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Reconciliar todas las cosas

por | Sep 15, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

A Dios le agradó … reconciliar consigo, por medio de Jesucrito, todas las cosas … haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz (Col. 1, 20)

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Año B

La insistencia de Santiago en que la fe sin obras está muerta parece referirse explícita y directamente a la insistencia de San Pablo en que «el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley» (Rom. 3, 28; cf. también Rom. 4, 2; Gal. 2, 16; 3, 8). Esta referencia la indica quizás el hecho de que tanto Santiago como San Pablo se sirven de Gen. 15, 16 para reforzar sus argumentos, sacando el primero una conclusión del texto citado diferente de la que saca el segundo (Stg. 2, 23-24; Gal. 3, 6. 24). La doctrina jacobina, se ha aducido, contradice la doctrina paulina.

Pero de acuerdo con muchos exégetas, no creo que haya contradicción entre los dos escritores neotestamentarios, ambos inspirados por Dios e impulsados por el Espíritu Santo. De hecho, reconoce San Pablo que la fe obra o actúa mediante el amor y que no son los oidores de ley los justos ante Dios sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados (Gal. 5, 6; Rom. 2, 13). Y no creo que Santiago consideraría prescindible la fe paulina, es decir, la fe tomada como dedicación confiada a Dios por medio de Jesucristo y no sólo como simple creencia que hay Dios, la cual también la tienen los demonios en detrimento de ellos (Stg. 2, 19). Para Santiago precisamente, las obras buenas presuponen la fe como la auténtica entrega total de sí mismo a Dios mediante Jesucristo y en ella se fundan. Parece, pues, que lo más que se puede decir de la enseñanza de Santiago no es que ésta contradice la de San Pablo sino que ofrece más bien una crítica correctiva de los que, refiriéndose a la enseñanza de San Pablo y mal interpretándola, viven como si la fe no les impusiera a los fieles ninguna exigencia moral.

A mi parecer, sin embargo, lo que desenmascara la falsedad del dilema «o la fe o las obras» es una vida llevada de acuerdo con la máxima cristiana:

El que quiera venirse conmigo,
que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me siga. Mirad, el que
quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que pierda su vida por el
Evangelio, la salvará.

Pues, no creo que haya quien tenga a lo sumo una dedicación confiada a Dios por medio de Jesucristo, el siervo sufrido de Yavé, que el que, imitando al uno y solo mediador entre Dios y los hombres, no se rebela ni se echa atrás ni se desespera, no obstante la tortura, los insultos y salivazos a que es sometido, y sigue encomendando su espíritu en las manos del Padre en virtud solamente de la promesa: «Quien pierda su vida por el Evangelio, la salvará». Y, por otra parte, ¿acaso hay obra de amor mayor y más efectiva que la de aquella persona que da su vida para sus amigos a imitación de Jesús quien una vez para siempre salvó la distancia entre la fe y las obras?

De verdad, no existe ninguna distancia entre la fe y las obras y se conpenetran la insistencia jacobina y la insistencia paulina para la persona en la cual se realiza este ideal vicentino de: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos para seguir a Jesucristo».

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