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	<title>FAMVIN Noticias</title>
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	<description>El sitio en español de FAMVIN</description>
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		<title>La historia de los pobres según san Vicente</title>
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		<pubDate>Tue, 22 May 2012 05:49:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando  estudiaba Teología siendo seminarista, uno de los teólogos más po­pulares, que tenía una gran influencia y que leíamos con frecuencia, era el alemán Karl Rahner. Nosotros, estudiantes, bromeábamos diciendo que Karl Rahner ex­plicaba en la primera parte de todos sus artículos lo que no iba a hacer. Esta mañana, yo quisiera utilizar la misma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://famvin.org/es/files/2012/05/corazon.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5857]"><img class="alignright size-full wp-image-5858" src="http://famvin.org/es/files/2012/05/corazon.jpg" alt="" width="270" height="300" /></a>Cuando  estudiaba Teología siendo seminarista, uno de los teólogos más po­pulares, que tenía una gran influencia y que leíamos con frecuencia, era el alemán Karl Rahner. Nosotros, estudiantes, bromeábamos diciendo que Karl Rahner ex­plicaba en la primera parte de todos sus artículos lo que no iba a hacer. Esta mañana, yo quisiera utilizar la misma técnica, diciéndoles lo que no voy a hacer.</p>
<p>No voy a describir las diferentes clases de pobres de quienes san Vicente y santa Luisa se ocuparon en su tiempo. Los enfermos, los hambrientos, los huérfanos, los esclavos, los enfermos mentales, los heridos y todos los po­bres que lo fueron en tiempos de san Vicente por las mismas razones que hoy: estructuras injustas, prejuicios, guerra, hambre, enfermedad, codicia y egoísmo continúan llenando el mundo de pobres. Estudiar estas estructuras y la manera de cambiarlas merecería la pena para todos nosotros, pero no lo voy a hacer ahora.</p>
<p>No voy a hablar de los medios variados y creativos con los que san Vicente respondió a la pobreza de su tiempo, ni de los diferentes grupos que formó para responder a ella con sus dones respectivos. Es un estudio que también vale la pena, pero no es la tarea que me he propuesto hoy.</p>
<p>No voy a analizar el carisma administrativo de san Vicente y cómo aprendió a organizar y a financiar tantos servicios y &#8216;&lt;ministerios» diferentes estable­cidos por él y sus compañeros. Como en muchos otros sectores, la atención y la disciplina de san Vicente en estos asuntos pueden ayudarnos a orientar bien nuestro trabajo, pero no es ésta mi finalidad.</p>
<p>Todas estas posibilidades son muy importantes e instructivas y formarán parte de sus reflexiones durante estos días, pero no es éste mi objetivo.</p>
<p>Al reflexionar en la estructura general y en el enfoque de su trabajo, he pen­sado fijarme en lo fundamental. Mi objetivo es poner de relieve los elementos más importantes que definen para mí, para nosotros, la visión de san Vicente de Paúl sobre el servicio a los pobres. Es la vuelta a las fuentes de nuestro carisma. No voy a decir nada nuevo. Las invito solamente a examinar, juntamente conmigo, los valores fundamentales que caracterizan nuestro carisma tal como lo vivió san Vicente de Paúl y tal como debe vivirse hoy:</p>
<ul>
<li>Cristo está presente en el pobre.</li>
<li>La responsabilidad de atender a los pobres puede y debe compartirla toda la comunidad cristiana.</li>
<li>El pobre debe ser servido y respetado como individuo.</li>
<li>El servicio a los pobres es una experiencia que nos enriquece humana y espiritualmente y que perfecciona nuestro ser humano y espiritual.</li>
</ul>
<p>Mi estilo de presentación es más personal que profesional, más familiar que el de una conferencia; más que dar información, invita a la participación. Les propon­go volver a examinar conmigo algunos de los fundamentos de nuestro carisma y a profundizar en ellos en vez de a acumular más información sobre dicho carisma. Por esta razón, mi estilo va a ser sumamente sencillo: hablaré de cosas ya bien conocidas, contaré historias y pondré ejemplos caseros. Quisiera centrarme en algunos elementos que considero esenciales para nosotros.</p>
<p>Y contarles historias será mi técnica.</p>
<p>Las historias permiten decir la verdad que va más allá de los simples hechos. Captan la atención sobre el sentido de los acontecimientos y de las personas, más que sobre los detalles. Nada hay que capte más la atención y que avive la imaginación de las personas que una buena historia cuidadosamente relatada. Lo mismo que una pieza de música se puede escuchar una y otra vez, o un objeto de arte puede visitarse varias veces, así una buena historia tiene una belleza y una significación que requieren reflexión y aplicación posterior. Las historias ofre­cen al narrador una libertad que le permite ser inventivo y creativo en sus des­cripciones para darles un verdadero significado. Y las historias nos invitan a entrar en las situaciones, a asumir diferentes papeles y a aprender mediante esa par­ticipación. Unas veces podemos ser el príncipe o la princesa y otras la hechicera o el lobo.</p>
<p>Uno de los modos de ver la Sagrada Escritura es considerarla como una Historia Sagrada. El Antiguo Testamento está lleno de historias: de la creación y de la gracia, del pecado y de los distintos caminos escogidos por Dios para su pueblo elegido. En el Nuevo Testamento reconocemos que Jesús tenía un don excepcional de narrador. Las parábolas de Jesús son historias breves pero llenas de significado; los acontecimientos de la vida de Jesús son historias que nos hablan de El y de su doctrina. Las historias nos incitan a conocer a Jesús y su camino, las historias tienen un poder enorme.</p>
<p>A los niños les encantan las historias. Les gusta oírlas y volverlas a oír una y otra vez sin cansarse. Para ellos, la historia es siempre fuente de alegría y se aprende y refuerza la misma lección en cada relato. ¡Pobre del que cambie una sola palabra del cuento conocido de memoria por el niño que escucha!</p>
<p>Pero, al crecer perdemos a veces esta capacidad de escucha. Para quienes conocen bien la Biblia —o que piensan conocerla— es difícil escuchar una historia ya muy conocida. Una vez que escuchamos el principio de la lectura, inconcien­temente dejamos a veces de escuchar. Reconocemos la historia de la Creación, la de Jonás, de la oveja perdida, y entonces prestamos poca atención. Es un problema serio; al dejar de escuchar, la historia deja de aportarnos sorpresas y nuevos desafíos y de abrir nuevos horizontes. Es un situación terrible. Nuestra fe ha envejecido. Conocemos las palabras pero hemos congelado su sentido. Para subsanar esta situación hace falta especial cuidado y mucha atención. Lo mismo que ocurre con la Sagrada Escritura puede ocurrir con las historias de nuestra herencia vicenciana.</p>
<p>Nos reunimos durante estos días como miembros de la Familia Vicenciana y como miembros que sirven en nuestras Comunidades como Ecónomos. Me pare­ce que debiera yo decirles hoy algo nuevo, algo que les impresionara y que reordenara su forma de pensar sobre la gestión económica de san Vicente; pero me resisto a esta tentación. Somos miembros de una misma Familia, tenemos las mismas tradiciones y compartimos muchas de ellas. Al estudiar el programa veo que hemos llegado a lo que atañe a nuestra tradición. Es ahora cuando hemos de volver a las historias de los orígenes y dejar que nos hablen como por primera vez. Allí es donde encontramos nuestras raíces y nuestra inspiración. No es para en­cerrarnos en el pasado sino para sugerir orientaciones para el futuro.</p>
<p>Y en las historias bien conocidas de nuestra herencia, quizá podamos descu­brir muchas luces. Escuchémoslas con apertura y avidez que favorezcan la sor­presa, la alegría y el deseo de un nuevo compromiso.</p>
<h2><strong>1. Cristo presente en el pobre</strong></h2>
<p>La historia de la conversión de san Pablo de Tarso nos ofrece un buen punto de partida. Recordarán que Pablo era un feroz perseguidor de la comunidad cristiana. No debemos suponer que esto se debía a que no comprendía la fe de los cristianos. No era ese el caso. Conocía las creencias de Israel, pero no veía que las enseñanzas sobre Jesús de Nazaret iban en esta línea. Mas, cuando encuentra a Jesús en el camino de Damasco, todo cambia. Pablo no recibió más información que la de que Jesús está vivo, que ha resucitado de entre los muertos. Al comprender esto, cambió su conocimiento de Jesús y sus creencias anteriores. Así, todas las enseñanzas de Israel cobraron un significado más nuevo y más profundo; ahora toda la información que tenía acerca de Jesús de Nazaret la veía con una nueva luz. Pablo sabía que los cristianos creían y predicaban que Jesús había resucitado de entre los muertos, ahora también él lo creía y en ello radica toda la diferencia. Esta certeza cambió todas las demás cosas en las que creía y la forma de orientar su vida. Pablo proclamará incesantemente que Jesús vive y dará su vida por esta Verdad. La visión del camino de Damasco fue una expe­riencia luminosa para Pablo, pero necesitó años para comprender su pleno signi­ficado para él mismo y para su ministerio. Fue conociendo progresivamente lo que el Señor le pedía. Como Cristo estaba presente entre los cristianos perseguidos, Pablo se mantendría a su lado con el fin de estar más cerca de Cristo.</p>
<p>Vicente tuvo una experiencia paralela. Quizá no un encuentro deslumbrante pero no por eso menos eficaz. Supo que Jesús está presente en el pobre y que por eso ellos son nuestros <em>«Amos y señores». </em>Esta visión de Cristo en los pobres nos la demuestran muchos pasajes de los Evangelios y es una creencia a la que los cristianos siempre han prestado atención. La gran diferencia para san Vicente es que él lo creyó realmente. Esto es lo más importante. Para él esto fue más que una declaración de fe cristiana, fue el principio que guió toda su vida y su ense­ñanza. Es imposible pasar esto por alto. En la historia de san Vicente es el punto de partida para comprender lo que él fue. Creía que Cristo está presente en el pobre. Era la fuente de todas sus acciones y lo que le permitía poner todo en marcha para el servicio.</p>
<p>¿Es ridículo insistir en este punto esencial de la conversión de san Vicente? Quizá, pero para mí es un punto esencial de su carisma. Ver a Cristo en el pobre es una gracia especial, pero para san Vicente no fue una iluminación repentina como la experiencia de Pablo. No, esta luz vino, al parecer, gradualmente, pero no fue menos profunda. Como normalmente ocurre en la vida de san Vicente, no hay nada de milagroso en esta visión. Es una gracia que le fue concedida, lo que es válido para nosotros también, que no hemos tenido encuentros milagrosos.</p>
<p>¿Fue el mensaje del Evangelio o los encuentros frecuentes con los pobres los que le ayudaron en este esclarecimiento? ¿Qué es lo que permitió a san Vicente ver a Cristo, no solamente en el pobre que se humilla en confesión y en los huérfanos abandonados a su triste suerte, en los enfermos sin ayuda, sino también en el po­bre arrogante, ingrato o en los galeotes de corazones endurecidos por su sufrimien­to sin esperanza? ¿Para nosotros es tan fácil ver a Cristo en los pobres reunidos a la entrada de nuestro patio, o en los rincones de las calles o en el metro? La visión de Cristo en los pobres no puede ser sólo una cuestión de conocimiento intelectual o de una verdad aceptada en la fe, sino algo que vibre en nuestros corazones, en nuestra voluntad, en nuestras manos. Es una gracia que hay que pedir y aceptar cuando se nos da. Vicente habla de ello a sus hijas con energía:</p>
<p>«Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a El mismo» (Conf. Esp., n.° 414 &#8211; Conf. 13-2-1646).</p>
<p>Para nosotros, nuestra dinámica no consiste simplemente en ver si Cristo está presente, sino en saber que Cristo está allí y encontrarlo, y habiéndole encontrado, servirle. La parábola del juicio final, a la que san Vicente alude con frecuencia, ilustra bien este tema. A los que estén a su derecha, el Señor les dirá que tuvo hambre, que tuvo sed, que estuvo preso, desnudo y enfermo y cómo ellos le socorrieron; ante su asombro, Jesús les responderá: «cuando lo hicisteis con el más pequeño de los míos, a Mí me lo hicisteis». A los que estén a su izquierda, les hablará de esta misma presencia y de su omisión en asistirle; éstos se extra­ñarán también y escucharán la misma respuesta: «fue a Mí a quien no lo hicisteis». Observen que ninguno de los dos grupos reconoció la presencia del Señor, pero uno ayudó a los necesitados y al hacerlo sirvió al Señor sin reconocerle, mientras que el otro no hizo nada y con ello ignoró al Señor. Esta imagen hablaba fuerte­mente al corazón de Vicente.</p>
<p>La convicción personal de san Vicente, de la presencia de Cristo en el pobre es de un valor inapreciable y piedra fundamental para nosotros. Comprender esto en la vida de san Vicente es comprender el carisma del Fundador y su visión del pobre.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Supongamos que el Señor se revela a ustedes un día —en una visión, un sueño o una voz inconfundible y les dice simplemente: <em>&#8216;&lt;Estoy presente entre vosotras, </em><em>en medio de los pobres» </em>y nada más. ¿Qué diferencia causaría esto en la forma de vivir su servicio? ¿La entenderían como una acusación o como una afirmación? ¿Encontrarían su servicio inadecuado? ¿Se comprometerían de una manera nue­va? ¿Qué quisieran decir a sus hermanos y hermanas a este respecto? ¿Piensan ustedes que podrían comprender mejor por qué insisten tanto en ello san Vicente y santa Luisa?</p>
<h2><strong>2. Trabajar juntas al servicio de los pobres</strong></h2>
<p>Veamos una historia que me contaron cuando era niño. No es bíblica ni vicen­ciana. Quizá la conozcan o quizá no. En todo caso, voy a contársela: El título es: «Una sopa de piedra», he sabido después que se trata de un cuento antiguo. Es una historia de niños pero no necesariamente para niños. Voy a resumirla:</p>
<p>“Se trata de una ciudad en la que la gente es pobre. Cada persona guarda el alimento que tiene y atiende sólo a sus propias necesidades. Llega un día un extranjero a la ciudad y la gente le dice que se marche porque no hay comida para él en esa ciudad. El extranjero les dice que no necesita su comida. Saca una piedra de su bolsa y dice que con esa piedra hará sopa de piedra. Capta inme­diatamente la atención de la gente que quiere conocer este secreto. Así que, el extranjero les dice que necesita un puchero, agua y algo de leña para hacer fuego. Una persona le trae el puchero; otra saca agua del pozo y una tercera trae parte de su leña para que el extranjero pueda hacer su sopa de piedra. El pone el agua y la piedra en el puchero y enciende el fuego, se sienta y espera a que la sopa de piedra esté lista. La gente espera también con impaciencia. Después de un rato, el extranjero dice que para cambiar, es bueno añadir a la sopa de piedra unos cuantos huesos de jamón curado. Uno de los vecinos de la ciudad dice que él los tiene, los trae y los echan en el puchero. Unos minutos más tarde, el extranjero dice que en algunos lugares él ha añadido una patata, una zanahoria o una cebolla a la sopa para darle algo de color. Y rápidamente, la gente saca de sus escondites unas cuantas patatas, zanahorias y cebollas que se cortan y se echan en la sopa. Y el cuento continúa como todos los cuentos. Poco a poco, cada uno contribuye con algo a la sopa, y cuando está preparada, todo el mundo toma algo de esa sopa tan sustanciosa hecha con una piedra».</p>
<p>La moraleja del cuento necesita poca explicación. Es un cuento que enseña a la gente a compartir y a aprender que cuando se coopera, se puede conseguir mucho y se puede atender a las necesidades de todos. Esta realidad aparece en los Hechos de los Apóstoles en la primera comunidad cristiana y encuentra ecos en la descripción de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. También es una historia que creo que Vicente de Paúl encontraría aceptable.</p>
<p>Un paralelo con esa historia podría encontrarse en la experiencia de Vicente en Chatillón. Una historia que está en el origen del alma vicenciana y que nos resulta familiar a todos. Los hechos, como Vicente los describe, son sencillos:</p>
<p>«Un domingo, mientras me revestía para la santa misa, me dijeron que a un cuarto de legua, en una casa aislada, todos estaban enfermos, sin que ninguno pudiese atender a los demás, y que todos estaban en una necesidad indescriptible. No tuve más que decirlo en el sermón, cuando Dios movió los corazones de los que me escuchaban, y se compadecieron profundamente de estos pobres afligidos».</p>
<p>San Vicente ve entonces cómo la gente ha respondido con generosidad a las necesidades de la familia y se da cuenta de que el presente está solucionado, pero ¿y el futuro? Hace falta una organización para atender las necesidades de manera sistemática. Así que comienza las caridades para socorrer a las personas necesita­das que de otra manera no se podrían solucionar si fuesen individuos aislados.</p>
<p>Esta manera de socorrer las necesidades de los pobres reuniendo a la comu­nidad cristiana en el servicio, fue un truco aprendido en Chatillón, pero que de­mostró ser válido en otros lugares y en numerosas situaciones y llegó a ser dis­tintivo de la respuesta vicenciana a la necesidad de los pobres:</p>
<ul>
<li>ofrecer una ayuda organizada,</li>
<li>compartir el peso con la comunidad cristiana para que nadie estuviera sobrecargado,</li>
<li>dar de una forma digna,</li>
<li>buscar soluciones para que los pobres sean más independientes y para que contribuyan a su propio bienestar.</li>
</ul>
<p>Un resumen escrito por el Padre Desmoulins (Superior del Oratorio de Macon) ilustra esta práctica:</p>
<p>«Los pobres enfermos serán ayudados con alimento y medicinas, como en los demás lugares en donde se ha establecido la Confraternidad de la Caridad. Todo este trabajo ha comenzado sin subvención pública, pero el señor Vicente estaba tan acostumbrado a organizar las cosas, que los socorros vinieron regularmente. Fue un éxito. Uno dio dinero, otro comida, cada uno según sus posibilidades. Más de trescientos pobres en total fueron alojados, alimentados y cuidados. Después de proporcionar la primera ayuda, el señor Vicente dejó la ciudad».</p>
<p>La «sopa de piedra» mejora a medida que se añaden nuevos ingredientes y todos quedan bien alimentados. Vicente trajo la piedra y otros dieron su tiempo, dinero, alimentos, albergue y servicio, e incluso el regalo de la dedicación de toda una vida. Vicente promocionó la caridad de los demás. Nosotros somos los here­deros de su receta.</p>
<p>Vicente enseña a la gente a hacer esta «sopa de piedra». A cada uno se le pide que contribuya de acuerdo con sus posibilidades y su estado de vida y de esta manera se solucionan las necesidades de los pobres. Pero esto sólo es posible porque las personas confían en Vicente. El cree en la «sopa de piedra», y por eso todos aprenden a creer en ella. El ve a Cristo en el pobre; los que se unen a él aprenden a aceptar su visión y unos pocos afortunados aprenden a tener ellos mismos la misma visión. Algunos aprenden incluso a hacer «sopa de piedra».</p>
<p>Deberíamos resaltar aquí especialmente lo que subyace en el corazón de esta práctica. No es sólo que Vicente sea un orador persuasivo, o un buen organizador, sino que reconoce que toda la comunidad cristiana es responsable de las nece­sidades de los pobres. Sólo cuando la comunidad aprende a actuar con unanimi­dad se pueden solucionar estas necesidades y los pobres pueden ser servidos. Y es beneficioso, no sólo para los pobres, sino también para aquéllos que contri­buyen y sirven.</p>
<p>Otro punto que podemos considerar aquí es el tema de la Asamblea General de la Congregación de la Misión, celebrada el verano pasado: «La Familia Vicenciana y el desafío de la misión para el nuevo milenio». El P. Maloney, sor Elizondo y las demás autoridades de la Familia Vicenciana han conseguido un conocimiento más claro, durante estos últimos años, del bien que se puede hacer a los pobres cuan­do colaboran las ramas de la familia. Es un tema que nos puede interesar a todos.</p>
<p>A veces, puede parecer que obligamos a la gente, cuando pedimos su ayuda de tiempo, dinero o esfuerzo para el servicio a los pobres, pero me parece que tanto el Evangelio como san Vicente lo considerarían la oportunidad de dar una gran felicidad a una persona y a la comunidad. Están sirviendo a Cristo y haciendo un importante trabajo cristiano. Es algo que la gente debiera buscar y luchar por hacer y debiéramos estar agradecidos de poder ofrecerles la oportunidad de realizarlo. Más que sentirnos culpables o avergonzados de pedir el tiempo, el dinero o el esfuerzo de la gente, deberíamos estar contentos de ofrecerles la oportunidad de hacer lo que proporciona alegría a los demás y que lleva al que da más cerca de Cristo.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Como miembro de la Familia Vicenciana, ¿cómo puedo hacer «sopa de pie­dra» sabiendo que no sólo es dar vida a los pobres, sino también a aquéllos que aportan los ingredientes necesarios? Dado que las necesidades de los pobres del mundo son cada vez más acuciantes, ¿cómo podemos responder mi Provincia y yo con más fuerza a esta necesidad, cooperando con la Familia Vicenciana? ¿Soy capaz de reconocer que, a veces, la Evangelización se lleva a cabo a través de la inspiración y de la organización más que a través del activismo? ¿Qué historias y experiencias vivencianas me hablan de esta necesidad? ¿Cuál es la piedra que nosotros aportamos?</p>
<h2>3. <strong>La importancia de la persona</strong></h2>
<p>Permítanme contarles otra historia que tiene un sabor más casero:</p>
<p>«Un día, una mujer estaba muy ocupada cuando su hijo quería a toda costa jugar con ella. La mujer buscó cualquier cosa para darle al niño y que se distrajese, y encontró una revista. En la revista había un dibujo grande del mundo y la mujer cogió las tijeras y cortó el dibujo, luego lo cortó en trozos. Pensó que esto man­tendría al niño ocupado un rato. Sin embargo, al cabo de unos momentos, el niño reapareció con el rompecabezas completo y la mujer se sorprendió. Preguntó al niño: &#8220;¿Cómo lo hiciste tan pronto? Eres demasiado pequeño para saber cómo es el mundo&#8221;. Y el niño respondió: &#8220;Bueno, en la otra cara de la hoja que me diste había un dibujo de una persona, formé la persona, y luego cuando le di la vuelta, el mundo estaba en su lugar».</p>
