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Te basta mi gracia (2 Cor. 12, 9)

por | Mar 23, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

La maravilla de maravillas en que consiste fundamentalmente la gracia es ésta: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos ama, estando nosotros muertos por los pecados, nos hace vivir con Cristo …, nos resucita con Cristo Jesús y nos sienta en el cielo con él.

Reflexión de Rosalino para el Domingo IV de Cuaresma

Domingo IV de Cuaresma, Año B

Te basta mi gracia (2 Cor. 12, 9)

Si todo hubiera dependido de Luisa de Marillac y Vicente de Paúl, no creo que habrían logrado colaborar en la manera en que lo hicieron. De hecho, ella al comienzo encontraba repugnante la idea de que tendría que aceptar a Vicente como su nuevo director espiritual. Y él, por lo visto, más bien preferiría que ningún otro compromiso le quitase del apostolado de las misiones y las confradías de la caridad que acababa de emprender. Sin ignorar su práctica de la santa indiferencia, ¿acaso podemos decir que pensaba también Vicente de lo demasiado que se le podría exigir si dirigiera a otra persona más de la nobleza, dada su experiencia con la Dama de Gondí?

Pero, como sabemos, no depende todo de los gustos y disgustos humanos, por merecedores que sean o no de palos. Y en cuanto a Luisa y Vicente, a la gracia, al amor, de Dios correspondió no sólo inspirar sino también impulsar a ambos de tal modo que accedieron a llegar, primero, a una relación espiritual de dirigente y dirigida–aunque pareciera a veces que la dirigida pudiera haber servido de dirigente–y, luego, a obras de caridad realizadas en conjunto que contribuyeron a que se transformara el rostro de la Iglesia.

Por la gracia y el amor de Dios, pues, dos personas muy diferentes, a decir de los biógrafos, consiguieron dejar a un lado sus preferencias y aunar sus dones de la naturaleza y de la gracia para llevar a cabo lo que les pedía el amor apremiante de Jesucristo y exigía la evangelización de los pobres. Obra de Dios, él y ella, los dos, por la gracia de Dios y mediante la fe, se dedicaron a las buenas obras que él les asignó para que las practicasen.

Por la gracia y el amor de Dios, la propensa a la instrospección y a la rigidez, quien se preocupaba demasiado y escrupulosamente por su propia salvación y se inquietaba, como la madre de los hijos de Zebedeo, por el bien del único hijo, logró abandonarse con mucha confianza a la providencia, practicar la moderación y gozar de la paz y la alegría. Por fin, pudo ella apartar la mirada de sí misma y fijarla en Jesucristo y en los pobres. Tan devota de ellos se había hecho y tan desprendida del hijo que más tarde no tuvo ningún incoveniente en vestir a los pobres con la ropa de su propio hijo. Y no le importaban ya ni los deseos ni las resoluciones, convencida ella de que la gracia de Dios llevaría a cabo en ella lo que él quisiera. En fin, ella, realmente, como lo afirmó San Vicente mismo, se mostró obra de Dios.

Por la gracia y amor de Dios, el hijo devoto, empeñado en hacerle la vida más fácil a su madre y quien lloraba mientras se despedía de sus familiares y parientes, acabó desprediéndose de ellos y recomendado a sus cohermanos renunciar al amor desordenado de los parientes.

Por supuesto, de otros maravillosos éxitos es capaz la gracia maravillosa de Dios. ¡Y cuánto más maravillosa se manifiesta la gracia al perfeccionarse en la debilidad humana y al sobreabundar ella donde abunda el pecado! Pero al fin y al cabo, la maravilla de maravillas en que consiste fundamentalmente la gracia es ésta: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos ama, estando nosotros muertos por los pecados, nos hace vivir con Cristo …, nos resucita con Cristo Jesús y nos sienta en el cielo con él. Y, claro, todo esto–y no quiere San Pablo que lo olvidemos nosotros–por pura gracia de Dios, así como por la inmensa riqueza de la gracia de Dios se salvaron los que en antaño habían multiplicado sus infidelidades y habían manchado la casa del Señor.

Sí, tanto nos ama Dios que no hay nada que los hombres podamos hacer para que Dios deje de ser Emanuel, para que él decida querer que perezcamos en lugar de que tengamos vida eterna, para que él nos juzgue y nos castigue. Nosotros mismos, creo, nos juzgamos y nos castigamos, optando no cooperar con la gracia de Dios y recogiendo nada más la cosecha de destrucción de las semillas de obras malas que sembramos (Gal. 6, 7-8). Nos condenamos a nosotros mismos a la oscuridad por detestar la luz, pues, no queremos que se descubran nuestras obras malas. Hay gustos, sí, que merecen palos, pero los palos no los da Dios sino nosotros mismos.

Pero menos mal que no depende todo de nosotros.

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