Sínodo de los obispos 2

por | Oct 2, 2005 | Iglesia | 0 comentarios

Nuevo artículo del P. Alfredo Becerra c.m- sobre el Sínodo de los Obispos.

IGLESIA Y EUCARISTIA
Inicia el Sínodo de los Obispos

El Papa Benedicto XVI abrió con una solemne celebración eucarística los trabajos de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, junto con la participación de 325 concelebrantes, quienes, guiados por los ceremonieros, se colocaron en torno al altar. Junto al Papa estaban los Cardenales y los miembros de la Presidencia del Sínodo. La Misa fue celebrada en latín y en otras lenguas. Eran 256 padres sinodales, en realidad 252 –faltan los cuatro obispos chinos que no han obtenido la visa de su gobierno- procedentes de todo el mundo. En el altar, junto al Benedicto XVI para la oración eucarística, estaban el Cardenal Ángelo Sodano, Decano del Colegio Cardenalicio, los Cardenales Francis Arinze, Juan Sandoval Iñiguez y Telesphore Placidus Toppo, Presidentes delegados para el Sínodo, el Cardenal Ángelo Scola, Relato, Mons. Nikola Eterovič, Secretario General y Mons. Roland Minnerath, Secretario Especial.

El Santo Padre, en la homilía explicó como las lecturas del domingo, tomadas del profeta Isaías y del Evangelio, nos presentan una de las grandes imágenes de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña. “El pan representa en la Sagrada Escritura todo lo que el hombre necesita para su vida cotidiana. El agua da a la tierra la fertilidad: es el don fundamental, que hace posible la vida. El vino, por el contrario, expresa la exquisitez de la creación, nos da la fiesta en la que sobrepasamos los límites de la vida cotidiana: el vino «alegra el corazón». De este modo el vino y con él la vid se han convertido también en imagen del don del amor, en el que podemos lograr una cierta experiencia del sabor del Divino. Por eso, la lectura del profeta, que acabamos de escuchar, comienza como un cántico de amor: Dios puso una viña, imagen de su historia de amor con la humanidad, de su amor por Israel al que Él eligió. El primer pensamiento de las lecturas de hoy es éste: Dios ha infundido en el hombre, creado a su imagen, la capacidad de amar y, por tanto, la capacidad de amarle a Él mismo, su Creador. Con el cántico de amor del profeta Isaías, Dios quiere hablar al corazón de su pueblo y también a cada uno de nosotros. «Te he creado a mi imagen y semejanza», nos dice. «Yo mismo soy el amor y tú eres mi imagen en la medida en la que brilla en ti el esplendor del amor, en la medida en que me respondes con amor». Dios nos espera. Él quiere que le amemos: un llamamiento así, ¿no debería tocar nuestro corazón? Precisamente en esta hora, en la que celebramos la Eucaristía, en la que inauguramos el Sínodo sobre la Eucaristía, nos sale al encuentro, sale para encontrarse conmigo. ¿Encontrará una respuesta? ¿O sucederá con nosotros como con la viña, de la que Dios dice en Isaías: «Esperó a que diese uvas, pero dio agraces»? Nuestra vida cristiana, con frecuencia, ¿no es quizá más vinagre –subrayó con fuerza- que vino? ¿Autocompasión, conflicto, indiferencia?

Del texto del profeta Isaías y del Evangelio emergen dos realidades en confronto: por un lado, la bondad de la creación de Dios, por el otro el fallo del hombre que mata para poseer: en esta violación de la justicia social, en la agresión, en el desprecio del valor de la dignidad del hombre, es Dios mismo quien es despreciado.

Las lecturas de hoy hablan ante todo de la bondad de Dios y del fracaso del hombre. “Dios había plantado vides escogidas y sin embargo dieron agraces. ¿Qué son los agraces? La uva buena que se espera Dios, dice el profeta, habría consistido en la justicia y en la rectitud. Los agraces son por el contrario la violencia, el derramamiento de sangre y la opresión, que hacen gemir a la gente bajo el yugo de la injusticia. En el Evangelio, la imagen cambia: la vid produce uva buena, pero los viñadores arrendadores se quedan con ella. No están dispuestos a entregarla al propietario. Golpean y matan a sus mensajeros y matan a su Hijo. Su motivación es sencilla: quieren convertirse en propietarios; se apoderan de lo que no les pertenece”.

El desprecio al derecho del hombre es desprecio al mismo Dios. “Este aspecto es subrayado plenamente en la parábola de Jesús: los arrendadores no quieren tener un patrón y estos arrendadores nos sirven de espejo a nosotros, hombres, que usurpamos la creación que se nos ha confiado en gestión. Queremos ser los dueños en primera persona y solos. Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de manera ilimitada. Dios nos estorba o se hace de Él una simple frase devota o se le niega todo, desterrándolo de la vida pública, hasta que de este modo deje de tener significado alguno. La tolerancia que sólo admite a Dios como opinión privada, pero que le niega el dominio público, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia, sino hipocresía”.

“La amenaza del juicio nos afecta también a nosotros, a la Iglesia en Europa, a la Iglesia de Occidente en general. Con este Evangelio el Señor grita también a nuestros oídos las palabras que dirigió en el Apocalipsis a la Iglesia de Éfeso: «Iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes» (2, 5). También se nos puede quitar a nosotros la luz, y haremos bien en dejar resonar en nuestra alma esta advertencia con toda su seriedad, gritando al mismo tiempo al Señor: «¡Ayúdanos a convertirnos! ¡Danos la gracia de una auténtica renovación! ¡No permitas que se apague tu luz entre nosotros! ¡Refuerza nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor para que podamos dar buenos frutos!». Una clara invitación para el fiel a descubrir a la luz del amor divino su rol en la solidad, pero también a la sociedad misma para que sepa acoger la libre expresión del ser cristiano en todos los aspectos de la vida, privada y pública. Junto a esta invitación, hay una promesa y es la última palabra, la esencial. La escuchamos en el versículo del aleluya, tomado del Evangelio de Juan: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Juan 15, 5). “Dios no fracasa –dice Benedicto con fuerza-. Al final, triunfa, triunfa el amor”.

El Papa ha recordado a los padres sinodales y a los fieles el valor de las palabras que surgen de la oración y de la reflexión de este Sínodo, inspirado y precedido de la Encíclica de Juan Pablo II: una invitación a producir contenidos que sean de apoyo real para la Iglesia universal, para la vida de cada fiel que en el misterio eucarístico encuentra a Jesucristo que dona su vida. Con un aplauso, la asamblea ha reaccionado ante las palabras que el Santo Padre ha dirigido a la Iglesia en la celebración inaugural del Sínodo.

La Eucaristía tiene una relación con la dimensión misionera de la Iglesia. “Nos ayuda a contemplar el misterio eucarístico desde la perspectiva misionera. La Eucaristía, de hecho, es el centro propulsor de toda la acción evangelizadora de la Iglesia, como lo es el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas sin la celebración eucarística, en la que se alimentan con la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su auténtica naturaleza: sólo en la medida en que son «eucarísticas» pueden transmitir a los hombres a Cristo, y no sólo ideas o valores por más nobles e importantes que sean”

Finalmente, ha confiado los trabajos sinodales a los santos San Francisco Javier y Teresa de Lisieux, patrones universales de la Iglesia, a la Virgen del Rosario, que se celebrará el próximo 7 de octubre.

P. Alfredo Becerra V. CM

Etiquetas:

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

homeless alliance
VinFlix
VFO logo

Archivo mensual

Categorías

Sígueme en Twitter

colaboración

Pin It on Pinterest

Share This