<p>Aunque no es precisamente una lección de Aristóteles, la moraleja es clara: el mundo sólo tiene sentido cuando uno se concentra en la persona. Uno no puede socorrer al mundo entero a la vez, sino sólo a un individuo; pero en ese individuo se resume todo el mundo y Cristo está presente en él.</p>
<p>En una de sus conferencias, san Vicente usa una imagen parecida:</p>
<p>«No debemos considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según las apariencias de su espíritu, dado que, con frecuencia, no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis, con las luces de la fe, que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre&#8230; ¡Oh, Dios mío, qué hermoso sería ver a los pobres considerándolos como hijos de Dios y con el aprecio en que los tuvo Jesucristo!» (Síg. XI/4, pág. 725).</p>
<p>Yo considero esto como otra característica de la cercanía de san Vicente a los pobres: el énfasis que pone en la persona y en la presencia de Cristo en cada pobre individualmente. San Vicente no se quedó sólo en la respuesta institucional ante la pobreza. Sus conferencias y sus cartas están llenas de referencias a la manera personal con que uno tiene que socorrer las distintas necesidades de los pobres que encontramos y la relación que debemos mantener con ellos al servir­les. Vicente entra a veces, en sus instrucciones, en detalles delicados para aque­llos que vayan a visitar a los pobres, y habla no sólo de lo que debe hacerse, sino de la actitud que se ha de tener hacia la persona.</p>
<p>Hermanas, es difícil no quedar atrapadas en el «juego de los números» que forma parte de la manera de pensar en nuestro mundo. Yo siento la tensión en mi vida de varias formas. Si sé que voy a pronunciar una homilía y van a asistir sólo cinco personas allí, no hago mucho esfuerzo al prepararla. Si va a haber 500, realmente trabajaré con más profundidad (según esa escala se pueden adivinar el trabajo que me supone hoy mi conferencia). Y no es sólo en el área de los números en donde esta actitud es evidente. A veces, también depende del valor que damos a los individuos. Ustedes o yo, apenas nos perderíamos la oportunidad de hablar o hacer algo por alguien de influencia, pero podría suceder que dejá­semos marchar al pobre, que realmente quisiera unos momentos de nuestro tiem­po. Vicente nos dice que todos quieren hablar con el obispo, pero ¡cuánto más importante para nosotros es querer hablar y servir a los pobres, que representan a Cristo, como a nuestros señores y maestros!</p>
<p>Hay quienes dedican toda su vida a cuidar a una persona —a un niño enfermo, a la esposa, a un padre anciano, a un amigo—. ¿Qué valor tiene esa vida?</p>
<p>Para S. Vicente cada persona es única. Se sirve a las personas de una en una y no en masa. Las organizaciones e instituciones son importantes e incluso esenciales, pero si se pierde el valor de la persona, se pierde también el valor cristiano. Dios no nos llama como grupos o números sin nombre, sino como per­sonas únicas. Vicente sabía esto y quiso enseñar esta disciplina a sus colabo­radores y seguidores: la presencia de Cristo tiene que ser valorada en cada persona.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Mi ministerio y servicio/visión de los pobres ¿tiende a lo numérico e institucio­nal? ¿Me guío más por los números que por la experiencia, por la eficacia más que por la empatía? En mi deseo de contar «con números elevados», ¿pierdo a veces de vista la importancia de la persona? ¿Olvido a veces la doble cara que tiene mi moneda: los pobres a quienes sirvo por un lado y el Hijo de Dios por el otro? ¿Qué historias/experiencias vicencianas me muestran el valor de la persona?</p>
<h2><strong>4. Santidad personal por medio del servicio</strong></h2>
<p>El servicio a los pobres es una escuela de virtud. Permítanme invitarlas a volver conmigo a una de las historias más fundamentales de san Vicente: la de Folleville. Es una historia bien conocida por cada uno de nosotros y se la considera frecuen­temente como punto de partida en el cambio de vida de san Vicente. Las circuns­tancias son sencillas. Llaman a Vicente a la cabecera de un moribundo, en tierras de los Gondí. Vicente oye su confesión y se da cuenta del pecado grave en el que este hombre ha vivido. Entonces Vicente se ve animado o se anima a sí mismo— a predicar una misión en todas esas tierras. Y éste es el comienzo.</p>
<p>¿Qué ha ocurrido? Vicente ha respondido a una necesidad; ha visto que, a través de su ministerio, un hombre ha sido liberado de su pecado. El hombre se salva, pero quizá, en el mismo acto, Vicente también. Todas las cosas que él ha aprendido en el seminario vienen ahora a fructificar en este encuentro. Reconoce su propia capacidad y la forma en que él puede solucionar las necesidades, se transforma y se salva no menos que el hombre que ha confesado.</p>
<p>El servicio a los pobres nos empuja a examinar nuestras propias «virtudes» y nuestro compromiso en la forma de vivir nuestra vida cristiana y vicenciana. Los pobres nos confrontan con la realidad. Vicente habló repetidamente a sus colabo­radores y seguidores de su experiencia y de lo que requiere el trabajar al servicio de los pobres. A veces sus palabras parecen incluso duras, pero es porque no quiere que la gente deje de ser realista. Las circunstancias que hacen pobres a los necesitados y que los mantienen pobres son, con frecuencia, injustas y des­humanizantes, y eso influye en la forma en que ellos viven y reaccionan. Vicente sabía esto y fue en esta realidad en la que quería que sus seguidores creciesen en virtud y dedicación.</p>
<p>Podemos hablar de caridad y de lo maravillosa que es, hasta cansarnos. Podemos cantar el himno de Pablo al amor, en Corintios 1.13, pero cuando el amor lleva una cara sucia e intenta meter su mano en nuestro bolsillo, podemos decepcionarnos. Podemos hablar de generosidad con sus características maravi­llosas, hasta cansarnos, pero cuando nos exige constantemente nuestro tiempo, podemos fallar. Podemos hablar de paciencia, pero al hacerlo, por centésima vez, puede resultar pesada. Podemos hablar de perdón hasta extasiarnos, pero cuan­do la gente nos ataca, nos juzga y nos utiliza, nos sentimos heridos. El trabajo con los pobres nos obliga a confrontar nuestras virtudes con las suyas; pone con claridad delante de los ojos nuestras debilidades. Podemos volver del servicio a los pobres desanimados cuando el ideal se encuentra con la dura realidad.</p>
<p>Y podemos refugiarnos en el apoyo de la oración y de la comunidad, tendemos a ello.</p>
<p>Esto no es para descorazonarnos, sino para animarnos —forzarnos a cam­biar— a la conversión. La experiencia de ver nuestras palabras transformadas en acciones es gratificante; la experiencia de ver nuestras palabras cambiadas en fallos es una experiencia de crecimiento. Examinamos lo que hemos hecho, y vemos cómo podemos cambiar, adaptarnos, crecer. Santiago habla de la Sagrada Escritura como de un espejo. Nuestra experiencia con los pobres puede ser tam­bién un espejo. Nos deja ver el verdadero retrato de nosotros mismos y nos desafía a ver quiénes somos y lo que podemos llegar a ser.</p>
<p>Piensen cómo un niño consigue lo mejor de la gente. Los niños no son las personas más fáciles de complacer a veces. Exigen de la familia mucho tiempo, dinero y paciencia. Pero también logran que salga a la luz lo mejor de las perso­nas: bondad, paciencia, generosidad y amor. Los pobres se les parecen en algo. Sacan al Cristo que llevamos dentro, a nuestra vida consagrada, bajo las formas de virtudes y compromisos. Y al hacerlo, nos prestan un gran servicio que es por lo menos tan significativo como cualquier servicio que podamos prestarles. Cada uno ayudamos al Señor. Vicente observó:</p>
<p>«&#8230;Dios ha prometido un premio eterno a aquellos que den un vaso de agua a un pobre; no hay nada más verdadero, no podemos dudarlo; y esto es para vosotras,</p>
<p>hijas mías, una gran razón para la confianza, porque si Dios promete una eterni­dad feliz a aquellos que dan sólo un vaso de agua, ¿qué no dará a la Hija de la Caridad que ha dejado todo y que le hace una ofrenda de sí misma para servirle todos los días de su vida? ¿Qué le dará? ¡Oh!, ni se puede imaginar. Ella tiene buenas razones para esperar ser del número de aquellos a quienes El dirá: &#8220;Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino que ha sido preparado para vosotros&#8221;.</p>
<p>&#8230;los pobres que han sido asistidos serán sus intercesores ante Dios; vendrán en multitud a su encuentro y dirán a nuestro buen Dios: &#8220;ésta es, Dios mío, la que nos ayudó por tu amor; ésta es, Dios mío, la que nos enseñó a conocerte&#8230; He aquí, Dios mío, la que me enseñó a esperar en Ti; ésta es la que me enseñó tu bondad a través de la suya&#8221;».</p>
<p>Así, el servicio a los pobres es un impulso para continuar la conversión, porque nos pone en una actitud que nos conduce al Señor. Vicente llamaba a los pobres «Nuestros amos y señores». Sí, y son también nuestros maestros, guías y exami­nadores. Pueden sacar de nosotros lo peor y lo mejor, y así es como debe ser.</p>
<h2>Preguntas para la reflexión</h2>
<p>¿Cómo nos sentimos al permitir que los pobres nos lleven hacia la perfección, desafiándonos en la manera de utilizar nuestros recursos, desafiándonos a que rehusemos el ir por caminos fáciles y exigiéndonos la práctica de la virtud heroica? ¿Qué clase de historias vicencianas puedes contar sobre las formas en las que el servicio a los pobres ha sacado lo mejor y lo peor de ti? ¿Ves que el camino del Señor te conduce a ti y a tu Provincia a través de los ghetos, hospitales y barrios pobres de tu país y de este mundo?</p>
<p>Termino. Como dije al principio, no iba a ser una visión exclusiva expresada en una conferencia aprendida. Mi deseo ha sido reflexionar con ustedes sobre algu­nos de los elementos fundamentales de nuestro carisma como yo los entiendo e identifico en la historia de nuestro Vicente de Paúl y en otras historias. Las ideas son sencillas:</p>
<ul>
<li>Cristo está presente en el pobre,</li>
<li>el servicio a los pobres es responsabilidad y privilegio de todos los cristia­nos,</li>
<li>se debe servir y valorar al pobre como persona única,</li>
<li>el servicio a los pobres es nuestro camino de salvación.</li>
</ul>
<p>Hoy les invito a ustedes a reflexionar en estos elementos que nos hacen ser lo que somos; a recordar nuestra historia y a volver a comprometernos, con nuevo vigor y creatividad en el servicio que es don y llamada, a través de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.</p>
<p>&#8212;-</p>
<p>Autor: <strong>Patrick Griffin, C.M.</strong>. • Fuente: <strong>Ecos 1998</strong>. <strong>• Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>San Vicente de Paúl y el Rosario</title>
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		<pubDate>Sun, 20 May 2012 05:14:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[San Vicente escribió buen número de cartas, pero ningún libro, salvo el muy breve de las Reglas Comunes. Durante 30 años habló a los misioneros casi todas las semanas, y a las Hijas de la Caridad durante 24. Éstas comenzaron muy pronto y con cuidado a tomar nota de las palabras suyas y de las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://famvin.org/es/files/2012/05/rosario1.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5844]"><img class="alignright size-medium wp-image-5845" src="http://famvin.org/es/files/2012/05/rosario1-230x300.jpg" alt="" width="230" height="300" /></a>San Vicente escribió buen número de cartas, pero ningún libro, salvo el muy breve de las Reglas Comunes. Durante 30 años habló a los misioneros casi todas las semanas, y a las Hijas de la Caridad durante 24. Éstas comenzaron muy pronto y con cuidado a tomar nota de las palabras suyas y de las Hermanas, pero entre los misioneros hubo bastante menos diligencia. Además, los archivos de San Lázaro fueron saqueados –como el resto del establecimiento- el 13 de julio de 1879. No han sobrevivido más que centenar y medio de pláticas a los misioneros, y 120 a las Hijas de la Caridad. Precisa espigar y reunir aquellas palabras.</p>
<p>En las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, san Vicente, juntamente con sus hermanos, elaboró una síntesis de la espiritualidad misionera. Fiel a Jesús, que comenzó por actuar para luego enseñar (1), san Vicente desarrolla ante todo las virtudes fundamentales, extraídas de las máximas evangélicas, y en el capítulo X expone las devociones y prácticas espirituales.</p>
<p>Recordemos que el vocablo devoción no había perdido aún su sentido fuerte, derivado de se devovere = dedicarse, darse: en el siglo XVII, y aun a comienzos del XVIII, «la devoción» no era sólo una piedad más menos sentimental, sino la consagración de todos los dominios de nuestra vida a Dios, a Jesucristo y a su santa Madre, con un deseo ardiente de honrarles y hacerlos conocer y amar; ello envolvía ciertamente la oración, pero además muchas otras cosas.</p>
<p>Comienza el capítulo X con los fundamentos teológicos: venerar y hacer que sean conocidas y amadas la Santísima Trinidad, la Encarnación y la Eucaristía. Luego, en el artículo 4º, recomienda a los misioneros la piedad para con la Virgen Santísima (2):</p>
<p><em>La misma bula (de aprobación de la Congregación) nos recomienda expresamente que veneremos también con un culto especial a la Santísima Virgen María, cosa que debemos hacer también por otras muchas razones. Nos esforzaremos en hacerlo a la perfección con la ayuda de Dios: 1º dando honor cada día con devoción singular a esta nobilísima madre de Cristo y madre nuestra; 2º imitando sus virtudes en la medida de nuestras fuerzas, sobre todo la humildad y la castidad; 3º animando con celo a los demás, siempre que se ofrezca ocasión, a que también la honren constantemente en gran manera y la sirvan con dignidad. </em></p>
<p>Se ve así cómo, para san Vicente, la fuente de toda existencia y de toda vida espiritual es la Santísima Trinidad; cómo el centro, el quicio de la relación entre Dios y los hombres es la Encarnación, Jesucristo, particularmente en la Sagrada Eucaristía, en cuanto sacrificio y en cuanto sacramento; y cómo es en unión con Jesús como veneramos a su Madre.</p>
<p>Es ésta la sólida doctrina que hallamos, en las escasas conferencias que de san Vicente nos quedan, para fundamentar nuestro amor a la Virgen Santísima. Tiene como base el puesto que Nuestra Señora ocupa en el plan de Dios, puesto a la vez muy humilde y muy importante: ella es la escogida de Dios para ser la madre del Salvador y la sierva del Señor, como es «el siervo del Señor» Jesús. Nuestra Señora aparece siempre unida a su Hijo, de modo igual a como su Hijo espera de nosotros que la tomemos por intermediaria. En cuarto lugar, pues, Vicente tenía una gran devoción a Nuestra Señora. Casi todas las veces que glosa una virtud, nos remite, después del ejemplo de Jesucristo, al de la Virgen María, y nos exhorta a pedir virtudes y gracias por su intercesión. Por otra parte, Vicente se mantiene siempre muy doctrinal, sin perder de vista la práctica concreta del servicio. Por ejemplo, como dice el 14 de febrero de 1659 (3), María fue quien mejor ejercitó las máximas evangélicas:</p>
<p><em>Llenemos de ellas (de las máximas evangélicas) nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia. Recemos a los apóstoles, que tanto las amaron y tan bien las observaron; recemos a la santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó; recemos, finalmente, a nuestro Señor, que las ha establecido, para que nos dé la gracia de ser fieles a su práctica, excitándonos a ello con la consideración de sus virtudes y con su ejemplo (XI, 428). </em></p>
<p>No precisa más qué «servicio» se le debe prestar, dejando margen a la iniciativa y a las costumbres. Él no era dado a la multiplicación de complicadas prácticas puramente devocionales. He aquí lo que responde, hacia 1630, a Luisa de Marillac, en relación con un ejercicio mariano que ella proponía (4):</p>
<p><em>Me agrada la práctica de devoción a María con tal de que proceda Suavemente (I, 149). </em></p>
<p>Estima san Vicente que la mejor manera de servir a Nuestra Señora, lo mismo que a su Hijo, es servirla y honrarla en nuestros hermanos, imitando sus virtudes; pero aprecia grandemente el rosario, del cual forman parte los misterios, que son los de la vida de Jesús.</p>
<p>Esta entrega a la Madre de Dios, llena de confianza, aparece por primera vez el 23 de agosto de 1617, en el acta de asociación de señoras de la primera Cofradía de la Caridad, en Châtillon-les-Dombes, a orillas del Chalaronne (5):</p>
<p><em>Y porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, su Hijo, las dichas damas la toman como patrona y protectora de la obra y la piden humildemente que las proteja muy especialmente (X, 567). </em></p>
<p>Tres meses más tarde, tras elaborar juntamente con las señoras, con miras a un servicio a la vez corporal y espiritual, un reglamento bastante más prolijo, que es aprobado por el arzobispo de Lyon, Vicente aguarda, para promulgarlo en la capilla del hospital, (6)</p>
<p><em>El día ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios, del año 1617 (X, 586). </em></p>
<p>Bérulle gustaba de mostrar cómo lo que Jesús vivió, sintió, dijo, hizo, todo tiene un valor eterno que atraviesa el tiempo y permite que nos unamos a ello, para expresar lo cual empleaba el término estado. Bérulle meditaba e invitaba a meditar sobre los «estados» de Jesús. Vicente, frecuentó la escuela de Bérulle y conservó su espíritu, pero raramente se encuentra en él la palabra estado; prefiere decir misterio.</p>
<p>Ante todo, «misterio» designa en él las verdades esenciales de la fe cristiana – Santísima Trinidad, Encarnación, Redención -. Pero designa además los «estados» de Jesús, sus palabras, sus sentimientos, sus acciones. Y nos propone hacer la oración, ya sobre un «misterio» &#8211; es decir, un aspecto de la vida de Jesús -, ya sobre una virtud (7). Vicente fundamenta toda la vida espiritual sobre la contemplación de la vida, los sentimientos y las acciones de Jesús, o sea de sus virtudes, a cuya irradiación se expone.</p>
<p>Henos aquí a un paso los «misterios del rosario», que son esencialmente los de la vida de Jesús, por él vividos en María, y después con ella, que meditamos nosotros en unión de quien «meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,19).</p>
<p>Del rosario tenía Vicente estima particular. El 26 de enero de 1645 evoca el ejemplo de san Francisco de Sales (al que llama siempre «nuestro bienaventurado padre») (9):</p>
<p><em>Nuestro bienaventurado Padre (san Francisco de Sales) decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario. Lo recomendó mucho, y él mismo lo rezó durante treinta años sin faltar nunca para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa Madre, y también para bien morir. Así pues, hijas mías, rezar el rosario es una devoción muy hermosa, particularmente para las Hijas de la Caridad, que tanta necesidad tienen de la asistencia de Dios para tener esta pureza, que les es tan necesaria.(IX, 212­213). </em></p>
<p>No introdujo la obligación de recitarlo en la Reglas Comunes de la Congregación, pero en las 28 facultades obtenidas de Roma, el 22 de diciembre de 1650, para un misionero de Madagascar y transmisibles a otros, leemos que el rosario puede sustituir al breviario (10):</p>
<p><em>23. Rezar el rosario u otras preces, si no pueden llevar consigo el breviario o no pueden rezar el oficio divino por algún impedimento legítimo. (X, 385) </em></p>
<p>Una idea semejante se registra el 8 de diciembre de 1658, cuando explica el hondo valor del rosario a las Hermanas, en cuyas Reglas lo ha introducido (11):</p>
<p><em>Ya sabéis la importancia que tiene hacer bien esta oración, ya que de todas las oraciones solamente ésta, o sea el Padrenuestro, fue la que enseñó Nuestro Señor a los apóstoles; y es esta misma oración, al menos en su parte principal, la que compone el rosario. «Cuando recéis, les dijo, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, etcétera» (Mt 6, 9). Imaginémonos, mis queridas hijas, que está en medio de nosotros y que nos dice lo mismo. La otra oración de la que está compuesto el rosario es el Avemaría, que fue hecha por el Espíritu Santo. La empezó el ángel al saludar a la santísima Virgen y la continuó santa Isabel cuando fue visitada por su prima; la Iglesia añadió todo lo demás. De forma que esta oración está inspirada por el Espíritu Santo. Así pues, hijas mías, el rosario es una oración muy eficaz, cuando se hace bien… Por eso vemos a tantas almas santas unidas para alabar a Dios y a la santísima Virgen… Así es, mis queridas hermanas, como tenéis que rezar el rosario; y tenéis que tener cuidado de cumplir bien con lo mandado; es vuestro breviario. (IX, 1145-1146). </em></p>
<p>De pasada explica a las Hermanas que también los turcos tienen un rosario, y que invocan a Alá cuando lo recitan.</p>
<p>En lo que nos queda de san Vicente, no tenemos ninguna meditación de los misterios del rosario, pero de entre los 15, una porción es objeto de</p>
<p>consideraciones dispersas por varias conferencias, tal vez a propósito de otros temas. Como Bérulle, Vicente tomaba por tema de la conferencia del viernes la festividad inmediata del ciclo litúrgico. Pronuncia pláticas sobre Adviento, Navidad, Semana Santa –así pues sobre la Pasión-, Pascua. No hallamos mencionada la Ascensión, pero sí Pentecostés todos los años. Hay otras conferencias que le llevan a hablar de la Anunciación y de la Visitación, si bien nada oímos de la Asunción. Lástima, se perdió lo más, subsisten apenas raros fragmentos. Aunque sea algo artificial, veamos de ordenar la materia bajo los siguientes epígrafes:</p>
<p><strong>MISTERIOS GOZOSOS </strong></p>
<p><strong>LA ANUNCIACIÓN </strong></p>
<p>Cierto que comienza viéndola bajo el aspecto fundamental de la Encarnación, de donde su insistencia sobre la oración del Ángelus: en 1614, 1615 ó 1616, en un sermón sobre la comunión, tiene elevaciones que tocan a la Encarnación, a la preparación de la Virgen María para este misterio y a la acción del Espíritu Santo en ella. Es el primer texto espiritual de san Vicente que tenemos. Vemos allí un paralelo entre la preparación de la venida de Cristo al mundo y la de su venida a nosotros: nuestras comuniones son muy aptamente una continuación de la Encarnación (12):</p>
<p><strong>1. Preparación de la Encarnación </strong></p>
<p><em>(Dios) previó, pues, que como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que le tomase de una mujer digna de recibirle, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. (X, 43) </em></p>
<p><strong>2. Preparación de su venida a nosotros </strong></p>
