Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil. 4, 13)

por | Sep 14, 2005 | Reflexiones | 0 comentarios

Debido a lo que hacemos, o no hacemos, 1.200 millones de personas viven con menos de un dólar al día, 800 millones de personas se acuestan con hambre cada día, y 28.000 niños mueren cada día por causas derivadas de la pobreza

Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Año A

«La diferencia» –según Mahatma Gandhi– «entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer sería suficiente para resolver casi todos los problemas del mundo» (cfr.www.thehungersite.com.

Debido a lo que hacemos, o no hacemos, 1.200 millones de personas viven con menos de un dólar al día, 800 millones de personas se acuestan con hambre cada día, y 28.000 niños mueren cada día por causas derivadas de la pobreza (cfr. spanish.millenniumcampaign.org. «Pero esto no tiene por qué seguir siendo así», añade enseguida esta última página web citada. Y a continuación declara ésta:

El mundo ahora tiene los recursos
financieros y el conocimiento práctico
para poner fin a la pobreza extrema.
Lo único que falta es la voluntad
política para cambiar el statu quo.

Porque no hacemos lo que somos capaces de hacer, por esto nos hacen falta tales palabras de llamamiento como las de Benedicto XVI quien recién «exigió a la comunidad internacional … el cumplimiento de los compromisos asumidos para acabar con la pobreza y el hambre» (cfr. www.zenit.org.

En lo profundo de nuestro ser, nos hace falta desde luego dejarnos apremiar por la enseñanza de Cristo que nuestra justicia ha de superar la justicia de costumbre y convenciones sociales, para que formemos parte del reino de los cielos y se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo (cfr. Mat. 5, 20). No podemos conformarnos, pues, con sólo darle a otro lo debido por la justicia sino también lo bueno que la generosidad sugiere aunque el otro tal vez no lo merezca. Nos precisa subir del fondo de los caminos y planes humanos a la altura de los caminos y planes divinos y despojarnos de nosotros mismos, como lo expresó San Vicente al Padre Antonio Durand en una carta, para vestirnos de Jesucristo. Se nos espera «dejar a Dios por Dios»: dejar a un lado lo que nos complace para buscar un bien mayor; dejar, por ejemplo, el deseo de partir para estar con Cristo, si el bien del prójimo requiere que nos quedemos, o el placer que nos da la oración, si tenemos que interrumpirla porque un pobre necesitado llama a la puerta.

Todo esto quiere decir que tiene que llevar una vida digna del Evangelio quien, por estar en Cristo, ya es nueva criatura, capaz de hacer mayores obras, quien, siendo realmente hombre de oración, será capaz de todo, como nos aseguró también San Vicente (cfr. 2 Cor. 5,17; Jn. 14, 12). En breve, se nos urge que no haya discrepancia entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer.

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