Carta del Superior General

por | Feb 20, 2003 | Congregación de la Misión | 0 comentarios

Carta del Superior Genral a los miembros de la C.M. para la Cuaresma 2003.

Cuaresma

2003

 

 

A

los miembros de la Congregación de la Misión

 

Mis queridos hermanos:

 

¡La gracia de nuestro Señor esté siempre con ustedes!

 

En los relatos de la pasión, si exceptuamos a Jesús, ninguna figura

recibe mayor atención que Pedro. Los evangelistas discrepan al narrar muchos

detalles importantes de los últimos días de Jesús (lo que dijo en la Última

Cena, quién estaba presente en su crucifixión, qué palabras dijo desde la

cruz), pero los cuatro evangelios concuerdan al narrar que Pedro negó tres

veces a Jesús. En ningún otro tema de los relatos de la pasión los cuatro

evangelios están tan de acuerdo. El relato de las negaciones de Pedro es una

narración muy intensa, llena de detalles coloristas, que cautivó la imaginación

de los primeros cristianos y permaneció grabada en su memoria: Pedro siguiendo

a Jesús, tímidamente y a distancia, hasta el patio del sumo sacerdote;

calentándose junto a la buena hoguera donde una criada lo reconoce;

deslizándose furtivamente fuera de la escena para escapar a las insistentes

preguntas de ésta; los presentes reconociendo su acento galileo; Pedro

retrocediendo, en tres pasos sucesivos, de la evasión a la negación, a la

maldición y al juramento; el canto del gallo y la mirada de Jesús a Pedro justo

en el momento de la tercera negación; Pedro recordando las palabras proféticas

de Jesús y llorando amargamente.

 

Es importante, al reflexionar sobre las negaciones de Pedro, recordar

que estas tienen un preludio y una continuación.

 

Fijémonos en tres escenas del preludio. En la primera, una escena

pacífica, Pedro profesa públicamente su fe en Jesús (Mc 8, 29; Mt 16, 16); pero

ahora, al comienzo de la pasión, bajo juramento, niega conocerlo. En una

segunda escena, en la Última Cena, Pedro afirma: “Aunque todos fallen, yo no”

(Mc 14, 29), evocando la profecía de Jesús: “Te aseguro que hoy, esta misma

noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres” (Mc 14,

30). Pedro insiste: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (14, 31);

pero sus palabras son una pura bravuconada. El evangelio de Marcos concluye la

Última Cena de modo abrupto con este vano alarde y el drama se traslada al

Huerto de los Olivos, donde tiene lugar la tercera escena del preludio. En el

huerto, Jesús dice a Pedro, Santiago y Juan: “Vigilad y orad” (cf. Mc 14,

34-38). Éstos se duermen. Luego Jesús se dirige de modo particular a Pedro:

“Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velad y orad para

no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil” (Mc

14, 37-38). ¡Velad! ¡Orad! En el preludio, Pedro no hace ninguna de las dos

cosas. No se prepara para la gran prueba que está por acaecer.

 

El significado de todo esto, de manera especial en el evangelio de

Marcos, es muy claro. Marcos nos está diciendo que el discípulo citado en

primer (1, 16) y último lugar (16, 7), el que primero profesó públicamente a

Jesús (8, 29), el que alardeó de su disposición para seguir a Jesús hasta la

muerte (14, 31) se durmió, no rezó, huyó en el momento decisivo y negó,

jurando, conocer en absoluto a Jesús. Estaba del todo falto de preparación para

cargar la cruz con el Señor y seguirlo (8, 34)

 

Ciertamente la continuación del relato es mucho más gozosa. Aunque

Pedro es torpe para creer incluso tras la resurrección (cf. Lc 24, 11), Jesús

se le aparece (Lc 24, 34) y le conduce al arrepentimiento para que, una vez

convertido, comience a fortalecer a los demás (cf. Lc 22, 32). En paralelismo

con sus tres negaciones, Pedro confiesa por tres veces su amor al Señor (Jn 21,

15-17). Toma el puesto como jefe de los Doce, evangelista de los circuncisos

(Gal 2, 7) y pilar de la iglesia de Jerusalén (Gal 2, 9).

 

¿Existe otra figura más adecuadamente cuaresmal que Pedro? La cuaresma

es tiempo para renovar nuestra profesión de fe bautismal, para reorientar

nuestras vidas hacia el Señor, para hacer de nuevo el propósito de cargar con

nuestra cruz y seguir a Jesús. Permítanme en esta cuaresma ofrecerles tres

reflexiones suscitadas por el papel de Pedro en los relatos de la pasión.