<p>Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirle! ¡Cómo hemos de adornar cuidadosamente nuestra alma de las virtudes requeridas por este tan alto misterio y que podemos adquirir por la devoción! (X, 43).</p>
<p><strong>3. El sermón prosigue, demostrando la acción del Espíritu Santo en la Encarnación y la participación de todos los seres en la alegría del nacimiento del Hijo de Dios (13): </strong></p>
<p>El Espíritu santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella y escogió la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo. Los ángeles hicieron resonar los aires con sus cánticos y alabanzas, cuando vino a este mundo. San Juan le rindió homenaje, cuando estaba todavía en el seno de su madre. Los magos, que representan a la ciencia humana, contribuyeron también por su parte a su homenaje. Los pastores, símbolo de la sencillez, le mostraron también su reverencia. ¡Y qué diremos incluso de los animales irracionales! Tampoco ellos quisieron faltar a esta adoración. Y lo que es más extraño todavía, hasta las cosas inanimadas, que carecen de inteligencia, hicieron un esfuerzo en la naturaleza para alcanzarla y poder contribuir de este modo a su fe y acatamiento. (X, 43-44)</p>
<p>3. ¿Y nosotros?</p>
<p>Si Dios Padre, Hijo y Espíritu santo, si los ángeles, los niños, los hombres ilustres en dignidad y egregios en sabiduría, si los sencillos, los animales irracionales y las cosas inanimadas contribuyeron unos a prever, otros a preparar, otros a realizar, cada uno en la medida de sus posibilidades, el nacimiento del Hijo de Dios, ¿con cuánta más razón deberá el hombre prever, esforzarse y disponerse a la recepción de este mismo creador? (X, 44)</p>
<p>El 6 de octubre de 1658, Vicente nos urge a entender la importancia teológica del Ángelus, pues en él hacemos memoria de la Encarnación (14):</p>
<p>Hijas mías, se trata de una oración para dar gracias a Dios por haber venido a este mundo a encarnarse por nuestra salvación. Este es el sentido que tiene. Angelus, etcétera, quiere decir que el ángel le anunció a la santísima Virgen que habría de concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Y la santísima Virgen, después de saber la forma con que habría de llevarse a cabo este misterio, le respondió: «Bien; es Dios el que así lo quiere; yo soy la esclava del Señor; ¡que se haga en mí según su palabra! ». Esto es lo que quiere decir: Ecce ancilla. Y a continuación se dice: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto es lo que quiere decir el Angelus. Hay que tener la intención de dar gracias a Dios por ese gran misterio siempre que oigáis el sonido de la campana. IX, 1104-1105)</p>
<p>El 26 de septiembre de 1659, hablando a los misioneros sobre la manera de recitar el oficio divino, medita sobre la Anunciación y demuestra la importancia de la alabanza y sus lazos con la Encarnación (15):</p>
<p>Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: Ave, gratia plena 1: Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; Ave, gratia plena. Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. ¿Y qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reuniendo la sangre más pura de la santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y a continuación el Verbo se unió a aquella alma y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma el Espíritu Santo realizó el misterio inefable de la encarnación. La alabanza precedió al sacrificio. (XI, 606).</p>
<p>E impresionan a Vicente de manera especial la modestia, la pureza, el pudor particularmente visibles en la Anunciación –dice a las Hermanas el 25 de enero de 1643- (16):</p>
<p>Si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo. Esta modestia, mis queridísimas hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres (IX, 96).</p>
<p>Esta manera de interpretar la turbación de la Virgen no es propia de san Vicente, ni tampoco de los autores espirituales. Sólo la hallamos en la manera como diversos pintores han representado la actitud de la Virgen Santísima frente al ángel. Y es algo que nos resulta caducado… Sin embargo, las mujeres, aun siendo piadosas y hasta Hermanas, ¿se aperciben siempre de que pueden turbar a los hombres? ¡Incluso teniendo edad! Ya san Agustín las ponía en guardia contra la envanecida satisfacción que ello podría depararles. (Regla de san Agustín, (Carta 211), n. 10 en la regla de los monjes)(17)</p>
<p>De tal modo había acertado Vicente a inculcar estas virtudes en sus discípulos, que el 31 de mayo de 1648 es una Hermana quien evoca el gozo de la Virgen Madre en la Anunciación (18):</p>
<p>2.º Me he fijado en la alegría que experimentaría la santísima Virgen, al sentirse tan llena del amor sagrado del Padre y del Hijo, que había realizado en ella el misterio de la Encarnación, los actos de adoración que haría delante de Dios, la acción de gracias y la ofrenda de sí misma que ella le haría (IX, 376).</p>
<p><strong>LA VISITACIÓN </strong></p>
<p>Ve dos aspectos, uno de alabanza a Dios y felicitación a la Virgen Madre; el otro de servicio. Tratemos primero al aspecto de la alabanza.</p>
<p>Por supuesto, san Vicente comentó el Magníficat. El 24 de julio de 1655 lo parafrasea de modo muy original y dinámico (19):</p>
<p><em>¡Quiera la bondad de Dios darnos&#8230; un corazón grande, ancho, inmenso! Magnificat anima mea Dominum!: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento (de inteligencia, de comprensión) para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; &#8230; anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios (XI, 122-123) </em></p>
<p>No es la primera vez que san Vicente nos exhorta a la grandeza de miras, a la amplitud de espíritu … Por otra parte, la Visitación le lleva a glosar las virtudes de relación.</p>
<p>Este misterio debiera inspirar vastamente a alguien tan solícito del cuidado de los pobres y enfermos a domicilio, alguien que designa ese servicio con el vocablo visitar. Pero curiosamente, en los textos que sobreviven, no habla de la Visitación bajo el ángulo referido, sino sólo de las visitas a las comunidades por parte de «visitadores» o «visitadoras» que los superiores delegan, y aun de éstos no más de dos veces … No ve en la Visitación los servicios que la Virgen Santísima presta a su prima, sino la manifestación del afecto familiar, la atención dirigida a quien es objeto de la visita, que él antepone al servicio. Es una visión muy enriquecedora y que puede servir de ejemplo a todos cuantos sirven a los pobres: más que técnicos del servicio, importa el ser humildes y fraternales, o aun maternales. En 1641 ó 1642, un 19 de abril, Vicente anuncia a un misionero la visita del P. Dehorngy, que va de su parte, y añade (20):</p>
<p><em>Así pues, yo les veré por medio de él y les abrazaré por medio de él, en el amor de nuestro Señor, a quien suplico que les de a ustedes las disposiciones que tuvieron san Zacarías y santa Isabel para recibir las gracias que les trajo la visita de la santísima Virgen, y al padre Dehorgny que lo anime del espíritu con que llenó a su santa Madre (II, 207). </em></p>
<p>En julio de 1646, al explicar su papel a las Hermanas enviadas para que visiten las casas de Hermanas de París, Vicente hace referencia al ejemplo de la Visitación (21):</p>
<p><em>Hay que hacerla pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen cuando fue a visitar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad. Ella no reprendió a nadie, sino, que, con su ejemplo, instruyó a santa Isabel y a toda su familia en sus deberes&#8230; Sobre todo, guardaos de pensar que sois personas importantes, por haber sido destinadas a visitar a las otras (IX, 246). </em></p>
<p><strong>LA NATIVIDAD DE CRISTO </strong></p>
<p>En el nacimiento del Salvador san Vicente ve ante todo y muy especialmente el abajamiento. Una carta del 22 de diciembre de 1656 a Jean Martin concluye con la comunicación de los pensamientos de Vicente sobre el tema: el abajamiento del Hijo de Dios, en términos berullanos. El Hijo de Dios, por quien todo fue hecho, que da la existencia a todo ser, según enseña el prólogo al evangelio de san Juan, se hace criatura, algo que no existe por sí mismo, sino que existe por voluntad y amor de Dios (22):</p>
<p><em>Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontraremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación. Con este deseo y en su amor soy, Padre, su muy humilde servidor (VI, 144). </em></p>
<p>Bérulle habría escrito páginas para parafrasear esta meditación de Filipenses 2; Vicente se contenta con dos frases, pero a tal punto densas y repletas de consecuencias… El 15 de noviembre anterior, en la repetición de oración, Vicente había expuesto de una manera más concreta este abajamiento del Hijo de Dios para convertirse en el Salvador. El que, con 6 semanas de intervalo, le venga este mismo pensamiento en una conferencia y luego en una carta, prueba lo penetrado que estaba de sus meditaciones y cómo vivía de ellas (23):</p>
<p><em>¿Y no vemos también cómo el Padre eterno, al enviar a su Hijo a la tierra para que fuera la luz del mundo, no quiso sin embargo que apareciera más que como un niño pequeño, como uno de esos pobrecillos que vienen a pedir limosna a esta puerta? ¡Padre eterno, tú enviaste a tu Hijo a iluminar y enseñar a todo el mundo, pero ahora lo vemos aparecer de esa manera! Pero esperad un poco y veréis los designios de Dios; como ha decidido que el mundo no se pierda, por eso, en su compasión, ese mismo Hijo dará su vida por ellos. Pero, padres y hermanos míos, si consideramos por otra parte la gracia que les ha concedido a los de la compañía de librarse de este naufragio, ¿verdad que estaréis de acuerdo en que Dios protege de una manera especial a esta pobre, pequeña y miserable compañía? Esto es, padres, lo que más debe animarla a que se entregue cada vez más a su divina Majestad de la mejor manera que le sea posible, para llevar a cabo su gran obra (XI, 263-264). </em></p>
<p>¿Hay fórmula más bella para describir la misión de Jesús, que deben continuar la Iglesia y la Compañía?</p>
<p>San Vicente gusta de ver a Nuestra Señora como Virgen y Madre. Así la contempla el 7 de diciembre de 1643 en el coloquio sobre los expósitos; y ve su imagen en las Hermanas, sin por ello idealizar el servicio a los niños (24):</p>
<p><em>Pensad que sois sus madres. ¡Qué honor estimarse madre de unos hijos cuyo Padre es Dios! Y como tales, sentid mucho gusto en servirles, en hacer todo lo que podáis por su conservación. En esto, hijas mías, os pareceréis en cierto modo a la santísima Virgen, ya que seréis madres y vírgenes a la vez. Acostumbraos a mirar de esta forma a los niños, y esto facilitará la fatiga que sintáis junto a ellos, porque sé muy bien que no os faltará (IX, 137). (&#8230;) Dad gracias a Dios, hijas mías, por haber sido escogidas para una vocación tan perfecta, rogadle que os dé todas las gracias necesarias para serle fieles. Yo se lo suplico de todo mi corazón, y le pido para vosotras la gracia de imitar a la Santísima Virgen, en el cuidado, vigilancia y amor que tenía para con su Hijo, a fin de que, como ella, verdaderas madres y vírgenes a la vez, eduquéis a estos niños en el temor y amor de Dios, para que puedan con vosotras glorificarlo eternamente (IX, 144-145). </em></p>
<p>Se puede pensar en la salutación de Isabel -«dichosa la que ha creído»- en la Visitación. Texto que asociaríamos con lo que dice san Lucas, después del hallazgo de Jesús en el templo: «María meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 19).</p>
<p>El 1º de mayo de 1648, deseoso de mostrar a las Hermanas hasta dónde nos incorpora a su obra Dios, pone este ejemplo (26): “A una buena mujer que le decía, Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, Nuestro Señor respondió, Más dichosos son los que oyen mi palabra y la guardan» (27):</p>
<p><em>Ved, hermanas mías, el aprecio que nuestro Señor tiene de su palabra: confiesa que su madre es bienaventurada por haberlo llevado, por haberla escogido Dios desde toda la eternidad para ser la madre de su Hijo, una madre bendita entre todas las mujeres, que confiesa que Dios ha hecho en ella grandes cosas y que todas las generaciones la proclamarán bienaventurada 7; y nuestro Señor pone por encima de esa madre «al que escucha su palabra y la guarda» (IX, 364-365). </em></p>
<p><strong>LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO </strong></p>
<p>No he encontrado ningún pasaje en relación con este tema.</p>
<p><strong>JESÚS HALLADO EN EL TEMPLO </strong></p>
<p>Tampoco he hallado textos sobre la búsqueda angustiada de Jesús por María y José, pero podemos traer a colación pensamientos que atañen a la vida de la Sagrada Familia antes y después de ese suceso.</p>
<p>San Vicente recomendó muchas veces a las Hijas de la Caridad un método de oración que él mismo había seguramente ejercitado: consistía en contemplar a la Virgen María. Era el método según el cual oraba santa Juana de Chantal. También se encuentra en los Ejercicios de san Ignacio, nº 248, hacia el comienzo de la 4ª semana, el primero de tres modos de orar. No se comienza por considerar, de manera abstracta, tal o cual virtud de Nuestra Señora, sino su semblante, cómo se servía de los ojos, de la boca, de los oídos… Oigámosle el 2 de agosto de 1640 (28):</p>
<p><em>Una señora que he conocido se sirvió mucho tiempo de la mirada de la santísima Virgen para todas sus oraciones. Miraba primeramente a sus ojos, y luego decía en su espíritu: «¡Qué ojos tan hermosos y tan puros!; jamás los has utilizado más que para dar gloria a mi Dios (IX, 47-48). </em></p>
<p>Vuelve al tema el 31 de mayo de 1648 (29):</p>
<p><em>«¿Qué es lo que hacíais vosotros, ojos de la santísima Virgen?». Y sentía interiormente esta respuesta: «Cultivaba la modestia y me mortificaba en las cosas que pudiesen traerme algún deleite». «¿Qué más hacíais?». «Miraba a Dios en sus criaturas y pasaba de allí a la admiración de su bondad». Y volvía a empezar: «¿Qué más hacíais, ojos de la santísima Virgen?». «Me deleitaba mirando a mi Hijo, y al mirarle me sentía elevada al amor de Dios». «¿Qué más hacíais?». «Sentía mucho gusto mirando al prójimo y principalmente a los pobres». (IX, 390) </em></p>
<p>Vicente medita sobre las virtudes familiares de la Virgen Santísima. Son textos que podemos asociar con el quinto misterio gozoso, después de hallado Jesús en el templo.</p>
<p>Tiene Vicente devoción a la Sagrada Familia: la incluye en el Reglamento de los sacerdotes de las Conferencias de los Martes (30); su imagen está estampada en la parte inferior del frontispicio de las Reglas de la Congregación de la Misión; y habla muy a menudo de Jesús, Nuestra Señora y san José. El origen de esta devoción está en el aire de la época, mas probablemente también en los sentimientos para con su propia familia terrena –lo diremos de inmediato-. Y se la supo transmitir a algunas Hermanas; he aquí lo que dice una de ellas, el 1º de enero de 1644, a efectos de la cordialidad (31):</p>
<p><em>La segunda razón: he pensado en la santísima Trinidad&#8230; Con ese respeto cordial honraremos también las relaciones de san José, de la santísima Virgen y de Jesús (IX, 153). </em></p>
<p>El 18 de agosto de 1647 es la interioridad lo que contempla, el recogimiento, la unión con Dios vinculada al servicio del prójimo (32):</p>
<p><em>La santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo; pero era siempre en la presencia de Dios; y fuera de eso, permanecía siempre tranquila en su casa, conversando espiritualmente con Dios y con los ángeles. Pedidle, hijas mías, que os obtenga de Dios este recogimiento interior para disponeros a la santísima comunión del cuerpo y de la sangre de su divino Hijo, para que podáis decir: «¡Mi corazón está preparado; Dios mío, mi corazón está preparado!» (IX, 315-316). </em></p>
<p>Tema al que vuelve el 1º de mayo de 1648:</p>
<p><em>De la santísima Virgen se dice que recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía (L 2, 51). Pues bien, mis queridas hijas, si la santísima Virgen, que tenía tanto trato y comunicación con Dios, y se le descubrían los sagrados misterios sin que perdiese nunca la presencia de Dios, si con todas sus luces naturales y sobrenaturales, de las que estaba soberanamente dotada por encima de todas las criaturas, no dejaba de recoger con esmero las sagradas palabras de su Hijo, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras? (IX, 370-371). </em></p>
<p>En una conferencia entre 1634 y 1646, san Vicente mira a Jesús y habla de las relaciones con su Madre y con san José (34):</p>
<p><em>El Hijo de Dios. aunque más sabio en todas las cosas que san José y la Virgen, y aunque se le debía todo honor, no dejaba sin embargo de estar sujeto a ellos y de servir en la casa en los oficios más bajos, y se dice de él que crecía en edad y sabiduría 5. Hijas mías, este ejemplo tiene que ser un poderoso motivo para haceros mansas, humildes y sumisas (IX, 220). </em></p>
<p>San Vicente extrae sin duda esta atención a la Sagrada Familia de las propias raíces familiares. Hay en él ciertas frases duras, sobre la necesidad de desasirse de la familia para servir a los pobres, pero no nos dejemos impresionar por ellas; si uno quiere darse íntegro a los pobres, es necesaria semejante renuncia, renuncia que él mismo arrostró; pero no envuelve la repulsa del afecto, y Vicente nos dice lo mucho que el afecto le hizo sufrir. No, no renegó del amor a su familia. Le conocemos más de una confesión, así ésta, ante las Hijas de la Caridad, el 15 de noviembre de 1657, a los 76 años (35):</p>
<p><em>Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: «Señor, ¡qué felicidad la suya de poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tienen!» (IX, 937). </em></p>
<p>Sobreentiéndase: “en cuanto a mí, no pude tener esa dicha, cierto… mas ello tampoco estuvo exento de dolor”. (Continuará)</p>
<p><strong>LOS MISTERIOS DOLOROSOS </strong></p>
<p><strong>LA AGONÍA EN GETSEMANÍ </strong></p>
<p>San Vicente evoca bastante a menudo la agonía de Jesús en el huerto de los olivos. El 17 de junio de 1657, con las Hijas de la Caridad (36):</p>
<p><em>Nos basta con que Nuestro Señor nos vea y sepa que padecemos por su amor y por imitar los grandes ejemplos que él nos dio, especialmente en el huerto de los olivos, cuando aceptó el cáliz (Mt 26, 39-44) para excitarnos a la indiferencia; pues, aunque le pidió al Padre que pasase de él aquel cáliz, si fuera posible, sin que tuviera que beberlo, añadió inmediatamente que se hiciera la voluntad de Dios, demostrando que se encontraba en una perfecta indiferencia ante la vida o la muerte (IX, 871-872</em>).</p>
<p>El 6 de octubre de 1658 explica a Hermanas que no saben leer cómo meditar sobre la Pasión, lo cual es una manera excelente de hacer oración (37):</p>
<p><em>Hay que hacer lo que aquí se dice: acordarse de la pasión de Nuestro Señor en el huerto, conmoverse al considerar su tristeza y el motivo por el que se puso a hacer oración, demostrar grandes deseos de imitarle en su resignación y sobre todo rezar a Dios cuando sintáis alguna congoja. Mirad, hijas mías, no os desaniméis nunca, las que no sepáis leer; si tenéis buena voluntad, Dios os concederá el don de oración (IX, 1103). </em></p>
<p>El 7 de marzo de 1659 se dirige a los misioneros para animarles a que acepten las pruebas como expresión de la voluntad de Dios (38):</p>
<p><em>Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). (XI, 454). </em></p>
<p>En septiembre de 1658, al recordar toda la Pasión, desde la agonía hasta la cruz, Vicente hace que captemos a la vez el realismo del desamparo de Jesús, y el consuelo que obtiene de la fe (39):</p>
<p><em>Nuestro Señor, en el huerto de los olivos, no sentía más que aflicción, y en la cruz sólo sentía dolores, que fueron tan excesivos que parecía como si, juntamente con el desamparo de los hombres, también lo hubiese abandonado su Padre; sin embargo, en los estertores de la muerte y en estos excesos de su pasión, se alegraba de cumplir la voluntad de su Padre (Mt 27, 46) (XI, 365). </em></p>
<p>Entendemos que no era un regocijo muy sensible: lo que él experimentaba era angustia y desamparo; pero en el ápice del alma sentía el consuelo de saber, por la fe, que estaba en las manos del Padre, pues hacía su voluntad … He ahí el solo consuelo que también a nosotros puede cabernos, en cuanto a nosotros mismos y en cuanto a nuestros allegados.</p>
<p><strong>LA PASIÓN </strong></p>
<p>El 28 de marzo de 1659, Vicente considera la Pasión más prolijamente y en especial medita con los misioneros sobre la Cruz, en una conferencia sobre la mansedumbre, para ilustrar hasta dónde llegaba la mansedumbre de Jesús, -pues ser uno manso cuando todo va bien es fácil; pero ¿seguir siéndolo en la Cruz, entre tormentos?:</p>
<p><em>Hermanos míos, si el Hijo de Dios se mostraba tan bondadoso en su trato con los demás, su mansedumbre brilló todavía más en su pasión, hasta el punto de que no se le escapó ninguna palabra hiriente contra los deicidas que le cubrían de injurias y de bofetones y se reían de sus dolores. A Judas, que lo entregaba a sus enemigos, lo llamó amigo (Mt 26, 50). ¡Vaya amigo! Lo veía venir a cien pasos, a veinte pasos; más aún, había visto a aquel traidor desde su nacimiento, y sale a su encuentro con aquella palabra tan cariñosa: «Amigo». Y siguió tratando lo mismo a los demás: «¿A quién buscáis?», les dijo, «¡Aquí estoy!» (Jn 18,4) (XI, 480). Meditemos todo esto, hermanos míos y encontraremos actos prodigiosos de mansedumbre que superan el entendimiento humano; consideremos cómo conservó esta misma mansedumbre en todas las ocasiones. Le coronan de espinas, le cargan con la cruz, lo extienden sobre ella, le clavan a la fuerza las manos y los pies, lo levantan y hacen caer a la cruz con violencia en el hoyo que habían preparado; en una palabra, lo tratan con la mayor crueldad que pueden, sin poner en todo esto nada de dulzura. Hermanos míos, os ruego a todos que penséis en aquel horrible tormento, la pesadez de su cuerpo, la rigidez de sus brazos, el rigor de los clavos, el número y delicadeza de sus nervios. ¡Qué dolor, hermanos míos! ¿Es posible imaginar mayor dolor? Si queréis meditar en todos los excesos de su pasión tan amarga, admiraréis cómo pudo y cómo quiso padecerlos aquel que no tenía que hacer más que transfigurarse en el Calvario, lo mismo que lo hizo en el Tabor, para hacerse temer y adorar. Y después de esta admiración, diréis como nuestro manso redentor: «Ved si hay dolor semejante a mi dolor» (Lam 1, 2). (XI, 480-481). ¿Y qué es lo que dijo en la cruz? Cinco palabras, de las que ni una sola demuestra la menor impaciencia. Es verdad que dijo: «Elí, Elí, Padre mío, Padre mío ¿por qué me has abandonado?» 16; pero esto no es una queja, sino una expresión de la naturaleza que sufre, que padece hasta el extremo sin consuelo alguno, mientras que la parte superior de su alma lo acepta todo mansamente; si no, con el poder que tenía de destruir a todos aquellos canallas y de hacerlos perecer para librarse de sus manos, lo habría hecho; pero no lo hizo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué ejemplo para nosotros que nos ocupamos en imitarte! ¡Qué lección para los que no quieren sufrir nada! (XI, 481). </em></p>
