Reflexión de Rosalino para el Domingo XV del Tiempo Ordinario

Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua (Lc. 16, 24)

Domingo XV del Tiempo Ordinario, Año B

Cinco años atrás, conocí a dos mejicanos en un centro cristiano de ayuda. Uno de ellos fue Amílcar, de Chiapas, y el otro, Hilario, de Oaxaca. En mi reflexión entonces sobre las mismas lecturas de este domingo, dije que los dos—no del todo diferentes del profeta Amós de Judá, quien fue tomado por extranjero en el reino norteño de Israel—eran considerados extranjeros en el país norte de México, los EE.UU. de América, y a ellos no se les daba la bienvenida en no pocos lugares en este pais.

Seis años han pasado y hay en los EE.UU. más hispanoparlantes indocumentados como Amílcar e Hilario. Y parece que la presencia de ellos le molesta a mucho más gente estadounidense y en mucho más lugares. No creo que se vayan a repetir los errores del pasado y se aprueben ahora legislaciones antiinmigrantes parecidas a las que se aprobaron años atrás en contra de los chinos, hawaianos, filipinos (una ley prohibía a los asiáticos, junto con los negros e indios americanos, a ser testigos en la corte ni a favor ni en contra de los blancos, y otra los excluía a los mongoles, indios y negros de las escuelas públicas de California). Pero ni modo, y dados, por ejemplo, el surgimiento del cuerpo miliciano de defensa civil, denominado «Minuteman», y los proyectos migratorios aprobados por el Senado y la Cámara de los Representantes, bien se nota hoy día que los indocumentados que llegan a los EE.UU. de la frontera sureña no son bienvenidos—así como no fue bienvenido en Betel el profeta Amós.

A Amós le mandó Amasías que se largase de Betel y se volviese a su país de origen, donde debería comer su pan y profetizar como un mero asalariado. Al profeta lo calificó simplemente vidente el sacerdote de la Casa-de-Dios. ¿Hay aquí acaso una insinuación de que Amós no servía para nada y que se metió profeta porque no tenía fuerzas para cavar y le daba vergüenza mendigar?

Pero el pueblo de Israel tenía toda la razón para resistirse al profeta Amós y no soportarlo. El pastor y cultivador de higos de Tecoa era un agitador de afuera quien tenía reservados para el reino norteño de Israel sus más severos y más duros pronunciamientos proféticos. Fulminaba aflicciones a diestra y siniestra y anunciaba con valentía los males que veía le pasarían a Israel. El profeta culpaba también de injusticia a los israelitas que vendían al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias. Denunciaba asimismo los viciosos en Samaria.

He escuchado, admito, a unos indocumentados hablar mal de los EE.UU., pero no creo que los malhablados son agitadores de afuera ni profetas que condenan injusticias y pregonan catástrofes y aflicciones. La sospecha, la reacción hostil y la cólera que se muestran hoy día hacia los inmigrantes indocumentados se deben más bien, creo, a propagandas políticas que repiten tantas veces sus mentiras y verdades a medias que pronto todo el mundo las llega a creer por verdades indudables. Hay que ganar votos. Hay que insistir, pues, que el influjo de indocumentados amenaza la seguridad del territorio nacional y pone en peligro tanto la permanencia de la cultura o del estilo de vida estadounidense como la preponderancia del inglés como el idioma nacional y oficial del país. ¿Cuántos terroristas capturados hay quienes habían cruzado a los EE.UU. por la frontera sureña? ¿Y hay realmente pueblos y ciudades en los EE.UU. que les amenazan los hispanoparlantes de quitarles el idioma inglés?

Pero en cierto sentido, sí, son profetas tales personas como Amílcar e Hilario. Estas personas recuerdan penosamente a los que se sentien satisfechos y cómodos que la seguridad, como lo sugirió Helen Keller, es mayormente una superstición, pues, no se encuentra realmente o en la tierra o en la naturaleza. Los inmigrantes indocumentados son también el dedo que hace un gesto admonitorio a los culpables de la desigualdad social y de las estructuras y situaciones injustas.

Y si Amílcar e Hilario, junto con otros tantos indocumentados, pasan así por profetas, creo que también pueden pasar por misioneros, a los que se les recomienda que sean móviles y viajen ligeros, sin mucho peso, sin seguridad financiera, sin preocuparse por sus comodidades materiales, para que no pierdan de vista la urgencia de su misión ni confundan ninguna de sus preocupaciones—«canonizadas» desafortunadamente a veces—con la preocupación evangélica (cf. el artículo «El espíritu misionero vicencia—ayer y hoy» del Padre Robert P. Maloney, C.M.). Los indocumentados no vienen como los conquistadores o colonizadores o expansionistas, cargados de equipaje, muy pesado y a veces muy desastroso, que consistía de pretensiones de superioridad moral, intelectual y cultural, de la visión de un «destino manifesto» o de la «carga del hombre blanco», y de la sed debilitante de poder, privilegio y dinero. Se les hubiera imposibilitado el viaje, de muy lejos hasta aquí, si hubieran traído más de los mero esenciales.

Amílcar e Hilario iban sonriendo, que yo me acuerde, el día en que me encontré con ellos. Sonrisas también llevan en el rostro muchos indocumentados que veo en unas paradas de los autobuses en la ciudad de San Rafael, California, mientras esperan que alguien los contraten para un trabajo duro de poco sueldo. No son bienvenidos a los EE.UU. los indocumentados, no, pero muchos se aprovechan de ellos de todos modos. Que siguen sonriendo pese que la vida les es durísima, esto me recuerda que daba gracias San Pablo, cautivo o en Cesarea o en Roma, por toda clase de bienes espirituales y celestiales con que Dios nos ha bendecido. Esto lo hizo el Apóstol, claro, siglos atrás.

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