Sois edificio de Dios (1 Cor. 3, 9). Domingo IV de Adviento

por | Dic 16, 2005 | Reflexiones | 0 comentarios

Domingo IV de Adviento, Año B
Yavé se comprometió de manera irrevocable a acampar entre nosotros, haciéndonos efectivamente a nosotros los hombres, a los más pequeños y pobres especialmente, su morada.

Otro recurso, en famvin, para este domingo


¿Acaso dijo algo San Vicente de Paúl sobre las grandes y maravillosas catedrales, basílicas o iglesias que vio y visitó en París y en otras ciudades de Francia y quizás en Zaragoza? ¿Se habría puesto él de acuerdo alguna vez con los que, como yo, afirmarían que esas catedrales, basílicas e iglesias constituyen indudablemente un testimonio elocuente de la fe profunda, ferviente y devota de los cristianos que promovieron la construcción de ellas? Se lo agradecería yo a quien me mandara cualquier constancia que hubiera dejado el santo sobre este asunto. Pues realmente, no sé de ningún comentario al respecto que pudiera haber hecho San Vicente.

Pero, sí, sé de lo que dijo San Vicente en cuanto a los enfermos y los cálices, a saber, que se han de vender éstos, si es necesario, para que se les cuide a aquéllos. También sé de lo que escribió él en una carta a la superiora de las visitandinas de París, aconsejándola, aunque con cierta reserva, que Dios no aprueba que las religiosas adquieran edificios magníficos y costosos que tan poco les convienen por su vocación religiosa. Me parece claro, pues, que el punto de vista vicenciano sabe decidir qué es lo más importante, dándo la preeminencia a las personas más que a los edificios y ornamentos, y prefiriendo valores espirituales a valores materiales.

En todo esto, desde luego, siguió San Vicente el consejo de San Juan Crisóstomo de que los cristianos, al adornar el templo, deben procurar no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro. Asimismo, San Vicente se puso de acuerdo con la convicción de San Francisco de Asís de que la Iglesia no se reforma o se repara ni se supera sin que recobre ella el espíritu de la pobreza. Comprendió San Vicente con mucha claridad que más importante que la casa que quiso construir el rey David para el Señor fue la dinastía o casa que el Señor le iba a dar al rey. Esta casa y trono, aunque humanos, durarán por siempre en la presencia de Yavé, puesto que los preside nada menos que Emanuel, el Dios-con-nosotros. Por este Emanuel (y gracias a la Virgen María por su obediencia humilde hacia Dios y su fe firme que para Él todo es posible aún cuando se trata de hombres necios y débiles, por haber consentido que en ella se encarnara el Verbo), Yavé se comprometió de manera irrevocable a acampar entre nosotros, haciéndonos efectivamente a nosotros los hombres, a los más pequeños y pobres especialmente, su morada.

Por concedernos Dios este privilegio, esta gracia, le damos la gloria y cantamos sus misericordias, y procuramos vivir de acuerdo con lo que sabemos que somos, a saber, el edificio de Dios.

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