Third Sunday of Lent, Year B-2012

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This is my beloved Son; listen to him (Mk. 9:7—NABRE)

The words of the Lord, in the first reading, make up the Ten Commandments. They are referred to as “the ten words” in Ex. 34:28, Dt. 4:13 and 10:4. The Lord proclaims them with frightening power that is manifested in thunder and lightning, trumpet blast and smoke (Ex. 20:18). And taking them as statutes and observing them carefully, the Israelite nation will give evidence of its wisdom and intelligence to the Gentiles (Dt. 4:5-6).

Jesus, the preexistent and incarnate Word of God, is the fulfillment not only of the law but also of the prophets (Jn. 1:1-5, 14; Mt. 5:17). He is God’s definitive word (Heb. 1:1-2). There is no one else to wait for; only awaited is the glorious return of our Savior Jesus Christ [1].

This Jesus, in changing water into wine, makes it known that he is the one to transform the Jewish religious tradition, so that the Father is given true worship that needs no temple. Cleansing the temple of those imbued with love of money, Jesus indicates that, consumed that he is by zeal for his Father’s house, he is bringing it back to its original purity. And more than just this, he, the mediator and the fullness at the same time of all revelation [2], is taking the place of the temple: through him, with him and in him, worship in Spirit and truth is given to the almighty Father. Jesus is the Messiah who tells us everything.

And what the Messiah says is like living water that becomes a spring of water welling up to eternal life. His words are so powerful they heal and give life from afar. By them—more than by bread and fish multiplied, both perishable—do we live, so that we who wander in the desert and find ourselves before a sea or a river to cross, as we take part in a new exodus, may remain faithful amidst trials and walk on the water, that is to say, overcome every obstacle.

There are always people, of course, who find Jesus’s sayings hard and unacceptable and consider them to be either a stumbling block or foolishness. But these same sayings are God’s power and wisdom for those who are called, those to whom is granted by the Father to go to Jesus and who cling to the one who has the words of everlasting life.

These last ones who recognize Jesus as God’s Holy One and admit they have no one else to turn to and believe in—to them the only thing that matters, and the only thing demanded of them, to make sure they observe God’s commandments, is to listen to Jesus and keep their eyes fixed on him and imitate him. What is essential for them is purely Jesus, nothing more and nothing less. They remember always with St. Vincent de Paul that they live in Jesus Christ by the death of Jesus Christ and that they ought to die in Jesus Christ by the life of Jesus Christ and that their life ought to be hidden in Jesus Christ and full of Jesus Christ and that in order to die like Jesus Christ it is necessary to live like Jesus Christ [3]. Unlike careerists and schemers, they do not get carried away by their own ambitions.

Nor do they add or subtract any word that may distort Scriptures or Jesus’ words or disfigure his face. They keep asking themselves, “Lord, if you were in my place, what would you do?” [4] so that Jesus may never ask them sadly, “What have you done to my face, to my teachings, to my Church?” Knowing the Scriptures, they know God’s power and wisdom; they are not ignorant of Christ because they are not ignorant of the Scriptures [5]. Remembering, in the sense of realizing, what Jesus has said, they believe the Scripture and Jesus’ words.

And realizing, fulfilling, the new commandment of mutual washing of feet and mutual love as well as the words Jesus spoke when he took bread and wine on the night he was betrayed, the true disciples perceive Jesus’ real presence in unexpected places and in unlikely persons, the poor folks—a thing of scorn to foes, a dreaded sight to neighbors and a horror to friends (cf. Sal. 31:12; Is. 52:14).

NOTES:

[1] Dei Verbum 4.
[2] Ibid. 2.
[3] P. Coste I, 295.
[4] Ibid., XI, 348.
[5] Cf. the non-biblical reading in the Office of Readings, Liturgy of the Hours, for September 30, the memorial of St. Jerome.


