Cross and Bible

Fourth Sunday of Lent, Year C — 2013

Be merciful, just as your Father is merciful (Lk. 6:36)

Sibling rivalry; the perceived partiality favorable to the younger son who is prone to waywardness; the children taking for granted how good they have it at home; the father’s goodness:—all this and more is what the drama in this Sunday’s parable is about. It is the last of three parables that are a reply to those who, in the manner of the treacherous, do not speak to Jesus directly, and just murmur, “This man welcomes sinners and eats with them.”

The parable teaches that our heavenly Father is very good. Without considerations of timeliness or untimeliness, of merits or demerits, he divides his property among us and accepts our decisions even though we are not so wise on account of our relative youth. He does not impose nor does he question us. And when we humbly repent, he forgives without counting our trespasses. He welcomes us with joy, he affirms unconditionally our dignity as children, throws us a party, and reconciles our differences.

We do not always act in a way worthy of such a good Father. Time and again we conduct ourselves like the younger son: we leave home to follow our whims and suffer later on account of them; we fall into the depths of shameful misery, which very clearly shows our lack of maturity.

But even if we suppose that we have always stayed at home, we would still leave much to be desired. Insecure and feeling threatened, and sometimes more zealous than our Father, we question the motives and actions of our brothers. We open inquisitions and we censure. We mince no words: “Your son … swallowed up your property with prostitutes ….” We lack the delicate sensitivity of the Lord who commands that even the brother deserving of punishment not be wholly disgraced (Dt. 25:3), and who sees to it that the reproach of our slavery to sin is removed from us. Moreover, we show little willingness that our sisters’ share is given to them.

And we do not altogether believe in a merciful Father who “makes his sun rise on the bad and the good, and causes rain to fall on the just and unjust” (Mt. 5:45). We believe rather in a God who destines us to be his children because of our works, not by pure grace (cf. Eph. 1:11-12; 2:8-9). This is evident in our resentment that we are not duly recognized—despite our tireless service and exact fulfillment of our duties—and are not accorded what we are entitled to, as we see it. Characterizing those who do not take themselves as useless servants (Lk. 17:10) [1], such resentment deprives us of joy and turns us into killjoy. Incapable of partaking of the joy that a sinner’s repentance brings about, a joy similar to the one that would be elicited should a beloved, being dead, come back to life, don’t we have every reason to ask if we really believe in the Risen from the dead?

Each Christian, as the open-ended parable suggests, will have to answer on his own, with his eyes directly looking at Jesus, not on other Christians. No other Christian can take another’s place. One alone will decide for himself to enter or to refuse to enter, to be united to the family of Christ or to be separated from it, in order to remain the uncaring older brother who makes those “who represent to us the Son of God, whose will it was to be poor” [2], feel ashamed.


[1] Common Rules of the Congregation of the Mission XII, 14.
[2] P. Coste XI, 32.

From Somos Vicentinos

For not a few people, God is anything but someone who is capable of bringing joy to their lives.  Thinking of him brings them back bad memories: awakened within them is the idea of a threatening and demanding being who makes life more disgusting, uncomfortable and dangerous.


Domingo 4º de Cuaresma, C-2013

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo (Lc 6, 36)

La rivalidad entre hermanos; la percepción de parcialidad favorable al hijo menor propenso a la indocilidad; el no apreciar los hijos qué bien se está allí en el hogar paterno; la bondad del padre:—de esto y de algo más consta el drama en la parábola de este domingo. Es la última de tres parábolas con motivo de replicar a los que, a manera de un traidor, no hablan directamente con Jesús, y solo murmuran entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y comen con ellos».

La parábola enseña que nuestro Padre celestial es muy bueno. Sin hacer cálculos de oportunidad o importunidad, de méritos o deméritos, él nos reparte los bienes y acepta con tranquilidad las decisiones de los que somos, por nuestra relativa juventud, poco sabios. No se nos impone ni nos cuestiona. Y cuando nos arrepentimos humildemente, perdona sin pedirnos cuenta de nuestros pecados. Nos acoge con gozo, afirma incondicionalmente nuestra dignidad de hijos, nos festeja, y reconcilia nuestros desacuerdos.

No siempre actuamos de manera digna del Padre tan bueno. Una y otra vez andamos como el hijo menor: nos marchamos del hogar para seguir nuestros caprichos y luego sufrir a causa de ellos; caemos en lo más hondo de la miseria vergonzosa, quedando así clarísima nuestra falta de madurez.

Pero aun suponiendo que hayamos permanecido siempre en casa, todavía dejaríamos mucho que desear. Inseguros y sintiéndonos amenazados, y a veces más celosos que el Padre, ponemos en duda los motivos y las actuaciones de los hermanos. Abrimos inquisiciones y censuramos. No tenemos pelos en la lengua: «Ese hijo tuyo … se ha comido tus bienes con malas mujeres …». Nos falta todavía la sensibilidad fina del Señor que manda que no se le envilezca a nuestros ojos incluso a un hermano merecedor de castigo (Dt. 25, 3), y procura que se nos despoje del oprobio de nuestra esclavitud al pecado. Parece además que poco deseo mostramos de que se les den a las hermanas la parte que les toca.

Y no creemos del todo en el Padre misericordioso «que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos». Creemos más bien en un Dios que nos destina a ser sus hijos por nuestras obras, no por pura gracia (cf. Ef 1, 11-12; 2, 8-9). Esto se demuestra en nuestro resentimiento de que a nosotros no se nos reconoce—a pesar de nuestro servicio incansable y nuestro cumplimiento exacto de los deberes—ni se nos conceden las cosas a las que, a nuestro modo de ver, tenemos derecho. Propio de los que rehúsan tomarse por siervos inútiles (Lc 17, 10; XII, 14), tal resentimiento nos priva del regocijo y nos convierte en aguafiestas. Incapaces de participar de la alegría a la que da paso el arrepentimiento de un pecador, parecida a la alegría que provocaría un amado que, siendo muerto, reviviese, ¿acaso no tenemos razón para preguntarnos si realmente creemos en el Resucitado de entre los muertos?

Cada cristiano, como da a entender la parábola abierta, tendrá que responder por su cuenta, y con los ojos directamente fijos en Jesús, no en los compañeros. Ningún compañero puede hacerlo en lugar de otro. Solo uno mismo decidirá entrar o negarse a entrar, unirse a la familia de Cristo o separarse, para permanecer hermano mayor inatento que avergüenza a los que «nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre» (XI, 725).

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