<p>Ahora bien, aquí como en otros misterios de Jesús, nos impele Vicente a vivirlos por parte nuestra, a actualizarlos. Y esta contemplación tan viva de la Pasión de Jesús le prepara a contemplarla también en aquellos que la continúan el día de hoy. Abelly nos ha conservado, sin fecha, este hermoso pasaje dirigido a los misioneros (47):</p>
<p><em>No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre 1; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión 2 y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos 3; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me 4. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables (XI, 725). </em></p>
<p>Las Hijas de la Caridad lo habían entendido bien y sabían decirlo a su manera: el 16 de marzo de 1642, tras evocar Vicente la Pasión de Jesús, una Hermana añade (48):</p>
<p><em>Una hermana observó que sería conveniente, al entrar en la habitación de los enfermos, ver en ellos a nuestro Señor en la cruz, y decirles que su cama tenía que representarles la cruz de nuestro Señor en la que ellos sufren con él (IX, 78). </em></p>
<p>En nuestro tiempo nadie osaría decirlo como por sistema, sobre todo sin conocer a las personas: se las podría ofender. Aun así, sigue siendo actual el vivir de una fe semejante.</p>
<p><strong>LOS MISTERIOS GLORIOSOS </strong></p>
<p><strong>LA RESURRECCIÓN </strong></p>
<p>Nos faltan todas las conferencias sobre Pascua, y no poseemos tampoco meditación alguna sobre la resurrección de Jesús. Pero con motivo del servicio, espiritual o corporal, Vicente nos enseña cómo en nuestra misión estamos asociados a la obra de la resurrección. Alude más a Lázaro resucitado por Jesús, que a Jesús mismo resucitado, pero podemos aun así asociar este texto con la doctrina de san Pablo, quien nos enseña que, muertos con Jesús, se nos convoca a resucitar con él.</p>
<p>Vicente, que había entrado en posesión de San Lázaro por un deseo azaroso de su prior, vio en el patronazgo de este santo un significado providencial. Oigámosle exponer a los misioneros la obra de los retiros espirituales, en un pasaje no fechado (49):</p>
<p><em>Esta casa, hermanos míos, servía antes de refugio para los leprosos; se les recibía aquí y ninguno se curaba; ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este santo, después de haber permanecido durante tres días en el sepulcro, salió lleno de vida (Jn 11, 38-44)… Pero ¡qué vergüenza si nos hacemos indignos de esta gracia!… ; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos (XI, 710-711) </em></p>
<p>El servicio corporal de los enfermos y heridos se beneficia de la misma consideración: el tema de la resurrección vuelve una y otra vez en relación con las Hijas de la Caridad. El 23 de julio de 1654, habla a 4 Hermanas destinadas a Sedan (50):</p>
<p><em>Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección… Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela. En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra (IX, 652). </em></p>
<p>Un lenguaje similar el 8 de septiembre de 1657, al dar a las Hermanas noticias de las que curan a los heridos en Polonia (51):</p>
<p><em>¡Salvador mío! ¿No es admirable ver a unas pobres mujeres entrar en una ciudad sitiada? ¿Y para qué? Para reparar lo que los malos destruyen. Los hombres van allá para destruir, los hombres van a matar, y ellas para devolver la vida por medio de sus cuidados. Ellos los envían al infierno, pues es imposible que en medio de aquella carnicería no haya algunas pobres almas en pecado mortal; pero esas pobres hermanas hacen todo lo que pueden para mandarlas al cielo (IX, 911). </em></p>
<p><strong>PENTECOSTÉS </strong></p>
<p>Vicente hace frecuente referencia en sus cartas al Espíritu Santo, a menudo bajo la forma de breve invocación. Cuando habla a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, pasa del espíritu de Nuestro Señor –en el sentido de mentalidad- al Espíritu Santo en cuanto persona; del simple estado de gracia santificante, pasa a lo que llamamos «vida mística», la acción de Dios en nosotros (52):</p>
<p><em>Hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo;… Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» 21, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu (XI, 410-411</em>).</p>
<p>Dice a los misioneros un día de Pentecostés no fechado (53):</p>
<p><em>Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23). Estas palabras del evangelio de hoy (día de Pentecostés), que nos hablan del amor, nos servirán de tema para hablar del amor que nuestro Señor pide de nosotros… Así lo haremos (entrar en este amor), si estamos animados por el Espíritu Santo, que es el amor que une a las personas de la Santísima Trinidad en sí misma y a las almas con la Santísima Trinidad. Hagamos para ello un acto interior, recurriendo a la Santísima Virgen y diciéndole: Sancta Maria, ora pro nobis… Si amamos a Nuestro Señor, seremos amados por su Padre (Jn 14, 21), que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas (Rom 5, 5), lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles, permitiéndoles hacer las maravillas que hicieron. La segunda ventaja de amar a Nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor (Jn 14, 23), lo cual tiene lugar: l.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.º por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera. El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a Nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo (XI, 734-737). </em></p>
<p>Su conferencia a las Hijas de la Caridad, el 25 de enero de 1643, sobre las virtudes de las campesinas, termina así (55):</p>
<p><em>Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y &#8216;laceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (IX, 103).. </em></p>
<p><strong>MARÍA NUESTRA REINA </strong></p>
<p>Sin emplear ese término, Vicente consagró a ella la Compañía de las Hijas de la Caridad, de la misma manera que alguien se entregaría al servicio de una reina. Vicente consagra la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Virgen Santísima el 8 de diciembre de 1658 (56):</p>
<p><em>Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular (IX, 1148). </em></p>
<p>Todo ello nos lleva a hacernos conscientes de que, para seguir a Jesús, que ocupa el centro de los misterios del Rosario, podemos a nuestra vez participar en las virtudes de Nuestra Señora e implorar su intercesión. El 2 de febrero de 1647, según concluye la plática sobre la obediencia, san Vicente llega incluso a dar una cascada de intercesores, la cual brinda, en sucintas palabras, una visión total de Dios y de la Iglesia (57):</p>
<p><em>Se lo pido al Padre Eterno por el Hijo, al Hijo por su santísima Madre y a toda la Trinidad por nuestras pobres hermanas que están ahora en el cielo (IX, 287). </em></p>
<p>Concluyamos nosotros con otra consagración a la Santísima Virgen, la de la Compañía, el 8 de agosto de 1655, cuya fórmula resulta de notable actualidad (58):</p>
<p><em>Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, … que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes. Y a ti, Dios mío, te suplico por los méritos de tu Hijo Jesucristo que acabes la obra que has comenzado (IX, 733).</em></p>
<p>&#8212;&#8212;</p>
<p>Autor: <strong>Bernard Koch, C.M.</strong>. • Traducción: <strong>Luis Huerga Astorga, C.M. • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>La pedagogía de santa Luisa</title>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2012 05:19:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[1. La Comunidad en sus orígenes El 29 de noviembre de 1633, Luisa, con el consentimiento de Vicente de Paúl, había acogido en su casa a cuatro o cinco jóvenes con el fin de prepararlas para el servicio a los pobres enfermos en las Caridades y proporcionar una base espiritual a su asistencia caritativa. Gracias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>1. La Comunidad en sus orígenes</strong></p>
<p><a href="http://famvin.org/es/files/2012/05/cartel6.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5849]"><img class="alignright size-full wp-image-5850" src="http://famvin.org/es/files/2012/05/cartel6.jpg" alt="" width="300" height="285" /></a>El 29 de noviembre de 1633, Luisa, con el consentimiento de Vicente de Paúl, había acogido en su casa a cuatro o cinco jóvenes con el fin de prepararlas para el servicio a los pobres enfermos en las Caridades y proporcionar una base espiritual a su asistencia caritativa. Gracias a su formación, llegarán a ser, sin que aspiren a otra cosa, <em>«pobres Hijas de la Caridad totalmente entregadas a Dios </em><em>para el servicio de los pobres», </em>según la expresión de Vicente de Paúl.</p>
<p>En el transcurso de los ocho meses siguientes, el señor Vicente explicó a las Hermanas, en tres conferencias, el orden del día establecido para ellas, o, dicho en otros términos, su reglamento. La cuarta conferencia no tuvo lugar sino seis años después. Fue, por lo tanto, Luisa quien asumió el cargo principal y la parte más importante en la formación de las Hermanas.</p>
<p>De la correspondencia entre Vicente y Luisa de Marillac sacaremos los criterios según los cuales han de formarse las Hijas de la Caridad. No era una tarea fácil esta formación. Y así podemos leer en una carta de Vicente a Luisa:</p>
<p>«No dudo de que no sean tal y como me las describe usted; pero hemos de esperar que se formarán&#8230; Bueno será que les diga usted en qué consisten las virtudes sólidas, sobre todo la de la mortificación, interior y exterior, de nuestro propio juicio y de nuestra voluntad, el no insistir en los recuerdos, la mortificación de la vista, del oído y de los demás sentidos; la mortificación en el hablar, en el afecto que tenemos a las cosas malas, inútiles y aun a las buenas, por amor a Nuestro Señor, que así se comportó; y habrá que afianzarlas mucho en esto, sobre todo en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia» (Síg. I, 305).</p>
<p>El señor Vicente constató con satisfacción y alegría el buen éxito de este trabajo educativo. No obstante, la formación de las jóvenes del campo era para Luisa de Marillac gran tarea, tanto más cuanto que nunca se la veía completamen­te terminada. Caídas y recaídas forman parte de la naturaleza humana. Pero, al cabo de unos años, a Luisa le pareció constatar cierto éxito en sus esfuerzos como se ve cuando escribía así al señor Vicente:</p>
<p>«Fue tal día como mañana cuando las primeras empezaron a reunirse el Comu­nidad, aunque muy pobremente; de esto hará unos cinco o siete años. He tenido esta tarde un pensamiento que me ha llenado de alegría y es que así como, por la gracia de Dios, son ahora mejores que al principio, después de los pocos años que espero estar todavía en la tierra, las que Dios ponga a su lado atraerán sobre ellas más bendiciones por sus buenos ejemplos. Es lo que deseo con todo mi corazón&#8230;» (Santa Luisa de Marillac, Corr. y Escr. C. 39, pág. 52).</p>
<p>Durante aquellos años —serán en definitiva los veinte siguientes— Luisa de Marillac se entregó con toda su alma a la gran tarea de la fundación de la Com­pañía y formación de sus hijas. A partir de 1640, como así lo decidió el señor Vicente, a aquellas «Hijas», a aquellas «jóvenes», se las llamará «Hermanas»: <em>«Pienso que será más humilde llamar a las Hijas de la Caridad con el título de </em><em>Hermanas que con el de &#8220;jóvenes&#8221; (o &#8220;hijas&#8221;)» </em>(Síg. II, pág. 120, hacia 1640).</p>
<p><strong>2. La finalidad educativa que se proponía Luisa</strong></p>
<p>La principal finalidad de los esfuerzos de santa Luisa en la formación de las Hermanas coincido con el fin principal de la Compañía: el cumplimiento de la Voluntad divina en el servicio a Cristo en los pobres. En numerosas cartas, Luisa orienta a las Hermanas hacia la comprensión de este gran objetivo. Absolutamente todo en la existencia de Luisa está dirigido al cumplimiento de la voluntad de Dios. Llega hasta el punto de preferir la destrucción de la Compañía que el saberla fuera de la línea de la voluntad divina. El conocimiento del designio de Dios y su cumplimiento suponen y exigen la fidelidad al espíritu de nuestra vocación.</p>
<p>Luisa explica a las Hermanas la importancia de tender hacia las virtudes pro­pias de una Hija de la Caridad: la humildad, la sencillez, el amor a Dios y a los pobres, la pobreza, la castidad y la obediencia. Y precisamente en esta enseñanza matizada y a la vez profunda es donde reside todo el abanico de su pedagogía.</p>
<p><strong>3. Las predisposiciones personales de Luisa</strong></p>
<p>La propia educación de Luisa, la experiencia de su vida, su piedad esclare­cida, en una palabra, su fuerte personalidad, constituyen la sólida base de la formación pedagógica que Luisa ofrece con prodigalidad a aquellas mujeres que se esfuerzan por alcanzar una vida santa, bajo una nueva forma de entrega ca­ritativa, vivida en una comunidad religiosa.</p>
<p>Luisa se dirige a todo ser humano con su cortesía natural, fundada en el respeto a la persona. De ahí proceden su sencillez y su discreción. Sin dudarlo, podemos adelantar que su vida espiritual eleva su cortesía y su respeto al prójimo al nivel de la verdadera caridad, y que su modestia y su discreción se transforman en humil­dad y en abnegación cristiana. Gracias a su inteligencia y a su experiencia de la vida, puede animar fácilmente con tales virtudes las realidades cotidianas. ¿No es, al fin y al cabo, la vida de cada día, el campo por excelencia de la santificación? Esa es la encrucijada de los caminos que nos lleva ya al cumplimiento de la volun­tad de Dios, ya al callejón sin salida de nuestras cortas miras personales. Luisa de Marillac conoce bien esas alternativas. Y sabe orientar, interpretar y encontrar el sentido de los acontecimientos diarios de tal suerte que las Hermanas se sienten arrastradas a una relación directa con Cristo. La vida diaria se convierte para Luisa en signo y rasgo a través del cual Dios le manifiesta su voluntad. Esa manera de ver es lo que comunica a sus Hermanas. Y está tanto más preparada para ello cuanto que, por su parte, se dedica a ejecutar la voluntad de Dios. Luisa se dedica a buscar personalmente el cumplimiento de la voluntad de Dios, de una manera absoluta e incondicional. Pero su vida y su acción ejemplares, su aspiración radical a adquirir las virtudes, su profunda humildad y su intenso amor a Dios, todo ello, no puede permanecer oculto. Las Hermanas lo veían, sentían su efecto; la chispa del ejemplo brotaba e inflamaba a las jóvenes, impulsándolas hacia una conducta dig­na de admiración. Es impresionante constatar en Luisa las múltiples formas de guiar, animar, entusiasmar, alentar y estimular a las Hermanas.</p>
<p><strong>El estilo de educación que usa Luisa en su correspondencia </strong></p>
<p>4.1. Pedagogía de la individualización</p>
<p>Cuando Luisa escribe una carta, se dirige ante todo a esa persona. Sabe muy bien que el origen, el nivel cultural, el temperamento y el carácter de las Hermanas son muy diversos. Mientras unas necesitan cierto rigor, otras requieren que se las tranquilice y se las aliente. Por ejemplo, Luisa escribe a una Hermana Sirviente de Chars: «Yo pensaba haberle dicho muy claro que el señor Vicente me había indicado que era preciso dejar de tocar la campana para sus ejercicios, por varias razones que ahora sería demasiado largo indicar y que además no es necesario para ustedes, que saben es cuestión de obediencia&#8230;» A continuación, Luisa explica cuáles serían las consecuencias de ese toque de campana en pueblos en los que no hay más que dos Hermanas. Y añade otra razón para no hacerlo: «¿No es eso llamar la atención cuando Nuestro Señor nos enseña a hacerla en secreto si sólo afecta a nuestro interés particular?»</p>
<p>Luisa enfoca el problema sin rodeos. Juliana lo comprenderá así. El final de esta carta prueba el buen entendimiento que existe entre ambas: «Le agradezco, querida Hermana, la buena fruta (que me ha enviado); pero como nos promete enviarnos más, le ruego que la rodee bien de hierba, dentro de la cesta e incluso entre las frutas, porque todo ha llegado golpeado. No nos ha dicho si el pastel lo había hecho usted. Si es así, es usted una buena repostera. Nuestras enfermas y delicadas se lo agradecerían de corazón si fueran ellas quienes le escribieran. Y también lo harían por sus frutas».</p>
<p>Sabemos así quiénes fueron las que se comieron las cosas buenas&#8230; El final de la carta es muy característico de Luisa. Deja las cosas sin importancia de la vida diaria para entrar espontáneamente en Dios. «Suplico a la bondad de Dios le conceda un aumento de sus gracias, y a sor Genoveva un gran deseo de su perfección» (Santa Luisa, Escr. y Esp. C. 381, 1 de septiembre de 1651).</p>
<p>Un estilo personalizado y un contenido realista los encontramos también en la carta siguiente: «Mi muy querida Hermana: ¡Pues bien!, de nuevo ha tenido usted una lamentable caída!; presenta usted la falta de nuestra Hermana de manera distinta a como es. Esta Hermana se había impacientado mucho al ver varios gatos en torno a usted y a ella, durante la oración, y usted dice que es que desagradan a otra Hermana&#8230; ¡Dios mío, Hermana! ¡Qué amable es la verdad! ¡Cuánto tiempo hace que le he rogado que se deshaga usted de esos animales, y ni lo tiene en cuenta! ¡Y una Hermana faltará por no obedecerla a usted con prontitud!&#8230; Consuélese con la esperanza de que los Ejercicios le harán bien&#8230; Ruegue a Dios que me conceda la humildad&#8230;» (Id., C. 728, pág. 656).</p>
<p>No todas las Hermanas pueden soportar ese lenguaje tan claro. Y Luisa no quiere desalentar. Las Hermanas tienen que sentir la seguridad de que las ama y las estima. Por eso, a veces, su consejo adopta otra forma: estimula y alienta.</p>
<p>4.2. Pedagogía de estimular y alentar</p>
<p>Al escribir a determinadas Hermanas, da a sus recomendaciones el estilo de un estímulo, de un aliento que no deja traslucir directamente la reprensión como tal. Esta forma se encuentra en Luisa con bastante frecuencia. Así ocurre, por ejemplo, en la carta dirigida a las Hermanas de Chantilly: «Alabo a Dios con todo mi corazón por la gracia que su bondad les ha concedido de servir de edificación en el lugar en el que le place emplearlas; pero tengan buen cuidado de estarle reconocidas mediante la práctica de las virtudes que les pide, sobre todo una gran cordialidad y buena inteligencia entre ustedes. ¿Estoy equivocada en reco­mendarles esta virtud sin la que no podrían, no sólo ser buenas Hijas de la Caridad, sino ni siquiera buenas cristianas? Quiero creer también que guardan con la mayor exactitud que pueden sus sencillas reglas, sin perjuicio para los pobres, cuyo servicio debe ser siempre preferido a todo; pero de la manera que es preciso y no según su propia voluntad. Les hemos enviado sus estampas del año, iguales en todo a las nuestras: es esa santa (santa Genoveva) la que debe mostrarnos nuestro oficio, puesto que ella fue tan feliz sirviendo a los pobres en la persona de Nuestro Señor, así como nosotras servimos a Nuestro Señor en la persona de los pobres&#8230;» (Id., C. 316, pág. 309).</p>
<p>Este fino recuerdo de la finalidad y del sentido de nuestra acción es discreto y afectuoso. Es de admirar la perseverancia obstinada con la que Luisa presenta en todas las ocasiones posibles, a las Hermanas, esa elevada finalidad. En sus cartas encontramos expresiones que nos sorprenden por su hábil progresión.</p>
<p>4.3. Pedagogía de la confianza en las posibilidades del otro</p>
<p>Las cartas de Luisa reflejan una pedagogía de la confianza. Ponen de relieve ciertos sentimientos, dando por supuesto que las virtudes y buenas acciones propuestas son ya una realidad o se hallan en vías de serlo. Esta idea podríamos expresarla mediante esta frase un tanto banal pero que encierra una realidad:</p>
<p>«Tendemos a ser un reflejo de la imagen que los demás se hacen de nosotros: el juicio de los demás nos condiciona y moldea».</p>
<p>La carta siguiente ilustra esa idea:</p>
<p>— con relación al afecto fraterno:</p>
<p>«Alabo a Dios con todo mi corazón por el sincero afecto hacia su Hermana que Su Bondad pone en usted: eso es lo que mantiene la unión y la tolerancia mutua&#8230; Y lo que hace que no lleguen a hablar mal la una de la otra cuando tienen que hablar la una de la otra porque si ocurre cualquier cosa pequeña entre ambas, después de ha­berse pedido perdón, todo queda olvidado» (Id. Corr. y Escr. C. 545, pág. 502).</p>
<p>— con relación a la utilización de las pequeñas ganancias (sor Cristina Rideau será nombrada tesorera en 1660):</p>
<p>«Si llega a ahorrar algo, empléelo en el sostenimiento de ustedes, pues sé muy bien que no quiere atesorar, por la gracia de Dios. Ama usted demasiado la santa pobreza y la confianza en Dios, que son los dos pilares de la Compañía de las Hijas de la Caridad» (Idem).</p>
<p>4.4. Pedagogía de la estima</p>
<p>La pedagogía de Luisa, pasando a través del testimonio de la estima, aparece de manera más especial en sus cartas de los años siguientes. Es una forma dictada sin duda por su modestia y más especialmente por su profunda humildad y su respeto a la persona. Ese respeto a la persona es una constante en la vida y en la correspondencia de Luisa que toma a la persona en serio. Sí, toma en serio ante todo a sus Hermanas. Nunca encontramos en ella el menor alarde de presun­ción, sino más bien —y con frecuencia de manera asombrosa— el ruego de que se pida por ella para que Dios le conceda la humildad.</p>
<p>4.5. Pedagogía del testimonio</p>
<p>Luisa recomienda sin cesar a las Hermanas la humildad. En la carta siguiente, dirigida a una Hermana Sirviente, lo hace, como ya hemos visto otras veces, a través de una recomendación indirecta: «&#8230;Me parece que hago mal en hablarle de ello (de lo que ha citado más arriba), al decirle que mi impotencia para obrar me ha hecho ver con mucha claridad la diferencia entre una Hermana Sirviente que dice: &#8220;hagamos&#8221;, y una que se contenta con decir: &#8220;haga&#8221;, y no pone ella manos a la obra; porque en el primer caso, se pone una al igual con sus Herma­nas y en el segundo se sale de la igualdad y del trabajo y se aísla en su auto­ridad&#8230;»</p>
