Escucha, Israel, la instrucción que da vida (Bar. 3, 9)

por | Nov 3, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Escucha, Israel, la instrucción que da vida (Bar. 3, 9)

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Año B
Soy católico, sí, pero no por iniciativa propia sino más bien por la iniciativa tomada por mis padres. Ellos, por su parte, fueron católicos principalmente porque fueron católicos también sus padres y abuelos. No sé quién de mis antepasados, no siendo católico, se dicidió luego serlo. Pero quienquiera que fuese el primero de nuestra familia que se hizo católico, no creo que hubiera ocurrido la conversión sin la iniciativa de otras personas, quizás de los misioneros españoles que evangelizaron a los filipinos. De todos modos, se ha de reconocer que nadie tiene nada que no se le ha dado (1 Cor. 4, 7). Y a fin de cuentas y hechos todos los retornos al pasado de que uno ha sido capaz, uno debe admitir que, en cuanto a la revelación y la fe, la iniciativa, ésta siempre la toma Dios y él hace la elección. Así que por último, a Dios las gracias por su iniciativa y su elección.

Le doy gracias a Dios por su pueblo escogido Israel, dado que la Iglesia a que pertenezco «reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios» (Nostra Aetate 4). De su pueblo escogido se sirve Dios para que los gentiles profesemos también: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas».

Le doy gracias a Dios por haber enviado a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimirnos y otorgarnos la adopción de hijos (Gal. 4, 4). Por medio de su hijo nos habla Dios en estos últimos días, corroborando la suma importancia de los dos mandamientos, de los cuales dependen toda la ley y los profetas (Mt. 22, 40), y confirmando lo sensato que es el dicho que amar al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Claro, en Jesucristo, el sumo sacerdote eterno, se realiza la compenetración entre el amor y el sacrificio.

Gracias a Dios también por los musulmanes. La vida de sumisión al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, que procuran ellos llevar me recuerda la dedicación total que suponen las palabras «con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (cf. Nostra Aetate 3).

No cabe duda que estoy realmente en deuda con el Señor Dios por su iniciativa y su elección. Por lo tanto, no debe haber en mi persona ni en mi actuacion ningún sitio para ninguna jactancia. Se mantiene humilde y no se cree mejor o superior que los demás el que de verdad está profundamente agradecido. Lejos de ocasionar jactancia y pretensiones de superioridad, la iniciativa y la elección de parte de Dios deben hacerme bien consciente de que, debido a la elección, Dios les castigará a sus elegidos por las iniquidades que cometan y que «al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aun más» (Amos 3, 2; Lc. 12, 48). Advierte San Clemente en su carta a los conrintios: «Vigilad, amadísimos,
no sea que los innumerables beneficios de Dios se conviertan para nosotros
en motivo de condenación, por no tener una conducta digna de Dios y por no
realizar siempre en mutua concordia lo que le agrada.»

Y, por supuesto, el profunda y humildemente agradecido de verdad tampoco da gracias o ama sólo de palabra o de labios afuera, sino con hechos, por obra y de verdad (1 Jn. 3, 18). Ama a Dios «con el sudor de su frente y el esfuerzo de sus brazos». Muy convencido de la excelencia del amor sobre todo, que ciertamente está por encima de las reglas, él «deja a Dios por Dios». Y si uno se acerca en su propio estado de vida a la cumbre del amor (cf. LG 39), aferrándose firmemente al único Dios y viviendo de acuerdo con la ley de Dios y en la imitación de Jesucristo, el pleno cumplimiento de la ley y los profetas, ¿no es esto el ser santo, el estar en camino hacia el lugar que mana leche y miel, el lugar donde se prolonga la vida para siempre y donde, en la entrada, no se le pregunta a nadie nada de su religión sino sólo si ha amado al Señor y a los más pequeños de sus hermanos?

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