VERSIÓN ESPAÑOLA

3° Domingo de Cuaresma, Año B-2012

Este es mi Hijo amado; escuchadlo (Mc. 9, 7)

Las palabras del Señor en la primera lectura constituyen los diez mandamientos. Se les refiere a ellas como «las diez palabras» en Ex. 34, 28, Dt. 4, 13 y 10, 4. Las pronuncia el Señor con poder asombroso manifestado en truenos y relámpagos, sonidos de trompeta, y humo (Ex. 20, 18). Y tomándolas por preceptos, y poniéndolas en práctica, el pueblo israelita demostrará su sabiduría y su inteligencia ante los gentiles (Dt. 4, 5-6).

Jesús, la preexistente y encarnada palabra divina, es la plenitud no sólo de la ley sino también de los profetas (Jn 1, 1-5. 14; Mt. 5, 17). Él es la palabra definitiva de Dios (Heb. 1, 1-2). No se le espera a nadie más; sólo se aguarda el regreso glorioso de nuestro Salvador Jesucristo (Dei Verbum 4).

Este Jesús, al convertir el agua en vino, da a conocer que él es quien transforma la tradición religiosa judía, para que al Padre se le dé el culto verdadero que no tiene necesidad de ningún templo. Purificando el templo de los imbuidos del amor al dinero, Jesús indica que él, consumido de celo por la casa de su Padre, la restaura a su pureza original. Y más que esto, él mismo, tanto mediador como plenitud de toda revelación (Dei Verbum 2), toma el lugar del templo: por Cristo, con él y en él, a Dios Padre omnipotente la adoración en Espíritu y verdad. Jesús es el Mesías que nos lo dice todo.

Y lo que el Mesías dice es como agua viva que se convierte en un manantial del que brota la vida eterna. Sus palabras son tan poderosas que sanan y dan vida aun de lejos. De ellas—más que de los panes y los pescados multiplicados, perecederos todos—vivimos para que los que peregrinamos por el desierto y nos hallamos frente a un mar o un río que cruzar, mientras participamos en el nuevo éxodo, nos quedemos fieles en medio de pruebas y caminemos sobre el agua, es decir, superemos todo obstáculo.

Siempre hay gente, desde luego, que encuentran duras e inaceptables las palabras de Jesús y las toman o por escándalo o por necedad. Pero las mismas palabras son fuerza y sabiduría para los llamados a Cristo, a quienes se les ha concedido por el Padre ir a Jesús, y los cuales se aferran al que tiene palabras de vida eterna.

Estos últimos que reconocen a Jesús como el Santo consagrado por Dios, y admiten no tener a ningún otro a quien acudir y en quien creer, a ellos lo único que les importa, y se les exige, para asegurarse de cumplir los mandamientos de Dios es escuchar a Jesús y fijar en él la mirada e imitarlo. Lo esencial para ellos es puramente Jesús, nada más y nada menos. Siempre se acuerdan, con san Vicente de Paúl, de que viven en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que han de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que su vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo (I, 320). Sin ser como los arribistas y oportunistas, no se dejan llevar por sus propias ambiciones.

Ni añaden ni quitan palabra alguna que distorsione las Escrituras y las palabras de Jesús o lo disfigure al rostro de Jesús. Van pregúntandose: «Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?» (XI, 240), para que nunca les pregunte tristemente Jesús: «¿Qué has hecho a mi rostro, a mis enseñanzas, a mi Iglesia?». Por conocer las Escrituras, conocen el poder y la sabiduría de Dios; no ignoran a Cristo, pues, no ignoran las Escrituras. Acórdandose de lo que ha dicho Jesús—en el sentido de que lo vuelven a pasar por su corazón—, dan fe a la Escritura y a las palabras de Jesús.

Presentes otra vez en el corazón tanto el mandamiento nuevo de lavarse los pies y amarse los unos a los otros como las palabras que pronunció Jesús cuando tomó pan y vino la noche en que fue traicionado, los verdaderos discípulos perciben la presencia real de Jesús en lugares menos esperados y en personas improbables, en la gente pobre—la burla de los enemigos, la irrisión de los vecinos, el espanto de los conocidos (cf. Sal. 30, 11; Is. 52, 14).