<p>Y más adelante: «Creo, querida Hermana, que no tiene usted tiempo que dar a otra cosa ni a otra finalidad que al servicio de los pobres, y que no le vendrá al pensamiento que está usted obligada a visitar o a escribir a las personas religiosas o a las señoras, a menos de que haya una gran necesidad de hacerlo. Sí tiene algún tiempo de más, creo que estará mejor empleado en ganar algunas monedas trabajando para sus pobres, o bien instruyendo a algún pobre enfermo diciéndole algunas buenas palabras encaminadas a su salvación, que empleán­dolo en hacer cumplidos&#8230; La seguridad que tengo de su amor y su firmeza hacia su vocación, me hace decirle francamente todo lo que se me viene al espíritu y darle todos los consejos que creo deber darle porque preveo deben ser de pro­vecho para aquéllas de las que pienso quiere Dios servirse para hacer subsistir la Compañía en el espíritu de sencillez y humildad de Jesucristo. Si no la cono­ciera a usted bien y no tuviera la seguridad de que recibe bien y con tolerancia lo que le digo, me guardaría mucho de actuar así con usted&#8230;» (Id., C. 713, pág. 642).</p>
<p>Entre otras cosas, este texto revela la preocupación de Luisa por la permanen­cia de la obra.</p>
<p><strong>5. El punto fuerte de la pedagogía de Luisa, lo que motiva sus esfuerzos</strong></p>
<p>A pesar de su temperamento, inclinado a inquietarse, Luisa da testimonio aquí de una gran firmeza cuando se trata de buscar en todo la voluntad de Dios y la disposición firme para cumplirla. Cuanto más la alejan los años de la fecha de la «Luz de Pentecostés» (en 1623), tanto más parece que el resplandor de aquella Luz ilumina los acontecimientos de cada día.</p>
<p>Después de su peregrinación a Chartres (1644) y la primera aprobación de la Compañía —primero como «Caridad»—, Luisa, en una obediencia de fe sin reser­vas, va progresando por el camino de la construcción y de la consolidación de su obra, al mismo tiempo que hace avanzar a sus compañeras por el mismo camino.</p>
<p>5.1. El conocimiento del designio de Dios</p>
<p>Las directrices del señor Vicente y la vida de Luisa, profundamente interior y rica, encuentran su expresión en una síntesis maravillosa, y a través de numerosas cartas, destinadas a formar a las Hermanas espiritualmente. En fe y humildad, ama a sus Hermanas, a las que considera como dones de Dios y como el cumplimiento de aquella «su luz de Pentecostés». Por eso, cada una de ellas es merecedora de todo su afecto. Y a esa tarea se entrega con toda la riqueza de sus dones de espíritu y de corazón. Forma, escucha, ayuda, recomienda, aconseja, encamina imperceptiblemente a las Hermanas hacia los mayores sacrificios. En esto, su pedagogía es una verdadera escuela de santidad.</p>
<p>5.2. Escuela de santidad</p>
<p>En este aspecto, coloca muy alto el listón referente a la autoeducación de aquellas Hermanas. No todas tienen la misma capacidad. No todas saben corres­ponder a sus esperanzas. Entonces, Luisa escribe largas cartas a las comunida­des. Con frecuencia, en esas cartas se dirige a cada una y, según los casos, formula reproches, elogios, palabras de aliento&#8230; que las Hermanas comprenden bien. En todo caso, esas cartas las guardaron como tesoros. Si no lo hubieran hecho, hoy no las tendríamos.</p>
<p><strong>6. Los objetivos inmediatos que se señala santa Luisa</strong></p>
<p><strong></strong>Luisa debe poder contar con las Hermanas de las casas alejadas de París. Para esto desarrolla todo su saber psicológico. Recomienda a las Hermanas:</p>
<p>6.1. El coraje, la valentía</p>
<p>Con una sencilla recomendación, dice a las Hermanas cómo empezar la jorna­da: «Le ruego diga a todas nuestras Hermanas que las saludo y les pido que todas las mañanas se levanten con nuevos ánimos de servir bien a Dios y a los pobres&#8230; Adoremos y amemos siempre las disposiciones de la Divina Providencia, único y verdadero apoyo de las Hijas de la Caridad&#8230;» (S. L. Corr. y Esc. C. 218, pág. 225).</p>
<p>6.2. La tolerancia mutua</p>
<p>Construir la vida de comunidad y mantener en el hogar el espíritu de amor, de atención y de tolerancia requieren una gran exigencia. Luisa lo sabe. En el servicio a los pobres, la bondad y la tolerancia son igualmente importantes. Luisa evoca la razón principal de esforzarse en la cordialidad cuando escribe: «¿Dónde están la dulzura y la caridad hacia nuestros queridos amos, los pobres enfermos, que han de conservar tan cuidadosamente? Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtudes&#8230; Renuévense, pues&#8230;, recordando que El las ha conducido, por su Providencia, al lugar en que se encuentran y las ha hecho vivir juntas&#8230; Si nuestra Hermana está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga si ese es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede impedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara? ¡Ah, Hermanas mías!, cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar traslucir que se ha dado usted cuenta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con usted la misma conducta. Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad, con todas las otras virtudes, es la de soportarlo todo&#8230;» (Id. C. 115, págs. 117-118).</p>
<p>6.3. La entrega sin reserva</p>
<p>Un poco más tarde, escribe a la misma comunidad para estimular a todas las Hermanas a un nuevo empezar en la búsqueda de la virtud. Luisa tiene, para cada una de las Hermanas en particular, una palabra de aliento. En unas frases hace alusión al rasgo del carácter de la Hermana que requiere ser vigilado o que ha de desarrollarse. Se dirige, en primer lugar, a aquélla que tiene, probablemente, un poco de instrucción: la Hermana Sirviente; veamos lo que ésta puede leer: «¿Está usted muy animosa? ¿Hace como el Buen Pastor que expone su vida por el bien y conservación de las ovejas que tiene a su cargo? Así quiero creerlo; porque, si es cierto que no siempre tenemos ocasiones de exponer nuestra vida, no nos faltan, en cambio, las de sacrificar nuestra voluntad para acomodarnos a la de los demás, de romper con nuestros hábitos e inclinaciones&#8230; de vencer nuestras pasiones para no excitar las ajenas&#8230; para vivir en la estrecha unión de la verda­dera caridad de Jesús Crucificado&#8230;» A continuación, se dirige de manera parti­cular a cada una de las Hermanas, como, por ejemplo: «Diga a sor María Marta que espero lo sea no sólo de nombre, sino efectivamente, porque al llamarse María tiene que vivir en una gran pureza, dulzura y modestia, dispuesta a sacri­ficarse por todos, y su nombre de Marta la obliga a una gran exactitud para cumplir su Regla en todos sus quehaceres&#8230;» (Id. C. 119, pág. 123).</p>
<p>6.4. La perseverancia</p>
<p>En una nueva fundación (Serqueux), las Hermanas tenían muchas contradiccio­nes a las que hacer frente y superar. Luisa sabe darles seguridad y convencerlas para que se mantengan firmes:</p>
<p>«¡Ah, queridas Hermanas!, ¡cuánto consuelo me parece que tienen en medio de tanta fatiga!, ¡buen ánimo! Trabajen en su perfección aprovechando tantas ocasiones que tienen de sufrir los malos modos, de ejercitar la dulzura, la paciencia, y de vencer todas las contradicciones que encuentren» (Id. C. 140, pág. 142).</p>
<p>6.5. La magnanimidad</p>
<p>«Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios, en el que soy, y en el de su Hijo Crucificado&#8230;» (Id. C. 140, pág. 142).</p>
<p>6.6. La intensidad en la entrega</p>
<p>En la época de la Fronda, la miseria cotidiana toma tales proporciones que quedamos admiradas ante la fuerza del carisma de las Hermanas para hacer frente a tan grandes aflicciones. Observemos que Luisa no retira del todo a sus Hermanas de las zonas peligrosas, sino que las deja en ellas e incluso las envía. Sabe entusiasmar a las Hermanas para que acepten los mayores sacrificios por Jesucristo. Sabe también motivar y justificar este espíritu de abnegación y de sacrificio. En una carta a las Hermanas de Brienne, leemos:</p>
<p>«En nombre de Dios, mis queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por pensar que no tienen más consuelo que el de Dios. ¡Ah, si supiéramos los secretos de Dios cuando nos pone en tal estado, veríamos que debería ser éste el tiempo de nuestros mayores consuelos! ¡Pues qué! Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también y no quiere darles más alivio. Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz. Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros (señores) y amos. Por otra parte, si Dios castiga a su pueblo a causa de nuestros pecados, ¿no es razonable que suframos con los demás? ¿Quiénes somos noso­tros para creer que estamos exentas de los males públicos? Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes, démosle gracias por ello, y estemos persuadidas de que es sólo su misericordia, sin ningún otro mérito» (Id. C. 410, pág. 388).</p>
<p>6.7. La confianza en la divina Providencia</p>
<p>Por lo que se refiere a las Hermanas que sirven a los niños expósitos en el castillo de Bicétre, Luisa teme lo peor. El ejército había establecido su campamen­to en los alrededores del castillo. A pesar de su gran inquietud, Luisa escribe a las Hermanas de una manera tranquilizadora, invitándolas a la confianza en la divina Providencia para vencer todo pánico:</p>
<p>«&#8230;mis queridas Hermanas&#8230; Estoy segura de que (Dios) les infunde valor y ánimo suficientes para morir antes que permitir que Dios sea ofendido por ustedes, y que su modestia da a conocer que pertenecen al Rey de reyes a quien todas las potencias están sometidas. Cuide usted de que nuestras Hermanas estén siempre todas juntas y tengan mucho cuidado con las niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela, aun cuando así no puedan prestarles a ustedes ningún servicio. ¡Animo, queridas Hermanas! ¿Y quién ha de tenerlo más que ustedes, puesto que se hallan en la aflicción y en el ejercicio de la caridad? ¡Ah! ¡cómo se complace Nuestro Señor al ver los sentimientos de amor que parten de sus corazones, la sumisión a su santa voluntad que acepta todo lo que esa voluntad quiere en ustedes y de ustedes! No dudo de que, todas y cada una, han pensado en hacer una buena confesión con todas las disposiciones necesarias, sobre todo, el propósito de ser en adelante sus fieles servidoras re­nunciando más que nunca a ustedes mismas&#8230;</p>
<p>P.D. Aunque les hablo de confesarse, no crean, queridas Hermanas, que intento infundirles el temor de que van a morir. No, de ninguna manera; es para ayudarles a que estén siempre en gracia de Dios, de tal suerte que El tenga siempre su mirada puesta en ustedes» (Id. C. 276, pág. 274).</p>
<p>Cuanto más aumenta el número de Hermanas y de establecimientos, Luisa es más consciente de que Dios es quien guía y gobierna estas obras. Lo que noso­tras no podemos, sobre todo, es ponerles obstáculos. La confianza en su direc­ción providencial y en el cumplimiento de la Voluntad divina han de ser siempre la primera máxima, como lo atestigua el contenido de una carta a una Hermana que se encontraba inquieta y descontenta de la situación, en una nueva fundación (Ussel):</p>
<p>«No se inquieten si pasa mucho tiempo sin que vean las cosas en el estado en que podrían desearlas; hagan lo que buenamente puedan con gran paz y tranqui­lidad para dejar lugar a las disposiciones de Dios sobre ustedes, y no se preocu­pen de lo demás&#8230;» (Id. C. 654, pág. 593).</p>
<p>6.8. La humilde aceptación del sufrimiento reparador</p>
<p>A una Hermana que era inclinada a la crítica y al mal humor, Luisa traza un programa de santificación que podría ser nuestro programa de vida. En él aparece un pensamiento que, sin duda, medita con frecuencia en su oración: La justicia divina nos castiga severamente si no correspondemos a nuestra vocación. Vea­mos el texto:</p>
<p>«&#8230;les deseo&#8230; sean santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, porque no basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación en general de todos los sentidos y pasiones, y para ello, queridas Hermanas, hemos de tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación es­tamos llamadas no sólo como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres; sin esto, queridas Hermanas, las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer de todo el mundo, y si llegaran a desconocer las gracias de Dios y a ser infieles a ellas, creo que la divina justicia no las castigaría nunca lo bastante severamente en la eternidad» (Id. C. 257, pág. 259).</p>
<p>Con estas miras espirituales, una de las preocupaciones de Luisa es la de estabilizar a la joven comunidad en un género de vida sencillo.</p>
<p><strong>7. La preocupación constante por un estilo de vida pobre y sencillo</strong></p>
<p>Luisa desea vivamente que las Hermanas lleven una vida de estilo pobre y modesto escogiendo alojamientos y casas sencillas. En ese aspecto, la misma santa Luisa era ejemplar. Para el arreglo de la Casa Madre, no admitía más que piedras viejas, lo que no resultaba muy halagador para un arquitecto. Cuando se trató de que concedieran un nuevo alojamiento a las Hermanas en Bernay y de su instalación por los concejales, Luisa moderó la prisa de las Hermanas, escribién­doles esta prudente reflexión:</p>
<p><em>«Créame, querida Hermana, cuando veo establecimientos tan espléndidos, en los </em><em>que todo sonríe al principio, temo siempre por lo que venga detrás&#8230; Pienso, </em><em>Hermana, que cuando se trate de buscarles alojamiento definitivo, tendrá usted cuidado en elegir una vivienda propia para unas pobres muchachas» </em>(Id. C. 475, pág. 444).</p>
<p>El amor de Luisa por la pobreza encuentra su orientación en la del Hijo de Dios. Vivir como Jesucristo significa honrar la pobreza del Hijo de Dios. Lo repite a sus Hermanas en varias ocasiones. Ciertamente, las Hermanas eran pobres. Por su origen social, con frecuencia conocían la pobreza. Ahora bien, estas jóvenes vuelven a encontrar en comunidad una vida de restricciones que tienen que llevar ellas mismas. Además, tratan mucho con las Damas de la Caridad: de ahí la tentación de acceder a una vida más confortable. Luisa educa tanto con su propio ejemplo como por sus palabras, que descubren, sin rodeos, los fallos, después se enderezan, construyen y comunican dinamismo. La pedagogía de Luisa no tiene nada que ver con un método calculador o con un ejercicio de poder. Luisa recuer­da la gran gracia de la vocación que reclama una respuesta de amor por Jesús Crucificado y una fidelidad ejemplar que intenta siempre ajustarse al proyecto divino. Ella quisiera convencer, suscitar y fortalecer la buena voluntad de cada Hermana. Veamos un ejemplo:</p>
<p>«Y usted, querida sor&#8230; ha vuelto a caer en sus malas costumbres&#8230; Hija mía, hágase un poco de violencia&#8230; Yo creo&#8230; que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición&#8230; y excítese al amor a la santa pobreza para honrar la del Hijo de Dios, y por este medio conseguirá lo que necesita para ser verdadera Hija de la Caridad. De otro modo, dudo mucho de su perseverancia&#8230; Y ahora, ¡ánimo, mi buena Hermana! Espero que no habrá de despreciar mis pobres consejos, y siendo así, reconociendo cuán digno es Dios de ser amado y servido&#8230; especialmente haberla puesto en ese lugar en que tantas bendiciones ha derramado sobre su santo empleo&#8230;» (Id. C. 15, pág. 32).</p>
<p><strong>8. La actitud que hay que adoptar ante los graves problemas que surgen </strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>8.1. El recuerdo de la humildad y del amor a la cruz</p>
<p>a) El jansenismo</p>
<p>La joven Comunidad encuentra obstáculos que no proceden ni de las Herma­nas ni del carácter de las Hermanas. Hay dificultades graves que amenazan la existencia de una obra o de todo un establecimiento. Es el caso, por ejemplo, de un error de la época: el jansenismo. Las dos Hermanas de la ciudad de Chars se veían en conflicto entre lo que les ordenaba el párroco jansenista, su confesor, y los principios de su comunidad. Las Hermanas habían superado ya situaciones conflictivas de doctrina muy delicadas en las que se debatían los teólogos. Y, no solamente no supieron mantener la calma, sino que no dieron testimonio de un comportamiento prudente. El párroco mandó a una de las Hermanas que maltra­tase ante su vista a una niña de trece años. La Hermana se opuso a ello. A consecuencia de este incidente, el sacerdote negó la comunión a la Hermana, a la vista de todos. La Hermana le dirigió, ante la gente, palabras duras, relativas a las diferentes medidas vejatorias que él le hacía sufrir. Luisa pidió disculpas al párroco por el enfado de la Hermana debido a su temperamento.</p>
<p>Pero, por lo que se refiere al acontecimiento en sí, Luisa se pone de parte de las Hermanas. Sabe que debe sostener su perseverancia: es la manera de resistir, lo que la Hermana debe aprender. Por último, las Hermanas tuvieron que retirarse de Chars (ver Id. C. 592, C. 593).</p>
<p>b) La muerte prematura de muchas Hermanas</p>
<p>Otro problema que se plantea en esa época era el de la muerte prematura de muchas Hermanas. Ciertamente, la esperanza de vida en aquel tiempo no era muy elevada. Pero la muerte lleva consigo vacíos dolorosos. Por lo que a Luisa se refiere, estas pérdidas no pueden superarse más que en la cruz de Cristo.</p>
<p>8.2. La evidencia de la disponibilidad</p>
<p>Lo sorprendente es la evidencia de la disponibilidad en la que Luisa sabe que se encuentran sus Hermanas frente a la muerte. ¿Es el espejo de su propia disponibilidad o es que ha formado a las Hermanas para esta capacidad de la entrega de sí, serena y sólida? Veamos cómo se dirige a una Hermana de treinta y tres años, que se encuentra muy grave:</p>
<p>«Adoro con todo mi corazón la orden de la divina Providencia que parece querer disponer de su vida,. si la santísima voluntad de Dios es que le entregue usted su alma, ¡bendito sea su santo nombre!; bien sabe el dolor que me causa no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el instante de la muerte de su Hijo. Nuestra buena sor Isabel le lleva la seguridad del afecto de todas nuestras Hermanas y el deseo de que las recuerde en el cielo cuando Dios le haya hecho a usted misericordia&#8230;» (Id. C. 91, pág. 98).</p>
<p>8.3. La convicción de fe</p>
<p>Esta gran disponibilidad va a estar sostenida por la convicción firme de que Dios va a escuchar las oraciones de la Hermana:</p>
<p>«Recuerde usted, pues, querida Hermana, las necesidades de la pobre Compañía a la que Dios la ha llamado; sírvale de abogada ante su bondad para que se digne cumplir sus designios sobre ella; y si su bondad se lo permite, ruegue a nuestros ángeles de la guarda que nos ayuden. Adiós, querida Hermana, suplico de todo corazón a Jesús Crucificado que la bendiga con todas las virtudes que El practicó en la Cruz&#8230;» (Id.).</p>
<p>8.4. La adhesión del corazón y de la voluntad</p>
<p>Luisa siente, cada vez, dolorosamente la muerte de una Hermana, pero es también la ocasión de enseñar a sus hijas, de manera natural, imperceptible y en una situación determinada, la adhesión del corazón y de la voluntad al designio de Dios. No vacila en decir:</p>
<p>«Hemos de acatar de buen grado el divino beneplácito que ha dispuesto de nuestra buena Hermana, a quien no me atrevo a llorar. ¡Que la voluntad de nuestro absoluto Señor se cumpla siempre por nosotras y en nosotras!» (Id. C. 79, pág. 88).</p>
<p>8,5. El sentido de lo concreto y de las medidas prácticas</p>
<p>A pesar de la pena tan grande que tiene, Luisa se enfrenta con esta realidad dolorosa ayudando a las Hermanas a que cumplan todo lo necesario para los fune­rales. Sus consejos son de gran valor, porque conoce el precio de las velas, el nom­bre del cerero, la calle en que vive&#8230; Da consejos concretando quién debe informar a quién. Nada queda olvidado. Así aprenden las Hermanas a conocer el ambiente de luto causado por el fallecimiento de una Hermana y cómo podrá encontrar su expresión más sencilla, digna y afectuosa. Más adelante, leemos en la misma carta:</p>
<p>«El señor Vicente nos ha dado orden de que se la entierre esta tarde después de vísperas. Le ruego avise usted al señor cura para saber si está de acuerdo. La vigilia se cantará de cuerpo presente, y el funeral será el miércoles.</p>
<p>Ocúpese, por favor, de que haya seis hachas de media libra cada una y seis cabos de medio cuarterón. Estoy pensando que podía usted tomar las seis hachas de la iglesia y así no habría que comprarlas.</p>
<p>Hacen falta también cuarenta velas para las Hermanas, de dos liardas cada una. Que se la entierre en la sepultura de la difunta sor Micaela. Se precisa un ataúd y una corona de flores blancas; que nuestras Hermanas de San Nicolás avisen a las de San Benito, San Esteban y a las de los niños; a las demás, las avisaremos nosotras».</p>
<p>Y después, Luisa confía en su compañera: «No sé si se me olvida algo, usted suplirá lo que a mí se me olvide».</p>
<p>Indica también la dirección de la tienda de velas: «&#8230; tiene usted un cerero en la Plaza Maubert. Mande un recado a la señora Metay (Dama de la Caridad), que la ayudará para todo eso» (Id. C. 79, pág. 88).</p>
<p>8.6. El compartir un beneficio espiritual</p>
<p>Sin embargo, la organización de los funerales, no es todo. Luisa no deja pasar el fallecimiento de una Hermana sin dirigirse a la Comunidad. Toma parte y alienta; en realidad, era ella la que necesitaba más consuelo. Pero permanece fiel a su adhesión a la voluntad de Dios y no deja de transmitir a las Hermanas cierto beneficio espiritual que ella sabe sacar de la experiencia de la muerte de una compañera. Escribe:</p>
<p>«Es verdad que hay que alabar y bendecir a Dios por todo y pedir por ella; les ruego que el ejemplo de sus virtudes, especialmente su sumisión y su amor al servicio de los pobres, les sirva para tener con Dios la fidelidad que le deben» (Id. C. 263, pág. 264).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>9. Conclusión</strong></p>
<p>En la vida agitada y excesivamente precaria de este tiempo, el temor podía ser un compañero permanente. Por eso es tanto más admirable ver la superación que Luisa realizó en su propia vida. No existe prácticamente ninguna carta en la que Luisa no anime a las Hermanas a confiar las exigencias, las dificultades y las agitaciones de la vida de todos los días al cuidado y a la dirección de la divina Providencia. Su valor encuentra apoyo en la voluntad de Dios. En la cruz, supo acoger la vida cotidiana con todo lo que le reservó como voluntad de Dios, como expresión de su amor, como su Providencia, para llevar este amor al prójimo, a Cristo en la persona de los pobres. En una carta, dice:</p>
