La Palabra … habitó entre nosotros (Jn. 1, 14)

por | Ago 25, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

La reflexión de Rosalino para el Domingo XXI del T.O.

Domingo XXI del Tiempo Ordinario, Año B

De San Vicente de Paúl siempre se ha dicho que él seguía paso a paso la Divina Providencia y a él no le gustaba adelantarse de ninguna manera a ella. Antes de dedicarse a una tarea, quería estar seguro de que Dios realmente querría servirse de él como su instrumento. Tomaba, desde luego, todo el tiempo necesario para discernir la disposición de la Providencia. Pero como lo indicó Jacques Delarue, una vez convencido el Fundador de que Dios quisiera servirse de él, no habría nada ni nadie quien lo detuviese ni tendría límites su celo discernidor, y aumentarían sus esfuerzos y logros hasta que los pusilánimes se quedaran estupefactos e inquietos. La fe en la Divina Providencia que lo hizo aguardar con paciencia para escuchar primero la voz de Dios en los acontecimientos y en la gente era la misma que le impelía a embarcarse en trabajos de evangelización a los pobres y actuar con celo ardiente y devoción inquebrantable.

Algo como la fe de San Vicente —aunque ésa no era siempre como una roca firme o inmensa como el mar, pues, había momentos de graves dudas que él superó por medio de un modo sencillo, pero ingenioso, de afirmar la fe y así no darse por vencido— es lo que debo tener cada vez que se me toca elegir entre una cosa u otra en la manera en que les tocó al pueblo israelita y a los Doce elegir. La fe ha de enseñarme a hacer cálculo cuidadoso de los pros y los contra o, como lo diría San Vicente, moderar mis ardores y pesar «maduramente las cosas en la balanza del santuario antes de decidirlas». Pero luego del cálculo debido, tengo que lanzarme en tomar cualquier decisión que se me manifieste que venga de la Divina Providencia. La fe exige que mueva yo al compás de la Providencia, sin que yo me quede o adelante o detrás. Dijo San Vicente al Padre Blatiron: «Las obras de Dios tienen su momento. Es entonces cuando su providencia las lleva a cabo, y no antes ni después».

Y para quien sigue perdiendo el compás porque busca certeza absoluta y titubea por no encontrarla, la fe misma parece ser el remedio, esa fe por la que deben andar, no por vista, los que todavía habitan en el cuerpo y están ausentes del Señor y ven por un espejo veladamente (2 Cor. 5, 6-7; 1 Cor. 13, 12). Sirve, creo, una fe inicial que impulsa a uno a buscar, preguntar: «¿dónde te hospedas?», luego a ir para ver dónde se hospeda el Señor, y finalmente a quedarse con él (Jn. 1, 38-39). La experiencia personal de la convivencia que resulta de la fe inicial contribuye no poco a que se abracen finalmente la persona y las enseñanzas de Jesús por muy duras que suenen éstas y por muy duros amos, vulgares y groseros, que aparezcan los que representan al Hijo de Dios. El convivio, la comunión, con quien se hospeda con nosotros, con el Santo de Dios que tiene palabras de vida eterna, conduce a la conversión que hará posible que acepte uno todos los términos de la enseñanza que da San Pablo en la carta a los efesios sobre el gran misterio referente a Cristo y la Iglesia, no sólo el término de sumisión sino también el término de amor de entrega y renuncia de sí mismo.

Así fue el caso de San Vicente. Ofreciéndose a tomar el lugar de un afligido compañero en la capellanía y yendo a visitar y servir al Señor en los pobres de un hospital al que luego dio una gran suma de quince mil libras francesas que había recibido como regalo personal, en fin se decidió a consagrar el resto de su vida a los pobres, a aquellos pobres a quienes pertenecía y de quienes había tratado de apartarse. Así salió San Vicente a la luz, según Delarue, confirmado en la fe una vez por todas. Llegó San Vicente a entender, creo yo, que no había manera de querer la chancha y los cinco reales, de tenerlo todo, de querer seguir siendo sacerdote e ir al mismo tiempo en busca principalmente de un beneficio eclesiástico que le conferiría estipendios suficientes con que podría vivir cómodamente en retiro al lado de su madre.

Me convida y espera mi visita la Palabra que habita entre nosotros.

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