Carta de Cuaresma

por | Feb 11, 2004 | Cuaresma, Superior General | 0 comentarios

La Secretaría General de la C.M. envía la Carta del Superior General sobre la Cuaresma 2004, dirigida a toda la Familia Vicenciana.

Cuaresma 2000

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Cuaresma
2004

 

 

A
los miembros de la Familia Vicenciana de todo el mundo

 

 

Mis queridos hermanos y hermanas:

 

¡El perdón y la paz del Señor estén abundantemente con ustedes durante
este tiempo de Cuaresma!

 

Los cuatro evangelios describen la misma cruda imagen de la muerte de
Jesús: muere crucificado entre dos criminales, uno a su derecha y otro a su
izquierda. Pero, mientras que Marcos, Mateo y Juan no dicen casi nada sobre los
dos criminales, Lucas les otorga un papel de actores en el dramático episodio.
De hecho, esta escena es el cambio lucano más largo e
importante de la historia de la crucifixión. Habitualmente nos referimos a su
personaje principal como al “buen ladrón”, si bien Lucas no lo llama ni “bueno”
ni “ladrón”. Mientras que Marcos y Mateo describen a los dos hombres
crucificados junto a Jesús como “bandidos”, Lucas se refiere a ellos
simplemente como “malhechores”, quizás porque, siendo el evangelista que más
subraya la mansedumbre, quiere evitar colocar a Jesús en una compañía violenta
en el momento de su muerte.

 

Posteriormente, la tradición dio diversos nombres a estos dos
malhechores (Joatas y Magatras, Zoatán y Camma, Tito y Dúmaco, Dimas y Gestas).
Hoy día, la mayoría de estos nombres se han olvidado, pero quizás algunos
lectores aún recuerden al buen ladrón como “Dimas”. El calendario litúrgico
romano asignó a ese nombre un día de fiesta, el 25 de marzo, considerado en
otro tiempo como el día de la crucifixión de Jesús, pero actualmente celebrado
como la fiesta de su encarnación. Una encantadora leyenda, que se encuentra en
uno de los evangelios apócrifos, narra que cuando la Sagrada Familia bajó a
Egipto les atacaron dos ladrones. Uno, sin embargo, se detuvo inmediatamente al
ver las lágrimas que brotaban de los ojos de María. Fueron estos mismos
ladrones (ahora capturados ejerciendo su oficio en Jerusalén), así continúa la
historia, quienes fueron crucificados con Jesús. El conmovido por las lágrimas
de María era el buen ladrón, el que estaba a la derecha de Jesús.

 

Pero los evangelios guardan silencio sobre el pasado y la vida
personal de los malhechores. En una primera lectura, el diálogo de la historia
de Lucas parece simple y directo; pero, sin embargo, está lleno de sutiles
matices. Uno de los malhechores, dice el evangelista, se une a los que
blasfeman contra Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Entonces, sálvate a ti y a
nosotros”. Pero el “otro malhechor” (Lucas nunca pasa más adelante al
calificarlo) reprende a su compañero: “Y tú, que sufres la misma pena, ¿no
respetas a Dios?. Lo nuestro es justo, pues recibimos
la pena de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen”.
Observen que en la escena de la crucifixión de Lucas, el buen ladrón desempeña
el papel de testigo de la inocencia de Jesús. Posteriormente, un segundo
testigo, el centurión, confirmará el juicio del buen ladrón afirmando:
“Realmente este hombre era inocente” (Lc 23, 47).

 

Ahora aumenta el drama, cuando el buen ladrón habla directamente al
Señor crucificado: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

 

“¡Jesús”! Esta forma de dirigirse al Señor resulta sorprendente por su
gran intimidad. En ningún otro lugar de los cuatro evangelios, nadie se dirige
a Jesús usando simplemente su nombre, sin añadir ninguna otra expresión de
reverencia. Lucas está aquí usando un recurso artístico para expresar la
autenticidad de la petición del malhechor. Pero vean también la ironía: para
Lucas, la primera persona que tiene la confianza para hablar tan familiarmente
con el Señor es un criminal condenado, que es al mismo tiempo la última persona
que habla con Jesús antes de su muerte. Expresa su petición usando el término
de “acuérdate”, una palabra favorita en Lucas y que se encuentra en las
antiguas lápidas judías: “Acuérdate de mí”. En contra de todo lo esperado, este
malhechor, oyendo las burlas dirigidas a Jesús como “Rey de los Judíos” y
concluyendo que se estaba cometiendo una injusticia, cree que Jesús reinará
realmente en un reino y humildemente le pide que se acuerde de él.

 

Jesús responde con la expresión “Amén”, la única vez que se usa esta
fórmula solemne en el relato lucano de la pasión y también la sexta y última
vez que se usa en el evangelio. Aquí, esta solemne fórmula abre camino a la
concesión del don gratuito del perdón de Dios. La palabra garante de Jesús va
más allá de cuanto el malhechor (o el lector) pudiera haber imaginado: “En
verdad (amén) te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Se concede mucho
más de cuanto se pide. La respuesta incluye no sólo el perdón, sino también la
intimidad: estarás conmigo. El buen ladrón, en compañía de Jesús,
disfrutará de la plenitud de la felicidad con Dios.