 

1.         La

primera reflexión es muy simple y también muy cruda. No se necesita ser

psiquiatra para penetrar en las razones de la caída de Pedro. Era totalmente

ignorante de su debilidad; era más pretencioso que humilde. Contrariamente a la

repetida petición de Jesús, no vigiló y no oró. La debilidad de Pedro aparece

más patentemente en el evangelio de Marcos si recordamos las palabras con las

que Jesús, precisamente antes del comienzo del relato de la pasión, introduce

una parábola final: “¡Cuidado! Vigilad, porque no sabéis cuándo llegará el

momento” (13, 33). Así, la historia de Pedro nos plantea preguntas bien

directas en esta cuaresma: ¿Nos damos cuenta de nuestra propia fragilidad? ¿Nos

presentamos ante el Señor con humildad, conscientes de que “llevamos su tesoro

en vasijas de barro” (2 Cor 4, 7)? ¿Estamos alerta, vigilantes? ¿Tenemos los

ojos abiertos para ver al Señor que sigue agonizando en el huerto? ¿Reconocemos

su angustia en la gente sin techo, acurrucada en los pórticos de los edificios

buscando refugio contra el frío? ¿Toca nuestros corazones su mirada doliente,

reflejada en los ojos de los niños hambrientos y de las madres sin hogar?

¿Oramos humilde y constantemente, como Jesús pide? Sus interpelantes palabras a

Pedro contienen uno de los desafíos más fundamentales del Nuevo Testamento:

“¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velad y orad para no sucumbir en la

prueba” (Mc 14, 37). ¿Tomamos en serio el imperativo

urgente de la primera de las dos cartas del Nuevo Testamento atribuidas a Pedro

o lo minimizamos pensando que se trata de un lenguaje anticuado y figurado:

“Vivid con sobriedad y vigilad. El diablo, vuestro enemigo, ronda como león

rugiente buscando a quien devorar” (1 Pe 5, 8).

 

2.         En muchas épocas de la historia de la

Iglesia, los hagiógrafos han dudado mencionar las faltas de los santos. Los

evangelistas no tuvieron tales escrúpulos. Hablan con enorme franqueza sobre la

infidelidad de Pedro. Pero una sutil pedagogía de la esperanza subyace en el

fondo de la narración de esta historia. El relato de las negaciones de Pedro no

tiene, en última instancia, un carácter negativo. Los escritores del Nuevo

Testamento, en cambio, indican su renovada y positiva función en la vida de la

Iglesia tras la resurrección (Lc 24, 34; Hch 1, 15; 1, 22; 2, 14; 3, 1; 4, 8;

5, 29; 8, 32-ss; 10, 9-ss; 1 Cor 15, 5). La historia de Pedro pretende animar a

los cristianos que ya sufrían persecución cuando fueron escritos los

evangelios. Su muerte de mártir, alrededor del año 64 d. C., permanece como

claro testimonio de que, habiendo fallado en un primer momento, al final cargó

valientemente con su cruz y siguió a Jesús. Ciertamente, en momentos difíciles,

muchos primitivos cristianos, como Pedro, experimentaron su propia debilidad y

fallaron, lo mismo que nosotros. Pero los evangelistas les aseguraban que hay

esperanza: el cambio, el crecimiento y la conversión son siempre posibles.

¿Pueden coexistir en la misma persona grandes debilidades y graves fallos junto

con un amor arrepentido? La historia de Pedro nos dice que .

 

3.         Los evangelistas, cuando nos hablan de

Pedro, también nos están dando una buena dosis de sobrio realismo cristiano con

respecto a quienes ejercen autoridad en la Iglesia. La historia nos ofrece

innumerables ejemplos de autoridades que, como Pedro, han sido infieles. Por

eso, al leer la viva narración de las negaciones de Pedro en los relatos de la

pasión, es muy importante que quienes ejercemos la autoridad reconozcamos con

humildad nuestro propio pecado. ¿Se sorprenden ustedes cuando detectan fallos evidentes

en quienes el Señor ha llamado al servicio de la autoridad? El realismo

cristiano nos enseña que esto siempre ha sido así, no sólo con respecto a

Pedro, ni sólo con respecto a los otros apóstoles que huyeron, sino también con

respecto a papas, obispos, provinciales y superiores locales. Esto mismo

también es verdad de otras autoridades en la sociedad: padres, maestros, jueces

o médicos. La Iglesia está habitada por santos y pecadores. En realidad, en

cada uno de nosotros conviven el santo y el pecador. El pecado y la gracia

luchan profundamente en el corazón de cada cristiano, también en el de quienes

ejercen la autoridad. Los evangelios proclaman que, como en el caso de Pedro,

la gracia vencerá (¡incluso en nosotros personas en autoridad!) si, por

supuesto, estamos dispuestos a velar y orar.

 

Estos son mis pensamientos esta Cuaresma. En palabras de la segunda

carta atribuida a Pedro en el Nuevo Testamento, pido al Señor crucificado y

resucitado que nos fortalezca a todos nosotros durante estos días, para que

podamos mantener nuestros ojos fijos constantemente en él como “en una lámpara

que alumbra en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero matutino se

alce en vuestros corazones” (2 Pe 1, 19).

 

 

Su

hermano en San Vicente

 

 

 

 

Robert

P. Maloney, C.M.

Superior

General

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