Vayamos también nosotros para morir con él (Jn. 11, 16)

por | Abr 7, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Cosas que seguramente llamarán la atención de los medios de comunicación en la Semana Santa y cosas que debieran llamar más nuestra atención. Reflexión de Rosalino para el Domingo de Ramos. Ceclo B.

Domingo de Ramos, Año B

Vayamos también nosotros para morir con él (Jn. 11, 16)

Durante la Semana Santa, la cobertura periodística, televisiva o radial tratará de ella desde el punto de vista turístico, económico y siquiera gastronómico. No faltarán tampoco informes sobre los rituales usuales y las prácticas populares que tienen que ver con la religión o el culto. Los diferentes medios de comunicación no dejarán de mostrar unos fragmentos, por lo menos, de ciertas celebraciones litúrgicas que capturen los momentos más solemnes e importantes.

Pero lo que parece atraer más a los medios de comunicación son las cosas extrañas que nos pican la curiosidad. Un ejemplo es el asunto de penintentes filipinos o colombianos o brazileños, de quienes se nos informa año tras año que después de herirse en la espalda con pedacitos de cristales rotos, recorren por el pueblo descalzos y medio desnudos, y con el rostro velado, o flagelándose simplemente o cargando una cruz en la que luego se van a clavar de verdad. Algo como esto atrae la atención especialmente de los niños, no tanto la solemne celebración del Domingo de Ramos dentro de la iglesia ni la celebración del Viernes Santo, por dramática que sea la proclamación, cantada o sólo leída, de la pasión del Señor, ni menos la celebración larga de la Vigilia Pascual.

Ni mucho menos atraen la atención, ni de los niños ni de los adultos ni de los medios de comunicación, los esfuerzos de no pocos cristianos de acompañarle a Jesús en su muerte, pese que estos esfuerzos conduzcan a actuaciones extrañas como las que hicieron los discípulos. Siguiéndole a Jesús camino a su muerte, los discípulos pidieron prestado un borrico sin montar todavía–quizás sin domar y por eso difícil de controlar–, echaronle encima sus mantos, y dejaron que Jesús se montase al entrar él en Jerusalén como sucesor del rey David. Acordándose probablemente del pronunciamiento del profeta Zacarías, los discípulos, junto con los que se unieron a ellos, lo hicieron y dijeron todo sin preguntar nada y sin ninguna resistencia. ¿Pero acaso no fue cosa de risa y burla para muchos que un pretendiente al trono de David entrara en la ciudad capitalina no como un rey triunfador, montado en un caballo de guerra, recibido a bombo y platillo, acompañado por soldados reclutas en carros y caballos militares abriéndole el paso? De hecho, los que más tarde tormentaron a Jesús se burlaron de él, vistiéndolo de púrpura y poniéndole una corona de espinas, y le hicieron el saludo de «¡Salve, rey de los judíos!» a la vez que le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, con rodillas dobladas, se postraban ante él. ¿Y no se dieron por crédulos despreciables quienes le aclamaban a Jesús como rey davídico?

No muchos encuentra deseable o aceptable la tontería cobarde que es, al parecer de la mayoría, el no resistir uno ni echarse atrás ante la injusticia violenta, el ofrecer uno la espalda a los que le apalean y las mejillas a los que le mesan la barba, y el no taparse uno el rostro ante ultrajes y salivazos y endurecer uno el rostro como pedernal. Por los rencores que los cristianos también abrigamos y las guerras que hacemos y la perdición que buscamos para los que se nos oponen o ponen en duda nuestra autoridad, se ve claro que muy poco realmente nos atrae el ejemplo de quien no se dejó vencer por el mal, más bien venció el mal a fuerza del bien, y así probó efectivamente que a la caridad, como razonó también San Leon Magno, no se puede poner ningún límite, porque Dios es amor y la Divinidad es infinita ¿Hasta cuándo seguiré no comprendiendo el culto del cuerpo entregado y de la sangre derramada por todos, el culto al Salvador que salvó a otros por no salvarse?

También se ignora la locura de despojarse uno del alto rango y tomar la condición de esclavo, de preferir la ropa de la gente ordinaria a las vestiduras largas y suntuosas de los fariseos y los vestidos lujosos de los que viven en palacios. Y, ¡qué manera neurótica o sicopática, al juzgar de muchos hombres ilustrados, ésa de fantasear y soñar despierto de tal forma que piensa uno que un acontecimiento de poca trascendencia es una preparación para la muerte!

Todas estas maneras de morirse uno a sí mismo por medio de vestirse del hombre nuevo y desechar al hombre viejo con sus hábitos egoístas no llaman la atención, así como no llama la atención tampoco la persona que, como la Hermana Angiboust, da oportunidad a otros que se rían y se burlen de ella porque muere a sí misma y a sus preferencias, sirviendo a los pobres más difíciles, más ingratos y más groseros y mal hablados. Tampoco atrae la atención el que, vaciándose de la sabiduría mundana y creyendo firmemente con San Vicente que la providencia es la garantía de su futuro, no el dinero que desafortunadamente creen algunos puedan comprar todo, programa su vida de acuerdo con tales declaraciones paradójicas neotestamentarias como: «quien pierde la vida la salvará»; «los pobres son ricos y los débiles fuertes»; «quienes mandan son los servidores»; «donde abunda el pecado sobreabunda la gracia»; y, «dar es mejor que recibir» (cf. «La Iglesia de paradojas» del Padre Robert P. Maloney, C.M.).

Pero a fin de cuentas muy poco importa realmente si no llaman atención los esfuerzos de ir y morir con Jesús ni si se les da cobertura periodística, televisiva o radial, pues, al decir de San Vicente de Paúl, quienes vivan en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y mueran en Jesucristo por la vida de Jesucristo también tendrán que tener la vida tanto oculta en Jesucristo como llena de Jesucristo. Y si durante la Semana Santa consigo ir y morir yo, por la gracia de Dios, con Jesucristo, ¿acaso razón habría para que no pudiera yo ir y morir con Jesucristo, por la misma gracia de Dios, la semana de la Pascua y todas las semanas del año?

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