Familia Vicentina unida al pensamiento y lucha de Monseñor Romero por los más Pobres.La familia vicentina conmemoró el XXIII aniversario martirial con una misa en la Parroquia de San Jacinto San Salvador, el pasado sábado 22 de marzo a las 5:00 p.m. La eucaristía fue presidida por el Padre Gregorio Gay provincial de Centro América y concelebrada por varios misioneros vicentinos. Los testimonios de personas que vivieron cerca del pastor y profeta mártir, lograron unir a la familia vicentina, Hijas de la Caridad, Laicos Vicentinos, Juventudes Marianas Vicentinas y a los miembros de la Conferencia de San Vicente de Paúl, en un solo objetivo de buscar la justicia y la verdad en defensa de los más empobrecidos.

Para conocer más sobre la vida y martirio de Monseñor Romero les recomendamos ver la página web:

http://www.romeroes.com

De esa página hemos tomado parte de la biografía de Monseñor Romero.

BREVE BIOGRAFIA DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO

ARZOBISPO DE SAN SALVADOR, ASESINADO EL 24 DE MARZO DE 1980

Oscar Arnulfo Romero Galdámez, nació en Ciudad Barrios, Departamento de San Miguel (El Salvador), el 15 de agosto de 1917. Estudió con los padres Claretianos en el Seminario Menor de San Miguel desde 1931 y posteriormente con los padres Jesuitas en el Seminario San José de la Montaña hasta 1937. En el tiempo que se iniciaba la II Guerra Mundial, fue elegido para ir a estudiar a Roma al Colegio Pío Latinoamericano y completar su formación sacerdotal. Fue ordenado sacerdote a la edad de 25 años en Roma, el 4 de abril de 1942, y continuó estudiando en Roma para completar su tesis de Teología sobre los temas de ascética y mística, pero debido al recrudecimiento de la guerra en Europa, tuvo que regresar a El Salvador.

Su primera parroquia fue Anamorós en el departamento de La Unión. Poco tiempo después fue llamado a San Miguel donde realizó su labor pastoral aproximadamente por veinte años. Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador y ocupó el mismo cargo en el Secretariado Episcopal de América Central. El 25 de abril de 1970, la Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral elevándolo al ministerio episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador y en el día de su ordenación episcopal dejaba claro el lema de toda su vida: “Sentir con la Iglesia”. Luego fue nombrado obispo de la Diócesis de Santiago de María el 15 de octubre de 1974. En junio de 1975 se produjo el suceso de “Las Tres Calles”, caserío ubicado en la Diócesis de Santiago de María. Un grupo de campesinos que regresaban de un acto litúrgico fue asesinado sin compasión alguna por agentes militares, incluso asesinando a niños inocentes. Hasta ese momento Mons. Romero no había comprendido que detrás de las autoridades civiles y militares, detrás del mismo Presidente de la República, Arturo Armando Molina que era su amigo personal, había una estructura de terror, que eliminaba de su paso a todo lo que pareciera atentar los intereses de “la patria” que no eran más que los intereses de los sectores pudientes de la nación. Ahí se marcó el nuevo horizonte de Mons. Romero.

En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y temor, y tras la renuncia Mons. Luis Chávez y González, quien ya no sentía fuerzas para guiar la Arquidiócesis; Mons. Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977 y tomó posesión el 22 del mismo mes, en una ceremonia muy sencilla. Tenía 59 años de edad y su nombramiento fue para muchos una gran sorpresa.

El 12 de marzo de 1977, se conoció la trágica noticia del asesinato del padre Rutilio Grande, S.J. por agentes de la Guardia Nacional. Un sacerdote amplio, consciente, activo y sobre todo comprometido con la fe de su pueblo había sido asesinado. Este incidente marcó el inició de la etapa mas convulsiva de la historia salvadoreña.

