartarse.

Quiéralo yo o no, y por más y por muchas veces que me engañe viéndome en ninguna necesidad de nadie, lo cierto es que estoy a la merced de muchos, por no decir todos. Estoy, desde luego, a la merced de Dios, en quien vivo, me muevo y existo (He. 17, 28). De esto me asegura intensamente la certeza de la muerte que, tarde o temprano, me alcanzará. Y este hablar de los futuros «tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora», de la «gran angustia», después de la cual «el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán», todo esto me impela a aferrarme con todas mis fuerzas a la única esperanza que me queda realmente, la esperanza de que me tenga compasión y me cuente entre sus elegidos el Hijo del hombre quien, por cierto, vendrá sobre las nubes con gran poder y majestad, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.

Y si bien que el pan de cada día que gano me da un módico de certeza de que no soy un mendigo completo, ¿no me convence aún más todavía de mi profunda pobreza este pan que gano, porque postula y señala, por último, aquel pan celestial y vivificante, no perecedero sino que permanece para vida eterna, el pan verdadero que sólo el Padre puede dar? Anhelando el pan del cielo, más agudamente me siento un mendigo completo. Pero por lo menos, sé, por la gracia de Dios, dónde encontrar este pan. Quedo debiendo a otros mendigos decírselo.

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