El Espíritu del Señor llena la tierra (Sab. 1,7)

por | Jun 2, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

¿Dónde está el Espíritu Santo? Sopla como el viento por donde quiere y lo oigo silbar. Pero ignoro, lo confieso, de donde viene y a dónde va.

Reflexión de Rosalino para el día de Pentecostés

Domingo de Pentecostés, Año B

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sab. 1,7)

¿Dónde está el Espíritu Santo? Sopla como el viento por donde quiere y lo oigo silbar. Pero ignoro, lo confieso, de donde viene y a dónde va.

¿Dónde lo encontraré a quien me asegure de que Dios realmente está entre nosotros y que los creyentes en Cristo podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu? ¿Dónde está quien me va a confirmar en la fe que proclama que Pentecostés es el cumplimiento de la promesa irrevocable hecha por Jesús de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo? ¿Dónde está el defensor que siempre me acompañará y hará presente tanto al Padre, del cual procede, como a Jesús, de quien da testimonio elocuente? Busco, sí, al Espíritu de verdad que me guiará a toda la verdad, aún a la que no puedo ahora soportar, y me hará oír, ver con mis propios ojos, contemplar, y tocar la realidad de que Dios envió a su Hijo único, quien se hizo carne no sólo para un período de treinta y tres años sino para siempre (cf. el libro That Man Is You de Louis Evely, capítulo 6°). Busco al que es a la vez vivificador, santificador, fortificador, enriquecedor, unificador y rejuvenecedor, quien completará en mi propia carne lo que aún queda por completar de la encarnación del Verbo en favor de la Iglesia, pues, falta todavía mi contribución (cf. Col. 1, 24; Lumen Gentium 4).

Por cierto, estará el Espíritu en tales teofanías fascinantes y tremendas como las que se cuentan en el Antiguo Testamento, y no lo dudo que me encontraré con él si un día se me concede la oportunidad de presenciar éstas. Y si veo a los ayudados por el Espíritu realizar obras maravillosas o grandes hazañas que, según la promesa de Jesús, puedan ser mayores que las que él mismo hizo, creo que lograré también darme cuenta de la presencia del Espíritu. Pero dada la vida ordinaria que llevo, en ésta debe estar también el Espíritu, si es que en mi propia carne se ha de continuar y completar realmente la obra de la encarnación.

De hecho, la espiritualidad monástica benedictina enseña que Cristo se encuentra principalmente en la rutina de la vida diaria (cf. el artículo «Pope and Abbot» de Christopher Ruddy en la revista America del 22 de mayo de 2006). «Rara vez dramática, es una vida de profundidad, basada en la atención constante y devota a Dios y en la comunidad acogedora», donde van juntos la moderación y el celo, para que allí encuentren algo que anhelar los fuertes y nada de que huirse encuentren los débiles.

Con esta enseñanza benedictina concuerda por lo visto san Vicente de Paúl, un santo sencillo y casero, al decir del autor Jacques Delarue, sin experiencia ni de éxtasis ni de milagros, sin dejar grandes obras escritas que llevan su nombre, empeñado sólo en vivir humilde y fielmente al nivel humano, al nivel nuestro, una vida conformada con la misión que recibió del Salvador. La perfección, advierte el santo, no está en los éxtasis, sino en hacer bien la voluntad de Dios. Si se dice en la Escritura –añade– que quien tiene mucho cariño a Dios se hace un espíritu con él, ¿cuál hombre entonces puede tener más cariño a Dios que el que se dedica a hacer sólo lo que Dios quiere? Donde se cumple la voluntad de Dios, allí está el Espíritu Santo.

No le gusta a Dios, nos asegura san Vicente también, que nuestra exuberancia sea demasiada que perjudique o arruine nuestra salud, pese que él nos ha mandado amarle con todo nuestro corazón y con toda nuestra fuerza. En amar también uno debe lograr un término medio, teniendo en cuenta lo que requiere la naturaleza y adaptándonos a sus debilidades, pues, Dios nos sometió a ella. Él se da cuenta de nuestra miseria y en su misericordia suple lo que falta. La misma idea aparecería dos años más tarde en una carta de San Vicente a santa Luisa de Marillac donde se lee: «No deposito mi confianza ni en mi preparación, ni en mis actividades; y quiero de todo corazón que usted haga lo mismo, pues el trono de la bondad y de las misercordias de Dios está edificado sobre la fundación de nuestra debilidad». Huelga decir entonces que donde hay reconocimiento de la debilidad humana y confianza en la gracia, allí se manifiesta la acción del Espíritu Santo.

Y si la gracia sobreabunda donde el pecado abunda, entonces el soplo del Espíritu Santo se siente aún más donde hay arrepentimiento y perdón, sin los cuales no habrá ni la unión ni el bien común, no habrá la comunión. Donde hay auténtica comunión, por supuesto, allí está el Espíritu, produciendo amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.

La comunión se ha hecho posible, al fin y al cabo, porque Jesús, levantado de la tierra, atrae a todos a sí mismo. Entonces, en la cruz está a lo más pleno el Espíritu Santo. La presencia providente del Espírtu, si ésta me la quitan a veces de la vista los apuros que paso, las nubes de la vida, debo fijarme en la cruz para darme cuenta de que también en los apuros y las nubes se manifiesta Dios, y que los apuros y las nubes no indican la ausencia de Dios. Al no irme bien las cosas, que no vaya yo a preguntar: «¿Está Yavé entre nosotros o no?», como así preguntaron los israelitas en el desierto, quienes, teniendo muchísima sed, no encontraban allí agua para beber (Ex. 17,1-7).

Muy alerta realmente tengo que estar, pues, se me presenta el Espíritu donde menos le espero encontrar.

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