<p>«&#8230;ruego (a la Compañía) renueve su buen ánimo de servir a Dios y a los pobres con mayor fervor, humildad y caridad que nunca; trabajando por mantener el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones, especialmente en la de estar sometidas al beneplácito divino, abandonadas a la Providencia y no entregadas a un cuidado ansioso por conocer todos los movimientos de su espíritu, lo que con frecuencia termina en virtud imaginaria&#8230; La perfección no consiste en eso, sino en la sólida caridad» (Id. 638, pág. 580).</p>
<p>Encontramos constantemente en Luisa una acertada mezcla de lo espiritual y del sentido práctico.</p>
<p>Al final de una carta que hace elevar el espíritu de las Hermanas hacia Dios, Luisa da rápidamente —impulsada por esta misma caridad— un buen consejo a una Hermana que tiene dificultad para oír:</p>
<p>«Para la enfermedad de sor Ana hay que ponerle una gota de aceite de ruda en el oído, por la noche antes de acostarse, tapándolo con un poco de algodón; no hay nada mejor» (Id. pág. 581).</p>
<p>Y la frase siguiente —la última— podría dirigirse a todas nosotras:</p>
<p>«Sean, pues, animosas avanzando por momentos por el camino en el que Dios las ha puesto para que vayan hacia El» (Id. C. 426, pág. 402).<br />
&#8212;&#8211;</p>
<p>Autor: <strong>Alfonsa Richartz</strong>. • Fuente: <strong>Ecos de la Compañía 1998</strong>. • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</p>
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		<title>San Vicente y Dios Padre</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 05:11:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Visión de conjunto San Vicente, como todos los espirituales, está impregnado de la Biblia y de la vida de Jesús. 1. Sabe que Dios, desde el Antiguo Testamento, se revela como Padre, pero que es Jesús quien lo da a conocer plenamente. En el Antiguo Testamento, Dios es Creador (Dt. 32, 18; Qo. 12, 1; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2><strong>Visión de conjunto<br />
</strong></h2>
<p><a href="http://famvin.org/es/files/2012/05/God2.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5841]"><img class="alignright size-medium wp-image-5842" src="http://famvin.org/es/files/2012/05/God2-214x300.jpg" alt="" width="214" height="300" /></a>San Vicente, como todos los espirituales, está impregnado de la Biblia y de la vida de Jesús.</p>
<p><strong>1. </strong>Sabe que Dios, desde el Antiguo Testamento, se revela como <strong>Padre, </strong>pero que es Jesús quien lo da a conocer plenamente.</p>
<p>En el <strong>Antiguo Testamento, </strong>Dios es Creador (Dt. 32, 18; Qo. 12, 1; 2 M 7, 23; Si. 1, 8; 24, 12), Maestro (Baal), Señor (Adonai), la Roca y la Fuerza (2 S 22,2; Sal. 88 (89), 27; Jr.16, 19; Jb 9,4), pero también es Padre (Dt. 32, 6; Sal. 88 (89), 27; Is. 63, 16; 64, 8; Jr. 3, 4; 31, 9). E incluso «Padre y Madre» (Is. 66, 13; Si. 4, 11) y Esposo.</p>
<p><strong>Jesús </strong>nos dice que su misión consiste en revelar al «Padre», sin negar su Omnipotencia y englobando la Ternura de la Madre: Jesús mismo dijo, refiriéndose a Jerusalén, que había querido «reunir a sus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas» (Mt. 23, 37); pero también se muestra como Padre: «hijos míos» (Marc. 10, 24; Jn. 13, 33); también como el Señor y como la Roca (cf. 1 Cor. 10, 4).</p>
<p>Cómo revela al Padre: Él lo conoce por su misma generación, eternamente, pero en su humanidad, emplea palabras sacadas de la experiencia:</p>
<p>— a partir de la representación humana del que desempeñó el cometido de un padre, San José:</p>
<ul>
<li>Mi Padre trabaja siempre (Jn. 5, 17);</li>
<li>El Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace (Jn. 5, 20);</li>
<li>Como el Padre me amó (Jn. 15, 9);</li>
<li>Como el Padre me envió (Jn. 20, 21);</li>
</ul>
<p>- o a partir de lo que conoce de otros padres:</p>
<ul>
<li>¿Quién de vosotros dará a su hijo&#8230;? (Mt.7, 10; Lc. 11, 12);</li>
<li>La preocupación del padre por el hijo perdido (Lc. 15, 20 y 24).</li>
</ul>
<p><strong>San Vicente </strong>continúa este método empleado por Jesucristo. En él,</p>
<p>_ se dejan entrever las huellas de su padre terreno,</p>
<p>_ y utiliza los mismos temas que Jesús con una mirada de amor de las tres Personas hacia las criaturas que Ellas han lanzado a la existencia: Dios es Providencia. Aquí interviene especialmente el tema de la Misericordia (San Pablo: Pater Misericordiarum) y de la Ternura.</p>
<p><strong>2. </strong>San Vicente insiste particularmente en la <strong>misericordia: </strong>la misericordia del Padre y nuestra misericordia, imagen de la del Padre.</p>
<h2><strong>Dios Padre</strong></h2>
<p>Como en Nuestro Señor Jesucristo:</p>
<p><strong>A. Descubrimos en las expresiones de San Vicente rasgos de su padre te­rreno</strong></p>
<p>Nos recomienda el desprendimiento de la familia y él la practicó, pero esto no quiere decir que tengamos que dejar de amar. Hay muchos indicios que muestran que guardó un recuerdo emocionado de sus padres y que aflora varias veces a partir de 1645.</p>
<p>En sus recuerdos no hay que omitir a su <strong>madre. </strong>Todos hemos leído esta confesión en su conferencia del 15 de noviembre de 1657, a las Hermanas:</p>
<p><em>«Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: &#8216;Señor, ¡qué felicidad la suya de poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tiene!&#8217;» </em>(Conf. Esp. n<sup>2</sup> 1794).</p>
<p>Bella confidencia que podemos unir con la única carta a su madre del 17 de febrero de 1610, cuya copia ha llegado hasta nosotros, en la que manifiesta la esperanza de ir a verla pronto (Síg. I, p.88): 29 años&#8230; 76 años&#8230; No ha olvidado nada de su trayectoria y de todo sabe hacer un trampolín para ir a Dios y a los pobres y para amar la Compañía, pues añade: la Compañía es vuestra madre, por eso es normal que trabajéis por su subsistencia y por formar a las jóvenes.</p>
<p><strong>Con relación a su padre, </strong>no ha relatado explícitamente más que el recuerdo de haber sentido vergüenza, hablando una vez a los misioneros (Síg. XI/4, 693) y otra a la señora de Lamoignon, quien lo contó en el proceso de beatificación, cf. P. Coste, <em>Monsieur Vincent&#8230;l, </em>30, pero implícitamente podemos suponer que sólo recordaba esto.</p>
<p><strong>1. </strong>San Vicente habló de su ternura recíproca entre padre e hijo, sin decir que se trataba de él mismo, pero esto se intuye. El 11 de julio de 1649, explica así a las Hijas de la Caridad la relación de Dios con nosotros:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>«¿Pensáis, hermanas mías, en el placer que Dios experimenta viendo a un </em><em>alma atenta a agradarle, deseosa de ofrecerle todo lo que hace? No </em><em>podemos imaginar, hermanas mías; y con razón se puede decir que esto </em><em>da alegría a Dios. Sí, aquí está su alegría, aquí está su placer, aquí es­tán sus delicias. Es como cuando un niño se preocupa de ofrecer a su padre todo lo que se le da; si alguien le da algo, no descansa hasta encontrar a su padre: &#8220;Toma, padre mío; mira lo que tengo; me han dado esto; he hecho esto&#8221;. Y aquel padre se complace indeciblemente al ver la docilidad del niño y esas pequeñas señales de su amor y de su depen­dencia. Lo mismo pasa, mis queridas hijas, con Dios, y en un grado muy distinto. Cuando un alma, desde la mañana, le dice: &#8220;Dios mío, te ofrezco todo lo que me suceda hoy&#8221;, y cuando, además, en las principales oca­siones que se le presentan de hacer o de padecer algo, echa una ojeada interior hacia su divina Majestad para decirle con un lenguaje mudo: &#8220;Dios mío, esto es lo que voy a hacer por tu amor; este servicio me parece molesto y duro de soportar, pero por tu amor nada me es imposible&#8221;; entonces, hijas mías, Dios aumenta la gracia a medida que su bondad ve el uso que de ella hace el alma, y, si tuvo hoy fuerzas para superar una dificultad, mañana la tendrá también para pasar por encima de otras muchas más grandes y molestas» </em>(Conf. Esp. Nº 606).</p>
<p>¿No es un recuerdo de juventud? Podemos ver en ello cómo San Vicente sabe descubrir el amor y la alegría de Dios Padre a partir de nuestras relaciones con nuestro padre. Hacer de todo lo que vivimos un camino hacia Dios y una expe­riencia espiritual es el secreto de los santos, es también el suyo.</p>
<p>Esto nos hace captar el drama de nuestra época, en la que demasiados niños y mayores no han tenido una familia apacible y duradera, no han conocido a su padre, o tienen una siniestra imagen paterna&#8230; Decirles que Dios es Padre, ¿qué es lo que puede despertar en ellos? Dios es familia en sí mismo, Padre, Hijo, Amor en el Espíritu: ¿cómo ir a Dios como Padre cuando una familia humana está rota?</p>
<p><strong>2. </strong>Las familias más unidas no son, sin embargo, forzosamente homogéneas ni están continuamente en armonía; sin embargo, los padres aman a sus hijos con sus diferencias y sus infidelidades. Vicente tuvo hermanos y hermanas de diferentes edades y temperamento.</p>
<p>San Vicente quedó impresionado por las dos parábolas de los dos hijos: el hijo pródigo y el fiel (Lc. 15,11-32), y el que dice «sí» y no hace, mientras que su hermano dice «no» pero hace lo mandado (Mt 21, 28-31). Las comentó varias veces a las Hijas de la Caridad y el tono con que habla hace pensar que evoca también sus propias experiencias.</p>
<p>El domingo 19 de septiembre de 1649, hablando con las Hermanas del amor de Dios, cuenta una tercera parábola, procedente de San Francisco de Sales quien, a su vez, la había tomado de unos teólogos que no nombra. De hecho, lo que viene de San Francisco es sólo el tema, el contenido y el tono son diferentes.</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>«Hay amor efectivo cuando se obra por Dios sin sentir sus dulzuras. Este </em><em>amor no es perceptible al alma; no lo siente; pero no deja de producir su </em><em>efecto y de cumplir su misión. Esta diferencia se conoce, dice el bien­</em><em>aventurado obispo de Ginebra, en el ejemplo de un padre que tiene dos </em><em>hijos. Uno es todavía pequeño. El padre lo acaricia, se divierte jugando con él, le gusta oírle balbucear, piensa en él cuando no lo ve, siente vivamente sus pequeños dolores. Si sale de casa, sigue pensando en aquel niño; si vuelve, va en seguida a verlo y lo acaricia lo mismo que Jacob hacía con su pequeño Benjamín. El otro hijo es ya un hombre de 25 ó 30 años, dueño de su voluntad, que va adonde quiere, que vuelve cuando le parece bien, que se ocupa de los asuntos de la casa; y parece que su padre no lo acaricia nunca, ni que lo ame mucho. Si hay alguna preocupación, el hijo es el que tiene que cargar con ella; si el padre es labrador, el hijo se cuidará de todo el trabajo de los campos y pondrá manos a la obra; si el padre es comerciante, el hijo trabajará en su nego­cio; si el padre es abogado, el hijo le ayudará en las prácticas judiciales. Y en nada se conocerá que lo ama su padre.</em></p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Pero se trata de hacer testamento, y entonces el padre demostrará que </em><em>lo ama más que al pequeño, a quien acariciaba tanto, porque le conce­derá la mejor parte de sus bienes y le dará lo mejor. Esto se observa en las costumbres de algunos países, que los mayores se quedan con todos los bienes de la casa, mientras, que los pequeños sólo tienen una peque­ña legítima. Y de esta forma se ve que, aunque aquel padre tenga un amor más sensible y más tierno al pequeño, tiene un amor más efectivo al mayor» </em>(Conf. Esp. Nº 787).</p>
<p>Ciertamente, en 1649, Vicente ha encontrado a centenares de labradores, comer­ciantes, hombres de justicia; pero su padre era labrador, uno de sus tíos abogado en el tribunal de primera instancia de Dax y su protector abogado en el mismo y juez en Pouy y él fue preceptor de sus hijos&#8230; Además, Vicente tenía un hermano mayor, Juan, de edad como para «se ocupara de los asuntos de la casa» y de tener «cui­dado de todo el trabajo de los campos». En 1598, el padre de San Vicente muere. El 15 de agosto de 1628 Vicente es padrino, en Pouy, de un hijo de su hermano Do­mingo, a quien llamaron Vicente; el 31 de agosto siguiente, recibe el bautismo Cata­lina, nieta de Juan, hija de Pedro: se ve la diferencia entre los hermanos; y Juan ya había muerto en 1626, cuando Vicente hizo donación de sus bienes a sus hermanos y hermanas (Síg. X, 77-78).</p>
<p>¿No nos esclarece esto sobre nuestra relación con Dios tanto como varios sermones?</p>
<p style="padding-left: 30px">Otro recuerdo: no hay que juzgar al propio padre, no se le desprecia por su apariencia exterior. En la Conferencia del 1 de enero de 1654, a las Hijas de la Caridad, en la que trata de la conducta que hay que mantener fuera de la casa: <em>«El cuarto medio consiste en entregaros a Dios para no tener nunca que decir nada de la dirección general de la Compañía ni de la dirección particular de la hermana sirviente, sino que os portéis siempre lo mismo que un niño que aprecia todo lo que su padre hace y dice. El hijo de un labrador cree que su padre y su madre son los más capaces que la naturaleza puede producir. Si la sirviente hace o dice alguna cosa que no os gusta, no penséis que obra mal. No os toca a vosotras hablar en contra de lo que ha hecho; tenéis que creer que lo que hace está bien; porque fijaos, hijas mías, hay una gracia para esto y hay un ángel particular para este caso. Dios da las gracias suficientes a las que llama a ese cargo. No creáis que se dan siempre los cargos a las más capaces o a las más virtuosas- </em>(Conf. Esp.nº 1095).</p>
<p>«El hijo de un labrador cree que su padre y su madre son los más capaces que la naturaleza pueda producir» ¿no le traiciona esto, a él que se dice siempre «hijo de un pobre labrador»?</p>
<p>Recíprocamente, un padre está contento de ver los progresos de su hijo.</p>
<p>Entre las Hermanas, San Vicente expresó exactamente lo contrario a la confe­sión de su vergüenza ante los cohermanos, es decir, el orgullo que un padre puede tener por su hijo, y éste debió ser el caso de su propio padre —lo que explica su remordimiento de haber tenido vergüenza de él—. Hablando del amor de Dios, el domingo 19 de septiembre de 1649, dijo: <em>«¿Qué creéis, hijas mías, que hacéis cuando lleváis la comida por las </em><em>calles? Alegráis a muchas personas con ese puchero; alegráis a las per­</em><em>sonas buenas, que se dan cuenta de que vais a trabajar por Dios; alegráis </em><em>a los pobres, que están esperando su alimento; pero sobre todo alegráis a Dios que os ve y conoce el deseo que tenéis de agradarle al llevar a cabo su obra. Un padre, que tiene un hijo mayor y de buen aspecto se complace en contemplar la apostura de su hijo desde la ventana que da a la calle, y experimenta una alegría inimaginable. De la misma forma, hijas mías, Dios os ve, no ya por una ventana, sino por todas partes por donde vais, y observa de qué manera vais a hacer un servicio a sus pobres miembros, y siente un gozo indecible cuando ve que vais de buena manera y deseando solamente hacerle ese servicio. ¡Ese es su gran gozo, su alegría, su delicia! ¡Qué felicidad, mis queridas hijas, el poder llenar de alegría a nuestro Creador!» </em>(Conf. Esp. Nº 778).</p>
<p>Ciertamente, San Vicente, en 1648, había visto buen número de hijos «de buen aspecto» cuyo padre estaba orgulloso. ¿Es temerario ver también, en este peque­ño detalle, un recuerdo del orgullo de su padre al ver a su hijo preceptor en casa del Sr. de Comet, «ya hecho un hombre (en aquella época se era mayor de edad a los 14 años) y de buen aspecto»? ¿Y más tarde, al verlo volver de vacaciones, estudiante de la Universidad? Quien no hubiera vivido esto, ¿pensaría en hablar de ello y de manera tan concreta y viva? Se ve la escena: Vicente pasa y percibe a su padre mirándolo por la ventana, quizá poco tiempo antes de morir, pues el padre muere en 1598, en su segundo año universitario.</p>
<p><strong>B. </strong>Vicente nos habla también del Padre que está en el Cielo</p>
<p>Lo mismo que nosotros, como toda la Iglesia, San Vicente conoce a Dios a través de su Creación, pero lo conoce como Padre a través de la experiencia de Nuestro Señor Jesucristo, a través de lo que Jesús dice del Padre.</p>
<p><strong>1. Es el Padre, el primero, quien nos conoce y nos ama en su Hijo. </strong>Mucho más que nuestras cualidades o nuestros méritos, es a Jesús a quien el Pa­dre ve en nosotros, dice Vicente a las Hijas de la Caridad, el 18 de agosto de 1647: <em>«De esta forma, hermanas mías, la Hija de la Caridad que ha comulgado bien no hará nada que no sea agradable a Dios; porque hará las acciones del mismo Dios. El Padre eterno ve a su Hijo en esa persona; ve todas las acciones de esa persona como acciones de su Hijo. ¡Qué gracia, hijas mías! ¡Estar segura de que Dios la ve, de que Dios la considera, de que Dios la ama!» </em>(Conf. Esp. Nº 553).</p>
<p>El Padre se complace en los sencillos y pequeños porque ve a Jesús en ellos. Lo repite con frecuencia a las Hijas de la Caridad, como el 1 de mayo de 1648:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Sí, hermanas mías, Dios se goza tanto en esto, que hasta se puede decir que su mayor contento es darse a conocer a los humildes. ¡Hermosas pa­labras de Jesucristo, que nos demuestran que no es en el Louvre <sup>9</sup> y entre los príncipes donde Dios pone sus delicias! Lo dice en un lugar de la Es­critura: &#8220;Padre mío, te alabo y te doy gracias porque has ocultado tus mis­terios a los grandes del mundo y se los has manifestado a los humildes&#8221;. A Él no le gusta la pompa y el ornato exterior; se complace en el alma humilde, en el alma que es instruida por él solo y que no hace caso de la ciencia de este mundo. ¡Qué gran motivo éste, hermanas mías, para que os aficionéis a las conferencias, puesto que es allí donde Dios os da a conocer sus secretos y donde os descubre los medios para progresar en la virtud!» (Conf. Esp. Nº 668).</p>
<p>Siguiendo a Berulle, a otros espirituales y en las Letanías de Jesús, que rezaba y hacía rezar todos los días, Vicente observó que <strong>Jesús, igual al </strong><strong>Padre, es también un Padre para nosotros, </strong>«Padre del siglo futuro» (Is. 9, 6). «Padre de los Pobres» (Letanías que aplican a Jesús lo que Job decía de sí mismo, 29, 16). Jesús mismo no se ha nombrado «Padre», pero nos ha dicho al menos dos veces «hijitos»: Mc. 10, 24 y Jn 13, 33.</p>
<p>Él es «nuestro buen Padre», dice Vicente a los Misioneros (Síg. XI/4, 572; Abelly, III, 12) así como a las Hijas de la Caridad, el 9 de Febrero de 1653:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Habéis dejado vuestro pueblo, vuestros parientes y vuestros bienes; ¿y para qué? para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y Él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad» (Conf. Esp. n<sup>9</sup> 970).</p>
<p>Vicente habla ordinariamente de <strong>Dios Trinidad, </strong>de las relaciones entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero nombra varias veces al <strong>Padre.</strong></p>
<p>• El 28 de noviembre de 1649, habla a las Hijas de la Caridad sobre el trabajo, elevándose hasta la contemplación de las tres Personas divinas, que trabajan en el interior de su Trinidad y en la Creación:</p>
<p style="padding-left: 30px">«&#8230; el mismo Dios trabaja continuamente, continuamente ha trabajado y trabajará. Trabaja desde toda la eternidad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, al que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha produ­cido eternamente al Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gracias a los hombres.</p>
<p style="padding-left: 30px">Dios trabaja además fuera de sí mismo, en la producción y conservación de este gran universo, en los movimientos del cielo, en las influencias de los astros, en las producciones de la tierra y del mar, en la temperatura del aíre, en la regulación de las estaciones y en todo este orden tan hermoso que contemplamos en la naturaleza, y que se vería destruido y volvería a la nada, si Dios no pusiese en él sin cesar su mano.</p>
<p style="padding-left: 30px">Además de este trabajo general, trabaja con cada uno en particular; tra­baja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás. ¿Y por qué trabaja? Por el hombre, mis queridas hermanas, por el hombre solamente, por conservarle la vida y por remediar todas sus necesidades. Pues bien, si un Dios, soberano de todo el mundo, no ha estado ni un solo momento sin trabajar por dentro y por fuera desde que el mundo es mundo, y hasta en las producciones más bajas de la tierra, a las que presta su concurso, ¡cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, trabajemos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras frentes» (Conf. Esp. n<sup>2</sup> 805-807).</p>
<p>San Vicente evoca también este doble aspecto de la actividad de Dios hablan­do de la administración de los bienes, y lo hace varias veces. Por ejemplo, al final de los avisos a Antonio Durand, joven superior, en 1656:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Ya ve, padre, cómo de las cosas de Dios de que estábamos hablando he de pasar a los negocios temporales; de ahí puede deducir que toca al superior mirar no solamente por las cosas espirituales, sino que ha de preocuparse también de las cosas temporales; pues, como sus dirigidos están compuestos de cuerpo y alma, debe también mirar por las necesi­dades del uno y de la otra, y esto según el ejemplo de Dios que, ocupado desde toda la eternidad en engendrar a su Hijo, y el Padre y el Hijo en producir al Espíritu Santo, además de estas divinas operaciones ad intra creó el mundo ad extra, ocupándose continuamente en conservarlo con todas sus dependencias y produciendo todos los años nuevos granos en la tierra y nuevos frutos en los árboles, etc. Y el mismo cuidado de su adorable Providencia llega hasta hacer que no caiga ni una sola hoja de un árbol sin su aprobación; tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza <sup>16</sup>. Y alimenta hasta al más pequeño gusanillo y al más humilde insecto. Esta consideración me parece muy oportuna para hacerle com­prender que no debe dedicarse únicamente a lo que es más elevado, como son las funciones que se refieren a las cosas espirituales, sino que además es preciso que el superior, que en cierto modo representa toda la amplitud del poder de Dios, atienda a las más menudas cosas tempo­rales, sin creer que esta atención es indigna de él» (Síg. XI/3, 241).</p>
