La sabiduría de lo alto es amable, sin incertidumbre ni hipocresía (Stgo. 3,

por | Sep 19, 2005 | Reflexiones | 0 comentarios

La corrupción, especialmente de parte de administradores públicos, sigue teniendo alcance amplio y largo, y constituye un obstáculo mayor a la lucha contra la pobreza y el hambre

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Año A

Se ha culpado a unos pasajes del Nuevo Testamento de proveerles de motivo a los antisemitas. Menos mal que nadie –que yo sepa por lo menos– ha culpado a Mt. 21, 31 de promover la corrupción asociada con el oficio de cobrador de impuestos y la prostitución.

Lo curioso de la corrupción y la prostitución es que, a pesar de que ambas se han condenado como enfermedades contagiosas que dañan la sociedad, han permanecido sin embargo con nosotros desde tiempos inmemoriales. La corrupción, especialmente de parte de administradores públicos, sigue teniendo alcance amplio y largo, y constituye un obstáculo mayor a la lucha contra la pobreza y el hambre (cfr. http://www.transparency.org/pressreleases_archive/2004/2004.10.20.cpi.es.html). Por otra parte, la prostitución, según un estudio publicado en una revista de economía política, es un comercio de mil millones de dólares y emplea a millones de mujeres por todo el mundo (http://the-idea-shop.com/papers/prostitution.pdf; cfr. también http://www.globalresearch.ca/articles/VAR207A.html). De modo que la sociedad, por un lado, dice «no» a la corrupción y la prostitución, y por otro lado, dice «sí».

Esta ambigüegad, me supongo, radica en la debilidad de la constitución humana, que también resulta en cierta alienación interior. En cada uno de nosotros se encuentran el primer hijo que contesta «No quiero», pero cumple con lo mandado después de recapacitar, y el segundo hijo que dice «Voy», pero no hace lo prometido. Se pelean dentro de nosotros también lo carnal y lo espiritual, de tal forma que a veces acabamos no haciendo lo que queremos y haciendo lo que aborrecemos (Rom. 7, 14-15). Esta misma alienación se manifiesta en mi recuerdo listo y respetuoso de lo que ocurrió en los EE.UU. el 11 de septiembre de 2001 y, al mismo tiempo, en el olvido descuidado y sin remordimiento de lo que se instigó en Chile el 11 de septiembre de 1973 que resultó también en el asesinato de a lo menos 3.000 personas y en el encarcelamiento de miles como prisioneros políticos. Siendo a la vez justo y pecador, el hombre también se confunde al tratar él de establecer cuál proceder sea justo y cuál sea injusto.

Yo no soy, desde luego, estudioso ni de la ética ni de la teología moral para poder discernir con certeza entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto. Pero confío que en el discernimiento nada me saldrá malo o incorrecto si sigo el consejo contenido en la segunda lectura de la Misa de hoy tomada de la carta a los filipenses. De este santo y sano consejo paulino hacen eco fuerte, claro, las cartas, conferencias y pláticas de San Vicente de Paúl.

Oyendo, por ejemplo, del profundo amor mutuo de dos misioneros en Árgel, San Vicente dio gracias a Dios. Luego les animó a hacer más robusto el vínculo de amor, asegurándoles que la unión trae éxito a la obra de Dios mientras la desunión la destruye. Y a las Hijas de la Caridad les explicó que ser conciliatorio quiere decir vivir en armonía con el prójimo y tener cierta flexibilidad mental que hace a uno rendirse a otros en todo lo que no es pecado. Para San Vicente, la humildad, que es la virtud de Cristo, de María, de los más grandes de los santos, y finalmente de los misioneros, mantiene la caridad, pues, cuanto más humilde uno, cuanto más caritativo. También advirtió el santo que una cosa que hay que evitar sobre todo es buscar placer en hacerse de superior o amo y pensar, en contra del ejemplo y de la enseñanza de Cristo, que, para gobernar bien y mantener la autoridad, es necesario que todo el mundo vea quién manda. Y se les instruye a los miembros de la C.M. por sus propias reglas que ellos se prevengan mutuamente en tratarse con honor (II, 12, [6]). Pero más importante de todo, quien siempre sirve, según San Vicente, de primer modelo y maestro de todo lo que se debe hacer o evitar es Jescristo, el mismo que reunió en comunidad a sus apóstoles y discípulos y «les dio algunas normas …, por ejemplo: que se amasen mutuamente; que se lavasen los pies los unos a los otros; que cuando tuviesen algún disgusto entre sí, se reconciliasen cuanto antes; que anduviesen siempre de dos en dos, y finalmente, que el que deseare ser el mayor entre ellos, se hiciese el menor de todos, y otras semejantes» (VIII, 1). Y se maravillaba San Vicente de cómo se despojó de su rango este mismo Jesús.

De verdad, me parece a mí que si guardo este consejo, tanto paulino como vicentino, y lo incorporo a mi vademé*****, sabré condenar sin ambigüedad todo tipo de corrupción y prostitución. Asimismo, seré capaz de seguir amando a los corruptos y las prostitutas, y de agradecerle al Señor la precedencia que da a los creyentes y recapacitados de estos dos partidos, no del todo desconocidos (si es que realmente me conozco a mí mismo).

¡Feliz solemnidad de San Vicente!

Etiquetas:

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

homeless alliance
VinFlix
VFO logo

Archivo mensual

Categorías

Sígueme en Twitter

colaboración

Pin It on Pinterest

Share This