Los ojos de todos se posan en tí

por | Oct 5, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Los ojos de todos se posan en tí, y a su tiempo les das su alimento (Sal. 145, 15)

Reflexión para el
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Año B


Comentando sobre Ez. 34, 16 («Las apacentaré con justicia»), dice San Agustín en su sermón sobre los pastores:

Aquel del que desesperábamos cambia
de repente y se convierte en el mejor.
Aquel, por el contrario, del que tanto
esperábamos falla súbitamente y se
vuelve el peor.

Así que, según el santo, ni nuestros temores ni nuestras esperanzas son siempre acertados. Pero los juicios del verdadero Pastor dan en el clavo. Y es por eso que este Pastor, sabiendo lo que hace, da a cada oveja lo que es debido.

Es mejor así. Mejor nos resulta que Dios juzga correctamente y nos apacienta como es debido. Es mejor para nosotros que el amor generoso del Dios todopoderoso y eterno —como lo declaramos en la oración colecta de este domingo— desborda tanto nuestros deseos como nuestros méritos y es capaz de concedernos aun las cosas que ni esperamos ni nos atrevemos a pedir.

Es mejor así, porque sin el conocimiento cierto y el amor generoso de Dios que superan las limitaciones humanas y sobrepasan la capacidad de los hombres, no creo que sea yo capaz de fijarme en el principio de la creación ni menos de descubrir y comprender el intento primordial del Creador para los cónyuges. Si con frecuencia no veo más alla de las narices, ¿cómo voy a poder ver y entender lo hecho y determinado por Dios en el principio? Mis concesiones a mi flaqueza y a mi terquedad contribuyen además a que estas excepciones que hago, en lugar de confirmar la regla, pasen por ella y, por eso, me la velen.

Es mejor así, mejor que «Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación». Si no fuera por este juicio divino, no creo que la lógica humana lograría tomar la locura de Dios por sabiduría y la debilidad de Dios por fuerza. Sin que interviniera en el juicio humano el pensar divino, ¿acaso le ocurriría a algún humano creer que el santificador y los santificados tienen un mismo origen, por lo cual el santificador no se avergüenza de llamarlos hermanos a los santificados? Entre nosotros los hombres, por lo común, quien pretende impartir la santidad se considera superior a los que la reciben. Y es por esa misma mentalidad humana que me molesto cuando percibo que los niños, los menores, los que no están al nivel mío, tratan de meterse en asuntos serios de los adultos y las personas muy importantes. Parece que los hombres tenemos mayor propensión a la desigualdad y la desunión que a la unión y la igualdad. Por eso me cuesta mucho también comprender el ideal que nos dan a entender tanto el libro del profeta Malaquías y la carta a los éfesos, a saber: en la fidelidad y la indisolubilidad del matrimonio se han de reflejar y realizar la fidelidad y la indisolubilidad de la alianza entre Dios y su pueblo, entre Cristo y la Iglesia (Mal. 2, 14-16; Ef. 5, 31-32).

Es mejor para nosotros depender del juicio de Dios, quien, sabiendo todo y amando tanto, nos amonesta y nos alimenta con lo mejor del trigo y nos sacia con miel de la peña, porque ciertamente, abandonado yo a la dureza de mi corazón para seguir mis propios consejos, correré el riesgo de ser enredado en mis propias artimañas (cf. Sal. 81, 9. 13. 17; 10, 2). Depender de la disposición de Dios es encontrar a alguien en quien puedo confiar en absoluto y quien me tiene compasión. La providencia de Dios no quiere que siga yo haciéndome semejante a mis ídolos de plata, oro, o de cualquier otro material, los cuales tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen nariz y no huelen, tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, no emiten sonido alguno con su garganta ni hay aliento en su boca (Sal. 115; 135).

Si me resisto a los ídolos, por la gracia de Dios, más dispuesto estaré, creo, a manterme firme en contra de los espíritus libertinos, gentes comodonas, por usar las palabras de San Vicente de Paúl, «que intenten disuadirnos de estos bienes que hemos comenzado». Es mejor así, mejor que Dios me abre los ojos para que vea yo las fuentes e inspiraciones originarias normativas y vuelva a la comunión del que comenzó obras buenas en el principio y cuyo amor desborda mis deseos y méritos, mis temores y esperanzas.

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