<p><strong>4. </strong>San Vicente meditó también cómo la generación del Hijo es la raíz de <strong>su </strong><strong>Misión en la tierra: </strong>porque el Padre engendra eternamente a su Hijo por eso lo envía temporalmente a la tierra, a vivir nuestra condición mortal. El Padre ama al Hijo, pero lo envía&#8230; a sufrir, dice, hablando a las Hijas de la Caridad sobre la obediencia, el 23 de mayo de 1655:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuando el Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de Nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos, Su Padre le dijo: &#8216;Per­mitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permitiré que todas las criaturas se pongan contra ti.</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Eso es lo que el Padre eterno le propuso al Hijo, que le respondió: `Padre, </em><em>haré todo lo que me mandes&#8217;. Esto nos demuestra que hay que obedecer </em><em>en todas las cosas en general» </em>(Conf. Esp. Nº 1311).</p>
<p>La voluntad del Padre, a la que Jesús obedece, es de hecho, obedecer a los hombres, incluso a los malvados (Mt. 17, 21; Mc. 9, 30; Lc. 9, 44 (entregado en manos de los hombres); Mt. 20, 18 (entregado a los príncipes de los sacerdotes). Y cuando en Getsemaní dice: &#8216;Padre, hágase tu Voluntad&#8217;, es la de los príncipes de los sacerdotes la que se hará&#8230; y en ello ve la de su Padre . San Vicente meditó esto y lo explica a las Hijas de la Caridad, en junio de 1642:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Mis queridísimas hermanas, nuestra conferencia de hoy será un tema de los más importantes que hay para vuestra perfección, la santísima obe­diencia, virtud tan agradable a Dios, que el Espíritu Santo ha dicho, por los Padres de la Iglesia, que la obediencia vale más que el sacrificio e hizo que su Hijo la practicase durante treinta años en la tierra, hasta la muerte. Jesucristo prefirió la santa obediencia a su propia vida. ¿No dijo a san Pedro, cuando quería impedir que los judíos le prendiesen: &#8220;¿No queréis que haga la voluntad de Dios mi Padre, que consiste en obedecer a los soldados, a Pilato y a los verdugos? Y sí no fuese porque tengo que cumplir esta santísima voluntad, habría legiones de ángeles que me ven­drían a liberar? (Mt 26, 52-54)» (Conf. Esp. Nº119).</p>
<p><strong>Esto es verdad también para nosotros. </strong>Aparte del decálogo y del Nuevo Testamento, no oímos a Dios decirnos cuál es su voluntad&#8230; sino que siempre descubrimos esta voluntad, desde la Fe, a través de los hombres, individuos o comunidad, personas que nos quieren bien o no, y a través de los acontecimien­tos, las «causas segundas». Pensemos en los mártires o en todos los que son víctimas de la injusticia o de enfermedades crueles&#8230; Sería tan sencillo y fácil hacer la voluntad del Padre expresada con claridad&#8230; pero es en la noche y entre la niebla donde es bello creer en la luz&#8230;</p>
<p>Está claro, San Vicente no ve al Padre como a un «abuelo», como a un buen­ padre cariñoso; sabe por experiencia que si no hablamos de Él más que como lo hacen algunos versículos de los Salmos: «caminarás sobre áspides y víboras» Sal. 91 (90), 13; «muchas son las desdichas del justo, pero de todas lo libra el Señor» Sal. 34 (33), 20; el Salmo 36 entero, el Salmo 17, 49-51, etc.), llevaremos a algunos que sufren aflicciones a una terrible decepción, cuando no reciban alivio a su prueba aquí abajo.</p>
<p>El Padre no es cruel, pero el mundo creado por ÉL, lo mismo que la historia de los hombres, marcados por el pecado original, subsiste en medio de un juego de fuerzas ciegas, que a veces nos laminan. Vicente había visto demasiado como para tener una fe ingenua en la bondad del Creador: su Fe es un combate en medio de la noche, penetrado del misterio de un Dios que no interviene con frecuencia frente al mal. San Vicente recuerda que es la cruz de sus suplicios donde los mártires vieron la victoria con Jesús, pero experimentó que esta Fe sobrevive por encima de terribles cuestiones: algunas frases a este respecto dejó escapar. El 24 de agosto de 1647, describe los sufrimientos del P. Duperroy, en Polonia, a quien le habían cauterizado al hierro incandescente, algunas costillas careadas (en aquel entonces no había anestesias), y añade: «&#8230; decía dentro de mí mismo: &#8216;¿,Es ésa, Señor, la recompensa con que pagas a tus servidores, a ese hombre en el que jamás hemos notado la más pequeña falta, a esta persona que siempre ha permanecido fuerte como una roca en el lugar en que lo había colo­cado tu divina providencia, a pesar de todas esas calamidades de la guerra, de la peste y del hambre?&#8217;. Sin embargo, así es como trata Dios a sus servidores» (Síg. XI/3, 286).</p>
<p>Una frase así muestra que sus consejos de paciencia en los sufrimientos, ofreciéndolos al Padre, no son palabras fáciles, sino la victoria de la Fe sobre la angustia de la sensibilidad en las pruebas del otro: el Padre nos ama, incluso cuando, como a Jesús, parezca que nos abandona&#8230; Esto ocurrió a las Hijas de la Caridad y el pobre «Señor Vicente» trata de reconfortarlas, el 3 de Junio de 1653:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Y nuestro Señor, cuando estaba en la cruz, ¿no se encontraba en medio de una gran desolación? ¿No sufría su naturaleza muchas penas por la repugnancia que sentía ante la muerte? Aunque supiese perfectamente que era por la salvación de los hombres y por la gloria de Dios su Padre, sin embargo, estaba lleno de dolores y trabajado por penas interiores, hasta exclamar: &#8220;¡Padre mío, Padre mío! ¿Por qué me has abandonado?&#8221;. Pues bien, hermanas mías, ¿no veis por este ejemplo que esta disposición tan penosa no impide que uno sea agradable a Dios, ya que nuestro Señor no dejó de ser fiel a Dios su Padre? ¿No realizó en esos momentos tan dolorosos la obra admirable de la redención de los hombres? Conso­láos, pues, mis queridas hermanas, cuando sintáis esas penas, ya que así, por ser Hijas de la Caridad, tenéis la manera de imitar a nuestro Señor, vuestro Esposo, que ha sufrido tanto, y no creáis que sois infieles por tener tentaciones» (Conf. Esp. Nº 1042).</p>
<p>El P. Saint-Jure, a quien conoció San Vicente, también meditó esto: <em>El hombre </em><em>espiritual, 2ª</em> parte, VIII, 6. ¡Cuántas personas hoy viven lo mismo!&#8230; Corremos el riesgo de hacerles daño diciéndoles demasiado a la ligera que Dios es Padre: «¿cómo un padre puede permitir esto?», dirán&#8230; Como Vicente, comencemos por escuchar, participar, vivir nosotros mismos esos interrogantes crueles.</p>
<p>Cualquiera que sea nuestra «misión», activa y luminosa o pasiva y dolorosa, <strong>¿cómo actúa el Padre en nosotros? </strong>Ciertamente, los acontecimientos y los hombres nos hacen sufrir brutalmente más de una vez, pero ¿Dios? Vicente repite más de una vez que Él no quiere ser seguido por esclavos, sino por una adhesión libre, y por tanto, como nos dijo San Juan (6, 44), el Padre no nos empuja, nos atrae, espera que le pidamos lo haga. Escuchemos lo que San Vicente decía a las Hermanas el 14 de Julio de 1650:</p>
<p style="padding-left: 30px">«El primero consiste en pedir a Dios esa gracia; porque, hijas mías, ¿quién podría estar seguro de dar un solo paso en el camino de la virtud, si Dios mismo no nos pusiese en él y nos guiase? Es una verdad que proclama el Evangelio. &#8220;Nadie, dice nuestro Señor, viene a mí si el Padre no lo trae&#8221;. Pues bien, hijas mías, para obtener esta gracia de la bondad de Dios, es justo que se la pidamos» (Conf. Esp. 862).</p>
<p>La Misión de <strong>Jesús </strong>no lo separaba de su Padre sino que vivía este servicio a su Padre y a los hombres en intimidad permanente con su Padre, incluso en la Cruz, cuando se sentía abandonado.</p>
<p>Éste es el modelo de nuestra unión de contemplación y acción, como lo expre­sa en la meditación con los misioneros, el 21 de febrero de 1659:</p>
<p style="padding-left: 30px">«¡Salvador mío Jesucristo, que te santificaste para que fueran santificados los hombres, que huiste de los reinos de la tierra, de sus riquezas y de su gloria y sólo pensaste en el reino de tu Padre en las almas&#8230; Si tú viviste así para con un otro tú, ya que eres Dios en relación con tu Padre, ¿qué deberemos hacer nosotros para imitarte a ti, que nos sacaste del polvo y nos llamaste a observar tus consejos y aspirar a la perfección? ¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo haciendo que nosotros reinemos en ti por la fe, por la esperanza y por el amor, por la humildad, por la obediencia y por la unión con tu divina majestad » (Síg. XI/3, 442).</p>
<p><strong>7. </strong>Siguiendo a Jesús, de quien somos los miembros, <strong>gozamos de esta intimi­dad con el Padre </strong>en la que pensamos demasiado poco. Evocando la inha­bitación de la Santísima Trinidad en nosotros, San Vicente comienza por el Padre, en términos bastante claros como para hacernos ver que no repite una lección, sino que comparte las luces que ha recibido. A los misioneros, con ocasión de Pentecostés (no hay indicación del año) dice:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Si amamos a nuestro Señor, seremos amados por su Padre, que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas, lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles&#8230;</p>
<p style="padding-left: 30px">La segunda ventaja de amar a nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor, lo cual tiene lugar: 1.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.° por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera.</p>
<p style="padding-left: 30px">El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo» (Síg. Xl/4, 736).</p>
<p>(Las mismas ideas encontramos en el Padre Saint-Jure, <em>Del conocimiento y del amor del Hijo de Dios, N.S.J.C., </em>París 1634; edición de Lyon 1866, tomo II, p. 153, citado por Luis Cognet, <em>La espiritualidad moderna, </em>I, <em>L&#8217;essor, </em>p. 447-448. San Vicente leía esto y hacía leer sus <em>Meditaciones sobre las verdades [... ] de la Fe, </em>París 1642, (cf. San Vicente, Conf. Esp. n<sup>2</sup> 179).</p>
<p>Y por último, incluso en los momentos en que nos sentimos abandonados por Él, debemos creer que el Padre nos escucha. Vicente lo dice a las Hijas de la Caridad, a propósito de la oración, el 31 de mayo de 1648:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Jesucristo nos ha ofrecido toda la seguridad de que seremos bienveni­dos ante el Padre cuando oremos. No se ha contentado con hacer una simple promesa aunque hubiera sido más que suficiente, sino que ha dicho: &#8220;En verdad os digo que todo lo que pidáis en mi nombre, se os concederá&#8221;. Así pues, con esta confianza, mis queridas hijas, ¿no hemos de poner todo nuestro cuidado en no perder las gracias que la bondad de Dios quiere concedernos en la oración, si la hacemos de la forma debida?» (Síg. IX/1, 380).</p>
<p>Esto nos lleva al tema de la Misericordia del Padre.<strong><br />
</strong></p>
<h2><strong>La misericordia</strong></h2>
<p>San Vicente habló mucho de la ternura, por una parte, 4º y 5º actos de caridad (Reglas Comunes, II, 12), que nos hace sensibles a las alegrías y a los dolores de los demás, y de la misericordia, por otra parte, que añade la compasión por los sufrimientos, las debilidades y los pecados de los demás, junto con el perdón. La enfoca desde nuestra parte, exhortándonos a vivirla, pero sabe que «es el propio espíritu de Dios» (Síg. (XI/3, 233) quien nos la puede dar.</p>
<p>Como nosotros, San Vicente considera, ante todo, la misericordia del Padre bajo el aspecto del <strong>perdón de los pecados. </strong>Con frecuencia nos invita a la conversión, a pedir perdón y misericordia a Dios, con gran confianza. Repite también que es la misericordia de Dios la que nos preservará de los pecados, que arruinarían tanto la Compañía de los Misioneros como la de las Hijas de la Caridad.</p>
<p>Los pasajes son muy numerosos, bastará uno solo. El largo borrador de la exhortación a un hermano moribundo, en1645, es una de las más bellas medita­ciones de San Vicente sobre la misericordia divina. Por suerte, tenemos todavía una copia fiel. Ciertamente, en ella nombra a Nuestro Señor, pero no es equivo­carnos si pensamos que habla del Padre. Veamos solamente algunos extractos:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Ahora resulta que es nada menos que&#8230; el primero de todos los misio­neros, nuestro Señor, el que quiere llevarle a la misión del cielo&#8230; Sin duda, tiene usted que esperarlo así de su bondad y, con esta confianza, decirle humildemente: «¡Señor mío! ¿De dónde a mí tanta dicha? ¡Ay! ¡No soy yo el que la he merecido!&#8230; Por tanto, sólo lo espero de tu bondad y liberalidad, mi buen Señor. Y aunque&#8230; he cometido innumerables peca­dos, desidias e infidelidades que me hacen indigno de ello, yo espero sin embargo de tu bondad y liberalidad infinitas que me perdonarás esta gran deuda&#8230; Pues bien, es cierto que uno de los mayores honores y la mayor gloria que es usted capaz de darle en estos momentos, es esperar con toda la extensión de su corazón en su bondad y en sus méritos infinitos, a pesar de esa indignidad y esas infidelidades cometidas en el pasado; porque el trono de su misericordia es la grandeza de las faltas que per­dona. Esa confianza es la que él espera de usted&#8230;» (Síg. XI/3, 63).</p>
<p>Pero por ella misma, la misericordia se expresa ante todo por la creación y la Providencia: <strong>dar la vida, la vida espiritual, </strong><em>y </em>procurar los medios para con­servarla y hacerla crecer.</p>
<p>Desde las primeras conferencias a las Hijas de la Caridad, San Vicente les enseña que Dios nos da la existencia espiritual llamándonos a su vida divina y a su servicio:</p>
<p>Esta imagen está tomada de la <em>Conferencia II </em>de San Francisco de Sales, Annecy, p. 22, y de los recuerdos de su amigo Jean Pierre Camus, <em>El espíritu de San Francisco de Sales, </em>VIII, sección 13, edición Migne, columna 434.</p>
<p style="padding-left: 30px">«Pero ¿cómo es que os ha escogido Dios para tan grande bien? Esa es la voluntad de Dios, escoge personas de poco valor. Escogió a los apósto­les para derribar la idolatría y convertir a todo el mundo. Sabed, hijas mías, que Dios empezó la Iglesia por unos pobres y decid: &#8220;Yo tampoco soy nada; por eso Dios me ha escogido para hacerle un gran servicio. Dios lo ha querido. Jamás me olvidaré de mi bajeza y adoraré siempre su gran misericordia sobre mí&#8221;&#8230; Animo, hijas mías; ved qué misericordia ha tenido Dios con vosotras al escogeros las primeras para esta fundación. Cuando Salomón quiso construir el templo de Dios, puso como fundamento algunas piedras preciosas para testimoniar que lo que quería hacer era muy excelente. ¡Quiera la bondad de Dios concederos la gracia de que vosotras, que sois el fundamento de esta compañía, seáis eminentes en la virtud! (Conf. Esp. Nº 26 y 34).</p>
<p>Lo repite el 19 de Julio de 1640, en una oración de consagración: ¡Oh, Dios mío! Nos entregamos totalmente a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras hermanas presentes y lejanas. ¿No lo queréis también así hijas mías? Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente. Te pido esta misericordia para todas las hermanas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observan­cia de la obediencia. Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor. ¿No lo queréis así también vosotras, mis queridas hermanas? (Conf. Esp. Nº 59).</p>
<p>Lo mismo en cuanto a la Obra de los Niños Expósitos, el 7 de Diciembre de 1643:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Al considerar el plan de la divina Providencia en este propósito, me he admirado mucho, hijas mías, de la elección que ha hecho desde toda la eternidad de vosotras, pobres muchachas de aldea, sin experiencia, sin ciencia &#8230; ¡Desde toda la eternidad, Dios pensaba en vosotras para un asunto de tal importancia! no solamente pensaba en fundar una Compa­ñía para este objeto, sino que se preocupaba incluso de escogeros a cada una en particular para formar parte de ella. Hijas mías, si com­prendieseis bien el plan de Dios sobre vosotras, os sentiríais felices de esta misericordia. ¡Que nuestro Señor os conceda esta gracia!» (Conf. Esp. n<sup>2</sup> 219).</p>
<p>Pues bien, para servir a Dios y a los pobres, hacen falta muchas virtudes, especialmente la mansedumbre y el respeto, dice el 19 de agosto de 1646, y es también la misericordia de Dios quien nos dará esta vida de virtudes:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Le doy gracias de todo corazón y le suplico, al él que es la manse­dumbre, el amor y la caridad, que quiera, por su divina misericordia, <em>insinuar en vuestros corazones las verdades que ha mostrado a vuestros </em><em>espíritus. ¡Quiera su bondad infinita derramar en ellos este espíritu de respeto y de mansedumbre que, por su misericordia, os ha dado a cono­</em><em>cer como tan necesario!» </em>(Conf. Esp. Nº 434).</p>
<p><strong>3. </strong>San Vicente nos invita por último a <strong>ser imágenes de la misericordia del </strong><strong>Padre, </strong>por ejemplo el 6 de agosto de 1656, hablando sobre el espíritu de misericordia:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimien­tos para sufrir con ellos y ponernos en las disposiciones de aquel gran apóstol que decía: Omnibus omnia factus sum, me he hecho todo para todos (1 Cor 9,22). Para ello es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios: pues, como dice la iglesia, es propio de Dios conceder su misericordia y dar este espíritu. (Oración de las Letanías de los Santos). Pidámosle, pues, a Dios, hermanos míos, que nos dé este espíritu de compasión y de misericordia, que nos llene de él, que nos lo conserve, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: &#8216;He aquí un hombre lleno de misericordia&#8217;. Pensemos un poco en la necesidad que tenemos de misericordia, nosotros que debemos ejercitarla con los demás y llevar esa misericordia a toda clase de lugares, sufriéndolo todo por misericordia—.</p>
<p style="padding-left: 30px">Así pues, tengamos misericordia, hermanos míos, y ejercitemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin con­solarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas que necesita creer y hacer para su salvación. ¡Oh Salvador,&#8230; concédenos ese espíritu, junto con el espíritu de mansedum­bre y de humildad» (Síg. X113, 233).</p>
<p>Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, no solamente con un espíritu dotado de inteligencia y de corazón, de bondad, sino también como <strong>Providencia.</strong></p>
<p>Los Padres lo habían expresado y esto lo vuelve a tratar Santo Tomás de Aquino, <em>Quaestiones Disputatae De Veritate, </em>cuestión 5, artículo 5 (Edición Léonine XXII, I, 151-152):</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuanto más próximo al primer principio (Dios) es un ser, tanto más noble es su lugar en el orden de la Providencia. Ahora bien, entre todos (152) los seres espirituales son más próximos al primer Principio, por eso se dice que están dotadas de su Imagen. Y por eso, no solamente reciben de la divina Providencia el ser objeto suyo, sino incluso el ser providen­cias&#8217;.(&#8230;) Y entre esas criaturas se encuentra el hombre, etc.».</p>
<p>Es también una idea que le gusta a San Vicente, que es tomista (excepto por lo que se refiere a la Gracia, en que es molinista): somos las manos de la Provi­dencia, por quienes las gentes podrán creer que el Padre es bueno.</p>
<p>Lo repite a sus cohermanos y a los superiores, encargados de la gestión de los bienes materiales, es preciso unir la vida de unión íntima con Dios y el servicio previsor a los cohermanos y a los pobres. Lo explica, por ejemplo, a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, a propósito de los diversos servicios en la Compañía:</p>
<p style="padding-left: 30px">«¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la Compañía lo que Dios le ha dado; pero hemos de aplicar­nos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornato del mundo y alimento de sus criaturas, de modo que cuida hasta de un insecto; lo cual no impide sus operaciones interiores, por las que engendra a su Hijo y produce al Espíritu Santo; hace éstas sin dejar aquellas (Mt.23,23). Así pues, lo mismo que Dios se com­place en proporcionar alimento a las plantas, a los animales y a los hom­bres, también los encargados de este pequeño mundo de la compañía tie­nen que atender a las necesidades de los particulares que la componen. No hay más remedio que hacerlo así Dios mío; si no, todo lo que tu Provi­dencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, tu servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a evangelizar a los pobres» (Síg. XI/3, 413).</p>
<p>De nuevo el 21 de febrero de 1659, a propósito de la búsqueda del Reino de Dios, expresa: «Nuestro Señor, en san Mateo, al hablar de esa confianza que hemos de tener en Dios, dice: &#8216;Ved los pájaros que ni siembran ni cosechan; sin embargo, Dios les pone la mesa en todas partes, los viste y los alimenta; hasta las hierbas del campo, y los lirios, tienen unos adornos tan maravi­llosos que ni Salomón, en toda su gloria, ha tenido otros semejantes&#8217;. Pues bien, si Dios mira por las aves y las plantas, ¿por qué no os vais a fiar <em>vosotros, incrédulos, de un Dios tan bueno y providente? &#8230; He de decir </em><em>aquí que los superiores están obligados a velar por las necesidades de cada uno y de proveer a todo lo necesario. Lo mismo que Dios se ha obligado a proporcionar la vida a todas sus criaturas, hasta a un insecto, también quiere que los superiores y encargados, como instrumentos de su providencia, velen para que no les falte nada necesario ni a los sacer­dotes, ni a los clérigos, ni a los hermanos, ni a cien, o doscientas, o trescientas personas o más, que estuviesen aquí, ni al menor, ni al más grande. Pero también, hermanos míos, tenéis que descansar en los cui­dados amorosos de la misma providencia para vuestro sustento, y conten­taros con lo que se os dé, sin indagar si la comunidad tiene con qué, o no tiene, ni preocuparos más que de buscar el reino de Dios, ya que su sabiduría infinita proveerá a todo lo demás» ( </em>Síg. X1/3, 438).</p>
<p>Bastaría retener <strong>dos apóstrofes:</strong></p>
<ul>
<li>el primero a las Hijas de la Caridad, el 11 de Noviembre de 1657: <em>«estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos po­bres» </em>(Conf. Esp. Nº 1759)</li>
<li>y el otro a los Misioneros, el 30 de Mayo de 1659, sobre la Caridad: Reglas Comunes,ll,12, y XII, 551-552, 552-553, 554-555, 560): <em>«y nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, hemos de demostrarlo lle­</em><em>vando al pueblo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios </em><em>y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos </em><em>de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las </em><em>almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo </em><em>comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraría­mos de manera muy distinta, al menos yo, miserable de mí! </em>(Síg. XI/4, 553).</li>