 

Permítanme ofrecerles dos breves reflexiones sobre esta extraordinaria
historia, llena de sabor lucano.

 

1.         Creemos
que la gracia es puro don. Dios la concede gratuita y abundantemente. Nosotros
no la ganamos; respondemos a ella. En su nivel más profundo, la gracia es presencia
de Dios
, ofrecimiento de Dios de su amor personal y de su autocomunicación.
El don es el donante. Dios toca nuestros corazones y suscita, incluso crea, una
respuesta en nuestro interior.

 

Pero es importante notar que este don no es simplemente una realidad
invisible; se presenta, bien al contrario, en formas muy concretas. Los
evangelios nos recuerdan esto una y otra vez. Para el buen ladrón de la
historia de Lucas, Jesús es gracia. Casi se puede imaginar a este “otro
malhechor” estudiando a Jesús y llegando lentamente a la conclusión de que el
hombre que está junto a él no sólo es inocente de un crimen capital, sino que
es verdaderamente bueno. De hecho – este pequeño detalle pasa con frecuencia
desapercibido – Lucas da al buen ladrón más tiempo para observar a Jesús que
cualquiera de los otros evangelistas, porque en su evangelio (diverso del de
Marcos, Mateo y Juan) los dos malhechores recorren con Jesús todo el camino de
la cruz antes de morir con él (Lc 23, 32). La bondad que ve en la persona de
Jesús toca el corazón del buen ladrón y suscita una respuesta: “Jesús,
acuérdate de mí”.

 

¿No es así como también la gracia actúa en nosotros? La gracia, ¿no
entra en nuestras vidas a través del testimonio de fe de otros, sean éstos
nuestros padres o un entregado servidor de los pobres o un enfermo que lleva su
enfermedad con fe firme, o a través de la vida de un santo o de la muerte de un
mártir que hayamos leído?. Los signos del amor de
Dios, que llamamos “gracia”, están bien a la vista a nuestro alrededor. Lo que
llama la atención en la historia del buen ladrón es que éste no se repliega
sobre sí mismo en el que ciertamente debió ser, al irse apagando su vida, un
momento desesperadamente sombrío. En vez de hundirse en la depresión o la
desesperación, ve la bondad misma en la persona de Jesús y dirige una súplica
esperanzada: “Jesús, acuérdate de mí”. Ve la gracia personificada y responde a
ella.

 

2.         Mi segunda reflexión también es muy
lucana. Existe algo increíblemente humilde en este “otro malhechor”. A
diferencia de su compañero, él reconoce la verdad de su propia situación. Su
sobrio análisis fue, sospecho, escandaloso tanto para el primer malhechor como
para los que estaban allí presentes: “Lo nuestro es justo, pues recibimos la
paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen”.

 

Thomas Merton escribió en
una ocasión: “Al decir la verdad, nos hacemos verdaderos a nosotros mismos”. La
verdad se encuentra en el centro de nuestro ser, forcejeando por manifestarse.
Cuando expresamos la verdad, comenzamos a construir nuestro propio yo
verdadero. Así le sucedió al buen ladrón. Atraído por la inocencia y la bondad del
Señor, reconoció su propio vacío y, precisamente al hacerlo así, fue capaz de
ver, oír, recibir y ser llenado. En la súplica del buen ladrón existe una
sonoridad humilde y a la vez afectuosa: “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues
a tu reino”. Y la cálida respuesta de Jesús es otro testimonio más lucano de
que los humildes son exaltados: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el
paraíso”. Como con frecuencia San Vicente recordó a sus discípulos, a los
humildes les pueden llegar todos los bienes; en cambio, los orgullosos siempre
se quedan vacíos.

 

Al entrar en nuestro camino cuaresmal, les invito a reflexionar
conmigo sobre esta hermosa escena de Lucas. En un tiempo de tanta guerra, tanto
terrorismo, tanta hambre, tanta enfermedad y tantas muertes sin sentido, les
animo a percibir, como hizo el buen ladrón, los abundantes signos del amor
gratuito de Dios aún en medio del sufrimiento. Con ustedes, también rezó para
que todos nosotros, en la Familia Vicenciana, sepamos estar ante el Señor, ante
los demás y ante los pobres con gran veracidad y humildad. La humildad nos hará
capaces de ver a nuestros compañeros de camino como gracia en nuestras vidas,
como signos visibles de la presencia y del amor de Dios.

 

Al acercarse al lugar de la crucifixión, el “buen ladrón” ciertamente
debió sentir que esa era su hora más oscura. Pero para él, la luz brilló en la
oscuridad. Experimentó lo que al salmista le gustaba cantar (Sal 139, 12): “No
es oscura la tiniebla para ti, Señor, pues ante ti la noche brilla como el
día”. Si en este tiempo de cuaresma estamos ante Dios con humildad, tengo la
confianza de que también nosotros gozaremos de la luz del Señor.

 

 

Su
hermano en San Vicente

 

 

 

 

Robert
P. Maloney, C.M.

Superior
General

 

 

 

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