Mons. Romero comenzó a identificarse más con los pobres y a llamar a los asesinos y opresores por su nombre. Su opción comenzó a dar frutos en la Arquidiócesis, el clero se unió en torno a él, los fieles sintieron el llamado y la protección de una Iglesia que les pertenecía. La situación se complicó cada vez más. Un nuevo fraude electoral impuso al general Carlos Humberto Romero en la Presidencia. La voz y el derecho de las mayorías era cada vez más reprimido.

En febrero de 1978 la Universidad de Georgetown, EUA, le confirió el doctorado Honoris Causa por su defensa por la vida humana.

Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de todo el país cada domingo en su sede catedralicia. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos del país y ofrecía rayos de esperanza para cambiar esa estructura de terror que se arraigaba en toda la República.

Los primeros conflictos de Monseñor Romero surgieron a raíz de las marcadas oposiciones que su pastoral encontraba en los sectores económicamente poderosos del país y toda la estructura gubernamental que alimentaba esa institucionalidad de la violencia en la sociedad salvadoreña, sumado a ello, el descontento de las nacientes organizaciones político-militares de izquierda, las cuales fueron duramente criticadas por Mons. Romero en varias ocasiones por sus actitudes de idolatrización y su empeño en conducir al país hacia una revolución como solución.

A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma. Cotidianamente eran publicados en los periódicos, editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador” se convirtió en signo de vida y martirio en clero y en el pueblo.

Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado rasgos en la misma, luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se sucedieron otros asesinatos más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso Navarro y su amiguito Luisito Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera, posteriormente fue asesinado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último fueron asesinados los padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macias y una larga lista de Catequistas, Cursillistas, gente de vida cristiana, etc. La Iglesia sintió en carne propia el odio creciente de la violencia que se había desatado en el país.

Era sorprendente el observar en el ambiente salvadoreño que un hombre tan sencillo y tan tímido como Mons. Romero se convirtiera en un valiente defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara las fronteras nacionales por el hecho de ser: “voz de los sin voz”.

Pero no solo los militares y los ricos eran sus enemigos, muchas de los sectores poderosos y algunos obispos y sacerdotes se encargaron de manchar su nombre, incluso llegando hasta los oídos de las autoridades de Roma. Mons. Romero sufrió mucho esta actitud de sus hermanos en el sacerdocio.

Ya a finales de 1979 Monseñor Romero sabía el inminente peligro que acechaba contra su vida y en muchas ocasiones hizo referencia de ello consciente del temor humano, pero más consciente del temor a Dios a no obedecer la voz que suplicaba interceder por los pobres.

Ya Mons. Romero se había convertido en una figura pública a nivel nacional e internacional, por lo que muchos reconocimientos comenzaron a llegarle y quizá el más significativo fue su postulación al Premio Nobel de la Paz en 1979 y el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Lovaina, Bélgica.

Uno de los hechos que comprobó el inminente peligro que acechaba sobre la vida de Mons. Romero fue el frustrado atentado dinamitero en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de 1980, el cual hubiera acabado con la vida de Monseñor Romero y de muchos fieles que se encontraban en el recinto de dicha Basílica.

El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció su última homilía, la cual fue considerada por algunos como su sentencia de muerte debido a la dureza de su denuncia: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESIÓN”.

El 24 de marzo de 1980 Monseñor OSCAR ARNULFO ROMERO GALDAMEZ fue asesinado de un certero disparo, aproximadamente a las 6:25 p.m. mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, exactamente al momento de preparar la mesa para recibir el Cuerpo de Jesús.

Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de compañía, sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Raramente el pueblo se reúne para darle el adiós a alguien, pero ese alguien lo sintieron como su padre, quien los cuidaba, quien los quería. Como hecho insólito, en medio de la multitud, fueron detonadas bombas las cuales lograron la dispersión de la multitud y tener que sepultar a Mons. Romero a la mayor brevedad posible.

Tres años de fructífera labor arzobispal había terminado, pero una eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre bueno como lo fue Mons. Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad de los pobres y la defensa de la vida y la dignidad humana en medio de una situación de dolor había nacido.

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