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Transformados de gloria en gloria por el Espíritu del Señor (cf. 2 Cor. 3, 1

por | Mar 8, 2006 | Reflexiones | 0 comentarios

Reflexión de Rosalino para el Domingo 2º de Cuaresma

Transformados de gloria en gloria por el Espíritu del Señor (cf. 2 Cor. 3, 18)

Domingo II de Cuaresma, Año B

«Tengo que decirte», me escribió una amiga que había leído mi reflexión para el pasado domingo 8º del Tiempo Ordinario, «que no estoy de acuerdo con la idea de que en el último juicio figurará que uno haya sido un obispo o un visitador provincial, etc. , porque no creo que al Señor le importa qué somos o de qué nos ocupamos».

Admití en mi respuesta que, sí, el Señor no se fija en la condición de las personas, pero la hice notar enseguida que importa qué talento o vocación ha recibido uno de Dios. Creo que se toma en cuenta, añadí, si uno es tal o cual parte o miembro del cuerpo, y que, claro, al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.

La amiga concedió luego que, sí, al que se le haya confiado mucho, se le pedirá más. Pero insistió en argumentar: «No creo que le importa para nada a nuestro afectuoso Dios qué es lo que logramos realizar, con tal de que actuemos con amor». Y ahora cuanto más pienso en el este argumento de mi amiga, tanto más me inclino a ponerme de acuerdo con ella, esperando también que, al fin, ella se ponga de acuerdo conmigo.

De acuerdo: la gracia es gracia, de ninguna manera merecida por nadie por una obra realizada. La gracia consiste fundamentalmente en que Cristo murió, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros. Si la gracia fuera merecida, entonces la gracia ya no sería gracia (Rom. 11, 6). Concuerdo, pues, con la idea del escritor Philip Yancey de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más de lo que él ya nos ama ni hay algo tampoco que podamos hacer para que Dios nos ame menos.

Estoy de acuerdo también con decir que lo transcendental es el amor y no lo que conseguimos realizar. Enseñó algo parecido San León Magno, creo, al escribir él que «aunque no todos puedan ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición» de practicar la caridad (http://www.serviciocatolico.com/espiritualidad/textos%20para%20los%20tiempos%20liturgicos/cuaresma/jueves_despues_de_ceniza.htm).

Me pongo de acuerdo además con la amiga porque no me atrevo, claro, ponerme en desacuerdo con San Irineo. Aclara San Irineo que si nos mandó el Salvador seguirlo no es porque necesite de nuestros servicios. El servir a Dios, dice el santo, nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; Dios no recibe de nosotros beneficio alguno, ya que es en sí mismo rico, perfecto, sin que nada le falte (http://www.serviciocatolico.com/espiritualidad/textos%20para%20los%20tiempos%20liturgicos/cuaresma/sabado_despues_de_ceniza.htm).

Ahora bien, de acuerdo con lo antedicho, yo digo que Dios no necesita tampoco de nuestros sacrificios de carneros, ni menos, de sacrificios de seres humanos. Ni creo que le importa a Jesús realmente nuestra presencia durante su transfiguración. La transfiguración de Jesús nada le añade a Jesús, quien es el mismo ayer y hoy y por los siglos (cf. Heb. 13, 8). Cual las canonizaciones que, según el Padre Robert Maloney, C.M., se hacen para nosotros, así también la transfiguración (http://famvin.org/gsdl/collect/vincent2/index/assoc/HASH01dd/a543fbd4.dir/doc.doc).

Así que, si Dios o el Salvador no se beneficia de nuestros sacrificios o de nuestra participación, nosotros, sí, por servirle a Dios y seguirlo al Salvador, nos beneficiamos de la salvación, la vida, la incorrupción, y la gloria eterna, por usar unas palabras más de San Irineo. Nos importa a nosotros ofrecer sacrificios porque nos importa tener la fe de Abrahán, el padre de la fe–fe sumisa, confiada, hecha sólida y fuerte por el fuego de dilemas y pruebas. Nos importa presenciar la transfiguración para que, escuchándole al Hijo amado y dejando que su rostro resplandezca sobre nosotros, nos transformemos también de tal modo que aprendamos tanto a buscar la auténtica transfiguración en la desfiguración del Hijo que se hizo obediente hasta la muerte más ignominioso, y a quien el Padre no perdonó sino que lo entregó por todos nosotros. Nos importa la transfiguración a fin de que aprendamos a llegar a la luz deslumbradora de la aurora por medio de ayudar a los desfigurados hermanos más pequeños del Señor (Is. 58, 7-8. 10). Y me parece a mí que la invitación a presenciar la transfiguración se da con prioridad a tales personas «más necesitadas de transformación», por así decir, como los hijos de Zebedeo, quienes se creían dignos de puestos de precedencia, y Pedro, quien negó a Jesús.

Creo que sí, figuran la fe y las obras de misericordia en nuestra propia transfiguración y en la de los más pequeños hermanos del Señor. Nos importan, pues, la fe y las obras de caridad; les importan también a los hermanos pequeños. Y es por eso, creo, que le importan también al Padre, y asimismo al Hijo.

Espero que ya esté de acuerdo conmigo mi amiga.

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