Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
The word of God is living and effective (Heb 4, 12)

Jesus loves us so much he challenges us to be all that we can be with his help.

He looks with love at the rich man who has affirmed his observance of the commandments from his youth. He does not want this person, who basically seeks to know what works he has to perform to inherit eternal life, to be lacking in what one cannot do without to enter the kingdom of God.

What is indispensable is discipleship, conscious (as in St. Vincent de Paul’s case) or unconscious (as in the case of those who ask, “When did we see you a stranger and welcome you?”). The Word of God, sharp and penetrating, discerning reflections and thoughts of the heart, exemplifies for us perfect observance.

To follow the poor Jesus means, first of all, not to withhold from God our complete trust as we cling to things that can never save us. We who have been catechized quite well about the eternal punishment of hell and now worry with fear and trembling about our salvation cannot even rely on our conscientious keeping of the commandments. For, indeed, it is impossible for the world to save us or for us to save ourselves. Salvation is the work of God, before whom human goodness pales in comparison; he grants salvation to those who, preferring it to scepter, throne and wealth, pray to him for it.

Hence, everything worldly or human—riches, rank, position, prestige, privilege, supposed accumulated merits due to our good works—that gives us a false sense of security, and from which we refuse to be detached, is simply excess baggage. Such baggage stops us from putting our complete trust in God and makes it exceedingly difficult for us to enter the kingdom of God.

The only necessary equipment is Jesus’ easy yoke, his light burden, which consists in seeking first the kingdom of God and his righteousness. If we really keep learning from the one who is meek and humble of heart, we will find ourselves free from suffocating worries and assured of everything that will be given to us a hundred times, though with persecutions.

And those who trust completely in the Lord do not despair even when they are persecuted and helpless. They know for certain, as St. Vincent de Paul says, that they are always under the protection of God (CRCM II:2). In the end, they will say what Jesus said when he was about to consummate his handing over his life for us, “Father, into your hands I commend my spirit.”

Loving as Jesus did until death, and dying with him and persevering, they will live and reign with him. That is to say, they get to be all that they can be.

Lord, fill us with all your fullness.


VERSIÓN ESPAÑOLA

28º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

La palabra de Dios es viva y eficaz (Heb 4, 12)

Jesús nos tiene tanto cariño que nos desafía a ser todo lo que podamos ser con su ayuda.

Mira con cariño al rico que ha afirmado su observancia desde pequeño de los mandamientos. No quiere que le falte lo imprescindible para entrar en el reino de Dios al que busca saber básicamente qué obras tiene que hacer para heredar la vida eterna.

Lo imprescindible es el discipulado, consciente (como en el caso de san Vicente de Paúl) o inconsciente (como en el de los que preguntan: «Señor, ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos?»). La Palabra de Dios, tajante y penetrante, juzgando los deseos e intenciones del corazón, nos ejemplifica la observancia perfecta.

Seguir a Jesús pobre significa, primero que nada, no retener de Dios nuestra confianza total, aferrándonos a cosas nunca capaces de salvarnos. Ni de nuestra guarda conscienzuda de los mandamientos podemos fiarnos los que, bien catequizados sobre el castigo eterno del infierno, nos preocupamos por nuestra salvación con temor y temblor. Pues, de verdad, es imposible que el mundo nos salve o que nosotros mismos nos salvemos. La salvación es obra de Dios, ante quien toda bondad humana se vuelve insignificante; él concede la salvación a los que, prefiriéndola a cetros, tronos y riquezas, se la suplican.

Así que toda cosa mundana o humana,—riqueza, rango, puesto, prestigio, privilegio, supuestos méritos acumulados debido a nuestras buenas obras—, que nos da falso sentido de seguridad, y de la cual rehusamos desprendernos, solo constituye bagaje de sobra. Tal bagaje nos impide a poner nuestra confianza total en Dios y nos dificulta sobremanera la entrada en el reino de Dios.

El único equipaje necesario es el yugo llevadero, la carga ligera de Jesús, consistiendo en buscar sobre todo el reino de Dios y su justicia. Si realmente vamos aprendiendo del que es manso y humilde de corazón, nos encontraremos libres de agobiantes preocupaciones y asegurados de todo lo demás que cien veces se nos dará por añadidura aunque con persecuciones.

Y quienes confían confíen totalmente en Dios no se desesperan aun perseguidos e indefensos. Tienen por cierto, como dice san Vicente de Paúl, que vivien siempre bajo la protección de Dios (RCCM II:2). Por último, dirán lo que dijo Jesús cuando estaba por consumar la entrega de su vida por nosotros: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

Amando así como Jesús hasta la muerte, y muriendo con él y perseverando, reinarán y vivirán con él. Es decir, llegarán a ser todo lo que puedan ser.

Señor, llénanos del todo de tu plenitud.