Al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios (1 Pe. 2, 12)

por | Abr 20, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

El verdadera testimonio de la resurrección de Cristo y de su eficacia en los creyentes es ciertamente a la vida de comunión de la que habla primera lectura de hoy. Esta vida de comunión, de compartir, comprueba que Cristo resucitado es el cumplimiento de la Ley y los Profetas.
Reflesión de Rosalino para el Domingo II de Pascua

Domingo II de Pascua, Año B

Al observar vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios (1 Pe. 2, 12)

Dar al traste con la religión–judía, cristiana o musulmana–es, por lo visto, el propósito del libro The End of Faith: Religion, Terror, and the Future of Reason de Sam Harris (cf. una reseña en la revista America del 27 de marzo de 2006 y varios comentarios en http://www.samharris.org/). «La fe», dice el autor, «deja a personas, por lo demás bien intencionadas, incapaces de pensar racionalmente de sus más profundas preocupaciones; peor todavía, ha sido continuamente el origen de la violencia humana».

Al parecer del autor, hay que poner fin a la religión, en primer lugar, porque amenaza la razón. Si prevalece la religión en lugar de la razón, se repudiarán los avances en la política secular y la cultura científica, posibilitados por la mente humana, y se volverá al mundo de los que produjeron los libros sagrados, hombres y mujeres esparcidos por desiertos arenosos, quienes creían que la tierra era plana y a los cuales la carretilla hubiera sido un invento maravilloso.

En segundo lugar, hay que poner fin a la religión para poner fin al término final de la religión, a saber, la violencia y la guerra. La religión es la causa de la violencia y la guerra, por eso tenemos que acabar con la religión si no queremos acabar con la civilización. Dice Harris que los que creen en la vida más allá de la tumba no pueden menos de excluir de lo que entienden ellos es el reino de Dios a cuantos no concuerdan con ellos. Y por lo pronto, sacando conclusión de las premisas provenientes de su creencia, no pueden menos de despreciar también a los que ellos consideran infieles irredimibles. Así pues, las nociones divergentes, irreconciliables e incomprobables de las religiones, junto con las armas cada vez más destructivas que cada religión fabrica para protegerse de las otras que la hacen sentir amenazada, constituyen una receta para la caída de la civilización. Y la culpa, según Harris, se debe echar no sólo a los fanáticos y extremistas; la raíz del problema es la religión misma. Los moderados también son peligrosos porque, por abrigar la idea de que proposiciones fantásticas se pueden creer sin ninguna evidencia, nos llevan ellos por último al abismo.

Creo que fácilmente puedo echar a un lado los argumentos antedichos y tomarlos por absurdos, por indicar simplemente que lo que el autor afirma de las religiones se puede afirmar también de las diferentes políticas y culturas o civilizaciones o maneras de vivir, y las diferentes patrias también, que, igual que las religiones, se chocan las unas con las otras. Cada una de ellas tiene sus suposiciones tercas y profesa tener ciertas verdades que las otras no son capaces de descubrir. Acertadamente indica la canción «Imagine» de John Lennon que la religión no es la única cosa que pueda resultar en problemas. Ahí tenemos también, dice la canción, los países y las posesiones. Asimismo, en noviembre del año pasado, se publicó una supuesta declaración de Augusto Pinochet de que todo lo que él hizo lo hizo por Dios y Chile. ¿Acaso ha propugnado Harris que pongamos fin también a todo tipo de política, de cultura o civilización o modo de vivir, y también a toda clase de línea de demarcación entre países y de propiedad?

Pero lo que no se puede fácilmente ignorar son las barbaridades que, según Harris, han cometido los creyentes en Yavé o Cristo o Alá. Por cierto, nosotros los cristianos tenemos que reconocer que no pocas veces velamos más bien que revelamos el genuino rostro de Dios y de la religión (GS 19). El Papa Juan Pablo II mismo lo consideró justo que la Iglesia asumiera con una conciencia más viva el pecado de sus hijos (Tertio Millenio Adveniente 33). Admitió el Santo Padre que «entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por Dios para su Pueblo» y que «otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad» (TMA 34 y 35). No cabe duda, pues, que los hijos de la Iglesia nos hemos «alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo» (TMA 33).

La verdadera forma de testimonio tanto a la resurrección de Cristo como a la eficacia de la gracia de ésta en los creyentes puede referirse ciertamente a la vida de comunión de la cual da testigo la primera lectura de hoy. Esta vida de comunión, que guarda los mandamientos y halla favor con la gente, comprueba que Cristo resucitado es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Pues, que los creyentes en el Resucitado todos piensan y sienten lo mismo, poseyendo todo en común, de modo que nadie llama suyo propio nada de lo que tiene y ninguno pasa necesidad, esto quiere decir que se ha cumplido plenamente Dt. 15. Esta ley reconoce, desde luego, que, tal como están las cosas, nunca faltan pobres en la tierra; pero manda también de todos modos que a los pobres se socorran, advirtiendo que no debe haber pobres entre el pueblo de Dios (Dt. 15, 4. 7-8. 11).

La verdadera forma de testimonio que no causa escándalo ni desfigura el rostro de la Iglesia, es la de la persona que, sin haber visto en los manos de Jesús la señal de los clavos y sin haber metido ni el dedo en el agujero de los clavos ni la mano en el costado de Jesús, cree, sin embargo, y así deja que Cristo resucitado atraviese por las puertas, cerradas debido o a los temores de los sentidos o a la incredulidad de la razón. Y si esta misma persona refleja plenamente, por su amor paciente, humilde mansedumbre y entrañable misericordia, la imagen de su Señor crucificado, ella será testigo también, como Jesús, que «la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas» (cf. TMA 35).

Permítase sostener que si estas formas de testimonio logramos dar los cristianos, contribuiremos no poco a que se dé al traste con tales afirmaciones como las de Sam Harris.

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