Seventh Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Let him become a fool so as to be wise (1 Cor 3, 18)

We can belong to Christ and his kingdom only if we prefer divine folly to human wisdom and remember always and fondly the fool who died for sinners.

What is normal is to treat the neighbor as he treats us. Does he love us? So, we love him. We hate him if he hates us. What is righteous: an eye for an eye. What is unrighteous: two eyes for an eye or one eye for two eyes.

But the righteousness that Jesus lived and taught is based in divine superabundance, not in human equivalence. It demands that we go beyond “I give you so may give me” (Pope Francis) and be perfect like our Father who “makes his sun rise on the bad and the good, and causes rain to fall on the just and the unjust.”

This non-meritocratic superabundance, along with the Master who teaches it with authority, astonishes us. But astonishment does not translate automatically into acceptance without reservation. We harbor doubts that do not stay hidden.

Our resistance to the call to perfection is noticeable in the excuse, “I am just a human being.”

We distinguish between deserving and undeserving poor. Perhaps we even support a politician more than we support applicants for general assistance, for whom a politician is proposing a law that will require them to take a drug test first.

It must be admitted that many make huge donation from their surplus wealth. But it must be acknowledged also that there are not a few of us who find imitating the poor widow, who gave all she has to live on, quite impossible.

Perhaps we gladly give food the hungry, but do we go the extra mile by recognizing their dignity—as St. Vincent de Paul did with his “white tablecloth” [1]— or by promoting systemic change? The good Samaritan did not just provide first aid; he saw to the full recovery of the half-dead, a stranger and perhaps an enemy.

And we have today’s Lamechs, who wish death to one who wounds them and seek seven-fold vengeance—not to mention “just” wars that compound rather than solve problems.

Faustus of Riez spoke of the Old Testament being diluted into letter. If we water down the wine at the wedding at Cana, then our continuity with the law and the prophets does not consist so much in Jesus affirming them as in our returning to the old ministry of the deadly letter, not of the vivifying Spirit.

Better than this continuity is rupture. Let the foolishness of the Christian ideal be tried, so that it may no longer be said: “The Christian ideal has not been tried and found wanting; it has been found difficult and left untried” (G.K. Chesterton). May we see Christian wisdom in what appears foolish to human eyes (Coste XI, 131). Let us not be ashamed of our celebration of Jesus’ death until he comes, even when hedonists make fun of us.


VERSIÓN ESPAÑOLA

7º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Hágase necio para llegar a ser sabio (1 Cor 3, 18)

Podemos ser de Cristo y del reino de Dios solo si preferimos la locura divina a la sabiduría humana y recordamos siempre y afectuosamente al loco que murió por los pecadores.

Lo normal es tratar al prójimo como él nos trata. ¿Nos ama? Entonces le amamos. Si nos odia, le odiamos. Lo justo: ojo por ojo. Lo injusto: dos ojos por un ojo o un ojo por dos ojos.

Pero la justicia vivida y enseñada por Jesús se basa en la sobreabundancia divina, no en la equivalencia humana. Exige que vayamos más allá del «Te doy para que me des» (Papa Francisco) y seamos perfectos como nuestro Padre que «hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos».

Nos asombramos de esta sobreabundancia no meritocrática, y del Maestro que la enseña con autoridad. Pero el asombro no automáticamente se traduce en aceptación sin reservas. Abrigamos dudas que no quedan ocultas.

Nuestra resistencia al llamamiento a la perfección se nota en la excusa: «humano solo soy».

Distinguimos de modo simplista entre pobres merecedores y no merecedores de ayuda. Quizás hasta apoyamos a un político más que a los solicitantes de asistencia pública, para los cuales el político propone una ley que les obligue a someterse primero a pruebas de drogas.

Se ha de admitir que muchos donan cantidades de lo que les sobra. Pero se debe reconocer asimismo que no somos pocos los que encontramos imposible imitar a la viuda pobre que dio todo lo que tenía para vivir.

Tal vez alegremente damos de comer a los hambrientos, pero, ¿caminamos otra milla, reconociendo su dignidad—como lo hacía san Vicente de Paúl con su «mantel blanco» [2]—o promoviendo el cambio sistémico? El buen samaritano no solo sumistró los primeros auxilios; procuró la plena recuperación del medio muerto, un desconocido y quizás un enemigo.

Y hay los Lamec modernos, deseosos de la muerte del que les hiere y vengadores setenta y siete veces—por no mencionar las guerras «justas» que agravan más que solucionan los problemas.

Fausto de Riez habló de la dilución del Antiguo Testamento en letra. Si aguamos el vino de la boda de Caná, entonces nuestra continuidad con la ley y los profetas consiste no tanto en que los afirme Jesús como en que volvamos al servicio viejo de la letra mortífera, y no del Espíritu vivificador.

Mejor la ruptura que esta continuidad. Que se pruebe lo necio del ideal cristiano, de modo que ya no se se diga: «No es que el ideal cristiano haya sido probado y hallado deficiente; ha sido hallado difícil y dejado sin probarse» (G.K. Chesterton). Ojalá veamos la sabiduría cristiana en lo que parece locura a los ojos humanos (XI, 53). Que no nos avergoncemos de nuestra celebración de la muerte de Jesús hasta que él vuelva aun cuando los hedonistas se burlan de nosotros.


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