Reflexión de Rosalino para el Domingo XIV del Tiempño Ordinario.

Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos (2 Cor. 1, 4)

Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Año B

Me confía una conocida que acaba de pasar semanas muy duras poniendo fin a una relación de amor de más de dos años. Me siento mal por ella, y la animo con decirle que estoy seguro que al final, por la gracia de Dios, todo le saldrá bien.

Una madre soltera, muy empeñada en sacar adelante a su hija y a otros familiares, me vuelve a decir que hasta ahora no la han llamado los oficiales del servicio estadounidense de ciudadanía e inmigración para tomarle el juramento como ciudadana. Esto le preocupa porque hace ya más de un año que pasó el examen y ahora sufre de limfoma. Ella y yo llegamos al acuerdo que, amenazada su vida por dicha enfermedad, la cuestión de ciudadanía tiene realmente muy poca importancia. Prometo rezar por ella y sugiero que ella pida a Dios un milagro, por los méritos de Jesucristo y la intercesión del Beato Federico Ozanam.

Me encuentro con un señor de no menos de 70 años de edad, muy dedicado a su señora durante 57 años, la cual falleció hace solamente 3 semanas. Tratando de quitarle un poco la pena, le recuerdo que la Iglesia usa la palabra “tránsito” para referirse a la muerte de una persona santa. Luego le digo: «Su amada señora se ha pasado a mejor vida en la que no figuran para nada ni las debilidades ni las enfermedades ni los achaques de la vejez».

Me da la mala noticia la esposa de mi sobrino que él acaba de morir. Bien enterado yo del dolor insoportable que aguantaba mi sobrino a causa del cáncer del estómago, la aseguro que su esposo ya está liberado de todo sufrimiento. Añado a continuación que, por fin, él llegará a conocer a su madre—mi hermana—, quien murió de complicaciones de parto a los 18 días de haberle dado a luz.

Sufro algún malestar físico, y enseguida me preocupo demasiado hasta no poder dormir ni rezar ni discurrir. Paso ciertos apuros, y me siento deprimido o frustrado, dándome fácilmente por vencido, lo cual no pocas veces conduce a que me desahogue culpándoles a otros y hablando mal de ellos.

Las antedichas situaciones indican que no lo hallo difícil dejar que los sufrimientos de otras personas proclamen algo que podría ser una comunicación de parte de Dios. Pero cuando me toca a mí sufrir, es decir, personalmente, no encuentro tan fácilmente en mis dolencias o molestias o carencias algún mensaje de Dios. No logro imitar, pues, al que descubre que, por la espina metida en su carne, Dios le advierte contra la soberbia y le revela lo suficiente que es su gracia y lo poderoso que se prueba su fuerza de manera que ésta se perfecciona precisamante en la debilidad humana. Ni sigo lo recomendado por San Vicente de Paúl en las Reglas Comunes de la C.M., cap. 6°, núm. 3: «Nuestros enfermos se persuadirán de que están en la enfermería y en la cama, no sólo para curarse y recobrar la salud por medio de las medicinas, sino también para enseñar, como desde un púlpito, a lo menos con su buen ejemplo, las virtudes cristianas, especialmente la paciencia y conformidad con la voluntad divina, a fin de que de este modo sean para todos los que los visitaren y asistieren, buen olor de Jesucristo, de tal manera que su virtud se perfeccione con la enfermedad».

Y al no dejar yo que mis propios sufrimientos me comuniquen algo de parte de Dios, permito que en mí se cumpla en cierto sentido, creo, la máxima: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Por ser testarudo y obstinado, acabo con no llegar a catar el vino de sabiduría que me brinda Dios cuando me da la oportunidad de tener una experiencia personal de la cruz.

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