Escribe: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Senor (Ap. 14, 13)

por | Sep 8, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Año B

Cuenta el evangelio de este domingo que «dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis».

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Parece que Jesús dio toda la vuelta. De la región de Tiro se dirigió primero hacia el norte, a Sidón, y de ahí fue en dirección sureste, cruzando el río Leontes (Litani, hoy día), hasta llegar al lago de Galilea luego de pasar por la región de Decápolis. Por ser muy indirecta, anotan unos comentaristas, la ruta resultó bien larga. Se ha sugerido que este recorrido de Jesús por un territorio mayormente gentil fue una manera, de parte del evangelista Marcos, de presentar de antemano una vista breve de la misión de la Iglesia para con los no judíos.

Nos queda a nosotros que formamos la Iglesia mucho por hacer todavía, creo, para que florezcan los antedichos lugares y se sanen muchos de sus residentes —quizás la mayoría de ellos no son de nuestra religión— y se les proclame la llegada del reino de Dios. El florecimiento, la sanación y la proclamación se han hecho más urgentes, me parece a mí, debido a la guerra reciente y la serie de desastres y otros males que resultan de la guerra. Y contribuyen al florecimiento, a la sanación y la proclamación, no cabe duda, tanto el hecho de que el Papa Benedicto XVI ha subrayado hace poco que la diferencia religiosa no puede servir de «presupuesto o pretexto para una actitud belicosa hacia otros seres humanos» como los esfuerzos de la Comunidad de Sant’Egidio para que se discutan y se resuelvan los problemas en Israel y en Líbano referente a la paz.

Pero para que se realicen el florecimiento duradero y la verdadera sanación, y se proclame el evangelio eficazmente con hechos y palabras, a la manera de Jesús y de acuerdo con sus deseos, creo que no se puede prescindir de la verdad que señala la pregunta retórica de la carta de Santiago: «¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?». Sin el abrazo de la carta magna cristiana que consiste de las bienaventuranzas, no creo que sea posible ningún tipo de florecimiento auténtico o sanación íntegra ni la proclamación evangélica. Y si no la abrazamos, ¿vale la pena que nos molestemos en seguir llamándonos cristianos?

Ha de aceptar el cristiano, a mi parecer, que dichosos son los pobres, sí, porque a ellos pertenece el reino de Dios, a ellos que son oprimidos, perseguidos, arrastrados a los tribunales por los poderosos con dinero, influencia y armas.

Se ha de reconocer que se ha identificado Jesús con los pobres, no con estos ricos, cuya potencia trata de hacer justo lo injusto, y quienes pretenden solucionar fácil, inmediata y rápidamente los problemas —por ejemplo, del terrorismo— mediante el empleo de armas de destrucción que intimidan y atemorizan sobremanera para que luego puedan dictar, como vencedores, la paz como mera ausencia de la guerra y escribir la historia desde su punto de vista. Pero como nos lo recuerda el Cardenal Walter Kasper, las armas de destrucción y las guerras no conducen a la paz (www.zenit.org/english/visualizza.phtml?sid=94399).

El cristiano digno del nombre «va y lo ve» y se convence, por su comunión y compenetración con Jesús, de que la paz «con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» y reclama primeramente de uno abnegación y dominio de sí mismo para que se elimine la acepción de personas y queden abiertos los límites culturales, a los cuales se atribuyen las guerras de religión (cf. www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=94355; www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=94231). De las espadas forjará arados el cristiano y de las lanzas, hoces (cf. GS 78).

Ha de convencerse el cristiano de que los nombres de aquellos que viven de acuerdo con la buena noticia a los pobres, y la proclaman, se hallan en el libro de la vida, y que el libro lo puede abrir solamente quien se sacrificó, derramando su sangre, y que la historia sagrada la escriben los pobres derrotados y los condenados a muerte (cf. Fil. 4, 3; Apoc. 5, 2. 9). Renunciando, con Emma Lazarus, las historiadas pompas de antiguas tierras, dice:

Denme a mí sus fatigados, sus pobres,
sus abigarradas masas, anhelantes de libre respirar,
sus miserables rechazados de sus prolíficas costas.
Envíen a esos, a los deshauciados, arrójenlos a mí,……………………..

Esté segura la cristiana de que si, aceptando y anticipando ella la muerte de Jesús, se apremia a ponerse en contacto íntimo con él, la memoria de ella se recordará y se ensalzará dondequiera que se cuente el evangelio (cf. Mc. 14, 3-9).

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