Second Sunday of Lent, Year B-2012

Here I am, I have come to do your will (Heb. 10:9—NIV)

“Here I am!” is the answer Abraham gives twice to God in the account of the binding of Isaac. Indicated is that the clay is at the potter’s total disposition (cf. Is. 64:8).

Given such silent and painful obedience, which connotes the love that bears all things, believes all things, hopes all things and endures all things (1 Cor. 13:7), what does it matter if there is no immolation? Is there no truth to the statement in Psalm 50 that the creator and owner of all things, of both humans and animals, does not have any need for sacrifices and that he prefers faithfulness, praise and justice? It is insisted besides that God wants a loving heart more than sacrifice, knowledge of his ways more than holocausts (Mt. 9:9; Hos. 6:6).

And Jesus’ obedience, according to our faith, has rendered superfluous all sacrifice. When he, priest, victim and bearer too of the wood for the holocaust, offered himself, he offered a sacrifice once for all (Heb. 7:27). Not like those priests who day after day went on offering again and again the same sacrifices that could never take away sins, our High Priest offered for all time one sacrifice for sins (Heb. 10:11-12). Christ’s new and eternal priesthood established once for all, every priesthood and every ministry have become unnecessary, unless they are a participation in the priesthood and ministry of the only mediator between God and human beings (1 Tim. 2:5).

Jesus has assumed the role of mediator of the new covenant, sealed with his blood, precisely because God did not spare his own Son but gave him up for us all, so as to deliver us from transgressions (Heb. 9:15). Not that the wrath of a vengeful God demands such immolation: it is a matter of the need there is to undo the condemning disobedience of the old Adam with the justifying obedience of the new Adam (Rom. 5:18-19); it is about Jesus being the Lord’s Servant, the one prophesied in Is. 53:11-12 that reads: “Through his suffering, my servant shall justify many, and their guilt he shall bear. Therefore I will give him his portion among the great, and he shall divide the spoils with the mighty, because he surrendered himself to death and was counted among the wicked: and he shall take away the sins of many, and win pardon for their offenses.”

The prophecy and the New Testament make clear that the splendor of exaltation supposes the darkness of humiliation, mountain indicates going uphill, that to bring about fully what is anticipated in the transfiguration, one has to come down from the high mountain. One cannot stop, as St. Vincent de Paul warns, at outward recollection, lofty thoughts or sweet conversations, but must work hard [1]. This Paschal Mystery is, of course, hard to understand, and hence better not told to others until it is shown to be undeniable at the end. Yet it is not any less frightening and fascinating, such that one says with fear, “It is good that we are here!” (cf. also Is. 52:14-15)

What is frightening is obviously to say, “Here I am!” But the same reply is also what is fascinating. What is frightening is that thus does Jesus, as the right human word, answer God as he hands himself over for sinners and the oppressed. What is fascinating is that thus does Jesus, as the divine word, answer those who call the Lord and cry out to him, themselves hearing the call and the cry of the poor (Is. 58:6-9).

St. Vincent is indeed right about the matter of leaving God for God [2]. If a person leaves Mass to tell the poor at the door, “Here I am!,” the same will be said to such a person. Such a person will truly partake of the only sacrifice that matters—be one inside or outside the church—and of the priesthood of the One who, giving his body up and pouring out his blood, guarantees that he is here, the bread and drink of life, the nourishment the Lord provides for those who say to him, “Here I am!” and to whom he likewise says, “Here I am!”

NOTES:

[1] P. Coste XI, 40.
[2] Ibid., IX, 319; X, 95, 226, 541-542, 595.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2° Domingo de Cuaresma, Año B-2012

Aquí estoy yo para hacer tu voluntad (Heb. 10, 9)

«¡Aquí estoy!» es la respuesta que Abrahán da dos veces a Dios en el episodio de la atadura de Isaac. Se da a entender que la arcilla se pone a la disposición completa del alfarero (cf. Is. 64, 8).

Dada tal obediencia silenciosa y dolorosa, la que connota el amor que sin límites cree, espera y aguanta (1 Cor. 13, 7), ¿qué más da si no hay inmolación? ¿No es verdadera la declaración en el Sal. 49 de que el creador y el dueño de todo, de los hombres y los animales, no tiene ninguna necesidad de inmolaciones, y prefiere a éstas la fidelidad, la alabanza y la justicia? Se nos insiste además que Dios quiere amor y no sacrificios, conocimiento de él más que holocaustos (Mt. 9, 9; Os. 6, 6).

Y la obediencia de Jesús, según nuestra fe, ha hecho completamente superfluo todo sacrificio. Al ofrecerse a sí mismo, Jesús, sacerdote, víctima y cargador asimismo del madero del holocausto, ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre (Heb. 7, 27). No como aquellos sacerdotes que día tras día iban ofreciendo una y otra vez los mismos sacrificios que de ningún modo podían borrar los pecados, nuestro Sumo Sacerdote ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio (Heb. 10, 11-12). Establecido de una vez para siempre el nuevo y eterno sacerdocio de Cristo, están de más todo sacerdocio y todo ministerio, no sean que participen del sacerdocio y del ministerio del que es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2, 5).

Se ha constituido Jesús el mediador del nuevo pacto, sellado con su sangre, precisamente porque Dios no perdonó a su propio hijo, no se lo reservó, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, para librarnos de los pecados (Heb. 9, 15). No es que la ira de un Dios vengador exige tal inmolación: es cuestión de la necesidad de reparar la desobediencia condenadora del viejo Adán con la obediencia justificadora del nuevo Adán (Rom. 5, 18-19); se trata de ser Jesús el Siervo profetizado en Is. 53, 11-12 que dice: «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre, porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.»

Dejan claro la profecía y el Nuevo Testamento que el esplendor de la exaltación supone la oscuridad de la humillación, que el monte indica caminar cuesta arriba, que para llevar a cabo plenamente lo previsto en la transfiguración, hay que bajar de la montaña alta. Uno no puede detenerse, como nos advierte san Vicente de Paúl, en la compostura recogida, los grandes sentimientos o los dulces coloquios; uno tiene que trabajar duro (XI, 733). Este misterio pascual es, desde luego, difícil de comprender, por tanto mejor que no se cuente hasta que se manifieste innegable al final. Pero no deja de ser tremendo y fascinante, de modo que con susto dice uno: «¡Qué bien se está aquí!» (cf. Is. 52, 14-15).

Lo tremendo obviamente es responder: «¡Aquí estoy!». Pero lo fascinante es la misma respuesta. Lo tremendo es que así contesta a Dios Jesús, como la palabra humana debida, entregándose por los pecadores y oprimidos. Lo fascinante es que así responde Jesús, como palabra divina, a los que claman y gritan al Señor, oyendo ellos mismos el clamor y el grito de los pobres (Is. 58, 6-9).

Tiene realmente razón san Vicente en eso de dejar a Dios por Dios (IX, 297, 725, 1081, 1125). Si una persona deja la misa para decirle al pobre que está a la puerta: «¡Aquí estoy!», a la misma persona se le dirá lo mismo. Ella será partícipe de verdad del único sacrificio que vale—esté ella dentro o fuera de la iglesia—y del sacerdocio del que, entregando su cuerpo y derramando su sangre, garantiza que aquí esta él, el pan y la bebida de vida, el nutrimento que provee el Señor para quienes le dicen: «¡Aquí estoy!», y a los cuales les dice él también: «¡Aquí estoy!».