</ul>
<h2><strong>Conclusión</strong></h2>
<p>La misericordia explica que <strong>los rasgos dominantes </strong>en que insiste San Vicente a propósito de Dios son <strong>la confianza </strong>y el <strong>amor, </strong>y la <strong>alegría que Dios tiene al </strong><strong>ver a un alma que se entrega a Él y pone en Él su confianza.</strong></p>
<p>Lo enseña con frecuencia. Citemos la conferencia del 1 de Mayo de 1648 a las Hijas de la Caridad: <em>«Sí, hermanas mías, el gusto de Dios, <span style="text-decoration: underline">la alegría de Dios, el contento de </span></em><em><span style="text-decoration: underline">Dios</span></em><em> por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que </em><em>permanecen en el conocimiento de su miseria» </em>(Conf. Esp. n<sup>2</sup> 656) o también, el 19 de diciembre de 1657: <em>pues recibe todo su placer de las almas que se han entregado a él </em><em>para servirle» </em>(Conf. Esp. Nº 1869).</p>
<p>San Vicente, al mismo tiempo considera <strong>la grandeza inmensa de Dios </strong>y cree en la <strong>importancia de la adoración, </strong>y sabe recordárnoslas.</p>
<p><strong>La humildad, </strong>una de las tres virtudes de las Damas y de las Hijas de la Caridad y de las cinco virtudes del misionero, <strong>no es en el fondo sino un aspecto de la adoración, </strong>es reconocer nuestro estado de criaturas (sentido de la palabra «anonadamiento») y lo infinito de Dios. Dice en la conferencia sobre las cinco virtudes, el 22 de agosto de 1659: <em>«La humildad hace que una persona se anonade, <span style="text-decoration: underline">para que sólo se vea </span><span style="text-decoration: underline">a Dios en ella y se le dé gloria a </span>él». (&#8230;) por la humildad nos anonadamos y establecemos a Dios como soberano Ser» </em>(Síg. XI/4, 588).</p>
<p>Entonces <strong>se establecerán lazos entre Dios y nosotros, entre los pobres y </strong><strong>nosotros, </strong>como decía San Vicente a las Hijas de la Caridad, el 13 de febrero de 1646: <em>«los pobres asistidos por ella </em>(la Hija de la Caridad) <em>serán sus interceso­</em><em>res delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dios: &#8220;Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor; Dios mío, ésta es la que nos enseñó a conocerte (&#8230;) ésta es la que me enseñó a creer que había un Dios en tres personas; yo no lo sabía. Dios mío, ésta es la que me enseñó a esperar en Ti; ésta es la que me enseñó tus bondades por medio de las suyas» </em>(Conf. Esp. Nº 416).</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>Autor: <strong>Bernard Koch, C.M.</strong>. • Año de publicación original: <strong>1999</strong>. • Fuente: <strong>Ecos de la Compañía • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>Power Point &#8220;La Ascensión del Señor&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 05:00:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ayudas para la Liturgia]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>

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		<description><![CDATA[Con motivo de la próxima fiesta de la Ascensión, Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones: Buenas tardes, de nuevo comparto con toda la Familia Vicenciana el GOZO de la festividad de la Ascensión del Señor. Ciertamente,la festividad de la Ascensión del Señor nos compromete a dar razón de nuestra Esperanza [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="http://famvin.org/es/files/2012/05/ascension_del_senor.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5828]"><img class="alignright size-medium wp-image-5829" src="http://famvin.org/es/files/2012/05/ascension_del_senor-300x224.jpg" alt="" width="300" height="224" /></a></em>Con motivo de la próxima fiesta de la Ascensión, Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones:</p>
<blockquote><p><em>Buenas tardes, de nuevo comparto con toda la Familia Vicenciana el GOZO de la festividad de la Ascensión del Señor.</em><em></em></p>
<p><em>Ciertamente,la festividad de la Ascensión del Señor nos compromete a dar razón de nuestra Esperanza siendo &#8220;testigos vivos&#8221; de ese Dios que &#8220;habita&#8221; nuestras vidas y que nos da la mayor prueba de Amor que hayamos podido soñar&#8230;</em><em></em></p>
<p><em>Muchas gracias</em></p>
<p><em>Sor María Vicenta</em></p></blockquote>
<h2>Descarga el Power Point &#8220;La Ascensión del Señor&#8221; aquí:</h2>
<table style="width: 256px" border="0" align="center">
<tbody>
<tr>
<td>Formato PPT <em>(Power Point):</em></td>
</tr>
<tr>
<td><a href="http://somos.vicencianos.org/?dl_id=189" target="_blank"><img src="http://somos.vicencianos.org/vicencianos/files/ppt.png" alt="PDF" width="256" height="256" /></a></td>
</tr>
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</table>
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		<title>150 años de presencia vicentina en América Central</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 08:56:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>juventino</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Familia Vicentina de las tierras centroamericanas, es decir en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica y Panamá, han celebrado la clausura del Año Jubilar Mayo 2011-2012. Se han desarrollado a lo largo del año distintas actividades formativas, recreativas, reflexivas, artísticas y culturales; pero sobre todo en la búsqueda de mayor cercanía con el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Familia Vicentina de las tierras centroamericanas, es decir en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica y Panamá, han celebrado la clausura del Año Jubilar Mayo 2011-2012.</p>
<p>Se han desarrollado a lo largo del año distintas actividades formativas, recreativas, reflexivas, artísticas y culturales; pero sobre todo en la búsqueda de mayor cercanía con el empobrecido.</p>
<p>Las actividades de clausura tuvieron lugar en  Guatemala entre el 6 y 13 de mayo. Dentro de las celebraciones se desarrolló El Congreso Centroamericano Misionero Vicentino como un espacio enmarcado en la celebración jubilar por los 150 años de presencia misionera vicentina en estas tierras, convirtiéndose así, en un buen motivo para el encuentro de todas las Ramas de la gran familia que conforman el gran árbol cuya misión es llevar la Buena Noticia de la vida en plenitud, vida centrada en Jesucristo, a sus destinatarios directos: las personas empobrecidas, marginadas y excluidas de nuestros pueblos.</p>
<p>La revitalización que este Congreso ofrece es fundamental para el caminar, pues ayuda a buscar respuestas concretas, afectivas y efectivas, que brinden nuevas esperanzas, nueva vida a quienes están siendo condenados a muerte por estructuras injustas, estructuras de pecado. Por ello, se hace necesario hacer un alto en el camino, ver la realidad hacia adentro y hacia afuera, juzgarla desde los criterios del Evangelio y la espiritualidad vicentina, de tal forma que la Misión de nuestra gran familia se adecúe a los distintos contextos y realidades.</p>
<p>La metodología utilizada en el Congreso: Ver, Juzgar, Actuar, pretende dejar un horizonte claro para que, como Familia Vicentina, se encaminen todos los esfuerzos en una sola dirección, de tal forma que se generen proyectos regionales centroamericanos, que permitan asimilar e implementar de manera concreta el método llamado: Cambio Sistémico. Todo esto implica un proceso de conversión y maduración, buscando que la pluralidad cultural y de ramas de la familia vicentina se convierta en una fuerza motora que nos una en lo diverso, con una misma mirada y un mismo corazón, en relación fraterna y solidaria, para amar y servir más y mejor a nuestros amos y señores que nos evangelizan desde su ser y su realidad.</p>
<p>Será el Espíritu de Dios, a través del legado de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac y tantas y tantos que después de ellos asimilaron y actualizaron esa espiritualidad a los diversos contextos, quien dará la fuerza para concretar y sacar frutos de esta experiencia de encuentro y celebración, siguiendo siempre en camino con nuestro hermano Jesús de Nazaret, el evangelizador de los empobrecidos.</p>

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		<title>Breve Eco del VI Encuentro Latinoamericano  de Familia Vicentina</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 08:46:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>juventino</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En  las palabras de apertura el padre Mizael, asesor de la Familia Vicentina de Brasil,  nos ha recordado que La Espiritualidad Vicentina, es una espiritualidad que emerge del contacto con los pobres. Por su parte, María Eugenia Magallanes (Maru), coordinadora de FAVILA, ha manifestado la alegría de estar  en este santuario.  “Después de tres años [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En  las palabras de apertura el padre Mizael, asesor de la Familia Vicentina de Brasil,  nos ha recordado que <em>La Espiritualidad Vicentina, es una espiritualidad que emerge del contacto con los pobres. </em></p>
<p>Por su parte, María Eugenia Magallanes (Maru), coordinadora de FAVILA, ha manifestado la alegría de estar  en este santuario<em>.  “Después de tres años nos encontramos para este encuentro los países de America Latina y el caribe.  Cada uno de  ustedes trae una rica experiencia de la vivencia del carisma vicentino y este encuentro es una oportunidad de compartir esta riqueza y para crecer en la colaboración, para beneficio de todos los pobres del continente”.</em></p>
<p>Continúa indicando que San Vicente no ha dicho que  “<em>Hay que aprovechar todas las ocasiones que se nos presente para formarnos y así ser mas aptos para el servicio a los pobres”.</em>  Y este encuentro es una oportunidad para formarnos.   “Siéntase enviados no sólo por las asociaciones  a las que pertenecen sino por toda la Familia Vicentina de su país. Si lo sentimos así nuestra responsabilidad será mucho mayor para sacar el mejor provecho de este encuentro. No venimos como turistas, venimos con los pies en la tierra para darle una esperanza a los empobrecidos de la America Latina”.</p>
<p>Seguidamente Maru señalo que pensando en estos rostros de los pobres  se busca fortalecer los lazos de unidad como familia y explicó los objetivos de este encuentro</p>
<p>El Objetivo central del encuentro es buscar líneas de acción que nos unan al Espíritu Vicentino y que nos permitan apoyarnos mutuamente en nuestros proyectos y actividades, así como en la organización y servicio con los pobres. Y los objetivos específicos, avanzar en nuestra identidad como familia que comparte un mismo carisma y una misma espiritualidad; fortalecer nuestros lazos para una mejor evangelización y servicio a los pobres; y, compartir nuestro caminar dentro de la Familia Vicentina, ayudándonos en la formación y proyectos de servicio.</p>
<p>Con el lema “<em><strong>Centrados en Cristo Vivamos el Carisma</strong></em><strong>”</strong>, en el encuentro se dialogó sobre la realidad de America Latina  y sobre la unión  y cooperación como Familia Vicentina.  En este sentido se desarrollaron temas durante la mañana y en las tardes talleres.  Entre estos temas,  La Espiritualidad Mariana en la Familia Vicentina,  desarrollado por el padre  Mizael y  La  Cooperación en San Vicente de Paúl, desarrollado por el padre Elí Chaves.</p>
<p>Los talleres centrados en la cooperación desde la experiencia de Santa Luisa Marillac, Federico Ozanam y Rosalie Rendú, entre otros.</p>
<p>Parte de las Conferencias y frutos de los talleres estaremos compartiendo posteriormente con ustedes.</p>

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		<title>VI Encuentro de FAMVIN Latinoamericano</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 08:31:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>juventino</dc:creator>
				<category><![CDATA[Familia Vicenciana]]></category>

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		<description><![CDATA[Con el lema “Centrados en Cristo Vivamos el Carisma”, este 17 de abril ha comenzado a desarrollarse el VI Encuentro de Latinoamericano de Familia Vicentina, en Aparecida, Brasil.  En el mismo se buscan las líneas de acción  que nos unan más como Familia y sobre todo que nos permita una proyección afectiva y efectiva en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con el lema “<strong><em>Centrados en Cristo Vivamos el Carisma</em>”</strong>, este 17 de abril ha comenzado a desarrollarse el VI Encuentro de Latinoamericano de Familia Vicentina, en Aparecida, Brasil.  En el mismo se buscan las líneas de acción  que nos unan más como Familia y sobre todo que nos permita una proyección afectiva y efectiva en nuestro servicio con los empobrecidos.   A través de este medio seguiremos compartiendo las reflexiones y frutos de este encuentro.  Nos unimos a la oración para que este encuentro vaya generando   vida y esperanza para los pueblos latinoamericanos, donde las distintas ramas  de la Familia Vicentina estamos presentes.
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</p>
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		<title>Pascua rural en Valencia</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 09:25:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>juventino</dc:creator>
				<category><![CDATA[Familia Vicenciana]]></category>

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		<description><![CDATA[Pascua rural en Valencia: unidad y diversidad Por: Ignacio Moneo Colmenar, CM &#160; La Semana Santa son días especiales para los cristianos, celebramos el núcleo central de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. No todos pueden celebrar de la misma manera esta Fiesta, no todos tienen los recursos suficientes para ello, sea [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="text-decoration: underline">Pascua rural en Valencia: unidad y diversidad</span></p>
<p align="right"><strong>Por: Ignacio Moneo Colmenar, CM</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La Semana Santa son días especiales para los cristianos, celebramos el núcleo central de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. No todos pueden celebrar de la misma manera esta Fiesta, no todos tienen los recursos suficientes para ello, sea por trabajo, falta de sacerdotes,&#8230; Por ello, lo primero que quiero hacer es acordarme de todas estas personas.</p>
<p>Como viene a ser habitual, en ciertos pueblos los sacerdotes han de hacer malabares para intentar llegar a los más posibles. Justamente por este motivo, para que no haya gente que se quede sin vivir la fe en estas fechas tan señaladas nos hemos reunido un grupo de personas con el objetivo de acercar a los demás el Misterio de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, celebrando y compartiendo nuestro tiempo, alegría, y sobre todo nuestra fe. Estas personas tienen nombre: P. Enrique, P. Juventino, Mª Dolores, Elena, Jaime, Marian, Ximo, Sole, Vicente (cada matrimonio con sus hijos/as como: María, Sara, Mirella, Anna, Ximo, David, Pau, Blanca, Carlos y Luz) y por último, un servidor (Ignacio Moneo Colmenar); de la misma forma los pueblos también lo tienen: Facheca, Famorca, Tollos, Balones, Benimassot, Benilloba y Beniarrés.</p>
<p>Son días paradójicos, días en los que al igual que en nuestra vida cotidiana, podemos vivir todo con visos de plenitud o con visos de superficialidad. Depende de cada uno el dejarse o no llenar de Dios, vaciar por Dios, o ambas cosas.</p>
<p>Aunque la atención de tantos pueblos y celebraciones requería la división (para organizarnos y llegar a todos), no por ello la unidad del grupo se veía difuminada ya que cada uno aprovechaba para compartir cualquier momento oportuno: desayuno, comida, desplazamientos…, degustando cada instante, especialmente el momento del desierto (sábado por la mañana), momento en el que pudimos compartir todos juntos nuestra fe de una manera más tranquila, compartir experiencias, reflexiones, vida e incluso anécdotas.</p>
<p>Para nosotros, como uno puede imaginarse, el día a día ha sido un no parar (y así ha de ser): ir de un pueblo a otro, preparar liturgia y cantos, llevar alegría y ganas de vivir las celebraciones, escuchar, hablar, compartir, reflexionar, orar, celebrar, reír, llorar, conducir… Ha sido una Pascua vivida desde la familiaridad, en Familia. Una sola familia formada por muchos miembros, como antes he apuntado, miembros variados en tamaño, altura, edad e incluso nacionalidad. Como diríamos en teología ha sido una pascua vivida desde el binomio unidad-diversidad, siendo enriquecedor para nosotros, y por supuesto, para todos/as con los que hemos estado.</p>
<p>Es impresionante la belleza de las Iglesias que hemos podido conocer (templos muy bien cuidados), pero mucho más impresionante ha sido la gente agradable y participativa, la apertura de las personas, el compartir la celebración, comida, tiempo e incluso casa. Son momentos y situaciones que no sólo ayudan, sino que dan color y hacen realidad el gran Misterio del amor de Dios. Todo esto tomo mayor intensidad, como es normal, cuando todos pudimos decirnos unos a otros, esa frase que no se quedó en palabras: “¡Jesucristo ha resucitado!, ¡Verdaderamente ha resucitado! Nos lo dijimos en valenciano, en castellano y si hubiéramos sabido todas las lenguas del mundo lo hubiéramos dicho con todas ellas, pero como ninguno las sabíamos todas, lo hicimos desde el lenguaje universal, desde el lenguaje cristiano, desde el lenguaje de ese Jesús al que gritábamos, es decir, desde el Amor, manifestado con un abrazo, con lágrimas y con la alegría y el gozo de que nuestro Dios ha resucitado y nosotros con y por Él.</p>
<p>Es justo y necesario dar gracias, lo primero a Dios por concedernos poder vivir esta Pascua, muerte y Resurrección de su Hijo, por poder estar en Familia, literalmente hablando, por la acogida y hospitalidad del P. Rafael y su santo recogimiento, y por la hospitalidad y cariño de los parientes del P. Javier Serra, que nos han recibido y acogido. Como no agradecer también la alegría, el compañerismo, la preocupación y el trabajo de grupo realizado en estos días, la chispa y color que los niños/as correteando por la casa, y el poder desgastarnos todos/as en el servicio a los demás.</p>
<p>Ciertamente son momentos en los que hay que estar atento para ver y sentir al Señor en cada instante, son momentos para vivir intensamente sabiendo que lo importante está detrás de lo aparente. Nos hemos preparado 40 días para esta fiesta, 50 días la celebraremos intensamente y lo seguiremos haciendo cada Domingo del año. Que el Señor nos conceda poder vivirla cada día y si es posible hacerla vivir a los que os rodean. Por ello y para ello, ánimo, y como nos hemos dicho en estos días, Bon día.</p>

<a href='http://famvin.org/es/2012/04/16/pascua-rural-en-valencia/img_0616/' title='IMG_0616'><img width="150" height="150" src="http://famvin.org/es/files/2012/04/IMG_0616-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail" alt="IMG_0616" title="IMG_0616" /></a>
<a href='http://famvin.org/es/2012/04/16/pascua-rural-en-valencia/img_0592/' title='IMG_0592'><img width="150" height="150" src="http://famvin.org/es/files/2012/04/IMG_0592-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail" alt="IMG_0592" title="IMG_0592" /></a>
<a href='http://famvin.org/es/2012/04/16/pascua-rural-en-valencia/img_0598/' title='IMG_0598'><img width="150" height="150" src="http://famvin.org/es/files/2012/04/IMG_0598-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail" alt="IMG_0598" title="IMG_0598" /></a>
<a href='http://famvin.org/es/2012/04/16/pascua-rural-en-valencia/img_0486/' title='IMG_0486'><img width="150" height="150" src="http://famvin.org/es/files/2012/04/IMG_0486-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail" alt="IMG_0486" title="IMG_0486" /></a>

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		<title>Power Point &#8220;No tengáis miedo&#8221; (Pascua)</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 08:17:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ayudas para la Liturgia]]></category>

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		<description><![CDATA[Con motivo de la fiestas Pascuales, Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones: Nuevamente deseo compartir con toda la Familia Vicenciana, mediante el montaje trabajado, el GOZO y la ALEGRÍA de la resurrección de Cristo&#8230; Los discípulos vieron al Señor Resucitado y se llenaron de alegría. El encuentro con Jesús Resucitado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://famvin.org/es/files/2012/04/ilumina_mi_noche.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5718]"><img class="alignright size-medium wp-image-5721" src="http://famvin.org/es/files/2012/04/ilumina_mi_noche-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" /></a>Con motivo de la fiestas Pascuales, Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones:</p>
<blockquote><p><em>N</em><em>uevamente deseo compartir con toda la Familia Vicenciana, mediante el montaje trabajado, el GOZO y la ALEGRÍA de la resurrección de Cristo&#8230;</em></p>
<p><em>Los discípulos vieron al Señor Resucitado y <strong>se llenaron de alegría</strong>.</em></p>
<p><em></em><em>El encuentro con Jesús Resucitado transforma a aquellos hombres llenos de miedo, “con las puertas cerradas”; los reanima, los llena de alegría y paz verdadera, los libera del miedo y la cobardía, les abre horizontes nuevos y los impulsa a la misión.</em></p>
<p><em>Nosotros hoy ¿podemos ser cristianos sin la experiencia de Jesús resucitado?</em></p>
<p><em>Esta experiencia de Jesús resucitado, cuando la vivimos en comunidad nos empuja a hacer saltar los “cerrojos” que ha echado el miedo y el egoísmo en nuestras vidas, y abrir de par en par las puertas y ventanas de nuestras casas (Iglesia, Institución, parroquia, comunidad…) para anunciar al mundo la resurrección de Jesucristo Redentor del hombre.</em></p>
<p><strong>¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN&#8230;!</strong></p>
<p><em>Sor María Vicenta</em></p></blockquote>
<h2>Descarga el Power Point &#8220;No tengáis miedo&#8221; aquí:</h2>
<table style="width: 256px" border="0" align="center">
<tbody>
<tr>
<td>Formato PPT <em>(Power Point):</em></td>
</tr>
<tr>
<td><a href="http://somos.vicencianos.org/?dl_id=186" target="_blank"><img src="http://somos.vicencianos.org/vicencianos/files/ppt.png" alt="PDF" width="256" height="256" /></a></td>
</tr>
</tbody>
</table>
]]></content:encoded>
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