Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?

por | Sep 28, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? (Rom. 8, 31)

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Año B

Según los abogados de inmigración, las cortes estadounidenses han sostenido que la ciudadanía es un derecho tan valioso que no se puede perder por accidente. Si uno, por ejemplo, no dándose cuenta de que tiene el derecho de tener la ciudadanía por parentesco con un ciudadano, no cumple con el requisito de residencia en los EE.UU. y por eso se le pasa la oportunidad de ser ciudadano, uno puede todavía reclamar la ciudadanía con tal que se consiga establecer que es debido a la ignorancia el incumplimiento de lo requerido.

Si tanto valor se le da a la ciudadanía terrenal (no hace mucho tiempo que un profesor mío en la apostólica de entonces en Filipinas me recordó que «una vez que ha venido Cristo al mundo, la nacionalidad importa poco, por no decir nada»), cuánto más valor se debe dar a la elección o la adopción de los hombres por parte de Dios. Se ha de mantener, creo, que esta elección o esta adopción es un don tan valioso que no se le debe tan fácilmente excluir o impedir o prohibir a uno que forma parte del pueblo elegido o adoptado pero quien, por accidente o casualidad, haya quedado, por ejemplo, en el campamento y no haya acudido a la tienda, o no haya sido «de los nuestros», por servirme de las palabras del apóstol Juan. Desafortunadamente, yo me presento no pocas veces más celoso por Dios y por Jesús que están celosos éstos por sí mismos y sus causas, y me hago intolerante. ¿Será porque llego a pensar como unas moscas que luego de montarse en un carabao se creen más grandes que este búfalo filipino de agua que las lleva? ¿O quizás porque busco disimular, sin darme cuenta de ello, mi inseguridad persistente y mi falta de dedicación auténtica con palabras de celo o muestras de preocupación? Por poco no recuerdo lo afirmado por San Pablo de que nadie podrá acusar ni condenar a los que Dios ha escogido y nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor que Dios ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor (Rom. 8, 33-39).

Pero si habrá algo que le separe a uno del pueblo de Dios o del cuerpo de Cristo, esto será el no tener uno ojos y corazón para los pobres y los pequeños del mundo, a quienes ha elegido Dios para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino prometido a los que le aman, el no hacerles caso, el escandalizarlos, o el cometer injusticias contra ellos, las cuales claman al cielo y no están del todo desconectadas de las que se cometieron contra el pobre justo quien no resistió. A fin de cuentas realmente, la inclusión o la exclusión definitiva se hará a base de si uno haya o no haya ayudado al hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o encarcelado, si uno se haya acordado o no de los pobres (Gal. 2, 10).

El último y principal criterio, pues, de la inclusión es el acogimiento del más pequeño de los hermanos del Señor. Debido a este criterio ya no debe haber judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, circunciso ni incircunciso (cf. Gal. 3, 28; Col. 3, 11). Y cumplir con este criterio es más importante que no estar manco, cojo o tuerto, asimismo que tener la ciudadanía del reino del cielo es más valioso que tener la ciudadanía de cualquier país del mundo.

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