Yo les he comunicado tu palabra, y el mundo los ha odiado (Jn. 17, 14)

por | May 24, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Los mejores testigos y misioneros, a mi parecer, se preocupan principalmente por el evangelio, no tanto por las señales por las que quizás se confirme la palabra, y se centran no en los puestos que ocupan, o rangos que tienen, sino en el perfeccionamiento de los santos y en la edificación de la Iglesia, el cuerpo de Cristo.

Yo les he comunicado tu palabra, y el mundo los ha odiado (Jn. 17, 14)

Según informes, la película «El Código Da Vinci» arrasa en las taquillas, obteniendo por ahora unos 231.8 millones de dólares de recaudación mundial. Creo que este éxito de taquilla se debe en parte a las críticas y las protestas, las cuales picaron la curiosidad de los que, si no por éllas, no hubieran visto la película.

Pero no creo que fueron pocos quienes vieron la película porque, faltándoles algo en que creer, como había yo oído a un comentarista de la radio decir, se disponían a creer cualquier cosa. A mí parecer, pues, se encontraban entre los asistentes a la película los que, sin soportar o simplemente sin saber la sana doctrina y teniendo comezón de oídos, se inclinaban a apartar los oídos de la verdad y a volverse a mitos. Me parece a mí, pues, que hoy día también mucha necesidad hay de predicadores de la palabra que insisten en ella a tiempo y a destiempo, que argumentan para convencer, que reprenden y exhortan con mucha paciencia e instrucción (2 Tim. 4, 2-4).

Necesitamos además a maestros y guías que nos aparten la atención de asuntos que no nos deban preocupar realmente y nos quiten la mirada de cosas, conocer las cuales no nos toca. Libres de preocupaciones y de toda perturbación nos dispondremos, creo, a ser testigos más dedicados y creíbles de Jesús y misioneros ms eficaces al mundo entero, proclamando con convicción el evangelio por obra y palabra.

Los mejores testigos y misioneros, a mi parecer, se preocupan principalmente por el evangelio, no tanto por las señales por las que quizás se confirme la palabra, y se centran no en los puestos que ocupan, o rangos que tienen, sino en el perfeccionamiento de los santos y en la edificación de la Iglesia, el cuerpo de Cristo. Fijan ellos la mirada principalmente en quien dio Dios por cabeza de la Iglesia, Cristo, y en quien ha desplegado Dios el espíritu de sabiduría y revelación que necesitamos para conocerlo y la iluminación necesaria para comprender tanto la esperanza a la que somos llamados por Dios como la riqueza de gloria que se nos ofrece y la extraordinaria grandeza del poder divino. Es decir, en Cristo ha desplegado DIos todo lo bello, lo inteligible, lo bueno.

Así que, al fin y al cabo, la preocupación fundamental que debe tener realmente el testigo y misionero es la misma preocupación de san Vicente de Paúl, y de otros santos, por supuesto, a saber, discernir qué haría Jesús ahora («cur nunc Jesus?») y actuar de acuerdo con lo discernido. El discernimiento requiere que uno vaya más ella de lo popular, más allá de los sobrenombres que la gente da, como el de «el Justo». Se le exige a uno que permanezca en el amor, que uno, estando en el mundo, no sea, empero, del mundo, que se levante hacia el cielo.

¿Acaso ayudaría en el discernimiento «El Código Da Vinci», muy popular, un completo éxito en todo el mundo?

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