En quien están escondidos todos los tesoros

por | Oct 13, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col. 2, 3)

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Año B

Proclama San Pablo que Cristo crucificado, aunque motivo de tropiezo para los judíos y locura para los gentiles, es, sin embargo, el poder y la sabiduría de Dios para los llamados por Dios, tanto judíos como griegos.

Yo no dudo desde luego la verdad de esta proclamación paulina. Ni tengo ningún incoveniente tampoco en reconocer que de Cristo, como poder y sabiduría de Dios, se puede decir esto: él es eficaz, más cortante que cualquier espada de doble filo, penetrativo y perspicaz; es preferible también a puestos o títulos de realeza y autoridad, a la salud y la belleza, y no tiene él comparación o equiparidad ni con las riquezas ni con otras cosas que los hombres tomamos por tesoros.

Pero dudo, sí, en hacer la misma proclamación de San Pablo, a pesar de no ser ésta un trabalenguas y creo que la puedo pronunciar tan fácil y espontáneamente que pudo soltar alguien, durante una campaña política, el nombre de Jesucristo y referirse al Señor como su filósofo sociopolítico favorito (cf. http://www.servicioskoinonia.org/logos/articulo.php?num=104
).

Titubeo, porque no quiero que me lo digan a la cara que no soy más que un hipócrita, uno de los que honran a Jesús con los labios pero teniendo el corazón bien lejos de él. Ni quiero tampoco que se ponga en duda el mensaje de San Pablo debido a que mis decisiones y actuaciones desmienten mi proclamación en vez de corroborarla. Pues, la verdad es que no he guardado completamente siquiera los mandamientos, ni mucho menos he conseguido seguir a Jesús con dedicación y devoción luego de desprenderme de todo sentido falso de seguridad a que conduce lamentablemente aun el poco dinero que gano.

Pero menos mal que Dios lo puede todo y hace posible lo que es imposible para mí. No me desespero, pues, de poder hacer algún día la proclamación paulina. Con respecto a esto, claro, no me conviene contar con ningún poder o mérito que tal vez tenga, ya que creerme capaz o merecedor de algo bueno posiblemente desmerezca la bondad de Dios.

He de contar más bien con la gracia de Dios, o —de acuerdo con las palabras de San Vicente de Paúl dirigidas a Santa Lusia de Marillac— debo tener puesta la confianza en Dios y ciertamente no en mi preparación ni en mis actividades, puesto que el trono de la bondad y la misericordia de Dios se edifica sobre la fundación de la miseria humana. Las enseñanzas de Jesús son capaces de hacerme limpio como un sarmiento podado (Jn. 15, 2-3); la bondad de Dios hará posible que yo le ame con el sudor de mi frente y el esfuerzo de mis brazos y así vaya yo más allá de los pensamientos nobles, las conversaciones dulces y los pronunciamientos ángelicos elocuentes.

Al fin y al cabo realmente, el proclamado poder y sabiduría de Dios se acredita por sus obras (cf. Mat. 11, 19; Lc. 7, 35). Y porque con Cristo nos vienen todos los bienes juntos y en sus manos hay riquezas incontables, recibirán ahora, en este tiempo, su compensación abundante quienes lo dejen todo por él, quienes por causa de Cristo estimen como pérdida lo que los mundanos consideran ganancia. Nada les falta a quienes se aferran al que es el poder y la sabiduría de Dios.

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